En mi cabecera los libros que permanecen siempre a mano se podrían contar con las dos manos. Otros, con los que me he divertido una barbaridad más de una docena de veces, ocupan ya un digno retiro en la estantería. Sólo unos pocos eran tan impresionantes como “La metamorfosis”, “Frankenstein”, “El Aleph”, “La mano izquierda de la oscuridad”, “De ratones y hombres”, etc.
Uno de esos libros impresionantes es El hombre ilustrado de Ray Bradbury. El mismo cuento que entrelaza la historia es magnífico: un hombre cuyo cuerpo está tatuado por completo con historias vivas. Sólo dos de esas historias, la del pecho y la de su espalda, debe mantenerlas ocultas, pues forman parte de un oráculo sobre su propio destino.
Igual que en Remedio para melancólicos o en Crónicas marcianas, cualquier anécdota le sirve al autor de argumento para convertir una historia del futuro en algo familiar y terriblemente cercano. Por ejemplo, “El cohete”, en la que un chatarrero consigue llevar a sus hijos en un viaje espacial, o el escalofriante “La pradera”, en el que una realidad virtual se convierte en un juguete muy peligroso.
Si hay uno que me dejó con la boca abierta, ese es “Calidoscopio”: la historia de los últimos minutos de un grupo de astronautas lanzados al espacio. Bradbury consigue crear un cuento donde otros no encontrarían las palabras, ¿qué más se puede decir?
El primer impacto rajó la nave como si fuera un gigantesco abrelatas. Los hombres fueron arrojados al espacio, retorciéndose como una docena de peces fulgurantes. Se diseminaron en un mar oscuro mientras la nave, convertida en un millón de fragmentos, proseguía su ruta semejando un enjambre de meteoritos en busca de un sol perdido.-Barkley, Barkley, ¿dónde estás?
Voces aterrorizadas, niños perdidos en una noche fría.
-¡Woode, Woode!
-¡Capitán!
-Hollis, Hollis, aquí Stone.
-Stone, soy Hollis. ¿Dónde estás?
-¿Cómo voy a saberlo? Arriba, abajo… Estoy cayendo. ¡Dios mío, estoy cayendo!
Caían. Caían, en la madurez de sus vidas, como guijarros diminutos y plateados. Se diseminaban como piedras lanzadas por una catapulta monstruosa. Y ahora en vez de hombres eran sólo voces.
Voces de todos los tipos, incorpóreas y desapasionadas, con distintos tonos de terror y resignación.