Hacía tiempo que no disfrutaba tanto una novela, y es que “Los hermanos Karamázov” es una de esas historias enormes, más grandes que la vida, llena de personajes tremendos, profundos y con momentos absolutamente brillantes.
La historia de los hermanos Karamázov es una historia de celos, desesperación, ambiciones, desengaño… Dostoievsky enfrenta entre sí a los protagonistas llevándolos al extremo de la tensión y a veces más allá, hasta quebrar sus emociones. Al padre Fiódor, un terrateniente cínico y lujuriento, sin sentido alguno del honor y la dignidad, se opone el hijo Dmitri, pródigo y torturado por cuestiones de honor, debido a una deuda y al amor de una mujer. Su hermano Ivan, humanista y ateo, tiene al Karamázov bastardo, Smerdiákov, mezquino y sin conciencia, como perfecto antagonista. Katerina, una joven aristócrata terriblemente orgullosa, se debate entre el amor por el joviano Dmitri y el maduro Ivan, aunque en el caso del primero se enfrenta a Gruschenka, una mantenida con impulsos de resentimiento malicioso. Y, por supuesto, en medio de esta tormenta de personalidades está Alexéi Fiódorovich Karamázov, el hermano menor, un novicio algo cándido que se convierte en la conciencia de los demás, el único en el que todos confían.
La novela tiene muchos momentos memorables. Por ejemplo, la exposición de Ivan sobre sus razones para no creer en la fe y menos aún en la Iglesia con una historia en la que el mismo Cristo termina siendo encarcelado por el Gran Inquisidor (podéis leer aquí ese fragmento). O las travesuras del joven Kolia, que con sus argucias de ingenio confunde a todo el mundo en el mercado. Por no hablar del encuentro faustiano y delirante entre Ivan y el mismo Diablo, cuando este se queja de los dolores del cuepo en el que se ha encarnado:
Ha desaparecido el doctor de antaño, te lo digo yo, el que te curaba todos los males; ahora no hay más que especialistas y siempre se anuncian en los periódicos. Enfermas de la nariz y te mandan a la capital de Francia: allí, dicen, hay un especialista europeo que cura narices. Llegas a París, te examina: “Sólo puedo curarle, te dice, la ventana derecha de la nariz, porque las ventanas izquierdas de la nariz no las curo yo, no es mi especialidad; después de haber seguido mi tratamiento, vaya a Viena, allí hay un especialista que acabará de curarle la izquierda.”
Pese a ser un libro de trasfondo religioso, el mensaje de Dostoievsky es poco más que un sencillo alegato de la bondad, como aquel de Unamuno en “San Manuel Bueno, mártir”, aunque en un sentido positivista. Esto hace que sea una lectura agradable y emocionante para cualquier lector, sin importar sus creencias (o su ausencia de ellas). Sería imposible resumir todas las virtudes del libro y más lo sería tratar de desmenuzar aquí una por una pero, si buscáis un clásico para leer este verano —y no os asusta el tamaño del libro—, yo os sugeriría la terrible historia de “Los hermanos Karamázov”, de Fiódor Mijáilovich Dostoievsky.
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