Mi idea de «una lectura fascinante» se puede alejar mucho de lo normal. El pasado domingo, durante una de esas excursiones sin brújula por la Wikipedia en las que nunca sabes dónde acabas, tropecé con un fascinante ensayo sociológico —en inglés— sobre (tomad aire) el efecto Rashomon aplicado al estudio de los tiroteos en escuelas públicas en el que se propone un análisis combinado entre el método positivista y el interpretativo con el fin de sistematizar las conclusiones sin dejar de contemplar la triangulación de las distintas realidades coherentes construidas por los testigos a partir del mismo evento. Dejando de lado lo peregrino del tema, me pareció una aplicación adorablemente casual de lo que debería de ser el post-posmodernismo como producto de un contraste de potenciales1.
Rashomon es una de las películas más famosas del director Akira Kurosawa. En ella, cuatro testigos describen una violación y asesinato desde su propio punto de vista. Los cuatro testimonios parecen válidos y es el espectador el que tiene que decidir por sí mismo qué versión creer. La psicología adoptó este efecto para su propia jerga refiriéndose a la tendencia de los testigos de un suceso a construir su propia versión coherente a partir de la información de que disponen. Los sociólogos y criminólogos que se enfrentan al efecto Rashomon tratan de hallar la interpretación correcta cotejando las distintas versiones, el contexto del suceso y de los testigos, sus intereses personales y los condicionantes sociales que pueden alterar su forma de entender lo ocurrido.
Es fácil entender cómo se aplicaría el efecto Rashomon a una literatura en la que sea válido construir una interpretación racional de una realidad dada (modernismo), pero construyendo en busca del contraste entre la interpretación del autor y las impresiones subjetivas del lector, siendo ninguna de las dos necesariamente cierta (posmodernismo). «Rashomon» en sí puede llevar a una conclusión plenamente posmodernista: no hay ninguna realidad válida, sino solo interpretaciones de la misma. Sin embargo, su efecto es post-posmodernista: invita al espectador a contrastar distintas interpretaciones, incuida la suya propia, y tratar de construir una en el espacio común entre ellas.
Si el posmodernismo hace una puntualización correcta al señalar la subjetividad y la artificiosidad de las interpretaciones de primera mano, su negación tendría más difícil extenderse a ese espacio intermedio de contrastes en el que el individuo se enfrenta a una multiplicidad de interpretaciones cuyo origen es externo a su subjetividad. Aunque esas interpretaciones sean reinterpretadas a su vez (cada espectador verá de una forma diferente las versiones de los cuatro testigos de «Rashomon»), su estado mental ya se acerca más al de un detective de la realidad, decidido a definir la forma de esta a partir de todas las interpretaciones que sea capaz de imaginar, más allá de sus propias impresiones.
1«So many mocked, forgotten and already impossible modes of consciousness embodied in utopian and metaphysical projects will discover their potential just as soon as they are understood precisely as potentials lacking any dictates of obligatory existence.» - A Future After the Future, Mikhail Epstein