Bueno, aunque no es mi intención hablar aquí de estas cosas, no puedo dejar de mencionar algo que me toca tan de cerca.
El accidente en el metro de Valencia se ha producido en un tramo que conozco más que bien. Junto al lugar donde vivo se encuentra la estación que sigue a la de Jesús, con lo que he pasado por allí cientos de veces, casi desde que tengo uso de razón. Con ocho años vi enterrar las vías del antiguo cercanías; desde entonces siempre he ido y venido del centro de la ciudad en la Línea 1, la que se ha siniestrado, fuera para ir de compras, para ir a la biblioteca o al cine, para hacer trámites, para reunirme con los amigos o para acudir a una cita…
En los próximos días supongo que oiremos a los gobernantes locales repetir lo que ya se ha dicho otras veces: que todo se ha debido a un desafortunado conjunto de circunstancias, que entre todas lo descarrilaron y él sólo se estrelló.
Yo os diré las circunstancias desafortunadas. Os las diré porque hace tiempo que las conozco. Circunstancias como: vagones antediluvianos que chirriaban más que el tren de la bruja al pasar por esa curva; un mantenimiento deficiente de las instalaciones en esta línea (que da servicio a los barrios medios y bajos de la ciudad y a los pueblos de los alrededores) y que llevó a que hace unos años se desplomara sobre el andén de Jesús (sí, la misma estación) todo el andamiaje de iluminación; vías continuamente inundadas en, ¿dónde créeis vosotros?, justo donde la línea desciende y se acerca a la capa freática (el subsuelo de Valencia es un hormiguero de acuíferos); accidentes sin responsabilidades como el descarrilamiento en el trayecto por superficie de la misma línea; vagones sobrecargados en horas punta por culpa de horarios mal programados…
Pero es que esta ciudad es así. Aquí se gastan millones de euros para recibir al Papa durante un día o para que Calatrava construya una simple plaza cubierta. Tras el esplendor de la clase alta, sin embargo, está la realidad de la gente normal y corriente que tiene a sus hijos estudiando en barracones, que no tiene actos culturales porque hay que pagar la Copa América y a la directora de la ópera, y que además tiene que desplazarse en estos trenes del miedo.
Que nadie me diga que un accidente en ese punto era imprevisible, porque éramos muchos los que desde hace tiempo nos lo estábamos temiendo.
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