…de Ramón María del Valle-Inclán. Es lo último que he leído. Es una historia donjuanesca (parte de una serie, formada por las cuatro estaciones, claro) con el Marqués de Bradomín de protagonista. La narración, con una trama puramente cortesana, está compuesta de capítulos que son como descripciones de cuadros del Siglo de Oro, con sus luces y sombras, y a veces con más atención por los detalles que por el todo como el impresionismo, o con la decadencia dorada y sensual del romanticismo. Está escrita, en definitiva, para disfrutar despacio.
Valle-Inclán es sencillamente tremendo usando el lenguaje. Y en esta novela hay un diálogo que me arrancó una carcajada:
Hallábame combatido por tales bascas, cuando entró Musarelo:
—Mi Capitán, un padre capuchino desea hablaros.
—Dile que estoy enfermo.
—Se lo he dicho, Excelencia.
—Dile que me he muerto.
—Se lo he dicho, Excelencia.
Miré a Musarelo, que permanecía ante mí con un gesto impasible y bufonesco.
—¿Pues entonces, qué prentende ese padre capuchino?
—Rezaros los responsos, mi Excelencia.
Aprovecharé esta ocasión. Rompamos esa barrera que nos separa a menudo de algunos y muy buenos clásicos españoles. Es cierto que hay obras terribles, espesas y aburridísimas. Pero esa es una mala actitud para enfrentarse a cada nuevo intento. Así es como se deja de disfrutar de un Tiempo de Silencio de Luís Martín Vigil, de las Leyendas de Bécquer, incluso del mismísimo Quijote. Todos los autores son amenos hasta que se demuestre lo contrario.