En tiempos tan convulsos como los de la primera mitad del siglo XX, antes de que la literatura de anticipación se convirtiera en un producto estereotipado, hablar sobre el futuro tenía de forma inevitable un significado trascendente. Mientras algunos títulos canónicos del género gozan de un amplio reconocimiento, como Un mundo feliz de Aldous Huxley, 1984 de George Orwell, Fahrenheit 451 de Ray Bradbury o La naranja mecánica de Anthony Burguess, la obra más notable de Yevgeny Zamyatin es casi una desconocida en la actualidad, pese a que precede en el tiempo a las obras mencionadas, a otras menos influyentes pero más vendidas como La pianola de Kurt Vonnegut o El fin de la Eternidad de Isaac Asimov y a la famosa película Metropolis de Fritz Lang. Además del lastre de no ser un autor anglosajón y de no contar con tantas adaptaciones, para el público de hoy no resulta fácil percibir la relevancia de una obra escrita en la Rusia de 1920 si se considera la asombrosa irrelevancia cultural de la Rusia actual. En realidad, Nosotros de Yevgeny Zamyatin, traducida al inglés en 1924, tuvo que influir directa o indirectamente en la mayor parte de la literatura de anticipación posterior. Zamyatin no sólo estaba cuestionando, al igual que los poetas metarrealistas rusos del momento, la realidad única que trataba de imponer el estado, sino que anticipaba muchos de los acontecimientos que estaban germinando en la época de entreguerras.
Nosotros es el diario de D-503, habitante de un estado paternalista que elimina todas las diferencias entre individuos, imponiéndoles una forma de comunismo deshumanizado en el que la única religión es la adoración al líder de la patria, las relaciones sexuales están reguladas, los edificios transparentes garantizan la ausencia de intimidad y los mismos ciudadanos se vigilan unos a otros y denuncian a los disidentes. D-503, como ingeniero de la primera nave espacial —un mero McGuffin que sirve para guiar la historia—, es un miembro importante en esta sociedad y como tal atrae la atención tanto de los rebeldes individualistas que viven en su mayor parte en el mundo asilvestrado que hay más allá de los muros vítreos de la ciudad, como del mismo «Bienhechor», una figura casi ausente que no parece tener más consistencia por sí misma que cualquier otra pieza de la burocracia que encabeza.
En este diario, escrito con un estilo muy característico lleno de referencias matemáticas, geométricas y cósmicas, D-503 deja testimonio de su incapacidad para reprimir su imaginación y sus inquietudes intelectuales y entregarse en cambio a la blandura y la felicidad desapasionada e inconsciente que predica el Bienhechor. La relación de D-503 con las dos mujeres que representan la rebeldía y la sumisión recuerda de forma particular los amores tormentosos y las dudas existenciales de Los hermanos Karamázov (de hecho las referencias a Dostoievski son explícitas). A Zamyatin no le preocupa tanto la «maldad» intrínseca del estado que elimina la individualidad y uniformiza a sus habitantes como la aceptación obediente de la sociedad que convierte esas imposiciones en su propia moral y las vuelve contra cualquier voz discordante. La reflexión que propone el libro se podría extender no sólo a la URSS que anticipa con tanta clarividencia, sino también a los Estados Unidos en plena Guerra Fría, con su beatificación de la figura presidencial, la unificación de valores en torno a la patria y la paranoia anticomunista.
El formato de la historia puede resultar familiar para un lector actual. Las anotaciones del diario están numeradas y etiquetadas con unas pocas palabras clave que sintetizan el contenido; no es una crónica de fechas y horas exactas, sino un relato casi arbitrario y fragmentario de los sucesos y experiencias del protagonista. El narrador no es transparente: una barrera invisible se interpone entre él y nosotros. En su huida circular dentro de esta ciudad de muros y paredes de cristal lo contemplamos moverse desorientado y atemorizado como un ratón dentro de un laberinto. Aunque el protagonista nos apela directamente, la naturaleza misma del medio hace que su diálogo sea unidireccional y no halle ninguna respuesta. El lector se convierte involuntariamente en parte del entorno que contempla de forma pasiva la angustia del personaje.
Nosotros, aun siendo una obra menos profunda en un sentido estrictamente literario que otras novelas posteriores, es un libro iniciático necesario para entender el desarrollo de la literatura especulativa y distópica del último siglo. Tanto en influencia como en significado y relevancia supera ampliamente a la literatura popular de ciencia ficción, en su mayor parte anglocéntrica, que empezó a abundar a partir de 1930 y que a la postre iba a convertir el futuro en un producto de consumo en vez de en un importante objeto de reflexión.

