Mi nombre es Shinji Maeda. Conocí a Lucy en Missouri, cerca de Saint Louis, el primer invierno después de los atentados. Las Fuerzas de Paz de las Naciones Unidas estaban desplegadas en la región en misión humanitaria. Yo llevaba el registro de supervivientes y recopilaba información para identificarlos y reunirlos con sus familias. Escuché las historias de muchas víctimas, adultos, niños, ancianos, solteros, casados, gente pobre, gente rica, ciudadanos honrados e individuos de principios cuestionables. Sin embargo, por muy detallados que fueran sus testimonios, nunca llegué realmente a saber nada acerca de ellos.
Lucy era diferente. Su dolor y sus recuerdos eran invisibles. Desde el primer momento creí entender lo que necesitaba. Pero, quizá por eso, porque yo no veía aquellos fantasmas, nunca supe qué debía hacer para apartarlos de ella. Nunca supe, ni siquiera aquel día de verano de 2032, en el parque Shiba de Tokio, cómo podía salvarla de aquel pasado que la acechaba.
Saint Louis era un lugar deprimente para pasar el Año Viejo. El caos que había seguido al impacto de las bombas químicas había llenado las calles de crimen y violencia. La verdad estaba escrita en los ojos de la gente cuando se te acercaba a pedir ayuda. A muchos les perseguían los demonios de lo que podrían haber hecho y no hicieron, o de lo que hicieron y nunca deberían haber hecho. El recuerdo del atentado todavía era una barrera infranqueable y los habitantes de Saint Louis seguían encerrados en el otro lado, en un mundo oscuro y extraño que yo no estaba preparado para comprender.
Yo era el único soldado japonés en los Estados Unidos aquel fin de año de 2030. Aunque pertenecía al Jietai, las fuerzas de autodefensa de Japón, servía en las misiones de los Cascos Azules a través del ejército profesional del Reino Unido. De joven había residido varios años en Londres y tenía la doble nacionalidad. Aun así, no todos entendían que al ponerme aquel casco me convirtiera en un soldado inglés que llevaba la Union Jack en el uniforme y saludaba con diligencia al rey William.
El año que siguió a los atentados cumplí mi deber como miembro del Jietai y permanecí en Japón, siguiendo las noticias desde la distancia. Nadie estaba enviando equipos de rescate a los Estados Unidos. Lo más importante era controlar las enfermedades infecciosas y pararle los pies a los terroristas. La verdad es que había más vidas en juego de las que se podían salvar en el escenario de los atentados.
Lo que no habíamos previsto era que los EEUU no estarían preparados para afrontar la cuarentena. Igual que en la inundación de Nueva Orleans, la policía tuvo que dejar de combatir los robos y la violencia para ayudar en las tareas de rescate. Muchos agentes perecieron debido a la falta de material y entrenamiento.
Cuando por fin se levantó la prohibición de viajar fuera del país, conseguí el permiso para unirme a las primeras misiones humanitarias. Aún no sabía lo que me iba a encontrar en Saint Louis.
En Londres, nada más aterrizar, me pusieron una docena y media de vacunas, me sentaron en una carpa para escuchar el briefing sobre el estado de Saint Louis y me embarcaron en un Hércules junto al resto de mi unidad.
Nosotros éramos las primeras fuerzas extranjeras que entraban en los Estados Unidos tras los atentados. Varios países se habían ofrecido para ayudar, pero en Washington temían que luego costara demasiado echarlos. Por eso habían pedido a las Naciones Unidas que garantizaran que las tropas harían lo que se suponía que iban a hacer y se irían a casa en cuanto ya no hicieran falta.
Saint Louis apareció ante nosotros bajo la primera luz de la mañana. Vimos pasar los suburbios por las ventanillas. Nos habíamos preparado para un paisaje en ruinas, pero la ciudad seguía intacta, con sus rascacielos modernos y residencias antiguas, sus parques ordenados y grandes avenidas, sus resplandecientes farolas y sus balizas aéreas que destellaban sin cesar. Era difícil decir qué parte del deterioro se debía al abandono y qué parte estaba así antes de la cuarentena.
Tomamos tierra en el aeropuerto internacional de Lambert, en medio de un silencio gélido. La niebla emborronaba las luces de la pista y no se movía nada, ni siquiera el tráfico en la interestatal. Una caravana interminable de automóviles estaba amontonada en las cunetas, donde el ejército la había dejado al abrirse paso. Las pistas de aterrizaje habían sido ocupadas por los camiones y el material de las Naciones Unidas. No había vuelos civiles desde el principio de la cuarentena.
Las terminales estaban desiertas salvo por unos pocos vagabundos que dormían sobre los bancos. El ruido de nuestra entrada los despertó. Se nos quedaron mirando al pasar, como si fuéramos turistas vestidos de forma extravagante.
A finales de enero nuestro campamento estaba abarrotado. Era casi imposible moverse entre la muchedumbre. Habíamos plantado las tiendas en un club de campo, más cerca del centro de Saint Louis que los campamentos del ejército. La contaminación de las bombas químicas había empezado a remitir y necesitábamos las infraestructuras de la ciudad.
A pie de calle, Saint Louis no tenía peor aspecto que después de que los Rams hubieran ganado la Superbowl. Los daños más evidentes eran los comercios desvalijados y los incendios que habían provocado los criminales para borrar sus huellas. Por lo demás, los semáforos seguían dirigiendo un tráfico inexistente, los aspersores seguían refrescando los jardines, la iluminación urbana seguía encendiéndose por las noches y la publicidad seguía llamando la atención ante la mirada indiferente de los pájaros y las estatuas.
Los días que tocaba ronda recorríamos las calles en el furgón poniendo música en los altavoces, vigilábamos a nuestro alrededor buscando cualquier indicio de vida y sólo encontrábamos basura, ventanas abiertas, zapatos perdidos y pintadas que amenazaban a los saqueadores. Los que se habían resistido a evacuar la ciudad habían muerto en sus escondrijos, sobre sus tanques de agua y sus cajas de víveres. Incluso un año después la ciudad seguía hediendo. En la calle no quedaba nadie, pero dentro de las casas… oh, dentro de las casas. Había tantas puertas cerradas, y tantas estampas grotescas tras ellas, que parecíamos estar sufriendo un castigo infernal.
Mientras tanto, en el campamento, muchos de los supervivientes padecían lo que empezamos a llamar «el síndrome de Missouri»: cuando les preguntábamos quiénes eran, dónde vivían antes de los atentados y qué había sido de sus familiares, se tapaban la nariz con las manos y se arrojaban al suelo tratando de contener la respiración. Si había inyectables y jeringuillas nos limitábamos a sedarlos y dejarlos descansar. El resto del tiempo yo tenía que sujetar a la víctima mientras otro le echaba un cubo de agua helada en la cabeza.
El miedo al aire contaminado estaba tan grabado en la memoria de la gente que aprendimos a no hacer en público ninguna mención de los atentados. Sin embargo, por no mencionarlos, el tabú acabó extendiéndose entre nosotros y pronto dejamos de hablar de lo que había sucedido en Saint Louis. Cuando llegaban noticias se hacía de inmediato el silencio en las tiendas y los comedores, sin importar lo animado que hubiese sido el ambiente. Los soldados internacionales nos sentíamos como extraños en el funeral de un desconocido. Ni siquiera entendíamos el origen de aquella situación, el motivo que había detrás de los atentados y que a la postre nos había arrastrado hasta allí. Nunca había habido amenazas o reivindicaciones. Aquella barbaridad había sido obra de gente que tenía un problema con el mundo y simplemente podía hacerlo. Quizá la sociedad estaba madura para que ocurriera algo así, o quizá solo fue una de esas cosas que acabamos haciendo de forma inevitable antes de comprender lo estúpidas que son.
Fuera como fuese, en 2030 aquello formaba parte del pasado. Los Cascos Azules teníamos cosas más importantes que atender. Entre ellas, descubrir qué íbamos a hacer con aquella ciudad esquilmada.
Como decía, conocí a Lucy cerca de Saint Louis, en la carretera estatal a Cedar Hill, a unos veinticinco kilómetros del casco urbano. Aquel día transportábamos vacunas y antídotos para una clínica rural. También necesitábamos los ficheros médicos para identificar a la gente que no podía darnos sus datos, por su edad o por la gravedad de su estado, y para descubrir a los ladrones de identidad que intentaban esconder sus antecedentes o cobrar herencias que no les pertenecían.
La noche anterior había helado, el hielo crujía y salía despedido de las ruedas de nuestro furgón. Llevábamos botas gruesas, gafas y trajes árticos de campaña para protegernos del frío. Lucíamos brazaletes azules en ambos brazos, y también cruces rojas que recortábamos de los paquetes de medicinas y cosíamos en las mochilas para distinguirnos del ejército nacional. La criminalidad era bastante alta en aquella área y a veces las autoridades locales eran recibidas a tiros.
Mis compañeros se habían pasado buena parte del viaje hablando del mundial de fútbol de 2010. Era una forma como cualquier otra de ahuyentar el TEPT. No éramos chavales que habían sido arrancados de su pequeño barrio para servir en una tierra extraña y que, para distraerse, hablaban de sexo y de otras emociones conflictivas. Nosotros hablábamos del pasado, del hogar, de la familia, de esas cosas en las que uno piensa cuando echa en falta una vida ordenada.
Aunque yo no era inmune al estrés, el fútbol no era uno de mis pasatiempos favoritos. Me quedé sentado aparte, mirando el paisaje escarchado por las rendijas. Los coches abandonados y empañados por el polvo pasaban delante de mí, uno tras otro, uno tras otro. Los pasajeros seguramente se dirigían hacia los lagos artificiales de Cedar Hill, a celebrar una boda o a pasar la tarde navegando en lancha. Se habrían parado en la cuneta al escuchar las noticias en la radio, habrían tratado de contactar con su gente y luego, al intentar reincorporarse al tráfico para alejarse de la ciudad, se habrían encontrado la carretera embotellada por la gente que huía. Desgraciadamente, una de las quinientas furgonetas cargadas de productos químicos había tenido una avería y no había llegado a tiempo a la ciudad.
Vi a Lucy antes de que nuestro conductor aminorara la marcha. Caminaba entre los vehículos en sentido a Saint Louis, con las mejillas encendidas por el frío y apretando los brazos contra el regazo. Solo llevaba una blusa y unos vaqueros raídos. Tenía la mirada ojerosa y su cabello rubio estaba sin peinar.
Nos detuvimos a su lado. Le hicimos algunas preguntas mientras alguien le daba una manta térmica y le alcanzaba un vaso de té caliente. Lucy explicó que había permanecido escondida en la gasolinera en la que trabajaba antes del atentado, que había aguantado con los víveres del supermercado y el restaurante y que, cuando había visto los helicópteros sobre la ciudad, había decidido salir para averiguar qué había sido de sus familiares.
Lucy apenas se inmutó por nuestra aparición. Normalmente la gente corría hasta el furgón y se arremolinaba pidiendo medicinas, comida y agua potable o que buscáramos un nombre en las listas de los campamentos, pero ella no pidió nada, se negó a acompañarnos e insistió de forma educada en que debía ir hasta Saint Louis. Nosotros no íbamos a volver en varios días así que, después de preguntarle si quedaba combustible en la gasolinera, decidimos pedir un coche por radio y que yo esperara con ella para asegurarnos de que no se marchaba.
En cuanto el furgón partió y nos quedamos los dos solos en aquella cuneta helada, empezamos a hablar para distraernos de la quietud que nos rodeaba. Lucy se interesó por mi acento inglés, yo la puse al día sobre lo que se había perdido desde que se averió su generador y ella terminó relatándome sus encuentros con los saqueadores. Casi siempre habían sido ciudadanos ordinarios que querían llenar el depósito y seguir su camino. A veces se habían asomado para ver si quedaban víveres en el restaurante y, al encontrarse con ella, se habían disculpado y se habían ido para no meterse en un lío. En un par de ocasiones había aparecido un padre de familia desesperado o un criminal fugitivo y Lucy había tenido que obligarle a dar media vuelta a punta de pistola. Era difícil confiar en nadie en aquellas circunstancias, especialmente cuando la peste neumónica se estaba extendiendo por el país.
Aquella historia salió de los labios de Lucy de forma mecánica, sin emoción. Su mirada estaba tan vacía como la carretera. Mientras yo me esforzaba por no imaginar aquel lugar el día del atentado, ella parecía ver a su través, como si los coches abandonados y cubiertos de polvo hubieran estado siempre allí.
Así fue pues como conocí a Lucy. Ella venía de un mundo en cuyos límites acechaban pesadillas que no me quería revelar. Cuando comprendí el motivo, ella ya se encontraba fuera de mi alcance.
Pasó el invierno, pasó la primavera y también la mayor parte del verano. Lucy se había mudado al campamento. Todos sus conocidos habían sido dados por muertos, así que no tenía adonde ir. La ciudad estaba limpia, pero aún no era seguro vivir en ella. La policía sólo patrullaba los barrios importantes mientras el gobierno decidía qué hacer con los edificios vacíos. Los negocios que tenían oficinas fuera de Saint Louis habían abandonado la ciudad. La principal fuente de suministros seguían siendo los puestos militares y mucha gente había preferido quedarse cerca de ellos.
Poco a poco, las imágenes de lo que ocurría iban llegando al exterior. Seguro que han visto alguna vez la fotografía del alcalde ayudando a unos presos a bajar sacos de un camión. O la del corredor de bolsa sentado con su traje arrugado, tomando un trozo de pan duro de un joven de la calle. O la de la jauría de perros sin dueño parada al atardecer entre las ambulancias, en medio de un cruce de avenidas, como si se hubiera reunido en consejo para decidir el futuro de Saint Louis.
Sin embargo, aquella solo era la mitad de la historia. Lo que pasaba en aquellas calles al caer la noche únicamente lo sabían los muros de la ciudad. Sin ciudadanos que observaran y compartieran sus experiencias, Saint Louis había desaparecido de la conciencia del resto del mundo. Los pocos reporteros que podían permitirse viajar hasta allí apenas bastaban para llenar el silencio que habían dejado los atentados.
El efecto de aquel silencio también se notaba en la actitud de las autoridades. Sin votantes que protestaran no parecía haber interés por recuperar la metrópoli. Las comunidades que habían permanecido a salvo estaban cansadas de mantener a los refugiados y querían que el Presidente les diera prioridad. La simpatía por la gente de ciudad, que había sido castigada con más dureza por los atentados, variaba mucho de un lugar a otro.
Recuerdo la visita del Presidente a nuestro campamento porque, poco después, el humor de Lucy empezó a cambiar. Hasta entonces Lucy y yo pasábamos juntos mucho tiempo. Hablábamos de la ciudad, de Europa, de miles de cosas. Pero un día, sin previo aviso, me prohibió que me acercara a ella. Por supuesto, cuanto más me rechazaba más insistía yo en que me permitiera verla. Fuera como fuese, lo cierto es que hasta bien entrado el mes de agosto no supe que estaba embarazada.
Cuando me enteré y comprendí por qué ella no había querido que lo supiera, fui a buscarla, la abracé, la besé, me puse a dar vueltas con los brazos en jarras, me llevé las manos a la cabeza y luego la besé otra vez.
Nos sentamos a hablarlo. Decidimos marcharnos de Saint Louis y esperar el nacimiento en el Reino Unido. Era mi segunda patria, estaba aislada de las pandemias y no tendríamos problemas con el idioma.
La dejé en el hospital a cargo de un viejo amigo y fui a pedir el relevo. No me pusieron muchas trabas. La mitad de mi unidad ya había regresado a casa. Sin embargo, a cambio de agilizar los trámites para el pasaporte de Lucy, tuvimos que sentarnos ante media docena de redactores y repetir una y otra vez cómo nos habíamos conocido. Había que elevar la moral de los supervivientes. La mayor parte de lo que escribieron sobre nosotros fueron mentiras, pero a estas alturas es más fácil dejarlo correr.
Nos recibió un otoño lluvioso en Londres. Deberíamos haber ido a Italia o a España y haber esperado a que Kenji naciera para mudarnos. Aquel no era un buen clima para Lucy. Lo que ella necesitaba era un cielo radiante, paisajes luminosos y una villa apartada en la que no pareciera transcurrir el tiempo.
Detrás de aquella decisión había algo más que la urgencia por dejar atrás los atentados: mi egoísmo. Quería hacer feliz a Lucy, vivir en una ciudad que conocía, criar a nuestro hijo en Europa, arreglar el mundo con mis propias manos… Si hubiera prestado atención a dónde nos dirigíamos, quizá habría descubierto la escalera resbaladiza por la que nos estábamos precipitando hacia una oscuridad personal, una oscuridad diferente de las sombras ásperas y descarnadas de Saint Louis.
Lucy y yo nos casamos en Cambridge, uno de los pocos días que el cielo nos concedió una tregua. Fue una boda íntima. Dos compañeros hicieron de testigos y mi familia siguió la ceremonia desde Japón. No les dejé viajar para estar presentes. Quería evitar que entre los recuerdos de Lucy estuviera la ausencia de su familia y de los amigos que había perdido.
No nos casamos por la iglesia. Aunque mi familia es de tradición budista, yo no soy hombre de fe. Sin embargo, fue Lucy quien insistió en que la boda fuera civil. Después de haber pasado la cuarentena en una gasolinera desierta, sin noticias de la civilización y viendo pasar los días con el dedo en el gatillo, no creo que le quedara mucha confianza en la protección de guardianes invisibles.
De modo que tuvimos una ceremonia sencilla, oficiada por el alcalde de la ciudad, todo transcurrió como cabía esperar y los dos disfrutamos de uno de los pocos días felices que nos tenía reservados el destino.
Una semana más tarde, cuando Lucy entraba en el último mes de gestación, la llamada de nuestro médico interrumpió la tranquilidad del apartamento.
Lo cogí yo. Lucy leía en el salón. Fuera llovía.
Decidí mentirle durante el viaje. Aseguré que sólo me habían dado hora para la cita, que nos contarían de qué se trataba al llegar. Fue difícil recorrer el trayecto en silencio mientras Lucy trataba de imaginar la verdad, pero yo no sabía qué decir y confiaba en que nuestro médico supiera llevarlo mejor.
Nuestro médico hizo lo que pudo para exponerlo con naturalidad. Al final, sin embargo, no sirvió de nada. Nuestro hijo estaba enfermo.
Nos enseñaron los resultados de los análisis. El feto no podía sintetizar una proteína esencial para el desarrollo del sistema nervioso. Cualquier examen rutinario lo habría descubierto pero, aunque Lucy no hubiera ocultado el embarazo, habría sido imposible pasar un chequeo en los hospitales saturados de Saint Louis. Así que sólo nos quedaba dejar que la naturaleza siguiera su curso y agradecer el tiempo que nos diera para estar con nuestro hijo.
Kenji nació el doce de octubre de 2031, tras un parto inducido. Respiró el sucio aire de este mundo durante dos horas y once minutos, y después dejó de hacerlo.
Recuerdo a Lucy vestida de luto. Estaba de pie en un rincón del tanatorio, junto a la pared. Esta vez sí habían venido mis conocidos. No me había visto con ánimo de pedirles lo contrario y ellos tampoco creían que fuera buena idea que estuviéramos solos.
Lucy aceptó de forma distante las condolencias, con la misma expresión vacía que aquel día en la carretera a Cedar Hill. Cuando se quedaba a solas, sin embargo, miraba el pequeño ataúd y estrujaba la blusa entre las manos.
Es difícil explicar lo que nos supuso aquella pérdida. Kenji era el motivo por el que habíamos empezado una nueva vida y en el momento crucial nos había abandonado, sin darnos siquiera tiempo a reaccionar. En el lugar que debería haber ocupado sólo quedaba la forma de su ausencia. Nuestra vida se había vuelto como Saint Louis: una colección de fachadas vacías incapaces contar la verdad que llevaban dentro.
Nos quedamos en Londres hasta finales de noviembre. En parte porque era difícil dejar atrás a Kenji. La principal razón, sin embargo, era que Lucy debía hacerse pruebas para detectar cualquier rastro de las sustancias químicas usadas en los atentados.
Los tests detectaron TCDD, un tipo de dioxinas especialmente dañino. En el caso de Lucy, los efectos se podían contrarrestar con medicina preventiva, pero el riesgo para un embrión era demasiado alto. De modo que Lucy ingresó a mediados de mes para una ligadura, la operación no tuvo complicaciones y nos dieron el alta al día siguiente.
Yo no podía quitarme de la cabeza el ejemplo de los hibakusha y la carga que había supuesto para ellos llevar el estigma de las bombas. Mucha gente los había evitado por temor a la maldición invisible que estaban condenados a arrastrar de por vida. Aquello era algo contra lo que yo no podía luchar.
Unos días más tarde, por la mañana, en el apartamento que habíamos alquilado, me levanté de la cama y, tras un largo silencio, anuncié que nos íbamos a Tokio. Lucy no protestó.
Japón ya se había enfrentado una vez a aquello. Quizá allí pudiéramos desembarazarnos de nuestra propia maldición. Lucy podría concentrarse en aprender el idioma y adaptarse a la comida y las costumbres. Así dejaríamos atrás las imágenes de Saint Louis lleno de moscas y del funeral en Londres bajo la lluvia.
Por primera vez dudé de si habría hecho bien rescatándola de aquella cuneta helada. ¿Qué podía hacer yo por aquel kitsune que me había encontrado en medio de ninguna parte? ¿Por qué había sentido el impulso de salvarla antes de saber qué era lo que la acechaba? ¿Qué había pasado en aquella gasolinera, qué había hecho, o qué había visto, que ni siquiera a mí me lo podía contar? ¿Por qué yacía en silencio y se quedaba mirando la ventana, como si el pasado le susurrara para que regresara a Saint Louis?
Me levanté, salí de la habitación y caminé descalzo hasta la cocina. Compré los billetes de avión desde el móvil. Luego llamé a mi gente para explicarles lo que pasaba y pedirles que se ocuparan de organizar nuestra llegada. Después de colgar, preparé un café con leche, me quedé mirándolo y lo vacié despacio en el fregadero.
A mediodía estaba todo listo. Teníamos poco que guardar. Por no quedarnos el resto del día dentro del apartamento, lamentándonos de nuestra mala suerte, decidimos salir a pasear. Me puse un sobretodo largo de color negro, ayudé a Lucy a ponerse la chaqueta y, llevándola del hombro, arrastré nuestras maletas hasta la calle.
Fuimos hasta el centro en un taxi sin chófer. Era un día laborable y el tráfico se coagulaba sobre el asfalto empapado. Nos bajamos al lado del Tower Bridge. El cielo estaba cubierto, caía una lluvia fina y no se veía nada a cien metros. El puente salía de la niebla como un barco factoría varado en el margen del río, un barco que ingería y vertía seres humanos sin cesar.
Mi idea era caminar un poco y luego refugiarnos del mal tiempo en un café que conocía de mis tiempos de estudiante. Después, si Lucy se animaba, podíamos reservar mesa en un restaurante e irnos a pasar la tarde en el teatro. A pesar del carácter huraño de Londres, me entristecía que Lucy no se llevara ningún recuerdo agradable antes de mudarnos a Tokio.
Ese era el pensamiento que me rondaba cuando pasamos sobre el Támesis. El río bajaba turbulento, crecido por las lluvias. Las pequeñas ondas reflejaban la luz difusa de las nubes. A la sombra del puente, donde el peltre se volvía cristalino, las aguas eran negras como las pupilas de los perros, negras como los abrigos de los peatones, negras y bullentes como los cuervos que custodiaban las Torres de Londres y como la textura de los malos sueños.
Me volví para asirme a la cintura de Lucy, pero solo tanteé el aire. Lucy se había desvanecido.
Miré a lo largo del puente. Los transeúntes que pasaban bajo los arcos apenas despegaban los ojos del suelo para evitar al extraño de rasgos orientales: se retraían en sus gabardinas o se escondían bajo el paraguas y seguían su camino, arrastrando los zapatos o desplazándose con rápidas zancadas.
Desandé el camino, empujé los hombros y las espaldas de la gente, ignorando las protestas. Cuanto más intentaba conservar la calma, antes la perdía. Notaba cómo el Támesis discurría en silencio bajo mis pies. No podía dejar de pensar en lo difíciles que habían sido aquellos últimos meses, aquellos últimos días.
Di con ella cuando empezaba a creer que no encontraría nada más que su chaqueta flotando en el agua. Lucy estaba inclinada sobre el pasamanos, apoyada en los codos, mirando el profundo curso del río. Su cuerpo ligero parecía suspendido en un precario equilibrio, como una hoja muerta mecida por el viento.
Grité su nombre. Todas aquellas caras anónimas que nos rodeaban se detuvieron y se volvieron hacia el hombre que gritaba. Me abalancé sobre ella. La arrebaté con violencia de la barandilla, alzándola en vilo, y Lucy, sorprendida, gritó también. La miré y la estreché entre mis brazos.
—¿Por qué has hecho eso? —contestó ella, y de pronto rompió a llorar—. Me has asustado.
—Lo siento —dije yo—. Lo siento…
Y lo sentía, de verdad. Lo sentía por los dos. A tal punto habíamos llegado que ya no estaba seguro de que pudiéramos continuar. Yo tenía a Lucy, a mi familia, a mis amigos… pero Lucy no tenía a nadie. A nadie aparte de un soldado japonés y un niño muerto.
Nuestro ánimo empezó a relajarse cuando entramos en mi viejo piso de Tokio. Los muebles estaban cubiertos con plásticos, tal como los había dejado antes de salir. Había algo de polvo y los armarios olían a cerrado. Todavía seguían allí los recuerdos de mis primeros años en el Jietai. De pronto me resultaron obscenamente pueriles: era joven y soltero cuando salí de aquel piso y había vuelto convertido en marido y en padre frustrado. Los uniformes, los macutos, el arma que recibí el día que me dieron la licencia, las fotografías, un casco firmado… incluso había un póster pornográfico en el fondo de un ropero. Incómodo, me apresuré a arrugarlo y cerré de nuevo la puerta. Todo eso había quedado atrás. Tiré el póster a la basura y me reuní con Lucy para retirar los plásticos.
No teníamos intención de quedarnos mucho tiempo en aquel piso. En cuanto nos fuera posible nos mudaríamos a una villa en las afueras, cerca del campo. Tokio y su frenético estilo de vida eran difíciles para un extranjero y yo no quería que Lucy se quedara enjaulada en casa. Sobre todo porque, en secreto, había decidido proponerle que tuviéramos otro hijo mediante reproducción asistida. Tenía miedo de precipitarme y que Lucy me diera un no definitivo o, peor aún, que no encontrara las fuerzas necesarias para negarse.
El choque cultural no fue tan malo. Mientras estábamos fuera Tokio se había adaptado a los nuevos tiempos. Las empresas se habían vuelto más occidentales, en las tiendas siempre había alguien que hablaba inglés, español o chino y las costumbres sociales se habían relajado. Recuerdo el día que le confesé a Lucy mis planes. Estábamos disfrutando de la tarde en los jardines del parque Shiba. El sol era radiante y el cielo de primavera era límpido. La brisa había despejado la típica bruma de la bahía.
El parque estaba lleno de gente trabajando, navegando o intercambiando ideas con miles de desconocidos. En definitiva, llevando una vida normal y corriente. A pesar de ello, cualquiera podía haber sido el responsable del atentado de Saint Louis. ¿Cómo podíamos saberlo? El mero hecho de detestar un planeta violento y superpoblado no le convertía a uno en alguien especial.
Lucy accedió. Ni siquiera nos sentamos a hablarlo. Aquella vez nada podía salir mal. Nuestro hijo nacería fuerte y sano, en cuanto cumpliera un año nos mudaríamos al campo, llevaríamos una vida tranquila y agradable y Lucy podría distraerse con el jardín, pasear por el bosque o abrir una pequeña cafetería. Algún día, cuando Saint Louis hubiera sanado sus heridas, volveríamos de nuevo para que Lucy pudiera reconciliarse con el pasado y enterrar definitivamente sus recuerdos.
La clínica tardó un mes en preparar el embrión. Debido a la notoriedad de nuestro caso se mostraron dispuestos a pasar por alto los exámenes psicológicos. Nos quedamos el candidato más saludable, sin mirar si era más fuerte o más inteligente. El riesgo de que naciera enfermo era más de lo que podíamos afrontar.
El primer intento fue bueno. Unos días más tarde, la prueba de embarazo dio positivo. La familia envió flores y muchos regalos.
Las flores se marchitaron al cabo de una semana. Fui yo quien se dio cuenta.
Como iba diciendo, intenté engañarme a mí mismo creyendo que las cosas estaban a punto de enderezarse y, si no lo logré del todo, al menos permanecí ignorante hasta el final.
A mediados de mayo llevé a Lucy a visitar la Torre de Tokio. Subimos solos en el elevador. Mientras ascendíamos, Lucy me explicó cuáles eran los edificios más altos que había visitado en Saint Louis. Era la primera vez que me hablaba de aquella forma de su ciudad. Quizá porque allí estábamos a salvo del aire pegajoso de Tokio, del ruido del tránsito y de la gente desconocida. O quizá solo era mi imaginación, impaciente por encontrar algo que nos diera un respiro.
Fuera como fuese, aquella tarde que pasamos admirando la ciudad me dio confianza para pensar de nuevo en mi trabajo. Debía aceptar la próxima misión de tres meses en Angola si no quería perder el puesto en mi unidad. No era una misión peligrosa, solo íbamos a repartir comida, reparar puentes y apilar sacos de arena. No podía negarme sin admitir que estaba equivocado sobre mis esperanzas de que nuestra vida hubiera recuperado la normalidad; supongo que esa posibilidad me asustaba más que pasar tanto tiempo lejos de Lucy.
¿Qué pasó en aquellos tres meses? No lo sé. No pudo ser otro accidente. Tuvo que ser la fatalidad a la que estábamos alimentando a cada paso, como animales que se retuercen en el lazo y, sin saberlo, contribuyen a su propia ruina. Ese lazo cayó sobre nosotros aquel día de invierno, en Saint Louis, y había seguido asfixiándonos desde entonces. Es probable que si aquel encuentro nunca hubiera tenido lugar hubiéramos encontrado la forma de ser felices por nuestra cuenta. El amor es a menudo un sentimiento egoísta: entramos por él en la vida de alguien a quien no conocemos y no hacemos otra cosa que hacerle daño.
Llamé a casa a menudo, casi a diario. Lucy se dejó crecer el pelo. Noté que se volvía más reservada, pero aquellos contactos eran tan fugaces que no me permitían investigar la razón. Tal vez ella tenía miedo de no poder traer a este mundo una vida que no estuviera marcada por la muerte. Sola en un país extraño, debía de pasar las largas y silenciosas tardes de verano sentada en el salón, oyendo el canto de las cigarras y abrazando al hijo que crecía en su vientre mientras trataba de ahuyentar los espectros de Saint Louis.
El último día en Angola tuve que llamar tres veces. Cuando llegó la imagen, la cámara estaba desenfocada. Le pedí a Lucy que limpiara la lente, pero me contestó:
—Lo siento. No sé qué es lo que está mal.
No quise insistir. Pensé que en dos días estaría de vuelta en casa y, si había algo de lo que hablar, podríamos hacerlo entonces con más intimidad. La verdad es que Lucy tampoco me dio ninguna pista, ninguna al menos que incluso un ciego pudiera ver.
Mi moto me esperaba en el aeropuerto cuando aterricé. Desde el instituto había sido aficionado al motociclismo, sobre todo a los modelos de los noventa. Tenía aquella máquina en propiedad, una quinientos oficial en perfecto estado. Cuando viajaba fuera del país la guardaba en un trastero alquilado cerca del aeropuerto y a mi regreso hacía que me la trajeran en un remolque hasta la salida de la terminal. El roce fresco del aire y el ruido del motor dentro del casco me despejaban la cabeza y me ayudaban a reencontrarme conmigo mismo. Hay un límite para lo que te puedes comprometer con los problemas del mundo sin perder la fe en la humanidad.
Así llegué a casa, libre por fin del trabajo e impaciente por volver a ver a mi mujer embarazada. Me bajé de la moto, me quité el casco, desenvolví el ramo que había comprado en la floristería del barrio y caminé hasta la entrada. Llamé al interfono. No recibí respuesta. Supuse que Lucy estaba escuchando música y no habría oído el timbre.
Abrí y me puse a componer el ramo en el ascensor. Eran rosas de cultivo acelerado, se marchitaban pronto pero no eran tan caras como las naturales. Las flores escaseaban desde el fin de la cuarentena.
Esperé tras la puerta sin resultado. Tuve que quitarme un guante para poner el dedo en el cerrojo. Crucé el umbral y llamé a Lucy, pero el piso continuó en silencio. No podía haber salido, le había avisado sobre la hora a la que llegaría el vuelo. Quizá estaba dormida, pensé. Antes de ir al dormitorio busqué un florero para dejar el ramo. Mis cosas estaban revueltas, incluido el armario de los uniformes. Pasé de largo sin fijarme.
Me disponía a dejar las flores sobre la mesa del salón, cuando vi la carta. ¿La leí? ¿Qué mensaje me dejó Lucy? Me gustaría saberlo. Mi memoria de aquel día se ha diluido; no recuerdo haber volcado el florero y, sin embargo, cuando volví al piso un par de meses después, este había rodado por la mesa, había caído al suelo y se había hecho añicos. Las tres breves líneas de tinta se habían empapado y eran ilegibles. Era como tener siempre los ojos húmedos. Lo único que sé con certeza es que salí corriendo, me precipité escalera abajo, me lancé sobre la moto y retorcí a fondo la manilla del acelerador.
Aquel día hacía un calor horrible en Tokio. El aire se rizaba sobre el asfalto y la ciudad entera parecía fundirse como un espejismo bajo el sol. Había poco tráfico y aún era pronto para que las calles se llenaran de jóvenes en busca de un romance estival. Aquel año tampoco había turistas y muchos negocios habían cerrado por la crisis. No creo que las atracciones hubieran estado nunca tan desiertas.
Me salté varios semáforos y excedí los límites de velocidad. La policía me seguía con todo su circo de luces y sirenas cuando la Torre de Tokio asomó entre los edificios.
Conozco una historia sobre la Torre que casi nadie parece recordar. Me la contó un músico que tocaba en un pequeño club. Según él, en el año 2002 un hombre llamado Masayuki Yamagiwa, un cazatalentos que llevaba dos años sin trabajo, se escondió en los servicios públicos del primer mirador, aguardó a que cerraran las puertas y luego, tras reventar una ventana con una papelera de acero, se encaramó a ella y se arrojó al vacío desde ciento cincuenta metros de altura. Aquella fue la primera vez que alguien se quitaba la vida en la Torre y, según mi amigo, era la razón por la que las ventanas del mirador estaban reforzadas. Por lo visto, el cristal blindado no era lo bastante fuerte para resistir los disparos de un arma del Jietai.
Distinguí desde lejos la multitud que se apiñaba al pie de la Torre. Todos miraban y señalaban hacia arriba. Había un helicóptero de la policía girando en torno al mirador inferior y algunas ambulancias y coches de bomberos aparcados en los alrededores. Tras la quietud que me había acompañado en el camino, el ruido me golpeó como una bofetada.
De lo que ocurrió a continuación solo recuerdo viñetas sueltas. Alcé la vista hacia la Torre. Vi una figura minúscula aferrada de forma precaria al exterior del mirador. La ventana a su espalda estaba rota. El cabello rubio apagado y las prendas se agitaban con las ráfagas de viento. El Sol me deslumbró. No llevaba el casco.
Me habría gustado saber qué expresión tenía. Si brillaban sus ojos como la última vez, si había encontrado una salida a nuestro naraka particular. Allí arriba el viento era intenso, era fresco y limpio, como si uno pudiera arrojarse en sus brazos y purificarse en él.
Mis ojos no resistieron más. Tuve que bajar la vista. Por eso no estaba mirando cuando la multitud gritó.
Aunque no quiero saberlo, aún me pregunto si Lucy me vio llegar. Si sólo saltó porque quería alejarme de su miedo por el embarazo. Me pregunto si lo hizo porque sabía que estaba allí, que regresaba aquel mismo día… que no podía evitar que yo tratara de protegerla. Y es que todos mis intentos por salvarla nos habían llevado en la dirección equivocada. Con ella se fue mi segundo hijo, dos años de experiencias terribles, y también unos pocos recuerdos felices.
Cegado todavía por el Sol, no vi la ambulancia aparcada en el arcén. No me dio tiempo de sentir nada.
Desperté en una cama de hospital, dos meses más tarde. Era como estar en el cuerpo de un extraño. Mi espíritu aún no había regresado de aquel arcén en el parque Shiba.
Recibí la sucesión de visitas y condolencias con la mente en blanco. Todas las voces me sonaban lejanas y me llenaban la cabeza de preguntas sin respuesta. Así podría haber pasado el resto de mi vida, suspendido en un vacío atemporal e indoloro.
Hasta que un día, de repente, los recuerdos volvieron y descubrí que no podía respirar. Descubrí que no quería respirar.
Luché contra mí mismo. Me revolví en la cama, gimiendo y retorciendo las sábanas. Me arranqué los goteros y los electrodos. Al final vino alguien, me sedó y me dejó fuera de combate.
Al día siguiente había un médico y un psiquiatra junto a mi cama. Los miré por encima de la mascarilla que me mantenía sereno. «Tenemos que hablar con usted», me dijeron. Y me hablaron. Padecía el síndrome de Missouri. Era el primer enfermo que mostraba los síntomas sin haber sufrido el atentado. Sin embargo, conocía sus efectos mejor que nadie. Había oído las historias de los supervivientes, había estado casado con uno de ellos y al final había hecho míos sus recuerdos.
Así que al final fue Lucy quien intentó salvarme del pasado. En mi caso ya era demasiado tarde. Pero, incluso en estos días en los que uno puede sentarse en el parque y mirar pasar a la gente sin sospechar nada, todavía creo que alguien puede comprender la verdad que ella descubrió en aquella gasolinera. La verdad que yo no supe ver, que Lucy me dejó escrita en aquella nota y que no soy capaz de recordar.
Aunque sea tarde, espero que un día venga alguien, se acerque a este viejo sentando en un banco del parque Shiba y me revele cuál era esa verdad. Y espero que esa verdad sea que no la perdí por querer rescatarla de aquella carretera.
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