Fran Ontanaya

El astronauta

 

 

 

Aquella noche había un astronauta en el aseo de un área de servi­cio en una autopista en mitad de la nada, y era un astronauta muerto.

El cuerpo estaba tirado en el cubículo, inmóvil, con un brazo sobre el retrete. Parecía que aún intentara levantarse. Las lámparas fluores­centes del aseo se reflejaban en la esfera del casco y el blanco impoluto del traje contrastaba con las losetas manchadas de las paredes, man­chas de alcoholizaciones rápidas y melancólicas en el trayecto entre una gran borrachera y otra.

El astronauta no había muerto en circunstancias normales, a menos que se considerara un hecho ordinario cometer un asesinato contra uno mismo.

Él seguía allí, con la pistola ardiéndole en la mano, contemplando el cadáver cuyas piernas se habían quedado enredadas entre sus pies tras el forcejeo que había precedido al disparo. Retrocedió para salir del cubículo, pero uno de sus codos chocó contra el pomo de la puer­ta. Se apartó trastabillando, la puerta dio un bandazo y una pintada negra que destacaba sobre las demás exclamó:

Nie wieder, Mann!

No había sangre en el suelo. El astronauta sólo tenía un agujero en el pecho por el que se veían jirones de tela, un poco de salpicadura y nada más. La pistola con la que lo había matado era vieja y barata, vieja porque la había heredado de un bisabuelo huido de la antigua Yugoslavia y barata porque su bisabuelo había sido un don nadie y en el fondo siempre había sabido que nunca la iba a utilizar. Si se hubiera enterado del vil uso que le había dado, el sentimiento de culpa le ha­bría partido el corazón.

Aquella bala no debería haber acabado en el pecho del astronauta. De no haberse desviado de su propósito, aquella tarde, después de abandonar su apartamento, sin afeitar y todavía en ayunas, habría uti­lizado aquella misma pistola para abrir un limpio agujero en su propio cráneo. Habría puesto fin así a su odisea de mediocridad durante la cual había arrastrado consigo de empleo en empleo su inútil doctora­do en Física; una odisea seguida por un ignominioso año en el infier­no, co­leccionando vicios y malos hábitos y dedicándose a vivir con abandono como si cada nuevo día no fuese diferente del anterior.

No se podía decir que hubiera dejado en ningún mo­mento de ser consciente de lo que hacía, ni siquiera cuando salió de su apartamento con la pesada caja bajo el brazo, la dejó en el asiento de atrás, se metió en el coche y accionó el contacto con la convicción de que nunca iba a regresar a aquella existencia de desprecio y anonimato. De haber teni­do alguna forma de recuperar lo que entonces le parecía irrenunciable se habría aferrado a ella sin vacilar. En cambio, tuvo que recorrer todo el camino hasta la salida de la autopista y enfrentarse cara a cara con la muerte, sentado en el coche en aquella solitaria cuneta, para com­prender que el lastre que le impedía levantar cabeza era su resistencia a arrojarlo todo por la borda y empezar una nueva carrera.

De modo que, después de purgar sus demonios interiores en aquel desvío elevado, cuando ya empezaba a refrescar y a bajar el Sol, había guarda­do la pistola, había metido la llave en el contacto, había arran­cado el coche y había conducido de vuelta a la autopista con la inten­ción de encontrar algún motel en el que pasar la noche y tratar, si es que no podía dormir, de reflexionar con calma sobre lo que debía ha­cer a continuación.

Apenas unos kilómetros más adelante, en aquella área de servicio desierta, se había pegado un tiro.

No había sido algo premeditado. De hecho, ni siquiera cuando ya había aparcado, y había salido, y había cruzado el aparcamiento miran­do las primeras estrellas que brillaban entre el cielo crepuscular y el resplandor de las farolas de diodos, y había empujado la puerta de los aseos, iluminados por la misma luz estéril, y había visto el voluminoso traje blanco abalanzándose contra él, había tenido entonces intención de disparar.

Lo cierto era que, si lo hubiera hecho en aquel momento, cuando el as­tronauta intentaba abrirle la cabeza con el secador de manos arrancado de la pared, habría estado en su derecho. Pero el astronauta había fallado el golpe, había perdido el equilibrio y, después de que él reaccionara para quitárselo de encima, se había ido contra el suelo como un fardo, quedándose tirado de es­paldas bajo los urinarios con aspecto de no querer intentarlo de nuevo sin tener a su favor el factor sorpresa.

«Eh, ¿a ti qué te pasa?», le ha­bía dicho él, tocándose la sien con el índice, «¿estás enfermo?». No había obtenido ninguna respuesta. Sin quitarle ojo, se había metido en el cubículo de la pintada en alemán, había corrido el pasador, había notado que, sin pretenderlo, se había traído consigo la pistola y, a pesar de todo, tampoco en aquel mo­mento se le había ocurrido que pudiera tener que echar mano de ella. Había visto tipos más extraños en un aseo público duran­te su último año en el infierno y no le habría temblado el pulso para darle una tunda a aquel si se hubiera pasado de la raya.

Tras unos instantes de quietud, acompañada solo por el ruido en la autopista del paso de un automóvil solitario, había oído al astronau­ta ponerse en pie y acercarse arrastrando los pies hasta el otro lado de la puerta. En vez de tratar de forzarla, sin embargo, había empezado de repente a hablar, a derramar un río incontenible de palabras como si hubiera estado deseando desde el principio quitarse aquel peso de en­cima. Sin darse cuenta, él se había encontrado prestándole aten­ción, esforzándose por discernir la voz amortiguada por el casco.

El relato del astronauta había ido cobrando sentido pieza a pieza, de un modo descabellado e irreal, aunque sólo cuando todas las piezas habían encajado en su sitio había empezado a darle crédito.

No había sabido qué contestar después, ni siquiera cuando hacía rato que el silencio dominaba de nuevo el extraño ambiente que flota­ba sobre la gasoline­ra. Tampoco había quedado mucho que decir. El astronauta había dejado claro quién era, cómo había llegado hasta allí y, sobre todo, por qué él tenía que morir.

Así que, con calma, sabiendo lo que iba pasar en cuanto abriera la puerta, él había sacado el arma y se había preparado para enfrentarse a su insospechado némesis.

La puerta se había abierto de golpe. Tras unos instantes intensos de forcejeo, había sonado un disparo y el astronauta se había desplo­mado donde se encontraba ahora, exangüe sobre el sucio suelo del cu­bículo, mientras él, jadeando, todavía le apuntaba con la pistola.

Cuando su corazón dejó de bombear a puñetazos, bajó las manos, se guardó el arma y se metió en el cubículo para comprobar que el as­tronauta le hubiera dicho la verdad. Miró el casco por un lado y por el otro hasta descubrir cómo funcionaba, se lo quitó y lo arrojó fuera del cu­bículo.

Allí estaba su cara, su propia cara, unos veinte años más vieja y una semana sin afeitar. Si la hubiera visto al entrar, se habría quedado pa­ralizado por la sorpresa. Después de escuchar toda la historia, sin em­bargo, parecía tan necesario que aquella cara estuviera allí que lo con­trario le habría parecido absurdo. No se imaginaba a nadie más capaz de pactar con el universo para arruinar su propia vida veinte años atrás.

La ventanilla del coche tembló con el portazo cuando se arrojó so­bre el asiento del conductor. Sin perder más tiempo, giró el contacto y metió la marcha atrás. Luego enderezó el volante, desactivó el modo de ahorro de batería y pisó el acelerador a fondo para enfilar la salida del aparcamiento.

Entró en la autopista sin mirar si venía alguien por el carril lento. El coche, un utilitario eléctrico de segunda mano que había cambiado por su híbrido cuando se quedó sin trabajo, se tambaleó de forma pe­ligrosa y protestó cuando lo exprimió al máximo.

No estaba seguro de adónde pretendía ir. Al universo ciertamente le daba igual que intentara huir. El astronauta había sido enviado a millones de kilómetros de donde se encontraba para interceptarle jus­to en el aseo de aquella área de servicio. Era difícil que escapar de allí pudiera ser de alguna utilidad.

Mientras devoraba en medio de la noche, poste tras poste, los indi­cadores de la autopista, repasó la historia de su alter ego, por si había pasado por alto algo crucial.

Todo había empezado cuando el astronauta, que había logrado re­hacer su vida de algún modo en aquellos veinte años, se encontraba en un recóndito lugar del Sistema Solar. Sin que pudieran detectarlo a tiempo, un microagujero negro se había interpuesto en su camino. Apenas debía de tener el tamaño de un balón de fútbol, lo bastante pequeño y rápido para chocar con el vehículo antes de que la gravedad se lo tragara.

Los acontecimientos habrían seguido entonces una infinidad de cur­sos diferentes. En unos el astronauta se habría estirado y converti­do en un vórtice repentino de luz, en otros habría esquivado la fatali­dad por distintos márgenes y con diferentes efectos en su posición en el espacio y el tiempo. Al menos uno de los supervivientes había rea­parecido veinte años en el pasado, en aquella misma gasolinera, y ha­bía comprendido de inmediato el peligro existencial que se cernía so­bre la humanidad.

Sin embargo, no lograba entender cómo era posible que, en medio de la inmensidad del espacio, el astronauta hubiera podido coincidir con un objeto tan pequeño. Tendría que haber una cantidad ingente de agujeros negros atravesando el Sistema Solar para que aquel su­ceso fuera verosímil. Aunque, si fuera así, todo debería haber sido esquil­mado hacía tiempo como un pasto por una plaga de langostas.

Quizá todas las víctimas, vivas o no, se habían alcanza­do a sí mis­mas en el pasado, cerrando el círculo y confinando la para­doja a una especie de limbo virtual. Los fantasmas habrían desapareci­do entonces para garantizar que ninguna ley física fuera violada. Des­viar un trozo de roca, o incluso un planeta entero, era un asunto tri­vial si se retro­cedía lo suficiente en el tiempo. Para un observador ca­sual el resulta­do habría sido indistinguible de los efectos del principio de incerti­dumbre.

No obstante, cuando se trataba de detener a un individuo que te­nía sobrados motivos para perseguir aquel acontecimiento único en la his­toria de la ciencia y ninguno para temer a la muerte, ¿qué podía hacer el universo para cambiar el futu­ro? El astronauta no era un ase­sino infalible, eso había quedado de­mostrado. A menos que hallara otra forma de impedir aquel ac­cidente cósmico, se encontraría tarde o temprano con al­gún límite sobre cuánto y cómo podía intervenir sin empeorar las cosas.

Los hitos kilométricos empezaban a parecer todos el mismo, repi­tiéndose una y otra vez. Su pulso se había serenado y su ca­beza ya no se sentía como si hubiera estallado en ella una tormenta. Casi estaba tentado a dudar de la existencia de aquel incidente en el área de servi­cio. Cuando lo real y lo irreal se confundían, inducidos o no por el efecto de alguna substancia, la experiencia le había enseñado que lo mejor era olvidar todo como si no hubiera tenido lugar. La mayor parte de las veces sólo se acababa esperando una segunda oportunidad, que nunca llegaba, para descubrir al menos cuál era la verdad.

Sin previo aviso, con un violento estruendo, el parabrisas se cuajó en una miríada de añicos frente a él.

La rociada de cristales le abrió pequeñas heridas sangrantes en la cara. Un lento segundo más tarde intentó pisar de forma instintiva el freno, pero su pié falló el pedal. El coche serpenteó sobre la carretera.

Cuando recuperó el control, no tenía aún ni idea de cómo ni de dónde había salido el astronauta. El fardo blanco estaba recostado so­bre el capó del coche. Oscilaba de un lado a otro y se movía de forma lastimosa. El golpe había roto la esfera del casco. Entre los fragmentos podía ver su propia cara sin afeitar, ensangrentada y crispada por el dolor. Aquellos ojos se le clava­ban de forma insoportable. Sabían lo que estaba pensando. No tenían otro propósito en su transitoria exis­tencia que enmendar el error que ha­bía cometido aquella tarde, en aquella salida de la autopista, al no apretar el gatillo.

Dio un volantazo. El astronauta se deslizó sobre el capó, salió de su parabrisas roto, cayó al asfalto y dio varios tumbos, seguido por una fina lluvia de astillas de vidrio. Lo vio alejarse en el retrovisor.

Cegado por el frío viento y pálido por la impresión, se dio cuenta de que no estaba tan seguro en la autopista como había creído. El universo no necesitaba dejar aquel trabajo en manos del astronauta si podía utilizarlo sin más como munición para su vieja pisto­la. La gran pregunta ahora era: ¿cuántas balas tenía en su recá­mara? ¿Cuántos doppelgänger habrían sido proyectados por el agujero negro hasta aquella carretera desierta?

Divisó otra vez al astronauta, a lo lejos, en la siguiente curva de la autopista, saliendo de entre los arbustos de la cuneta. Contempló im­potente cómo saltaba la valla que impedía el paso de animales.

Él se cambió al carril del lado de la mediana y pisó a fondo, aunque el coche no daba más de sí. El astronauta, con zancadas torpes, logró cruzar los carriles que los separaban a tiempo de topar contra la puerta del copiloto. Las manos enguantadas parecieron aferrarse durante un instante a la carrocería, pero se soltaron enseguida, llevándose consigo el retrovisor. Esta vez no se molestó en mirar atrás.

Aquello no podía durar eternamente. Uno de los dos tendría que darse por vencido. ¿Cuántos de aquellos fantasmas podía albergar la reali­dad antes de que su trama empezara a deshacerse? Si conseguía lle­gar hasta la cafetería más cercana, ¿se atrevería el universo a seguir ju­gando a las paradojas a la vista de decenas de testigos?

Desesperado, vio al astronauta de nuevo, en medio de la carretera, iluminado por las brillantes luces de diodos. Trató de esquivarlo, pero el astronauta se movió hacia un lado, luego hacia el otro. Se puso en su camino, chocaron. Lo vio rodar por encima de la capota. Cayó so­bre el asfalto como un mu­ñeco roto.

El astronauta, otra vez, se arrojó sobre él desde un paso de peato­nes elevado. Golpeó el morro, rompió el parachoques, el coche le pasó por encima, se despegó del suelo y volvió a traccionar, ligeramente cruzado. Logró enderezarlo a duras penas.

La salida hacia la próxima área de descanso no quedaba lejos.

Miró adelante. Delante había más astronautas. En la cuneta. En la mediana. En el asfalto. Muchos más, decenas de ellos, cientos, más de los que se podían contar. Todos de pie bajo la noche estrellada, con sus trajes blancos y sus reflectantes caras de burbuja.

No cabía duda de que, cuando se trataba de frustrar los planes de sus enemigos, el univer­so disponía de innumerables aliados. Él, en cambio, estaba solo, solo consigo mismo, como en aquella salida de la autopista, cuando había tratado de averiguar en qué momento de su vida había errado el camino. Por lo visto, aquel momento se encon­traba en un futuro que ni siquiera había tenido la oportunidad de co­nocer, y que aquel universo nunca permitiría que se repitiera.

Los astronautas volaron sobre el coche. Lo rodearon, salieron des­pedidos a un lado, al otro. Se apilaron sobre el capó hasta tapar por completo la vista. La carrocería se deformaba con cada impacto. El coche, reteni­do por la masa de tela y carne, parecía hundirse en la tie­rra removida de una fosa sin lápida. Los indicadores del salpicadero descendieron rápidamente, como una cuenta atrás, hasta que, con un último estertor, el motor se sobrecalentó y se quedó parado.

El coche estaba detenido al final de una larga estela de títeres derri­bados. Él se encontró en el centro de cien miradas opacas, carentes de rasgos, que reflejaban la luz de las farolas. Cerraron filas a su alrede­dor, arrimándose a las puertas. Ninguno parecía sentir culpa o remor­dimiento por lo que estaban a punto de hacer. El error que todos ellos habían cometido no podía repetirse. Así se lo había adver­tido la puerta del lavabo: Nie wieder, Mann! Aquel era el leitmotif que parecía dirigir a los astronautas, una letanía monótona y calidoscópica: Nie wieder, Mann! Nie wieder, Mann! ¡Nunca más, hombre!

El coche desapareció bajo la torpe muchedumbre de trajes blancos. Se oyó el abrir de puertas, cristales rotos, y después, como en el mo­mento final de un ratón acorralado y atrapado por el mordisco de una ser­piente Uroboros, un rápido forcejeo, una sacudida brusca e inane, y luego nada.

Los astronautas se desvanecieron como un espejismo. Todos, la multitud que rodeaba el coche, los que yacían en la autopista, el que seguía tirado en el aseo de la gasolinera. Solo quedó el cuerpo inerte de un fracasado doctor en Física, linchado dentro de su maltrecho utilitario y abandonado en el asfalto de una carretera de­sierta en mitad de la nada.

Nadie podría ima­ginar que los culpables de aquel inexplicable cri­men fueran los infinitos astronautas que seguían acechando aquella escena, escondidos como fantasmas en mundos paralelos, vigilando que tanto el accidente cós­mico que los había creado como la impor­tancia de aquel joven que había muerto en el más completo anonima­to, pero que en su afán de notoriedad había estado a punto de acabar con el universo, siguieran siendo desconocidos para la humanidad.

El universo, más temible por viejo que por cruel, continuó exis­tiendo como lo había hecho hasta entonces, y como iba a seguir ha­ciéndolo, pese a todo, en los tiempos por venir.

 

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