Fran Ontanaya

El cielo de los ángeles

 

 

 

Luis asomaba las ojeras bajo el casco, encogido en sus ropas de campaña, y se frotaba las manos. Se le habían helado mientras sostenía el rifle. Estábamos expuestos a los cuatro vientos, los mismos que arrastraban sobre Zacatecas legiones de nubes cargadas de ceniza. Más allá del horizonte ardía un incendio sin control.

El campanario izquierdo de la catedral, el que seguía intacto, estaba encerrado en una jaula electrificada. Podías oír el zumbido si te acercabas a los barrotes.

—Pero, ¿qué son? —pregunté.

—Ángeles, Chico.

Luis no apartaba los ojos del cielo. Su mirada se achicaba con el paso de las horas, finas y duras arrugas se formaban bajo los ojos y las sombras crecían en sus mejillas sin afeitar. Sin embargo, no había nada en el mundo que lo tentara a descansar antes de que saliera el Sol.

Mientras tanto, yo solía quedarme observando las calles a través de los prismáticos. Estaba convencido de que un día heredaría aquel puesto y de que, cuando me hiciera viejo, otro lo heredaría a su vez, y así hasta el fin de los días, pues aquel era el orden normal de las cosas. En los dos meses que llevaba fuera del búnquer no había conocido otra clase de vida.

—Mamá y papá decían que los ángeles eran buenos —le reproché a Luis.

—Eso sólo es en los cuentos para dormir.

La ciudad que yo miraba no tenía color. Las nubes no dejaban que el sol de la mañana llegara al suelo. Las columnas de cemento rotas se erguían como estacadas y entre ellas, aquí y allá, el humo de pequeñas hogueras ensuciaba el aire. Había mucha historia enterrada bajo los escombros: coches, trajes elegantes, aparatos de música, carteles de cine. Todo se pudría poco a poco y caía en el olvido.

—Pero antes los ángeles no eran así.

Seguí a través de los prismáticos las pequeñas figuras que se deslizaban entre los muros quebrados, individuos sombríos que caminaban con pies ligeros como gatos bajo la lluvia. Cada cierto tiempo se paraban y se quedaban mirando al cielo.

—No hay antes. Los ángeles siempre han sido así.

—¿Por qué?

Yo no había sabido nada de los ángeles, aparte de lo que decían los libros, hasta dos meses atrás, cuando uno de ellos decidió posarse en el tejado de mi casa. Estuvo merodeando toda la noche, arrancando tejas y rompiendo ventanas, y se marchó al amanecer cuando se quedó satisfecho.

La unidad de Luis, que estaba patrullando las afueras en busca de comida, se acercó para echar un vistazo. Encontraron a mis padres tirados entre las malas hierbas de la entrada. El descuido de la calle contrastaba con su aspecto aseado. Los dos iban bien vestidos, como si fuera domingo y los hubieran sorprendido al ir a misa.

Luis sabía lo que eso quería decir. Registró la casa a conciencia hasta encontrar nuestra habitación del pánico. Le costó un poco convencerme para que abriera la puerta. Mis padres me habían dicho que no saliera bajo ningún pretexto mientras me quedara agua para un mes. Habían hecho una raya con un rotulador en el medidor del tanque de agua, señalando hasta dónde debía llegar. Todavía quedaba suficiente para tres meses.

En cuanto Luis consiguió que le abriera, me tomó en brazos y, sin perder el tiempo, me sacó de casa, tapándome los ojos al cruzar la calle. En realidad no había mucho que ver. Cuando las víctimas de los ángeles no se resistían solían quedar ilesas. Las patrullas a veces las encontraban con vida, aunque para entonces solo eran recipientes vacíos.

Yo no me di cuenta de que mis padres me habían abandonado hasta que Luis me sentó en el interior de la tanqueta y me dio su casco para que jugara con él. Había pasado varios años encerrado en el búnquer y me había acostumbrado a que mis padres trataran de distraerme con cualquier cosa cuando fuera estaba pasando algo. Así que en aquel momento, como si el casco tuviera la culpa, rompí a llorar.

Desde entonces, Luis se convirtió en mi hermano mayor. Todas las familias en aquella época eran como la nuestra: colecciones accidentales de parches y retazos. La gente llenaba los huecos que dejaban los ángeles sin pararse a pensar en qué número hacía el nuevo padre, madre, hija, hijo, marido, mujer, hermana o hermano.

Aquella mañana Luis y yo estábamos aguardando con impaciencia que llegara el final del turno. Pablo, que tenía el turno de día, tenía que haber llegado antes de que los supervivientes salieran de los refugios, pero el hambre estaba empezando a apretar y todo el mundo quería ser el primero en llegar a las escombreras.

Luis se rascó un picor en la sien y luego, con el casco ladeado, apoyó los brazos en las piernas y me contestó:

—Los ángeles no son malos. Solo tienen hambre, como nosotros. El problema es que ellos se alimentan de nuestra conciencia, alma o lo que sea.

—Pero las almas no se comen.

Luis se puso a remover los fardos entre los que estaba sentado para prepararse un café. Fue dejando todo entre sus piernas: un termo de agua caliente, una cucharilla, un cazo desportillado y una lata llena de sobres de café instantáneo. Cogió un puñado y fue mirando las fechas de caducidad. Me dio dos que estaban muy pasados para que me entretuviera arrojándolos fuera y viéndolos caer. No había nada para endulzar. La gente escondía el azúcar y la miel en vez de compartirlos.

Después de tirar los sobres, me quedé mirando el paisaje. Las vistas eran la única distracción. No había ningún edificio más alto que la catedral. Desde allí se podía avistar el valle entero: al norte, al sur, al este, al oeste… siempre la misma estampa de casas vacías y calles abandonadas.

Luis tomó un sorbo de su café y se frotó los labios, rodeados por la barba del día. Luego, me dijo:

—Cuando los ángeles te pillan, se comen tu voluntad y te dejan vacío, como un vegetal. Antes vivían en la estela de la Tierra y se comían la conciencia de los muertos, como las gaviotas detrás de un barco.

—Pero ahora están aquí.

—Pero ahora están aquí. Mira… un siglo atrás hubo muchas guerras. Murió mucha gente. Los ángeles se multiplicaron y entonces el alimento empezó a escasear. Así que se pusieron a pelearse por los restos y acabaron siguiendo la estela hasta la Tierra.

Ya saben cómo sigue la historia. Los ángeles comprimieron sus alas y descendieron del cielo por millones. Su piel estaba hecha para resistir las condiciones del espacio, así que las armas no les hacían nada. La única forma de eliminarlos era dispararles cuando abrían su boca abisal para devorar a sus víctimas. Mientras tanto, la gente que caía en la batalla moría sin morir. Y de los muertos, millones de muertos, nacían más ángeles que se abatían como una plaga sobre los vivos.

—¿Al final se irán?

—No. No pueden salir volando de la Tierra. Están atrapados aquí. Si nosotros nos extinguimos, ellos desaparecen también.

El cazo de Luis estaba vacío. Tenía los ojos vidriosos de dormir poco y miraba cansado las nubes. Cuando ambos dejamos de hablar, nos dimos cuenta de que alguien subía por la escalera del campanario. Podíamos oír las respiraciones agitadas entre el eco de las paredes.

Pablo fue el primero en entrar:

—Relevo —dijo, casi sin aliento. Detrás se oyó otra voz:

—Buenos días.

Esther se llevó una mano al pecho. Sus mejillas se habían ruborizado con el esfuerzo. Llevaba su uniforme de enfermera, un traje de fieltro cuidadosamente lavado para que no se notaran las manchas de sangre.

Pablo se hizo paso, pidiendo disculpas, y ocupó el lugar de Luis. Esther y Luis se encontraron muy apretados en el espacio junto a la escalera.

—Buenos… días —respondió Luis, cortado—. No hacía falta que subieras.

—Pensé que…

—Es tarde. Tenemos que llevar a Chico al refugio.

—Demos un paseo corto. Si no luego no dormirá.

Luis me hizo una seña para que me moviera. Luego, mientras me ayudaba a bajar por la escalera, le dijo a Esther:

—Dame un minuto. Me arreglaré.

—Claro.

—Estoy hecho una pena.

Luis y Esther estaban saliendo juntos. En realidad no se habían declarado, así que formalmente, si no en la práctica, solo paseaban todos los días antes de volver a los refugios. En aquellos tiempos, con la muerte pendiendo sobre nuestras cabezas, era difícil prometerse que permanecerían uno al lado del otro.

 

Los alrededores de los refugios eran el último lugar al que debías ir para evitar las muchedumbres, de modo que el paseo al final del turno de vigilancia era la única excusa que Luis y Esther tenían para disfrutar de un poco de intimidad. Yo los seguía de lejos, lo suficiente para que pareciera que no les oía. Si en algún momento se retiraban a un lugar apartado, me quedaba jugando en la calle, buscando alguna cosa interesante entre los cascotes e incapaz de sospechar lo que significaban aquellas pausas.

Durante aquellos paseos veíamos muchos retratos de miseria. Sobre todo los de la gente con la que no iba la guerra: ancianos, niños, débiles, enfermos… Su esfuerzo era el mayor de todos porque sobrevivían sin estar en condiciones de valerse por sí mismos. Pero no podíamos dejar a nadie atrás, sabiendo que nuestro enemigo se aprovecharía enseguida de ello.

Esther y Luis se pararon un momento mientras un par de niños manchados de ceniza cruzaban la calle, pateando entre el polvo la calavera de una cría de ángel.

—Estoy tan cansada, Luis ―dijo Esther―. El hospital es horrible por las noches. Ya no quedan calmantes. Sólo tenemos alcohol. Los que pueden aguantarlo, beben y se pasan la noche delirando. Los que están sanos se amontonan en la oscuridad y tienen que oír aullar a los que no pueden beber. Todos tienen miedo de morir desde que llegaron los ángeles. Hacemos todo lo que podemos para que aguanten. Y cuando crees que no puedes más, oyes las baterías antiaéreas en el tejado y te das cuenta de que el tiempo sigue corriendo y de que, por cada uno que perdemos, puede que nazca otro ángel.

Un camión venía por la calle principal, resoplando y haciendo chirriar las suspensiones. «¡Paso, paso!», decía el conductor, tocando la bocina y asomando su rostro barbudo por la ventanilla. El parabrisas estaba embarrado por la sempiterna lluvia de ceniza.

La caja sin cubierta rebosaba con el cadáver pálido de un ángel. Los niños se hicieron a un lado. Uno de ellos tomó un cascote y, al pasar, lo lanzó contra el pellejo. La piedra rebotó sin hacer ni un rasguño.

—Ya queda menos ―respondió Luis―. Recuerda cómo era al principio, cuando el cielo estaba lleno de ángeles. Recuerda cuando nos escondíamos bajo tierra y los oíamos sobre nuestras cabezas. Se quedaban ahí fuera y esperaban a que nos fuéramos muriendo. Pero eso pasó. Ahora son ellos los que tienen hambre y nosotros los que podemos esperar.

—¿Y si es tarde? ¿Y si es tan tarde que no nos quedan fuerzas para seguir?

—Entonces seguirán los niños. Ellos no añoran el pasado que se perdió.

Luis tenía razón. Sin embargo, cuando dos jóvenes que se amaban tanto no conseguían ser felices, era difícil creer que alguien pudiera volver a serlo.

 

Tuvimos que interrumpir el paseo para evitar a un grupo de saqueadores del refugio número tres, el que reunía a casi todos los delincuentes. Desandamos el camino hacia la catedral para no cruzarnos con ellos. Cada refugio era una pequeña isla, con sus propias leyes y su propia política. A veces teníamos la sensación de que los ataques de los ángeles eran lo único que nos impedía sumirnos en el caos.

Había gente entrando a la catedral cuando regresamos. Un puñado de creyentes se estaba reuniendo para escuchar al padre Manuel. El padre Manuel celebraba misa casi a diario, siempre que conseguía levantarse de la cama. Algunos todavía encontraban consuelo en aquella rutina, a pesar de que su significado estaba más apartado que nunca de la realidad.

El padre Manuel era un hombre atormentado. Era fácil darse cuenta de ello. Sus manos se agarrotaban y su amplia frente palidecía cada vez que sentía una punzada de sufrimiento interior. En ocasiones se le veía pasar páginas y quedarse mirando el libro con ojos perdidos y expresión perpleja, incapaz de encontrar un capítulo que creía recordar. Por momentos flaqueaba en su lucha contra sí mismo, hasta que, de pronto, cerraba la Biblia con un golpe seco, anunciaba el final de la misa y se retiraba sin más ceremonia, sosteniendo el libro como si fuera una caja llena de serpientes.

Nos acercamos al portal, que estaba flanqueado por un parapeto de sacos de arena. En medio habían instalado una ametralladora que todo el mundo tenía que rodear para entrar. Una fila de gente pasaba despacio junto a ella. Aunque trataban de mantener la compostura, se notaba que querían ponerse cuanto antes a cubierto.

Una mujer recibió un empujón, exclamó alarmada y se agachó para recuperar lo que había dejado caer. Esther dijo:

—Ah, es la señora Celia. No me habría imaginado que la vería aquí.

―¿La conoces?

―Su marido era creyente. Se dejó atrapar por los ángeles. Lo peor es que se llevó consigo a su hijo. Desde entonces Celia ha intentado convencer a la gente para que no se deje engañar. Es la última persona que vendría a escuchar una misa.

—¿Estará bien?

—Iré a verla. Será sólo un momento.

—Te aguardamos aquí.

La fila ya había entrado. Esther empujó la puerta y cruzó el umbral. Luis se quedó conmigo junto a la ametralladora. Él no era creyente y a pesar, o a causa, de la situación en la que vivíamos tampoco tenía muchas ganas de serlo, ni siquiera en la versión de macuto concentrada que circulaba entre los soldados.

Me asomé al interior, atraído por los restos del olor a cera que seguían impregnados en los muros. Los cuadros y las estatuas parecían arrinconados por las cajas de munición, los repuestos mecánicos, los sacos de comida y los paquetes de medicinas. Había que hacerle sitio a lo que era realmente necesario. Después de todo, aquella gente sólo eran los restos del festín que los ángeles se habían dado con los suyos.

Manuel leía el Apocalipsis. Parecía que siempre repitiera el mismo pasaje: «Y clamó con gran voz a los cuatro ángeles, a los cuales era dado hacer daño a la tierra y a la mar. Diciendo: no hagáis daño a la tierra, ni al mar, ni a los árboles, hasta que señalemos a los siervos de nuestro Dios en sus frentes. Y oí el número de los señalados: ciento cuarenta y cuatro mil», recitaba con voz quebradiza, acompañado por algún sollozo de los asistentes. De poco les valía creer en aquello cuando la tierra, y el mar, y los árboles ya habían sido arrasados por los ángeles.

Por las noches, mientras Luis hacía guardia en el campanario, Manuel se encerraba en uno de los cuartitos de la catedral y se quedaba desvelado leyendo durante horas. Repasaba una por una las obras filosóficas de todas las escuelas, buscando las respuestas que no encontraba en la fe. Sin embargo, como si fuera don Quijote, las lecturas sólo empeoraban su aflicción. Si unas le conducían a un estado de melancolía lleno de suspiros y lamentos, otras le desquiciaban con su obscuridad hasta hacerle quebrar la noche con aullidos inhumanos. A menudo se le podía oír discutiendo consigo mismo y con hombres que llevaban siglos muertos y, probablemente, digeridos por un ángel.

Esas noches de furia espiritual dejaban exhausto al padre Manuel. Cuando daba misa por las mañanas rezaba de forma mecánica, como un zombi. Yo temía que un día lanzara la Biblia a la cabeza de los presentes, se rasgara el hábito como un salvaje y saliera corriendo entre maldiciones hasta perderse en las afueras de la ciudad.

—«Porque el gran día de su ira es venido. Y, ¿quién podrá estar firme?»

El padre Manuel cerró el libro. En silencio, sin mirar a nadie, se dio la vuelta y se fue con el rostro enrojecido. Poco a poco, la gente empezó a levantarse. La señora Celia se quedó sentada, clavada en su banco con la espalda encorvada. Su pelo estaba lleno de canas.

—Vámonos a dormir. Estarás cansado —dijo Esther al salir.

—¿Te ha dicho algo?

—Yo estoy cansada.

Esther se lo llevó del brazo. Apreté el paso para alcanzarlos. Empezaba a tener sueño y no quería que anduvieran despacio para esperarme. Además, la gente que había salido temprano empezaba a transitar las calles y no había muchas caras de las que te pudieras fiar.

Al cabo de un rato, Luis insistió:

—¿Qué te contó la señora Celia?

—El mes pasado le robaron. Quemaron en la calle casi todos sus recuerdos.

Luis resopló y, después de pensarlo, dijo:

—Pero, ¿por qué…?

—Estaba ahí sentada, con un perro muerto en el regazo. Lo había tapado con ropas de bebé y le hablaba como si fuera su hijo.

Luis se frotó la frente. En aquel momento, Esther se inclinó y se apartó para vomitar. Luis se olvidó de la señora Celia y se ocupó de Esther, que era después de todo lo único que podía hacer.

La verdad es que aquella historia sólo fue una más de las que veíamos cada día. Y aunque siempre nos tomaran por sorpresa, al final ni siquiera podías recordarlas todas.

 

Unas horas más tarde llegaba la noche y, con ella, las hogueras, el miedo, la gente que buscaba refugio, las madres con sus hijos, los hombres con sus mujeres, los ancianos y los locos con sus fantasmas. El sol hinchado y tembloroso huía entre las nubes de ceniza, un espejismo que se fundía en un baño de sangre y dejaba pista libre al horror.

De noche no los veíamos venir. El radar estaba averiado, los ángeles lo habían atacado tantas veces que se nos habían acabado las ideas para repararlo. Y los ángeles podían vernos de noche lo mismo que de día. Así que nuestra única opción era correr. Correr, escondernos y confiar en que lograríamos resistir un día más.

Los ángeles habían aprendido a evitar la luz del día. Atacaban al atardecer, cuando la gente estaba más cansada y los rezagados aún estaban volviendo de las ruinas. Nos pegábamos a un aparato de radio y esperábamos noticias de los vecinos que vigilaban el cielo, a veces los habitantes de una ciudad, otras un superviviente solitario en las colinas con su escopeta, su perro y un generador de gasoil. Pero tampoco nos servía de mucho; los ángeles podían recorrer en un día cientos de kilómetros para pillarnos desprevenidos.

—¿Son las alarmas? —preguntó Esther, levantándose del camastro. Tenía un aspecto diferente con el pelo suelto y sin la ropa de hospital. Esther dormía en la cama contigua a la de Luis, en los barracones del refugio número uno. Yo dormía en una sala contigua, con los otros niños. La gente del turno de noche estaba empezando a despertarse, metiéndose sin ganas en los pantalones, calzándose sus zapatos hartos de caminar. Cuando oyeron las alarmas, se dieron prisa de repente para terminar de vestirse.

—Tengo que relevar a Pablo —dijo Luis—. Tengo que ir. Si no llego antes que los ángeles pasará toda la noche ahí arriba. No aguantará tanto tiempo.

—No. Luis, no. No vayas.

Luis paró un momento de vestirse y le dio un beso.

—Despierta a Chico y llévatelo al hospital. Os buscaré por la mañana.

—¡Luis!

—Estaré bien. Lo prometo.

Luis corrió hacia la entrada y Esther se dirigió entre la oscuridad hacia la sala contigua. Luis tuvo que luchar contra el torrente de humanidad que estaba entrando en el refugio. Era un torrente lento y triste. La gente ya estaba acostumbrada a los ataques. No gritaban, no gemían ni se empujaban presa del pánico. Conocían demasiado bien aquel camino.

Luis se detuvo en un remanso a un lado del portal. Los soldados ya se apostaban fuera, gente dispar, unos veteranos, otros milicianos improvisados. Todos miraban al cielo. Aquí y allá se encendían hogueras para iluminar la ciudad. Los dos últimos focos, maltrechos, se calentaban sobre el hospital. Las baterías antiaéreas chirriaban mientras apuntaban sus cañones en la dirección del ataque.

Luis se asomó para atisbar la torre del campanario. Tras ella, a gran distancia, vio una escuadra de ángeles reflejando por un instante los últimos rayos del Sol. Estaban pastoreando a los supervivientes hacia las entradas de la ciudad.

—¡Luis! ¡Luis! —le llamó Esther. Había un centenar de cabezas entre los dos.

—¿Qué? ¡Esther!

—¡Se ha ido!

—¡No salgas! ¡Los ángeles ya están sobre la ciudad!

—¡Luis…!

—¡Iré a buscarlo!

Yo me había despertado con las alarmas y me había ido detrás de Luis. En medio de tantas piernas, pasé de largo sin darme cuenta y fui directo hacia la catedral.

En la calle, los rezagados corrían hacia el refugio: un anciano con una camisa de algodón a cuadros, un hombre de color que llevaba una mochila amarilla en la mano, una madre que tiraba de una hija ciega. Los soldados daban gritos sin cesar, impacientes por cerrar las puertas. La multitud murmuraba y se preguntaba si el resto de los refugios habrían cerrado a tiempo.

—¡Paso! —dijo Luis, saliendo a la calle, intentando meterse entre la gente y los sacos de arena—. ¡Paso! ¡Dejadme pasar!

Alguien se quejó de un codazo. Alguien intentó alertarle cuando empezó a bajar la calle principal a la carrera. Luis no escuchó a nadie. Los aleteos de los ángeles resonaban sobre la ciudad y los oídos le zumbaban diciéndole: “¡Cuidado!”, diciéndole: “¡Peligro!”, diciéndole: “¡Escóndete! ¡Sobrevive!”

Arriba, en el campanario, un ángel cayó desde el cielo, se aferró a la jaula de hierro y batió sus reflectantes alas a la luz de las hogueras. El hambre le podía más que el dolor de la descarga eléctrica. Una ráfaga de fusil le alcanzó sin hacerle daño. Las baterías apuntaban en otras direcciones, aquí, allá. Era imposible saber cuántos ángeles se escondían en la oscuridad.

Todavía había gente en las calles. Los escondrijos entre las ruinas no resistían mucho tiempo los embates de los ángeles, que se lanzaban enseguida sobre los que salían huyendo de ellos; en cuanto tocaban tierra, los soldados cargaban apuntándoles a la cabeza y Zacatecas se llenaba con los chillidos de los monstruos y el furioso tableteo de las armas.

Mientras tanto, arriba en el campanario, yo me había encontrado de frente con el ángel que estaba aferrado a la jaula. Me devolvió la mirada con sus pequeños ojos de araña, los que utilizaban cuando miraban hacia el Sol. Debajo había otro par de ojos, muy grandes, que mantenía cerrados. Seguramente veía el resplandor de mi conciencia a través de los párpados.

Pablo estaba sentado con la espalda pegada contra los fardos. El ángel, crepitando por la electricidad, se asomó, metió una zarpa entre los hierros y volcó el fusil que estaba colocado sobre un trípode. Pablo sacó una pistola de su cinto y disparó a la mano de tres dedos. Las balas se estrellaban contra la piel lechosa y se desprendían convertidas en chapas.

El ángel, irritado, empezó a tirar de los hierros, a doblarlos y arrancarlos como si fueran varillas de mimbre. Caían de forma ruidosa sobre la calle.

Pablo reaccionó al verme. Se levantó, me metió en las escaleras y fue detrás mio. En la oscuridad, bajando a tientas, sólo oíamos las alarmas, el ruido de las baterías, los gritos, los aleteos y las uñas que rascaban las piedras de la catedral.

Nos encontramos con Luis en la densa oscuridad de la planta. Él estaba allí, de pie en el portal, recortado contra la luz temblorosa del exterior y los reflejos de los focos.

Nos llamó. Corrimos hacia él. No se nos ocurrió ponernos a cubierto, refugiarnos tal vez en el cuarto del padre Manuel. Pensábamos que el ángel se quedaría allí arriba, aferrado al campanario. Y así, como pasan las cosas en la guerra, en un momento dado estábamos corriendo hacia el portal y en el siguiente nos encontramos envueltos en polvo y escombros y bañados por la luz crepuscular del exterior. No nos dimos cuenta de lo que había pasado hasta que empezamos a sentir las heridas.

El ángel apareció atravesado en el techo de la catedral, arrancando todavía tejas, piedras y polvo. Se había quedado enganchado entre los cables que elecrificaban la jaula. Se debatía con una fuerza titánica, haciendo temblar los muros. El polvo se desprendía de la mampostería y las vidrieras saltaban en pedazos.

El ángel dejó de luchar contra los cables e intentó alcanzarnos. Abrió por primera vez los ojos nocturnos, tersos y blanquecinos como los de un pez muerto. Estiró el cuello y abrió la boca con un “oh” nebuloso. Tendió uno de sus largos brazos de tres dedos hacia Pablo, que yacía aturdido y algo ensangrentado entre los cascotes.

—¡Chico!

Luis tiró con un brazo de mí hacia el portal, mientras el ángel se retorcía, rugía, chillaba y arañaba las botas de Pablo. Yo estaba herido y aturdido. Tenía un fuerte golpe en la cabeza. Luis estaba sangrando, tenía una pierna rota y un brazo que también estaba mal. Ninguno de los dos tenía fuerzas suficientes para huir.

Los focos del hospital estaban apuntando hacia la catedral, pero no había nada que hacer hasta que los soldados echaran a los ángeles de las calles. Sólo nos quedaba resistir como pudiéramos, aunque al final no sirviera de nada.

En aquel momento, una puerta se abrió y un quinqué surgió de ella, agitando la llama en la oscuridad:

—¡Monstruo! ¿Es que no tenéis bastante con habernos dejado atrás? ¡Dejadnos en paz! ¡Este no es vuestro mundo! ¡Regresad al lugar del que habéis venido!

Era el padre Manuel. Vestía una camisa larga de dormir que le daba un aire más quijotesco que nunca. El ángel se volvió hacia él. La luz del quinqué se reflejó en sus alas.

—¡Vete! ¡Retrocede!

Luis aprovechó para hacer otro esfuerzo. Su manga izquierda parecía negra de tanta sangre que tenía. Se apoyó en su pierna buena y se arrastró de espaldas, llevándome consigo. Logramos alcanzar el portal. Nos tropezamos con la ametralladora. Luis me soltó y se puso a tirar de ella para darle la vuelta.

El padre Manuel corrió hacia el púlpito, blandiendo el quinqué e intentando atraer con él a la criatura. El ángel se retorció y se agarró al suelo para tirar de los cables.

—¡Engendro! ¡Con fe o sin ella, yo…!

El ángel embistió hacia él y lo tumbó de un tremendo manotazo. El padre Manuel rodó sobre el púlpito y se desplomó sobre el suelo. El quinqué se hizo añicos, prendiendo el queroseno y la manga de la camisa.

El ángel arrancó baldosas, bancos y tejas hasta que consiguió cernerse sobre él. Hubo un resplandor, se oyó el chisporroteo de la conciencia que se desvanecía, y luego nada.

Había tanto silencio que pensé que ya me había muerto. Pero el ángel no se había saciado. Se dio la vuelta y nos miró con aquellos ojos grandes y pálidos. Aún tenía la boca abierta. Era como un sumidero, una espiral que inhalaba vapor frío, girando y girando sin cesar…

Y eso es todo. Aquella es la última imagen que recuerdo. Se me enturbió la vista, cerré los ojos y perdí la consciencia.

Tardé quince años en recuperarla.

Si no fuera por la cicatriz en la frente, probablemente me habría olvidado de que aquello había sucedido. La guerra se acabó para mí cuando el destino quiso que acabara, y no hay nada que hubiera podido hacer al respecto.

 

No resulta fácil tener veintitrés años cuando la última vez que abriste los ojos sólo tenías ocho. El mundo cambia mucho en ese tiempo. Sin embargo, el ritmo de la vida es como un río impetuoso: basta soltarse de la orilla para que te arrastre con él.

Luis nos salvó a los dos aquella noche. Mató al ángel en la catedral. La gente dice que fue un héroe. Yo le conocí y sé que sólo era un tipo normal que de algún modo había conseguido sobrevivir en aquel mundo tan extraño.

Al final Luis perdió el brazo izquierdo y su rodilla derecha se quedó rígida. Los días fríos le dolía y no le dejaba caminar. Los sufrimientos de la guerra también pasaron factura a su cabeza y el hombre que vive hoy sólo es una sombra del que fue. Aun así, cuando habían pasado apenas seis meses desde el último avistamiento, fue él el primero en quedarse fuera al atardecer, sentado en una silla. Llegó el ocaso, pasó la noche, y cuando el Sol salió de nuevo la gente de la ciudad se sintió libre.

Esther murió hace dos años, así que no volví a verla. Después de tantos años ayudando a los demás, cuando ella enfermó por la contaminación de los incendios ya no teníamos con qué curarla. Luis y ella no tuvieron hijos, pero él estuvo a su lado hasta el final.

En el nuevo mundo después de los ángeles, la mayor parte de sus habitantes son más jóvenes que yo. Nunca han conocido el horror que destruyó Zacatecas. Nunca han visto a la gente alimentando de forma irresponsable a los monstruos porque les recordaban un viejo cuento para dormir.

Ahora que trabajo engrasando las baterías antiaéreas para que no se emboten, me doy cuenta de que los ángeles no son lo único que no echarán de menos. Hoy en día la gente ya no tiene que levantar la vista preguntándose qué día la muerte caerá del cielo.

 

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