Fran Ontanaya

El premio de lotería

 

 

 

Era un día gris y la ciudad estaba vacía y empapada. Tres operarios y una máquina trabajaban lentamente bajo la lluvia, derribando la antigua sede de un grupo financiero. Un perro ciego hurgaba junto a la valla con manía compulsiva. El rascacielos era la única estructura que seguía en pie en el barrio. El aire parecía haberse abierto paso a la fuerza a través del cemento, aplastando los edificios como burbujas en un plástico de relleno.

Nadie echaba de menos lo que se había perdido. La ciudad había salido hacía tiempo de los pensamientos de la gente. Si acaso quedaba algo que valiera la pena mencionar, sin duda alguna era la inusitada transformación que había experimentado el señor S., el cual, despojado de toda aptitud para la interacción social, había quedado reducido a un esquemático conjunto de palancas y engranajes accionados por la fuerza mecánica de la rutina.

Para el señor S., la desaparición del barrio en torno al rascacielos en el que tenía su despacho había pasado desapercibida. Todavía no se había hecho a la idea de que el cambio radical que había sufrido la ciudad hubiera despojado por completo de sentido su antiguo estilo de vida. Sin embargo, no estaba solo en aquella tribulación. Todas las mañanas la policía acudía a las obras para echar a los saqueadores que por la noche saltaban las vallas y se colaban dentro. Conforme los morosos brazos de las máquinas derribaban los muros, los que se negaban a desprenderse de las ubres secas de la metrópoli aparecían detrás, pululando como termitas en un tronco de madera podrida.

El rascacielos era la obsesión central del señor S. Cada día, a primera hora de la mañana, llegaba caminando a través de la avenida, con su traje grande lleno de sietes y su figura huesuda de ojos hundidos, mejillas macilentas, boca fláccida y dedos largos y flacos como patas de araña. Los golpes de viento lo zarandeaban de un lado a otro y lo hacían tropezarse con sus propios pies.

Trastabillando de aquella manera, el señor S. cruzaba el asfalto, se detenía frente a la verja y se quedaba mirándola con expresión vacía. A continuación empezaba a acariciar el candado, se aferraba a él con ambas manos y le daba una violenta sacudida. Se quedaba inmóvil, dejando que el repicar de la valla se extinguiera en la distancia, y entonces volvía a empezar. Si no eran los operarios los que se cansaban de oírle e interrumpían las obras para abrirle la valla, él mismo se ponía a treparla, saltaba al otro lado y, sorteando los cascotes, corría escalera arriba hasta desaparecer en el interior del rascacielos.

Al cabo de un rato, el señor S. salía del edificio con paso taciturno. Sin dirigirle la palabra a nadie, abandonaba la obra, cruzaba la avenida y se perdía de nuevo en la ciudad.

Aquel era el ritual diario del misterioso señor S. Aunque muchos afirmaban conocerle de algo, incluso haber trabajado en el mismo departamento que él, nadie recordaba su nombre ni qué clase de vida llevaba fuera de la oficina.

 

Un día radiante de invierno, diez años antes de la crisis, en una ciudad mucho más limpia y próspera, se podía ver al señor S. estacionando su coche nuevo en su plaza reservada, bajándose de él con esfuerzo y desplazando su considerable masa para cruzar la avenida, esquivar con mal humor un cachorro abandonado en una caja de cartón y ascender la escalera del rascacielos. Una vez arriba, se secaba el sudor de la frente, guiñaba el ojo a la sonriente recepcionista, respiraba aliviado al sentir la caricia del aire acondicionado y se encaminaba hacia el elevador para ocupar su puesto en su elegante despacho.

El señor S. no era un hombre especialmente talentoso. De hecho, la certeza incuestionable de su falta de genio era lo que le había impulsado a dedicarse a las finanzas. Su éxito se podría atribuir a los caprichos de la fortuna y a la conocida tendencia del dinero a atraer más dinero. El mayor mérito del señor S. había sido mantener la boca cerrada mientras las bonanzas del azar se acumulaban sobre él.

Una de las supersticiones con las que compensaba su ignorancia de las causas de su buena suerte era comprar cada mañana un billete de lotería en la expendedora del vestíbulo de su planta. Había empezado a hacerlo cuatro años antes, el mismo día que lo contrataron. Desde entonces había jugado un total de setecientos veintiocho billetes, de los cuales, hasta aquel momento, setenta y cuatro le habían salido a devolver, ocho le habían pagado el almuerzo y dos el restaurante y la compañía ad hoc. Pese a sus discretos resultados, el señor S. se consideraba en general un jugador afortunado.

Aquel día radiante de invierno, sin embargo, al señor S. le tocó el gordo de Navidad.

 

Unos años más adelante, durante una primavera bochornosa, el señor S., cuya progresión en la empresa se había estancado, se vio obligado a dejar su coche en el aparcamiento subterráneo al otro lado de la avenida. Había tenido que vender su plaza reservada para financiar una operación, aunque esperaba recuperarla pronto en cuanto obtuviera beneficios.

La presión de su cargo había hecho mella en su físico. No le había quedado más remedio que renovar su vestuario, con algo menos de clase para no abusar de las tarjetas de crédito. Aun así, todavía solía vestir alguna prenda del traje con el que había ganado la lotería. Por ejemplo, aquella vez llevaba los mismos calcetines, cuya holgura era más fácil de disimular.

Aquella resultó ser una decisión infeliz. Cuando cruzaba la acera, un perro callejero salió de ninguna parte, se abalanzó hacia él y le mordió los tobillos. El señor S., escandalizado, trepó corriendo la escalera, agitando los pies para sacudirse al animal de encima. Llegó arriba tras conseguir librarse de su inesperado némesis, a costa, eso sí, de arruinar sus preciados calcetines.

Desanimado por la pérdida, el señor S. se aflojó la corbata, cruzó el vestíbulo, saludó de forma lacónica a la recepcionista, que no se fijó en él, y subió a su despacho. Antes de ocupar su asiento tras su escritorio de roble compró un billete de lotería. Sólo le tocó el reintegro. Suspiró resignado y se metió en su oficina, donde le esperaba una pila de asuntos pendientes.

Por aquel entonces el señor S. ya no llevaba en persona sus negocios. Se limitaba a supervisar los balances de sus subordinados y desconocía qué movía los entresijos de su babélica cartera. Todo lo que el señor S. sabía era que invirtiendo tanto dinero obtendría tantos beneficios al cabo de tanto tiempo, probablemente.

Mientras tanto, su vida privada también había empezado a resentirse. Como su trabajo había dejado de ser excitante, se recompensaba a sí mismo con aficiones de lo más excéntricas. Sin embargo, sus momentos de ocio consumían cada vez más rápido su dinero y sus mermadas energías y lo dejaban cada vez menos satisfecho.

 

Dos años antes de la crisis, el otoño era seco y monótono. El señor S. empezaba a tener dificultades para aparcar su viejo coche. Más de una vez lo dejaba en la calle, donde terminaba siendo víctima de la política jingoísta de algún chucho del barrio.

El hombre, demacrado y envejecido, había empezado a consumir cocaína para combatir las montañas de trabajo que se pudrían en su escritorio. Sin embargo, lo único que conseguía era sembrar el caos en todo lo que tocaba. Sus negocios empezaban a acusar sus altibajos, unos dilatándose de forma intolerable en el tiempo, otros hundiéndose de forma embarazosa en el fracaso. A lomos de aquel carrusel de excitación y pánico, el señor S. ni siquiera se molestaba en devolver el saludo a los que salían temprano de la oficina. Lo único que pasaba por su mente era reencontrarse cuanto antes con su adorada y odiada máquina expendedora de lotería.

La vieja usurera seguía en el mismo rincón, murmurando sin cesar su tonta letanía. El señor S. ya no se conformaba con hacer apuestas simples. En cuanto podía reclutaba a tres o cuatro juniors incautos para que jugaran con él. Después de reunir su botín, regresaba al vestíbulo de su planta y estampaba su móvil contra la máquina, con tanto ímpetu que parecía convencido de que obtendría mejores resultados si empleaba la fuerza.

Como era de esperar, aquel método no cambió su suerte. Así que el señor S. empezaba cada mañana encorvado ante los resguardos de sus boletos, arrugados y escampados por la superficie rayada del escritorio, y la continuaba con una nueva dosis de coca para enmascarar la perspectiva de otro día sombrío y estéril.

 

El capital del señor S. se fue por el sumidero en cuanto llegó la crisis. Hasta donde le fue posible mantuvo la ilusión de normalidad, conduciendo su coche entre el metro y la sede y vistiendo todavía sus mejores trajes a pesar de su alarmante delgadez. Evitaba al perro que ladraba ante el edificio, subía con calma la sucia escalera, cruzaba con pasos huecos el vestíbulo desierto y se metía en el elevador lleno de colillas para presentarse en su puesto de trabajo, al que sólo llegaban los avisos de impago y las insistentes llamadas de los fiscales.

Si todavía se acordaba de hacerlo, rascaba del fondo de un bolsillo una moneda y la dejaba caer en las insaciables entrañas de la máquina de lotería. La máquina aceptaba a regañadientes aquella obsoleta forma de pago y procedía a anunciar su veredicto, que era, de forma invariable, una nueva raya en los muros de aquella inmunda celda de cemento.

Con los brazos colgando, el señor S. entraba en su despacho y se sentaba ante su escritorio, al que habían ido a parar las venenosas carteras de los que se habían permitido dimitir. En la empresa solo quedaban los técnicos que mantenían los viejos servidores, los cuales, por mera inercia, seguían masticando y digiriendo con acidez los huesos que restaban del festín.

El señor S., apurado por las deudas y superado por la magnitud de sus problemas, había cambiado la cocaína por la marihuana. Sabiendo que nadie le iba a interrumpir, se liaba un pitillo con el resguardo de su boleto no premiado y, tras darle una larga chupada, se reclinaba en el sillón y se dejaba flotar por encima de la realidad. Así se iba diluyendo su conciencia, como el humo acre que danzaba y se enroscaba sobre su cabeza y llenaba poco a poco el techo de la habitación.

 

Un día frío y lluvioso de verano, el señor S. se acercó por última vez al rascacielos. El edificio se había ido debilitando como una torre de jenga. Cuando soplaba el viento se podía oír cómo crujía y rechinaba de forma lúgubre. Los operarios habrían preferido dinamitarlo y retirar luego los escombros antes de que se despertara el demonio que parecía llevar dentro.

Como si supiera que el tiempo apremiaba, el señor S. ignoró el candado, saltó la valla, pasó bajo la cascada de agua que se vertía por las grietas de la fachada y cruzó como una exhalación el vestíbulo inundado. Los operarios siguieron dirigiendo las mandíbulas de la máquina para que mordiera y desgarrara otro bocado de acero y hormigón.

La electricidad todavía fluía por el cableado del rascacielos, a pesar de que las aceras estaban levantadas y las plantas superiores habían desaparecido. Nadie había podido averiguar de dónde obtenía su energía. Sólo los servidores que controlaban el edificio habían dejado de funcionar. Como vampiros privados de sangre fresca, estaban todos muertos o en estado catatónico.

El señor S. tomó las escaleras y emprendió el largo camino ascendente, vuelta tras vuelta, hacia su despacho. La máquina de demolición había llegado a su planta el día anterior. Su despacho estaba hundido en parte y expuesto a la intemperie entre los muñones de los pilares maestros.

La expendedora de lotería nadaba en medio de un charco de cemento embarrado. El señor S. se quedó mirándola con impotencia, mientras la tormenta arreciaba y las aves que se habían refugiado bajo los improvisados aleros se estufaban y sacudían la humedad de sus plumas. La máquina ya no emitía ninguna de sus atractivas luces ni sus chirridos de reclamo. Solo yacía allí, inerte. El embrujo que había convertido el plástico y el metal en una dispensadora de felicidad se había desvanecido.

El señor S. hurgó en el bolsillo de su holgado pantalón. Sus dedos como patas de araña encontraron una roñosa moneda. Después de palparla un rato, la introdujo en la ranura. La moneda rodó por el interior, rebotó en algún recodo secreto y quedó finalmente depositada con un clinc apagado en el cajetín de la vuelta.

El señor S. miró la máquina con expresión estúpida. Se puso a acariciar los botones y el cristal resquebrajado de la pantalla. Hasta que, de pronto, la agarró con ambas manos y le dio una violenta sacudida. Los pájaros que estaban cerca salieron revoloteando.

Cuando pasó la desbandada, el señor S. tiró una vez más de la máquina, y otra vez más, y otra más. La máquina de lotería empezó a desprenderse de la pared. El señor S. siguió tirando hasta que la máquina cedió de golpe, arrancando los cables y arrastrándole consigo. Medio ahogado en el charco, sintió un calambre y dio un salto, retrocediendo a suelo seco.

Durante un tiempo no pasó nada. Pero, conforme la sobrecarga se propagaba por la red eléctrica, el edificio empezó a gruñir, a rugir, a humear por grietas y ventanas y a iluminarse con resplandores de fuego como si se hubiera convertido en el infame toro de Falaris. En la calle, los tres operarios abandonaron a su suerte la máquina de demolición y se alejaron corriendo de allí.

El incendio no tardó en debilitar la estructura. El rascacielos empezó a desmoronarse, lentamente, como si se estuviera plegando sobre sí mismo. El señor S., incapaz de superar la pérdida de su máquina de lotería, se dejó engullir sin más por la medusa de llamas y escombros, cuya furia no consiguió aplacar con su magro sacrificio.

 

Las pilas de cascotes siguieron ardiendo durante días. Aquí y allá columnas de humo blanco se retorcían de forma morosa contra el atardecer. Entre los escombros se veían restos de mobiliario y equipos electrónicos convertidos en irreconocibles amasijos.

Los operarios habían terminado su trabajo en aquel barrio. Ya no había ninguna pared que tapara el paisaje. Los campamentos y los viejos molinos de viento que rodeaban la ciudad como un corro de senderuelas se podían ver ahora más allá de los túmulos de cemento.

Un perro ciego hurgaba entre el polvo con manía compulsiva. Estuvo en ello toda la noche. Cuando rompió el alba, el perro, llamado E., consiguió desenterrar la manga chamuscada de un traje demasiado holgado. La mordió y estiró gruñendo de ella durante un buen rato, hasta que la tela no resistió más y se rompió.

Así terminó la transformación del desdichado señor S., quien, después de haber sido alcanzado por las fuerzas inexorables del caos, había quedado reducido a un despojo anónimo rebozado de cemento. Seguramente el destino con el que había contado no se parecía en nada al que tenía por delante: antes incluso de que los escombros se hubieran enfriado, los restos del señor S. servirían de relleno para los cimientos del próximo rascacielos, el cual también iba a disponer, no cabía duda de ello, de su propia máquina de lotería.

 

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