Fran Ontanaya

Grigol

 

 

 

Cuando Grigol plantó los pies en la ribera y alzó la cabeza, el mundo entero dio un vuelco y con él, aunque el joven pastor aún no podía saberlo, su vida monótona y anodina.

Unos momentos antes, su rebaño pastaba en la cima de la colina, en uno de los verdes valles del Cáucaso, mientras él lo contemplaba distraído, apoyado en su bastón. El sol bañaba los prados y las laderas entre una manada de nubes sueltas e hinchadas. Las ovejas se entrelazaban de forma aleatoria pero armónica, como figuras de un arabesco viviente, y no parecía que nada extraordinario fuera a suceder.

Arropado por el calor tibio y resplandeciente del mediodía, Grigol se dejaba caer en un lúcido ensueño. El tiempo transcurría despacio en la montaña. El joven pastor georgiano, que aún no había cumplido la treintena, había pasado buena parte de su vida en aquel valle. Y, aunque desde que se encontraba allí apenas había cruzado unas palabras con nadie, puesto que había elegido él mismo aquel estilo de vida no le preocupaba en absoluto la monotonía del silencio.

En aquel lugar apartado de la civilización Grigol sólo se veía con el Propietario y su cuadrilla de esquiladores. De hecho, si no fuera por aquellos visitantes, nadie habría podido dar testimonio de su eremítico retiro. Sin embargo, pocas veces tenía nada que hablar con ellos, puesto que al primero, un hombre de ciudad, sólo le interesaba el sonido del dinero, y los segundos, mecánicos en su diligencia, no querían que les interrumpieran salvo para ser informados de que tal oveja estaba lastimada o tal otra a punto de parir. Para ellos la existencia de Grigol era un mero artefacto de las necesidades del rebaño y carecía por tanto de significado más allá del valle.

Días antes de que su vida sufriera el revés en la cima de la colina, el joven pastor había conducido las ovejas hasta el esquiladero al pie de las montañas, para descubrir tan sólo que el Propietario y su cuadrilla no habían cumplido con su cita. No le había quedado más remedio que esperar, sentado en la puerta y soportando con paciencia la humedad de una inoportuna borrasca. Había aguardado toda la tarde, y la noche también, y el día siguiente entero. Al tercer día el Sol lució de nuevo, pero la carretera que serpenteaba por la pendiente seguía desierta. Puesto que a las ovejas ya les iba haciendo falta pasto fresco y a él se le acababan los víveres, juntó el rebaño y lo condujo de vuelta al refugio. En cualquier caso, el Propietario nunca trabajaba de jueves a domingo, los días que dedicaba a gastar dinero y emborracharse en algún casino de Tskaltubo.

Así que allí arriba estaba Grigol aquella tarde, contemplando con mirada distante cómo pastaban las ovejas. Un águila volaba bajo el resplandor de las nubes, el arroyo murmuraba y los insectos daban vueltas sin descanso sobre la hierba caliente. El tiempo estaba petrificado en aquel valle. Una vida entera en el Cáucaso se habría podido condensar en una semana en la ciudad, porque en esta última la historia se amontonaba con tanta prisa que apenas daba tiempo a darle sepultura. Grigol había huido a la montaña en busca de la certeza sobre dónde estaría y qué estaría haciendo al cabo de otros treinta años, y eso era, hasta aquel día, lo que creía haber encontrado.

Grigol guiñó los ojos con esfuerzo, tratando de no quedarse dormido sobre el bastón. Cada vez que los abría encontraba las ovejas donde las había dejado, pero con las posiciones cambiadas, girando como las figuras de un mandala en su determinación por morder, masticar e ingerir hasta la última brizna de hierba. El joven pastor estiró la espalda, bostezó, se rascó un codo, suspiró con pereza y finalmente decidió bajar al arroyo a recoger su saco y su cantimplora antes de que las ovejas se desperdigaran.

Tomando el bastón por el medio, Grigol se dio la vuelta y se dejó caer sobre la pendiente, deslizándose sobre el negro mantillo y las astillas de piedra que el hielo había arrancado de la vieja roca. Sus piernas flacas se movían con agilidad pero sin arte, con los pies siempre bien plantados en el suelo. Le gustaba el sonido que hacía la tierra al golpearla con sus zapatillas: tump, tump, tump…

En el instante en que sus pies pisaron la hierba de la ribera, la colina saltó por los aires y, como se había dicho, el mundo entero cambió y con él su tranquila existencia.

La onda expansiva le arrastró al suelo y lo vapuleó como a un saco de arroz. La nube de polvo cubrió el arroyo y las cortinas de tierra y piedras cayeron sobre él, aunque lo único que sentía era el dolor lacerante de sus tímpanos. Se quedó echado entre la hierba, tapándose los oídos, tosiendo y quejándose, hasta que el polvo se asentó y empezó a darse cuenta de que, a pesar de todo, parecía haber escapado de una pieza de aquella catástrofe.

Cuando se rehizo y se puso de nuevo en pie, descubrió a su rebaño tirado a ambos lados del arroyo, esparcido por el prado como las legumbres de un tarro volcado. Las mismas ovejas que antes se arremolinaban sobre la verde alfombra de la colina, bajo la cúpula celeste y las sombras de las nubes algodonosas, habían dejado de existir como tales y sólo quedaban sus partes constituyentes, repartidas al azar por la ribera en una escena infernal de quijadas, patas y pellejos sucios.

Así concluyó el extraño suceso de la colina, sin que el causante o causantes aparecieran por ningún lado.

 

Más tarde, Grigol llegó al refugio, cruzó el umbral y se dejó caer como un fardo sobre el camastro, sumido en la oscuridad del atardecer.

El trayecto de la colina al refugio se le había hecho eterno. Había vagado de un lado a otro, desorientado, parándose cada vez que el dolor se le hacía insoportable. A mitad de camino, mientras se lavaba un poco de sangre en el arroyo, se había sentado en una piedra junto al curso turbulento del agua, cuyo rumor ya no podía oír, y había tratado de imaginar en vano qué propósito podía haber detrás de aquella hecatombe.

Por supuesto, el valle de Grigol estaba cerca de la frontera. Durante el último conflicto las bombas lo habían sobrevolado en un sentido y en otro. Sin embargo, Grigol no veía cuál era la necesidad de quitarse de en medio a un pobre pastor de ovejas. Aquel lugar apenas tenía importancia en el gran esquema de la Historia. Todo cuanto allí había eran fantasmas del pasado, fantasmas que ascendían la montaña como bolsas de aire caliente y se quedaban atrapados entre la hierba de aquel valle intemporal.

Fuera cual fuese el motivo, lo único cierto era que ya no tenía empleo, ni un plan de futuro, y mucho menos dinero para salir adelante. ¿Qué iba a hacer si el Propietario le denunciaba por la muerte de las ovejas? ¿Quién le iba a dar trabajo si se quedaba sordo? Sabía que debía ir a la ciudad para que lo examinara un médico, pero el hospital más próximo se encontraba a un día de camino y ni siquiera creía que pudiera volver a levantarse.

Grigol se quedó echado en el camastro, inerte, durante el resto del atardecer y la caída de la noche. Su cabeza estaba llena de rumores extraños que no eran sino el canto del cisne de las células agonizantes de sus oídos. Empezó a dormitar de puro agotamiento, tanto físico como espiritual, aunque, tan pronto se desvanecía, el cambio de postura le provocaba una punzada que lo despertaba de un sobresalto. Fue aún más consciente de su aislamiento cuando echó de menos los ruidos de la noche, que eran el único sonido que lo solía acompañar hasta la inconsciencia.

Así fueron pasando las horas. Cuando el alba empezó a insinuarse sobre las cumbres del valle, el joven pastor, incapaz de aguantar ni un minuto más, cayó rendido. No llegó a sentir, por tanto, ninguno de los redobles que estaban sacudiendo el valle, ni vio los resplandores y el humo que empezaban a asomar aquí y allá sobre el horizonte, piras lejanas que se retorcían y contorsionaban en el aire como negros demonios. Durmió sin sueños el resto de la mañana, hasta que el hambre, la sed y la necesidad de orinar le hicieron sentirse incómodo.

 

Al despertar, Grigol notó el aire pesado, sin la típica transparencia cristalina de la montaña. Los oídos no le dolían tanto como el día anterior, pero los tenía abotargados e hinchados. Aunque podía oír algo, sólo le valía para saber que no estaba sordo.

Doliéndose de las recién descubiertas heridas de la metralla, salió sin ánimo a vaciar la vejiga. Estaba rebozado todavía en el polvo de la colina y tenía las manos y la cara manchadas de sangre, como si el auténtico propósito de la bomba hubiese sido dejarle marcado con estigmas que no podía esconder.

Regresó al refugio para calmar la sed. Bebió sin levantar mucho la cabeza para no marearse. Después se sentó en el borde del camastro, preguntándose si sería capaz de obligarse a ingerir algún alimento. Aunque Grigol tenía un apetito frugal, el trabajo en la montaña le había acostumbrado a no pasar un día en ayunas. Aquella tarde, sin embargo, con el Sol descendiendo hacia el horizonte y sin nada que hacer, su reloj interno estaba desajustado, como si lo hubieran engañado sustituyendo el mundo a su alrededor por un escenario en el que los cuerpos celestes eran movidos por tramoyas invisibles.

Tras abandonar finalmente la idea de comer, Grigol reunió fuerzas y decidió salir a asearse. El día estaba avanzado. El aire era fresco y la niebla estaba bajando sobre el arroyo. Grigol se afeitó dos veces delante de su palangana picada y su espejo roto, la segunda después de darse cuenta de que había perdido la concentración. Siguió despacio con el resto de abluciones. Evitó lavarse la cabeza para que no le entrara agua en los oídos, cepillándose el pelo con la mirada ausente hasta quitarse la mayor parte del polvo.

Al recoger el mono sucio notó que todavía tenía impregnado el olor de la lana quemada. El recuerdo de la bomba le espabiló y le hizo sentirse culpable por haber abandonado las ovejas en la pradera.

Grigol dejó el mono sucio en un rincón y se vistió con uno viejo. Después, pensando en dar buena impresión cuando el Propietario subiera para inspeccionar la colina, cogió una escoba y se fue a limpiar el corral. Aunque el valle estuviera sumido en otra guerra, no había nada que pudiera hacer al respecto salvo esperar que todo pasara pronto.

Aquella era la segunda vez que Grigol presenciaba un conflicto armado, aunque el primero había sucedido cuando aún era demasiado joven para recordarlo. Por eso las memorias que acosaban a sus compatriotas le resultaban tan exóticas como los paisajes y costumbres medievales de El hombre en la piel de pantera, su libro preferido. Sólo había conocido aquella guerra a través de sus efectos, en forma de problemas económicos, tensiones políticas y hostilidad entre la capital y las regiones separatistas. Por lo demás, desde que había subido a la montaña, Georgia se había convertido para él en una terra ignota, donde todo lo que sucedía era demasiado increíble para tratar de comprenderlo.

Grigol barrió la tierra y el estiércol del pequeño establo, meditando con apatía en la facilidad con la que los caprichos de la Historia, de los que había conseguido librarse hasta entonces, le habían descubierto en aquel retiro solitario. Cuando terminó de barrer, se detuvo en el umbral, con las manos apoyadas en el extremo de la escoba, y contempló el crepúsculo, que ya teñía las cumbres con un resplandor encarnado que parecía radiar del interior de la roca.

Mientras el cielo iba perdiendo su tinte y la oscuridad se transparentaba a través de él, una figura vestida de uniforme apareció sobre el camino, bajando desde la cabecera del valle. Acababa de coronar una empinada loma, aunque más bien parecía salida de otro mundo, uno en el que los rebaños eran bombardeados y las montañas rebosaban de soldados que surgían de la nada.

El soldado tenía el uniforme roto y cojeaba del pie izquierdo. Se apretaba el pecho con una mano. Eventualmente, tropezó y cayó, se quedó un rato arrodillado, se levantó de nuevo y siguió caminando.

Grigol lo siguió con la mirada. El soldado progresaba con su penosa marcha al ritmo de uno-dos, uno-dos. Aún no sabía que estaba siendo observado, puesto que mantenía la mirada pegada en el suelo. Grigol se quedó atrapado por el suspense hasta implicarse físicamente en la acción, como si pudiera hacer fuerza con sus propias piernas.

El desnivel se igualó y el soldado quedó oculto tras las irregularidades del terreno. Temiendo que se perdiera en la oscuridad, Grigol fue a su encuentro, confiando en poder seguirlo sin ser visto. Sólo quería asegurarse de que el soldado pasaba de largo y no se lo iba a encontrar por la mañana tirado entre dos piedras como una serpiente. O, si decidía acampar por allí, saber al menos dónde se encontraba y si tendría que preocuparse de que más tarde decidiera investigar el refugio.

Grigol avanzó con sigilo. Sabía de memoria dónde había hierba alta, gravilla suelta o mantillo esponjoso. Sin embargo, estaba tan concentrado en sus propios pasos que, al llegar a una revuelta del camino, bastante antes de lo que había previsto, se encontró cara a cara con el soldado.

Era un soldado ruso, más o menos de su misma edad. Grigol soltó una exclamación. El soldado, creyendo que saldría corriendo para dar la alarma, se revolvió las ropas con la mano que no contenía la herida, encontró su pistola y la apuntó con gesto rápido y pulso débil contra él. Grigol blandió por instinto su escoba a modo de amenaza. Los dos se quedaron quietos.

El soldado esperó a que Grigol hiciera algo, pero el joven pastor se mantenía petrificado con una determinación extraordinaria. Finalmente, el soldado no pudo sostener el arma por más tiempo y dejó caer el brazo. Sólo entonces Grigol recuperó la movilidad.

Antes de que pudiera decir nada, el joven ruso se tambaleó hacia un lado, después hacia el otro, y se desplomó como un fardo en medio del camino.

 

Grigol terminó de arrastrar al soldado hasta el interior del refugio, sudando de forma copiosa por el esfuerzo. Luego dejó caer su trasero sobre el camastro y no hizo nada más durante un buen rato.

Una vez reposado, se levantó de un respingo, se acercó con cautela al joven ruso, tiró de las mangas para apartarle los brazos del torso y examinó sus heridas. Había mucha sangre seca y un desgarrón en la chaqueta del tamaño de un pulgar. El uniforme tenía pequeños agujeros quemados, como si hubiera estado en medio de una lluvia de metralla.

Grigol fue a buscar su lámpara de gas y su botiquín, que tenía guardados en un cuartito anexo. Dejó la lámpara sobre el suelo, prendió una cerilla, abrió la válvula, arrimó la llama a la camisa, aventó la cerilla, cerró la tapa y ajustó el flujo del gas. Los insectos del valle acudieron enseguida y empezaron a revolotear alrededor del pálido resplandor. Grigol cogió el botiquín y lo deslizó a un lado del cuerpo inerte.

La herida del pecho sangró un poco cuando despegó la camisa. Con la dedicación metódica de alguien que había curado más de una vez a las ovejas en mitad de los pastos, procedió a extraer la metralla retorcida que estaba alojada entre las costillas y a limpiar el corte lo mejor que supo.

Una vez desinfectada, cosida y cubierta la herida, Grigol abotonó de nuevo la camisa, puso una toalla enrollada bajo la cabeza del soldado y lo tapó con una manta vieja.

Salió a asearse antes de cenar, se lavó esta vez de la cabeza a los pies, se cambió el mono por unos pantalones de camales deshilachados y una chaquetilla de tela gruesa, y regresó al interior. Abrió una lata de conserva y la calentó sobre la tapa de la lámpara de gas, ahuyentando de vez en cuando a los insectos para que no cayeran dentro.

Grigol empezó a comer, mirando al soldado entre cucharada y cucharada. Este permaneció inconsciente todo el tiempo, respirando de forma pesada e irregular.

Cuando la lata se quedó vacía, Grigol la utilizó para realizar un pequeño experimento. Puso el extremo abierto de la lata al lado de su oreja derecha; luego, con suavidad, golpeó la base con la cucharilla y escuchó con atención. Hizo lo mismo en la otra oreja, y repitió el experimento varias veces, hasta convencerse de que no se había quedado sordo y hacerse una cierta idea de cuánto podía oír, que no era mucho.

Se alcanzó la pistola del soldado, que se había traído con él. Nunca antes había tenido una pistola entre las manos. Como no se atrevía a tocar ninguna parte móvil, ni siquiera para descargarla, se cansó enseguida de ella, la metió bajo los pies de su camastro y se fue a dormir.

 

Por la mañana, cuando abrió los ojos, descubrió que el soldado ruso le estaba mirando, recostado contra la pared.

Grigol se desperezó sin prisa, se sentó en el camastro y, pretendiendo que no sucedía nada, se alcanzó los pantalones y la chaquetilla y se vistió.

El soldado siguió todos sus movimientos. Su cara estaba pálida y húmeda o grasienta, con manchas rojas de fiebre. Tenía aspecto más de muerto que de vivo. Su semblante no parecía hostil, pero tampoco se podía decir que sus rasgos fueran muy expresivos. Grigol no tenía forma de saber lo que pasaba por su cabeza.

Se golpeó el pecho y dijo:

—Grigol.

A pesar de que no podía oírle, invitó con un gesto al soldado a presentarse, aunque este se limitó a pestañear un par de veces.

Grigol se rascó el esternón y, cambiando de tema, anunció que iba a preparar el desayuno. Se hizo con una lata de alubias con carne, desenroscó la lámpara de la botella de gas, enroscó un quemador, abrió la lata, giró la válvula, encendió la llama y puso la lata encima. Luego sacó un plato viejo y dos cucharas, dejó el plato y una cuchara en el lado del soldado, se sentó con las manos sobre las rodillas, empuñando todavía la otra cuchara, y se quedó esperando a que la comida se calentara.

La lata empezó enseguida a humear, llenando el refugio con su aroma y estimulando sus glándulas salivares.

El joven soldado ruso y el joven pastor georgiano se miraron desde ambos lados del siseante hornillo, impasibles, examinándose el uno al otro como si fueran un extraño artefacto caído del cielo. Se fijaron en los detalles de la ropa, la forma de las sienes, la longitud de los dedos. No parecían tener nada en común, excepto la edad y las heridas recientes.

El metal de la lata crujió al dilatarse. El contenido empezó a hervir. Aunque se suponía que eran enemigos, si aquel lugar hubiera estado aislado del resto del universo no habrían tenido ningún motivo para el recelo. En cualesquiera otras circunstancias no habrían sido más que dos meros desconocidos.

Un poco de caldo rebosó de la lata y se evaporó con un chasquido en la base. Finalmente, Grigol se levantó y apagó la llama.

Sosteniendo la lata con un trapo, sirvió la mitad en el plato del soldado. Puso un cazo al lado. Vertió agua de una botella: el agua saltó y se arremolinó hasta casi alcanzar el borde. Dejó la botella, tomó la lata y la cuchara, volvió a su sitio en el camastro e hizo una seña para animar al soldado a comer.

El soldado estuvo un buen rato mirando el cazo y el plato. Grigol temió que no tuviera fuerzas para acercarse la comida. Pero, por fin, se movió, despacio y con rigidez, tomó el cazo por el asa, lo sostuvo entre las piernas con ambas manos y, tras una pausa, lo levantó para tomar un sorbo. Grigol dejó de prestarle atención y se concentró en su comida.

El soldado apenas había tocado su parte cuando Grigol terminó de vaciar la lata. Como no quería dar la impresión de que estaba vigilándolo, se excusó en que tenía que curarse de nuevo los oídos para salir del refugio.

Una vez libre de la presencia opresiva del soldado, y mientras enjugaba el molesto icor que manaba de sus orejas, Grigol reflexionó si debería bajar él solo hasta la ciudad. Temía que el Propietario se enterara de que había ayudado al enemigo. Aunque el Propietario no tenía mucho interés en la política, parecía tener muy claro con quién no había que hablar. Grigol no se imaginaba lo que podía llegar a hacer si, preocupado por la suerte de su rebaño, subía al refugio y se encontraba el cuerpo exangüe de un joven militar ruso sobre el suelo.

Mientras se secaba las orejas, Grigol vio que el soldado cruzaba el umbral, cojeando y apoyándose en la pared. El soldado le vio a su vez. Fue un momento tenso. Grigol no tenía realmente interés en saber adónde iba, pero el otro puso una mano en la entrepierna y extendió el índice para dar a entender que tenía que vaciar la vejiga. Grigol levantó una mano, dejándole ir, y el joven ruso se volvió hacia la parte trasera del refugio.

Grigol se rascó la cabeza, desconcertado ante la sensación de estar haciendo de cancerbero. Aquella era la clase de relación que él tenía con las ovejas, o la que mantenían el Propietario y la gente de ciudad con él. Pero no era lo mismo comunicarse de forma rudimentaria con una bestia irracional que con alguien a quien uno simplemente no podía comprender. Si nadie hiciera una diferencia entre un caso y el otro, todo el mundo terminaría siendo la oveja de alguien y la vida no consistiría más que en dar vueltas y más vueltas como en un mandala, sin llegar jamás a ninguna parte.

Mientras el soldado regresaba al interior, casi arrastrándose contra la pared, Grigol, delante de su espejo roto, se convenció de que tenía que tomar una resolución antes del próximo día. Si cuando saliera el Sol el soldado todavía no estaba en condiciones de marcharse por su propio pie, el joven pastor tendría que bajar hasta la ciudad e inventarse alguna historia para que la policía subiera a buscarlo. Prefería cargar con el remordimiento de entregarlo a un destino incierto antes que arriesgarse a que se le muriera allí. Porque, si el soldado se le moría dentro del refugio, Grigol sabía que no tendría valor para regresar nunca más a aquel valle. Sentiría a todas horas la presencia del soldado a su espalda, el cuerpo tendido sobre el suelo, la mirada pálida suspendida en el aire, expirando continuamente con el siseo del hornillo de gas, la sangre rodando sin cesar igual que el agua en el cazo, llenándole de desesperación de la misma forma que un chirrido persistente en sus oídos hasta que corazón le explotara como la tierra de la colina.

 

El soldado tenía un teléfono móvil. Estaba manipulándolo cuando Grigol cruzó el umbral. Lo escondió de inmediato con expresión culpable, aunque Grigol fingió no haberlo visto. Ya debía de haber descubierto que no se podían hacer ni recibir llamadas en aquel valle.

A raíz de aquel pequeño incidente, Grigol se acordó de una antigua radio a pilas que tenía guardada en el cuartito anexo. La sacó del fondo de una caja llena de trastos, la apoyó en una repisa y la encendió. Como no oía nada, y no estaba seguro de haberla dejado sintonizada la última vez, subió el volumen al máximo e intentó distinguir alguna emisión. Fue girando el dial, insensible al elevado volumen. Si tenía suerte y había alguien al otro lado que supiera lo que estaba ocurriendo, quizá podría enterarse al fin de por qué su rebaño había sido bombardeado y había soldados rusos vagando malheridos por el valle.

Su infructuosa búsqueda consiguió agotar la paciencia del joven soldado, el cual, pese a sus escasas fuerzas, empezó a protestar y a pedirle que le entregara la radio. Grigol accedió, puesto ya no estaba seguro de distinguir los sonidos reales de los que fabricaba su imaginación.

Grigol se sentó en su camastro. Al apoyar la mano izquierda sobre la manta notó de que la pistola seguía allí. El bulto seguramente había delatado su presencia todo el tiempo. Tal vez el soldado, cuando se había levantado para ir a vaciar la vejiga, había registrado el refugio y, tras encontrar la pistola, la había vuelto a dejar en el mismo sitio, movido, eso quería creer él, por un repentino arranque de gratitud.

El joven soldado buscó emisoras arriba y abajo a lo largo del espectro. Cuando captaba una señal muy débil, se acercaba la radio al oído y escuchaba atentamente. Sin embargo, por más que intentara orientar la antena y ajustar el dial con precisión, no conseguía encontrar ninguna emisora que transmitiera en ruso.

Al cabo de un rato, visiblemente fatigado, soltó la radio sobre el suelo y se respaldó contra la pared. Se quedó mirando al techo, mareado o quizá atormentado por el dolor de la herida.

Grigol recogió la radio y, puesto que ninguno de los dos podía sacar nada en claro de ella, la guardó de nuevo. Al parecer, Georgia y Rusia sólo seguían existiendo dentro de sus cabezas. El refugio de Grigol estaba perdido en un limbo entre la marejada de crestas blancas del Cáucaso, un limbo en el que se habían quedado flotando como dos náufragos en un bote sin remos, esperando a que el océano se decidiera a llevarlos hacia una orilla.

 

Los días se hacían cortos en el valle cuando el cielo estaba cubierto. Las nubes sueltas que antes habían flotado apacibles sobre el rebaño de Grigol se espesaban y cerraban filas hasta que era imposible diferenciar una de otra. El tiempo pasaba y Grigol salía y entraba del refugio sin saber qué hacer. La tormenta que se cernía sólo parecía traer malos augurios.

Mientras bajaba con una botella vacía al arroyo, una visión extraordinaria le llenó de aflicción. De repente, dejándose ver por un instante bajo las nubes, una escuadra de aviones de combate llegó volando a ras desde la cabecera del valle. En los oídos de Grigol los motores emitían un chirrido ridículo al pasar. Aquella aparición duró apenas unos segundos, pero fue suficiente para dejar a Grigol profundamente consternado. La imagen de aquellos artefactos flotando con el mismo sigilo que las águilas en el cielo era impropia de aquel lugar. Los aviones que patrullaban la frontera siempre habían sido finas estelas que reptaban despacio en un mundo distante y etéreo, no enormes pedazos de metal que llegaban y se iban en un suspiro como si pudieran violar las leyes de la física.

Su valle se estaba llenando de fantasmas y quimeras que se colaban a través de las brechas de la colina. El Cáucaso se estaba resquebrajando como una cáscara de huevo, trozo a trozo, aparición tras aparición. Y, si nada lo impedía, pronto se retorcería como un dragón despertado por la guerra, le sacudiría de su serrado lomo y Grigol se precipitaría impotente entre los vapores nocivos de un mar de oscuridad.

Cuando Grigol se repuso de la última visión, volvió al refugio y encontró al joven soldado sentado todavía contra la pared. La temperatura le había subido y estaba menos activo que por la mañana. Mantenía la mirada en las rodillas, como tratando de controlar la inestabilidad de su interior. Grigol lo observó desde el umbral; empezaba a temer que no aguantara hasta la noche y que la duda de si seguiría vivo al día siguiente se le hiciera insoportable.

Grigol guardaba en un rincón su delgada copia de El hombre en la piel de pantera. Era una edición rústica en georgiano, con ilustraciones de las escenas más importantes de la historia. El joven pastor habría lamentado que el libro se estropeara o se ensuciara: las manos del soldado estaban cubiertas de sudor y sangre reseca. Sin embargo, quizá sirviera para hacerle entender que sus acciones eran bienintencionadas. No quería que se pusiera nervioso si tenía que bajarlo a la ciudad.

Abrió el libro por la primera ilustración y, con gran solemnidad, lo puso en el regazo del joven soldado. Este se limitó a contemplar el dibujo hasta perder el interés. Grigol pasó páginas hasta la siguiente imagen. Señaló la figura de Tariel, le dio nombre y explicó como pudo de dónde procedía y qué relación tenía con los demás. Así siguió con todos los personajes, enumerándolos uno tras otro con una candidez casi infantil.

El rato que emplearon en compartir el libro fue el último que el joven soldado estuvo consciente de lo que pasaba a su alrededor. Luego la mirada se le extravió, insensible al movimiento. A media tarde los párpados se le cerraron y, un poco después, Grigol se decidió a moverlo para tenderlo en el suelo.

La visión del soldado agonizante parecía perseguirle como una maldición. Sin embargo, no podía hacer nada para escapar de ella. Sólo podía irse a dormir y dejar que el reloj siguiera martilleando los segundos hasta agotar la noche y permitir que el Sol, o lo que quedara de él tras la tormenta, le alumbrara por la mañana el camino que bajaba del valle.

 

La mañana siguiente el tiempo era gris, el aire bajaba cortante de las cumbres y el cielo estaba encapotado.

Cuando Grigol se echó al cuello los brazos del soldado para cargárselo a la espalda, los encontró igual de fríos y pesados que el ambiente.

El rostro del soldado estaba pálido. Grigol sólo sabía que estaba vivo por el débil aliento que exhalaba, tan insustancial como el aire que pastoreaba la neblina a través del valle. Convencido de que no le quedaba otra cosa que hacer, y consciente de que necesitaría aprovechar el tiempo antes de que se pusiera el Sol, emprendió la marcha hacia la ciudad.

El camino que bajaba del valle era solitario, largo y serpenteante.

La tierra sobre la que Grigol siempre se había movido con agilidad ahora resbalaba bajo sus pies. Las piedras le traicionaban saliéndose de las negras cuencas en las que se habían mantenido clavadas durante siglos. El frío al que estaba acostumbrado se colaba bajo su ropa, le recorría la piel de los brazos y los huecos de las costillas y se nutría de su calor como un vampiro. Aquellas montañas sombrías que se alzaban a su alrededor, flanqueando como esfinges sus miserables figuras, ya no eran sus montañas, ni aquella hierba tensa y crepitante era su hierba, ni aquella agua, el agua que restañaba en las piedras del arroyo como los dientes de un lobo, era su agua.

En algún lugar en medio de ninguna parte, Grigol dejó de ver nada más que el retazo de tierra frente él. Sus pies golpeaban contra el suelo haciendo tump, tump, tump, pero el sonido venía en realidad del interior de su cabeza, de la sangre que se movía a borbotones dentro de sus venas. La tierra tiraba del soldado con creciente empeño, o quizá era Grigol quien le ofrecía cada vez menos resistencia. Fuera como fuese, en lo único en lo que podía pensar era en encontrar a alguien en la ciudad a quien pudiera entregarle aquella pesada carga.

 

Bastantes años antes, la primera vez que Grigol plantó los pies en aquel valle y comprobó que estaba solo, se había quitado otro gran peso de encima: el peso del determinismo que pretendía decirle qué podía pensar, qué podía hacer y qué podía decir en cada momento; el de la guerra entre las tradiciones del Cáucaso y las predaciones de la modernidad; el de las arengas de los viejos para que reivindicara las guerras del pasado; el peso, en definitiva, de todo lo que había sucedido en aquella tierra y que los demás insistían en cargarle sobre los hombros.

Aquel día se había dado cuenta de que no sabía quién era Grigol. Hasta entonces nadie le había dado una oportunidad de descubrirlo por sí mismo. En la ciudad, Grigol el idiota nunca tenía una opinión cuando le preguntaban por lo que pasaba en el país. Grigol el inútil era incapaz de decidir quién tenía la razón y quién no acerca de los problemas del Cáucaso. Cuando Grigol callaba, se debía a que era obstinado, y cuando hablaba era porque no sabía callarse a tiempo.

Al llegar al valle, la avalancha de silencio le había cogido por sorpresa. Todo lo que había podido hacer era yacer tumbado sobre el catre, mirando al techo, abrumado por la repentina consciencia de sí mismo y con la mente dando vueltas y más vueltas a aquel mismo dilema: ¿quién era aquel individuo que respondía al nombre de Grigol?

Finalmente, después de purgar los recuerdos de la ciudad, había hallado la respuesta en el mismo Cáucaso, en las lentas nubes, en los giros de las aves de presa y los insectos, en los movimientos armónicos del rebaño. Aquel paisaje y aquellos ritmos primigenios le habían servido de referencia para encontrar la medida de sí mismo y, por extensión, la de Georgia, la de Rusia, la del pasado y también la de su propio futuro.

Grigol se había imaginado a menudo que bajaba un día de la montaña y, dotado de repentina elocuencia, exponía ante los oyentes reunidos en una plaza lo que había descubierto en el valle. Les hablaba de los fantasmas que surgían de aquella brecha en la que se perdía el contacto con el mundo real, de las pocas cosas cuya esencia era casi eterna, como la roca, el fluir del agua del deshielo o la historia de Tariel y Avt'handil, de cómo transcurría el tiempo en el reloj del Cáucaso, para el cual la vida sólo era un momento perdido en el limbo entre un segundo y otro; un momento que, a menos que se sumara a los demás, se desvanecía enseguida sin dejar rastro.

Pero Grigol carecía de la habilidad necesaria para expresar aquellas ideas. Y aunque la hubiera tenido, ya no habría encontrado la confianza suficiente para predicarlas ante una multitud, puesto que las montañas en cuya permanencia creía habían cambiado, el reloj del Cáucaso se había parado en la explosión de la colina y el público al que habría querido prevenir se había quedado aislado al otro lado de la grieta entre la realidad y aquella región fantasmal.

 

La ciudad brillaba al final del camino, cambiando de color a medida que el resplandor del fuego la consumía. Las ventanas soplaban llamas y vertían humo negro que se escampaba sobre la llanura. Los edificios se desmoronaban despacio, como tarros de legumbres rotos, perdiendo su naturaleza y regresando a sus partes constituyentes. La noche era impenetrable salvo por la burbuja de luz que iluminaba el llano. El hospital era una tea que danzaba en espirales, de forma aleatoria pero armónica.

El peso del soldado venció a Grigol y los dos dieron contra el suelo.

Desde el pie del valle no se distinguía qué estaba pasando ni quién era quién. La ciudad yacía patas arriba como una oveja muerta, las blancas costillas envueltas en jirones rojos, el vapor de la sangre mezclándose con la niebla, los diminutos soldados pululando por los despojos como ejércitos de hormigas haciendo chasquear sus armas.

El joven ruso abrió los ojos. Miró a Grigol con una expresión vacía. Los ojos tenían una extraña cualidad acuosa y reflectante, como las turbulencias del arroyo bajo la luna llena. Sin embargo, antes de que Grigol se diera cuenta, empezaron a secarse y a perder el brillo, tragándose la luz de los incendios y atrapándola en un lugar del que nada podía salir.

El soldado se quedó frío y gris como una piedra. Grigol se alzó a duras penas sobre los codos y empujó hacia un lado el torso, pero no sucedió nada. El soldado se había ido igual que había llegado, como una aparición conjurada en una carcasa de carne y tela.

Grigol sacó del bolsillo trasero de su pantalón su copia de El hombre en la piel de pantera. Había pensado dejársela al soldado como amuleto para su estancia en el hospital. La metió bajo la camisa del uniforme. Quizá aún le sirviera de guía para no extraviarse cuando cruzara el Cáucaso de vuelta a casa.

Al cabo de un rato, empezó a llover. La ciudad y la llanura desaparecieron en la oscuridad. Grigol se puso en pie, abandonó el cuerpo y emprendió la marcha de regreso a su refugio, arrastrando los pies entre los regueros de agua y tratando de mantenerse firme sobre la tierra blanda e insegura.

En medio de la lluvia, sin referencias que le ayudaran a orientarse, el camino parecía eterno, como si sólo diera vueltas y más vueltas sobre un mandala sin llegar jamás a ninguna parte.

El joven pastor del Cáucaso se perdió entre la niebla como un fantasma, y nadie lo volvió a ver.

 

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