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CC-BY-NC-ND

Fran Ontanaya

El avión de hojalata


Aquella mañana el dueño de la tienda de juguetes de hojalata había cerrado las puertas a cal y canto. Un carro de madera enganchado a un caballo de tiro triste y gris esperaba en la entrada. Los soldados, los aviones, los motoristas y los coches de bomberos habían abandonado el olor especial de los expositores y se habían embarcado en las cajas, apelotonados y llenos de colores, mezclados como aquellos emigrantes que partían hacia las Américas cargados de hambre y de frágiles esperanzas. El nombre del juguetero era José, pero todos lo lla­ma­ban don Pepe, era calvo, tenía la cara larga, gafas redondas y enormes arrugas en la frente. La tisis se había llevado joven a su primera esposa y sus dos pri­me­ros hijos habían muerto también, uno por bolchevique y el otro por ladrón. Luego, por no quedarse solo, se había casado con la criada, que era veinte años más joven que él.

La Matilde salió del portal en ese momento, tirando de dos niñas y un niño. Amoldó un hatillo de ropa entre el fortín de pertenencias, le dio un cachete al chico, que había empezado a llorar, y reunió a todos en la parte trasera del carro, donde los dejó para subir al pescante. El llanto seguía, creciendo y decreciendo como las alarmas de los ataques aéreos. Don Pepe le murmuró algo a su familia y lo cubrió todo con una frazada gris. Al verlo desde allí, sentado en la cornisa de la casa de al lado con los pies en el aire, Miguel se dio cuenta de que parecía uno de los carros en los que cargaban los cuerpos de los republicanos, todos pálidos y tie­sos como el plomo, apilados bajo las mantas como si alguien temiera que fueran a pasar frío en el otro mundo.

Miguel miró calle abajo desde su atalaya y vio a su amigo Antonio asomando de forma furtiva su cara larga tras la persiana tendida del balconcito, con esos ojos redondos y esa mandíbula floja de no creerse lo que veía. ¿Qué iba a ser del barrio sin la tienda de juguetes? Don Pepe les arrebataba el Paraíso para llevárselo muy lejos, a un lugar inalcanzable para ellos, porque los fascistas estaban a las puertas de la ciudad y la gente sabía que había ayu­dado a los republicanos reparando fusiles. Era una gran estafa que la tienda cerrara sin más, como si alguien hubiera cambiado los mapas después de que Peary llegara al Polo Norte, como si la China hubiese dejado de existir cuando Marco Polo contó lo que había visto, como si nadie hubiese creído a Colón tras poner pie en Amé­ri­ca. Ningún chico del barrio entendía cómo nadie tenía nada que decir acerca de aquel desastre. Para los mayores, lo único que importaba aquellos días era pegarse tiros y discutir por las ideas de hombres que nunca vendrían a luchar a España.

Don Pepe sentó a sus tres hijos en la parte trasera del carro. Tuvo que es­pe­rar a que pasara un flamante Chevrolet que quizá llevaba a algún co­man­dan­te republicano al frente o a ese gallardo fotógrafo húngaro y a su chica que iban y venían de las trincheras como si fueran inmunes a las balas. Aunque, por la cara que puso don Pepe, seguro que era algún político de esos que habían hecho carrera con la guerra. El viejo juguetero, que siempre andaba leyendo los librillos de Valle-Inclán, solía decir que el genio gallego se había muerto por no ver cómo sus compatriotas transformaban su país en un esperpento.

Pasado el coche, don Pepe dio la vuelta para subir al pescante. Cuando lo hizo, levantó la vista de sus pies por primera vez en toda la tarde y le vio allí, sentado en la cornisa como un monigote con más trapo que relleno. Miguel dejó de balancear los pies y se ajustó la gorra que le había regalado su abuelo hacía tres años, esa que le daba un aire de importancia, como de chico de ultramar.

—Cuida, Miguelito —le advirtió don Pepe con la voz apagada—. A ver si te vas a caer.

El viejo juguetero ya no le regañaba como antes. Las amenazas de don Pepe habían sido siempre parte de la fantasía de la tienda, como las voces de un ogro temible que guardaba sus tesoros en el fondo de su cueva.

—Descuide usted, don Pepe —contestó él, con la solemnidad y el descaro de un huérfano de ciudad—. Que sólo estoy esperando.

—Tú sigue jugando en la cornisa y verás como quien viene a por ti es doña Parca. Si yo fuera tu padre subiría ahí y te enseñaría lo que es bueno.

—Si usted fuera mi padre, don Pepe, estaría ahora en las trincheras, con los ojos secos y una bala entre las tripas. Y no tendría tiempo de darme una lección.

El juguetero se quedó mirándole, consternado. El padre de Miguel se había ido al principio de la guerra a luchar contra los nacionales pero, puesto que nun­ca había tenido mucho criterio en nada de lo que hacía, después de mucho tiempo sin saber de él Miguel no tenía ninguna duda de que se habría dejado matar.

—Vaya ideas extrañas para un niño de tu edad. Será mejor que vayas pen­san­do en cómo convertirte en un hombre de provecho, que pronto te hará falta.

—Pero es que yo me voy a convertir en un hombre de provecho, don Pepe. Seré piloto y un día tendré mi propio avión.

—Anda, no digas disparates. Lo que te conviene es hacerte cura o, mejor aún, enterrador, que esos sí que son trabajos de futuro en esta España del demonio.

Miguel se encogió de hombros, lo que hizo que el viejo juguetero negara con pesadumbre y se volviera para ir a sentarse al lado de su silenciosa mujer. Tomó las riendas, azuzó al tiro con poca energía y dijo:

—Bueno, adiós. Dale recuerdos a tu abuelo, si es que algún día se digna a volver de América. Y pórtate como un hombre… pase lo que pase.

—¡Adiós! ¿Regresará para abrir de nuevo la tienda?

—Quién sabe —le contestó la espalda del juguetero, entre el repicar de los cascos—. Quién sabe.

Miguel se despidió también de los soldados, de los bomberos, de los motociclistas que miraban desamparados por los huecos de la madera. Sintió pena por ellos. Ahora que se habían exiliado, sólo quedaban los juguetes que estaban en manos de los chicos del barrio, la mayoría descascarillados, abo­lla­dos, mancos y tullidos, como si ellos también hubieran regresado del frente.

La guerra siempre causaba injusticias como aquella, por eso Miguel quería irse lejos de allí. Quería alejarse de toda aquella miseria que rodeaba el barrio, ser como el piloto del avión de hojalata e ir adonde el Sol se ponía pero nunca se ocultaba del todo, ver lo mismo que veían los halcones y los albatros, respirar el aire que olían los esquimales y los hombres del Tíbet. Y que su sombra corriera entre los ñus y las morsas que los dibujantes pintaban en los tebeos. Y con­ver­tir­se en un personaje famoso, como Wright, Blériot o Lindberg.

—¿Y en que avión volarás, chico?

—Será un Breguet —contestó él—. O un Fokker. No, mejor aún, un De Ha­villand.

El fantasma del aviador se sentó junto a él en la cornisa, como hacía todas las tardes. Su chaqueta de cuero olía a nubes y sus ojos estaban, como siempre, llenos de cielo. Sus manos se apoyaban sobre sus piernas igual que las alas inútiles de un ave posada en tierra.

—¿Un De Havilland? —dijo Joan—. ¿Por qué no un «chato»? Es más rápido y ágil. Los aviones rusos son mis preferidos.

—Tú volabas en un chato. No puedes opinar.

Una sonrisa cruzó el rostro del fantasma.

—Es verdad. Cuando tengas edad de pilotar, tendrás uno mejor. Uno que vuele más rápido que los Heinkel y los Nieuport, y que maniobre mejor que los Polikarpov.

—Dime cómo será.

—Será un hermoso avión al que recibirán con flores en todo el mundo.

Joan levantó la vista. Siempre miraba hacia el Sol que se ponía, su rostro joven, de hermano mayor, teñido por el atardecer. Nunca había dejado de mirar hacia el oeste desde que despegó de Castejón del Puente, no dejó de hacerlo cuando se separó de la escuadra y se encontró con los He-51 del enemigo. Ni cuando el fuego de las ametralladoras lo hizo caer envuelto en una nube negra hasta estrellarse en un campo de viñas.

Joan no era republicano, ni anarquista, ni nada de nada. Sólo amaba los aviones. Quizá más incluso que a su novia, a la que había querido regalarle la paz. Pero ahora estaba muerto, y la guerra seguía y seguía, y la gente se hundía cada vez más en el fango de tierra empapada en sangre.

Miguel se apretujó la chaqueta, por la que empezaba a colarse el frío.

—Creo que me gustará ese avión —dijo, conteniendo una tiritona. El Sol había dejado manchas de colores variables en sus ojos. Los cerró con fuerza durante un rato para borrarlas. Una iglesia tocó las campanadas de las seis. Los días se estaban haciendo cortos, como si la luz también se quisiera ir de allí.

—¿Te quedarás aquí para siempre?

—No.

—¿Por qué?

Joan sonrió otra vez. Tenía una de esas sonrisas de carne elástica y mus­cu­losa, como las de los que han heredado la salud y la fortaleza del campo y las promesas y el idealismo de la ciudad.

—Porque aún tengo algo que hacer.

—Si no vuelves, nunca verás mi avión.

—Claro que lo veré.

—Mientes.

Joan sacó de su cuello una medallita en la que llevaba la foto coloreada de su novia. La apretó en su puño.

—Los aviadores de verdad nunca mienten.

Miguel le miró con respeto: aquellos juramentos eran los más poderosos, ju­ramentos que hacían casi inmortales a quienes los pronunciaban.

—Lo has prometido.

—No hay nada que yo no pueda ver desde mi avión —le contestó, y se guardó la medalla. Un reflejo del Sol centelleó en la tapa de metal.

Miguel también sonrió. Joan tenía razón: un piloto podía ver el mundo entero desde su cabina, sólo necesitaba volar más alto que ninguna otra cosa. Encogió las piernas, envolviéndolas con los brazos, y hundió la nariz entre las rodillas. En algún sitio brotó un alarido plañidero, hiriendo el aire entre los últimos rayos de luz. Subía y bajaba como el llanto de un recién nacido.

—¿Sabes? —dijo Miguel, con la voz ahogada por las alarmas—. No tengo miedo a la guerra. Cuando tenga mi propio avión, podré hacer lo que quiera. Incluso echar de aquí a todos los que sólo quieren tirar bombas.

Se quedó escuchando las sirenas y las voces de las madres que llamaban a sus hijos, de la gente que se apresuraba hacia los refugios o se preparaba para el ataque como si pudiera hacer algo contra los siniestros aeroplanos de la Legión Cóndor.

Al cabo de un rato, cuando el Sol ya se había fundido entre los tejados, se dio cuenta de que el fantasma de Joan se había ido. Se sintió un poco triste, sabiendo que aquella podía ser la última vez que lo viera. Había sido su mejor amigo durante aquellas últimas semanas, empañadas por los bombardeos, la soledad y la lucha diaria por la supervivencia, una lucha en la que una barra de pan era tan indispensable como un obús y un amigo tan vital como un muro de sacos de arena. Así y todo, entendía que no pudiera quedarse. Su destino no estaba allí, tan cerca de la sucia y polvorienta realidad. Ni siquiera pertenecía ya a aquel mundo.

Conforme caía la noche, Miguel dejó de esforzarse por avistar los aviones en el cielo y aguzó el oído, esperando ser el primero en escuchar el sonido de los rotores. El escuadrón alemán no tardó en aparecer. Un rugido turbulento atravesó las nubes harapientas que se arrastraban y se comían las estrellas. Sombras oscuras se deslizaron como espectros en el frágil albor de la Luna. Aparecieron estallidos de luz sobre la ciudad, burbujas candentes que ilu­mi­na­ron el rostro helado de Miguel y encendieron pequeñas llamas en sus ojos.

Las bombas cayeron a su alrededor, haciendo temblar la ciudad, pero él no se inmutó. Pensó en los pilotos de los aviones de hojalata, con sus gafas redondas y sus gorros de cuero, siempre apuestos y gallardos, con ese gesto impávido como el de Buster Keaton. Héroes de juguete, aventureros hechos de chapa, hombres pintados que seguían la aguja de una brújula que señalaba hacia las fantasías de los chicos del barrio. Aquellos héroes nunca se amilanaban ante el peligro.

Estiró las piernas. Una ráfaga de viento le agitó la chaqueta. Se sujetó la gorra con una mano y miró hacia arriba. De pronto, descubrió una silueta ful­gu­rante. Se desplazaba entre los vientres de las nubes, entre los reflejos del resplandor de las bombas, llameando como un fuego de San Telmo. Era el chato de Joan. El fragor de su motor y el crepitar de sus alas, que arrancaban chispas eléctricas a su paso, ahogaron los demás sonidos de la ciudad.

Joan se precipitó contra la escuadra de la Legión Cóndor. Una riada de mu­ni­ción surgió de la formación de escolta y pasó como si nada a través del avión fantasma. Los pilotos de los bombarderos empezaron a virar, rompiendo filas de forma pesada y desordenada. Aunque eran más rápidos que el Polikarpov I-15, no tenían la misma capacidad de maniobra. El chato de Joan se lanzó a por ellos como una flecha, persiguiendo a uno y a otro, a todos a la vez, poniendo los pelos de punta a los aviadores y empujándolos lejos del barrio y de la tienda de juguetes.

Tras un rato de batallar inútilmente contra él, el escuadrón se dio por vencido y dio media vuelta para marcharse por donde había venido. Cuando aterrizaran tendrían una buena historia que contar.

El avión de Joan realizó un amplio giro, ahora solo, tranquilo y triunfante. Su luz de otro mundo fue perdiendo altura, dejando una estela chispeante, como si se agotara su energía y se fuera a estrellar contra los tejados.

—¡No! ¡Eh! —exclamó Miguel, poniéndose en pie—. ¡Arriba! ¡Vamos!

El chato se deslizó tras las siluetas de las buhardillas. Durante un instante agónico, lo perdió de vista.

Sin embargo, cuando Miguel ya bajaba los brazos, el rugido de la hélice surgió de una calle cercana, la luz del avión espectral ascendió entre las sombrías fachadas y planeó sobre los áticos en un vuelo rasante. Su morro se volvió hacia la tienda de juguetes y, rozándola casi con el borde de las alas, pasó junto a Miguel como una exhalación, sacudiéndole las ropas y tirándole la gorra.

Durante el instante fugaz en el que la cabina del avión pasó frente a él, Miguel vio a Joan, con su rostro medio oculto por las gafas de aviador, sonriendo de forma radiante. Se había quedado sólo un poco más para cuidar de él y de la tienda de juguetes. Ahora que el barrio estaba a salvo, podía marcharse, sa­bien­do que quedaba alguien para luchar por aquellos sueños.

Miguel gritó y sacudió las manos. El chato de Joan se alejó hacia el horizonte, en busca del atardecer, como los aventureros, los románticos y los héroes so­li­tarios. Como los pilotos gallardos de los aviones de hojalata, cuando los chicos del barrio los hacían dar vueltas y se imaginaban que volaban lejos, muy lejos de aquella guerra.

El avión fantasma de Joan chispeó una última vez, entre las siluetas de las montañas. Y finalmente, extinguiéndose como un pequeño meteoro, de­sa­pa­re­ció.

~·~

© Fran Ontanaya, Valencia, 2008


1ª edición, agosto 2008

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