By: Fran Ontanaya
Simpática. Original y divertida en el primer acto, un poco Los increíbles/X-men en el segundo y demasiado X-files en el tercero. El malo está muy poco conseguido, pero al menos no le dan muchas escenas. Como muchas producciones actuales, la historia parece un capítulo largo más que una película completa. Podrían haberle sacado más provecho a la parte del héroe borracho. En cualquier caso, es mejor que "Soy Leyenda".
Creo que Will Smith no se pega ninguna carrera, lo cual es un hito.
Está bien para entretenerse cualquier tarde, pero yo no me compraría el DVD para verla más de una vez.
By: Moisés
Me ha parecido absolutamente fascinante. No veas qué gustazo da leer algo así con tan larga hambruna de buena ficción marciana.
Un gran relato, enhorabuena.
PD: ¿Qué tal Hancock?
By: Fran Ontanaya
En la portada podéis puntuar el relato después de leerlo.
Alfredo Carpente-Patterson tuvo la desdicha de ser el primer marciano muerto por causas no naturales, terminando así con una buena racha que había durado treinta años. Esa era de hecho su edad cuando entró de forma inesperada en el repertorio legendario de su nación.
Ciertamente, Alfredo era un hombre que había venido al mundo bajo el signo de la mala suerte. Por un solo mes de diferencia, había perdido la ocasión de ser el primer humano nacido en Marte. No se puede decir con seguridad, y no sería justo hacerlo, que no hubiera estado a la altura de la fama, pues este es uno de esos casos en los que la posición del individuo resulta crucial para la formación del carácter. Por cruel que pueda ser el retrato de la historia, no debemos olvidar que aquel hombre que erró más que anduvo sobre el planeta rojo podría haber sido un personaje diferente de haber venido al mundo sólo treinta días antes. Incluso él mismo, de forma instintiva, parecía ser consciente de esta circunstancia, ya que siempre tuvo la convicción de que había sido víctima de una injusticia universal.
Una vez quedó determinado que Alfredo sería un segundón durante el resto de su vida, se juzgó conveniente mantenerlo lejos de los focos y educarlo para que fuera un verdadero colono marciano. Sobre sus hombros cayó la responsabilidad de demostrar que cualquier individuo podía ser entrenado para vivir en Marte, independientemente de sus cualidades físicas y mentales. De modo que, mientras el primogénito se dedicaba a hablar cada día con los niños de la Tierra, a explicarles lo mucho que había que estudiar para ser un buen astronauta, lo duro que había que ejercitarse para fortalecer los huesos y lo emocionante que era observar el atardecer tras una tormenta de arena, Alfredo aprendía a revisar cables y eliminar la humedad de las tuberías en los lugares más recónditos de la estación, a limpiar trajes y paneles solares llenos de polvo, a manejar herramientas simples, como una radio o un martillo neumático, y a conducir por las llanuras sembradas de piedras y trampas de arena sin sufrir un accidente.
En cuanto a su responsabilidad como colono, sus progresos, en suma y en cada una de sus partes, se podrían definir como desastrosos; más aún si cabe habiéndose criado entre prodigios cuyo talento, para su desgracia, resultó no ser hereditario. El joven Alfredo, hablando con franqueza, era manco para las matemáticas, estaba reñido con la disciplina y era incapaz de concentrarse en el estudio de cualquier materia. Como trabajador de campo era, en el mejor de los casos, negligente, lo cual era una calamidad en un mundo tan hostil y de recursos tan limitados. Así pues, a falta una especialidad científica en la que supiera desenvolverse, acabó encargándose de llevar a cabo las tareas menos importantes, como sacar fotografías, tomar muestras del suelo o, cuando alguien tenía tiempo de prepararle las cartas de navegación, salir a recuperar los restos de misiones anteriores.
Dicen los estudiosos de su figura que, pese a las apariencias, muchos de los defectos de nuestro héroe se podrían achacar más a la pereza y al complejo de inferioridad que a una verdadera falta de inteligencia. Aunque sus contemporáneos lo habrían definido como un individuo ruin, bastante desagradable, sucio, cínico y maleducado, la mitología popular tiende a limar los bordes de las biografías ilustres y así, cuando se habla de Alfredo Carpente-Patterson, nacido en la estación Lowell en 2158 y muerto en 2190, se suelen pasar por alto las imperfecciones de su carácter y se lo recuerda ante todo por el único hecho notorio de su existencia: haber descubierto el manantial de Medusae Fossae, el acuífero más importante del territorio meridional, y haber puesto así la primera piedra para la definitiva colonización de Marte. Gracias a su hallazgo se pudo levantar la primera ciudad marciana, la capital, que a la sazón exhibe hoy una estatua de oro en su honor y celebra todos los años su fiesta mayor en conmemoración de aquel día tan importante. Y a decir verdad, con la perspectiva que da el tiempo y el conocimiento preciso de las circunstancias, se podría sentir incluso cierta simpatía por el personaje y ver, en su corta pero extraordinaria vida, una tragedia individual de consecuencias épicas para la humanidad.
Esta clase de reflexiones, no obstante, estaban por completo fuera del alcance de los pensamientos cotidianos de Alfredo. Podemos imaginar que, horas antes del momento más crucial de su vida, cuando conducía su vehículo a través de las pedregosas llanuras de Marte, su mente estaría ocupada en preocupaciones tan triviales como lo irritante que era llevar el mismo traje durante toda una semana, lo mal que lo trataba siempre su mujer y lo mucho que odiaba a toda la humanidad, incluyéndose a sí mismo. El día previo a su salida en aquella misión, su mujer, Irina Leonov, había pasado la noche con otro hombre y, aunque esto era normal en el estrecho confinamiento de la estación, para Alfredo era una causa de resentimiento particularmente intenso. Si bien nunca manifestó ningún afecto por la que era su mujer de conveniencia y, encima, pasaba tanto tiempo fuera que a duras penas habría podido sentirse celoso, le roía por dentro que Irina se relacionara con los veteranos de la estación. Es de suponer que su baja autoestima, arraigada en la comparación con las habilidades de sus compañeros terrestres, se extendiera de forma desproporcionada a cualquier otro ámbito en el que se sintiera obligado a competir. De ahí que la mañana antes de su partida le hubiera levantado la voz a su mujer, estirando las posibilidades del impoluto glosario que le habían enseñado y obteniendo, como resultado, que todo el mundo se enterase de lo que pasaba —entre otros, por supuesto, sus padres—, y que Irina, a su vez, le reprochara todo cuanto se le podría reprochar a él, que no era poco.
Ese ambiente tan enrarecido puede explicar que, en contraste con la hostil realidad de la estación, Alfredo encontrara un gran alivio en los silenciosos páramos de Marte cada vez que salía a trabajar.
Marte es un mundo tranquilo, incluso en la estación de las tormentas: el hielo de los polos se evapora lentamente, los finos cirros de vapor de agua desfilan distantes por el cielo crepuscular, el viento ligero hace reptar las dunas y arrastra el polvo fino e ingrávido sobre curvo horizonte, mientras el duro y empequeñecido Sol brilla inclemente rodeado por las estrellas, la chispa ocasional de los planetas, las minúsculas lunas Fobos y Deimos y, de tanto en cuando, el sigiloso paso de un satélite científico. Quizá la mayor virtud de Alfredo era su familiaridad con aquel paisaje, lo que le confería una capacidad inusual para recorrer largas distancias durante períodos de tiempo prolongados sin preocuparse por la soledad o la lejanía de la estación. Mientras los veteranos vivían pegados a los medidores de agua, de oxígeno y de energía, sabiendo que si algo iba mal nadie los podría rescatar a tiempo, para Alfredo era normal volver a la estación medio deshidratado, congelado o atontado por el aire viciado de unos tanques casi vacíos. Aquel planeta era su planeta, era el lugar en el que había vivido desde niño, y no temía que este pudiera intentar acabar con él. Su forma de empezar un día ordinario era ver salir el Sol a ciento treinta grados bajo cero, aparcado en mitad de la nada y desayunando sopa tibia por una cánula. Alfredo había conducido al lado de acantilados de miles de metros de altura, junto a cañones que partían la tierra de un horizonte a otro, por valles angostos que aún retenían las huellas de riadas catastróficas, y todo aquello debía de resultarle más auténtico que las imágenes de ese pesado y sudoroso planeta amarillo, blanco, azul y a veces verde del que provenían los demás. Si no fuera por la vigilancia continua de los satélites y la voz que cada cierto tiempo le enviaba instrucciones a través de la radio, Alfredo habría apartado por completo de su mente la existencia de la estación y de la Tierra. Su único consuelo era que los veteranos hubieran comprendido que no le sacarían más rendimiento por estar más pendientes de él y hubieran dejado ya de preocuparse de que un día no calculara bien la cantidad de agua y aire que necesitaba para volver, o de que condujera demasiado rápido sobre los cascotes de un cráter y volcara el rover. En vez de luchar con él para que respetara el protocolo, habían preferido dedicar ese tiempo a otros fines más fructíferos y dejar que Alfredo marchara solo al encuentro con su destino.
Una de las faltas que más se podrían achacar a los veteranos y no a Alfredo es que se permitieran sentirse decepcionados por su carencia de talento y de interés. Tratándose de especialistas con una formación tan intensiva, deberían haber sabido trabajar con aquello de que disponían y no permitir que la terquedad de Alfredo se les metiera bajo la piel hasta el punto de empezar a considerarlo un lastre para los objetivos de la colonia. Tal vez, durante aquellos años de progreso a través de nuevas fronteras, había surgido en la estación un cierto espíritu de misión pionera, similar al de aquellos colonos puritanos del Mayflower, que habría infundido en la mayoría de los veteranos la sensación de haber sido elegidos por un plan providencial para forjar un nuevo mundo. La transmisión de ese espíritu a la siguiente generación habría sido un paso crucial para la realización del plan y, por eso, el fracaso de Alfredo habría subvertido y amenazado las posibilidades de éxito de aquella utopía. Muchos creen ahora que, sin el hallazgo y el autosacrificio de Alfredo, quien en el proceso se redimió de sus defectos y se convirtió en el símbolo de una lección universal, aquella visión nunca habría sido posible, pues las siguientes generaciones habrían seguido produciendo más individuos retraídos e indisciplinados como él que habrían acrecentado el pesimismo y el sentimiento de decepción.
Los incidentes cruciales de aquel día de 2190 tuvieron lugar durante una de aquellas misiones de recuperación de chatarra. El destino de Alfredo era uno de los campamentos abandonados de una campaña de muestreo de principios de siglo. Cada uno de los campamentos consistía en una torre de perforación, un par de rovers teledirigidos y un cohete que enviaba las muestras a Fobos, donde los astronautas de la época habían reunido las cápsulas y se las habían llevado a la Tierra. Doscientos veinte años después del primer amartizaje de un ingenio terrestre, el planeta estaba sembrado de tecnología y restos de las diversas misiones. Aunque los componentes electrónicos se deterioraban rápidamente por los fuertes contrastes de temperatura, los metales se podían reciclar y era más fácil obtenerlos así que tratando de extraerlos del planeta. Aquel era el trabajo perfecto para Alfredo, pues no había nada de valor que pudiera romper y lo mantenía ocupado y lejos de la estación durante mucho tiempo.
Medusae Fossae, el lugar donde ocurrió todo, había sido objeto de gran interés desde finales del 2007, cuando la sonda Mars Express detectó un gran depósito de materiales ligeros bajo la llanura. La tecnología que se usaba en aquel entonces no permitía distinguir si era polvo volcánico o hielo de agua. Con el tiempo, los estudios determinaron que debía de tratarse de una mixtura de ambos, aunque con una proporción de hielo demasiado baja para que valiera la pena extraerlo. El agua en sí no escasea en Marte, pero la mayor parte de ella siempre se ha mantenido bajo protección para minimizar el riesgo de contaminarla con material orgánico terrestre. Lo cierto es que, de no haber sido considerada como una región desértica, a Alfredo nunca le habrían permitido pisar aquella llanura, pues habría sido inútil tratar de conseguir que respetara las medidas de higiene y profilaxis.
El campamento de perforación que iba a desmontar Alfredo no había llegado nunca a completar su misión. Durante las actividades el taladro se había desprendido del anclaje que lo mantenía sujeto y se había tambaleado de forma peligrosa para el resto de los instrumentos, de modo que no había quedado más remedio que abortar la operación de forma prematura. El taladro aún seguía clavado al suelo de aquella guisa, torcido y con las patas arrancadas del suelo, como si fuera un grotesco mosquito de tres metros. El motor Stirling que le había proporcionado energía durante décadas había seguido exprimiendo vatio a vatio del combustible radiactivo, manteniendo las baterías cargadas para que el taladro pudiera emitir un ping de radio cada tres meses recordando a quien le interesara que seguía estando allí, aguardando a que alguien decidiera qué hacer con él.
Alfredo atravesó Medusae Fossae en su vehículo destartalado, con el acelerador pisado a fondo, lo cual no le confería mucha velocidad, pero levantaba aparatosas estelas de polvo entre los antiguos conos hidrotermales que salpicaban aquella parte de la llanura. Si bien, como se ha dicho, nadie aguantaba como él los viajes de varias semanas a través del paisaje marciano, conducir tanto tiempo sobre un terreno tan agreste suponía de todas formas un esfuerzo extremo, así que Alfredo debía de estar deseando alcanzar el campamento para estirar las piernas, comer y despejarse la cabeza. Pese a que llevaba adelanto sobre el programa, no llamó a la estación para avisar de su inminente llegada. Nunca le había sentado bien que la voz de uno de los veteranos cortara el profundo silencio de Marte cuando se había parado a descansar. Si hubieran necesitado comprobar algo importante podrían haber sabido dónde estaba y haberse puesto en contacto con él en cualquier momento; que no lo hicieran aquella vez después de averiguar que ya había llegado dice mucho sobre las expectativas que tenían sobre el resultado final de aquella expedición.
Después de reponerse del viaje, Alfredo fue a buscar los pequeños rovers exploradores. Tras entregar sus muestras, habían seguido rodando por los alrededores hasta quedarse atascados en la arena. Tardó cinco horas en cortar con un soplete y desmontar las partes útiles, que no habían sido diseñadas para que se pudieran retirar con facilidad; con el problema añadido de que la mayoría de aquellos artefactos contenía pequeñas células de material radiactivo como método a prueba de fallos para proteger los circuitos del frío extremo. A pesar de que Alfredo, al pasar tanto tiempo en el exterior, soportaba de forma rutinaria dosis bastante elevadas de radiación espacial, estaba obligado a seguir complicados procedimientos para no contaminar el entorno. Por supuesto, nadie había pensado que alguien cruzaría una cuarta parte del planeta para destripar aquellas máquinas antes de que las células radiactivas se hubieran degradado y fueran inofensivas, pero tampoco habrían imaginado que alguien como Alfredo Carpente-Patterson, a pesar de su corta existencia, pudiera ostentar desde 2190 hasta la llegada del ferrocarril la mejor marca de distancia recorrida sobre Marte. Muchos de los hitos alcanzados durante su carrera han asombrado a los historiadores tras comprobar lo difíciles que serían de replicar incluso en la actualidad, teniendo en cuenta el material y las condiciones de trabajo con los que se realizaron y, sobra decirlo, la dudosa cualificación de Alfredo. Por eso, pese a su cuestionable valor como modelo de comportamiento, los críticos aluden hoy con frecuencia a sus logros para denunciar el escaso empeño de los jóvenes marcianos a la hora de afrontar tareas que exigen mucho esfuerzo y no ofrecen grandes recompensas.
Volviendo a la acción en el campamento abandonado, en cuanto Alfredo terminó de hacerse cargo de los rovers dirigió su atención hacia el enorme taladro, que permanecía clavado medio suelto al suelo, rodeado por terrones levantados y fracturados por las vibraciones que habían obligado a detenerlo. Primero le quitó el polvo con un cepillo para que no se metiera en los resquicios al abrir los compartimentos herméticos. Luego preparó sus herramientas mientras se asentaba la polvareda. Abrió un panel y, de forma mecánica, sin conocimiento de causa, pinchó la circuitería para descargar los datos que quedaran en la memoria. Después de este paso la misión de Alfredo debería haber seguido su curso sin mayores contratiempos. Sólo quedaba desarmar algunas piezas, sujetar bien la carga al vehículo y aguardar la llegada del próximo día para emprender el camino de vuelta. Sin embargo, por razones desconocidas, Alfredo decidió salirse del protocolo. No es fácil penetrar en los pensamientos de los protagonistas de las grandes gestas de la historia para tratar de comprender por qué siguieron de pronto una dirección inesperada. Quizá les impulsa la mera existencia de la posibilidad, tal como se abre ante ellos, o el deseo de resistirse a obedecer el dictado de fuerzas ajenas a su libre albedrío. En cualquier caso, parece que Alfredo Carpente-Patterson creyó necesario por alguna razón poner en marcha el viejo taladro. Aunque no es imposible que lo hiciera por accidente, la dificultad de conseguirlo sin premeditación hace pensar que ese era realmente su propósito. Tal vez, como dicen, advirtió una anomalía en el terreno y se le ocurrió investigar por su propia cuenta, o, más probablemente, sólo quiso liberar el taladro para colocarlo en una posición en la que le costara menos desmontarlo. Puesto que esa cuestión es imposible ya de responder, cada cual puede optar por la versión que prefiera sin que nadie tenga un motivo fundado para reprochárselo.
Por lo que sabemos, cuando Alfredo activó el taladro este debió de funcionar durante unos segundos antes de quedarse atascado de nuevo. Las baterías ya tenían tres cuartos de siglo sobre sus espaldas y la mayor parte de ese tiempo lo habían pasado congeladas, así que se puede considerar casi un milagro que en primer lugar hubieran conseguido mover el rotor. Ese movimiento fue suficiente para que empezara a manar por los resquicios el vapor del acuífero que había debajo, sublimado en la débil atmósfera marciana a pesar del frío extremo. Alfredo, como pionero marciano que era, ya debía de estar acostumbrado a esperar lo inesperado. Unas decenas de metros de grietas congeladas podían aparecer en cualquier lugar de Marte. Es muy fácil esconder varios millones de litros de agua pura en una extensión de suelo firme similar a la de la Tierra. Y, como sabía Alfredo, esa cantidad de agua era suficiente, con ayuda de la eficiente la tecnología espacial, para abastecer de forma indefinida a una pequeña ciudad.
Está claro que, si alguien hubiera estado pendiente de lo que hacía Alfredo, no habría sucedido nada de lo que pasó a continuación. Aunque todavía se discute qué podrían haber hecho los demás para detenerlo, si en la estación hubieran sabido antes lo que estaba tramando seguramente habrían tenido muchas posibilidades de lograr socavar su confianza antes de que se decidiera a ejecutar su plan. Es interesante notar que, aunque la intención existió igualmente, si hubieran disuadido a Alfredo a tiempo la historia lo habría juzgado como a un criminal y nunca se le habría concedido el mérito del descubrimiento. Esta aparente paradoja es un ejemplo excelente, aunque en absoluto novedoso, de cómo la coincidencia de circunstancias extraordinarias puede convertir incluso a un villano sin escrúpulos en un personaje de leyenda.
Viendo pues que había llegado por fin la oportunidad de su vida, Alfredo no dudó en tratar de sacarle el máximo partido. Como no podía ir a la Tierra debido a sus débiles huesos marcianos y tampoco deseaba seguir viviendo con los veteranos en el viejo hábitat, el único remedio que se le ocurrió fue secuestrar el acuífero para exigir que se constuyera una colonia sólo para gente como él, los genuinos habitantes de Marte, donde no se les obligara a llevar una vida de astronautas al servicio de los intereses de la Tierra. Cuando menos, así es como se cuenta siempre este pasaje de la mitología fundacional, aunque teniendo en cuenta lo que ahora sabemos de la personalidad de Alfredo, sería más apropiado decir que su resentimiento personal jugó un papel mucho más destacado que cualquier ideal de independencia. La gente ignora o prefiere ignorar que un verdadero patriota marciano nunca habría amenazado con contaminar un acuífero con material radiactivo, sabiendo que la maquinaria para limpiar el terreno de radiación podía tardar siglos en estar disponible. Unos dirán que ambas versiones de la leyenda son ciertas, que dentro del mito pueden estar contenidos el héroe y el antihéroe. Para este cronista, ambas versiones, aunque interesantes, deberían ser tenidas como falsas, pues ninguna, ni la popular ni la de sus detractores, está libre de fuertes intereses. Lo mejor que puede hacer el lector es tratar de filtrar la información para separarla de la interpretación y, cuando ello no sea posible, contrastar lo que sepa y las inexactitudes e intereses de cada parte para conseguir un punto de vista lo más resistente posible a la manipulación. Al hacerlo, quizá termine coligiendo que, en realidad, Alfredo Carpente-Patterson no fue ni un héroe ni un villano, sino un mero actor de sus circunstancias, históricas y personales, que tan sólo obedecía de forma irreflexiva a sus impulsos.
El hasta entonces insignificante Alfredo ya había dispuesto todos los elementos de su plan para cuando el director de la estación advirtió la conspiración que había organizado. Las células de plutonio estaban apiladas en el suelo, con el soplete cortador preparado junto a ellas para abrirlas lo más rápidamente posible. También había conectado las tripas del taladro a las baterías del vehículo; su intención era crear un canal hasta el acuífero y arrojar dentro el material radiactivo si los responsables de la carrera espacial no se avenían a sus exigencias. El calor residual bastaría para que las células se abriesen camino por sí mismas hasta el corazón de la reserva de agua. La áspera conversación que siguió entre Alfredo y el director es demasiado extensa para reproducirla aquí pero, si el lector tiene oportunidad de escucharla, verá que la habilidad de nuestro protagonista para percibir las mentiras a través de las pequeñas señales no verbales merecería ser considerada como otra de sus virtudes infravaloradas, una capacidad que provenía no de una perspicacia sobrenatural, sino de la ausencia de otros talentos que la ofuscasen. Es posible también que, debido a su baja autoestima, Alfredo se viera tan condenado al fracaso que se sugestionara para esperar una trampa cualesquiera que fuesen las promesas del director. Por eso no se puede echar la culpa de los acontecimientos al personal de la estación, ni, como se ha llegado a hacer de forma disparatada, acusarlos de tener intenciones políticas o prejuicios racistas contra las peticiones de Alfredo. En aquel choque de mundos entre la visión de los astronautas de la Tierra y la vida del segundo nativo de Marte, no quedaba mucho que se pudiera hacer para superar la barrera de la incomprensión una vez las cosas habían llegado hasta aquel punto.
Después de que se frustrara la negociación, un Alfredo desatado se dirigió hacia el taladro, dispuesto a mostrarle a todo el mundo cuán capaz era de cumplir sus amenazas. El Sol estaba brillando a ras sobre la llanura y las cámaras de los satélites se estaban esforzando para localizarlo y seguir sus movimientos desde las alturas. Cualquiera de los que presenciaban con impotencia y horror aquel momento se habría ofrecido para empuñar una pistola y detenerlo de inmediato. Ese deseo universal de matar a Alfredo por el bien de la humanidad sería luego la clave del síndrome colectivo de remisión que borró de la memoria popular las circunstancias negativas que rodearon aquel extraño accidente, incluyendo las verdaderas motivaciones de su principal implicado.
En cuanto Alfredo puso en marcha el taladro, accionado esta vez por las baterías del vehículo, la broca se sacudió de forma violenta y quebró por completo la obstrucción que taponaba el acuífero. El hielo había ido retrocediendo durante los millones de años que habían transcurrido desde que se filtró a través de los sedimentos de Medusae Fossae, convirtiendo de ese modo las grietas en una extensa e intrincada cámara de vapor frío. Cuando toda esa presión se liberó, desencadenó la que sería a la postre la imagen simbólica de la fundación de Marte: primero un blanco penacho de cristales brotó del suelo de forma impetuosa, ocultando el campamento y arrojando a Alfredo de espaldas; y luego, cuando decreció la fuerza que sostenía las capas de cenizas volcánicas sobre el acuífero, el terreno se agrietó y cedió como un bizcocho pasado de cocción, cubriendo la llanura de vapor y, finalmente, estallando y hacendo saltar por los aires el campamento entero, junto con Alfredo y rocas del tamaño de un vagón de mercancías.
Tal vez sea verdad que, como dice la leyenda, la explosión en sí no matara a Alfredo. Con la protección de su traje, hecho para aguantar varias semanas de maltrato, es probable que todavía estuviera vivo y consciente cuando salió dando vueltas por el aire. Sin embargo, no resulta creíble que, como se lo retrata a menudo, estuviera lanzando en aquel instante gritos de júbilo. Lo que nos dice lo que hemos ido aprendiendo acerca de su figura es que, en realidad, nuestro desdichado héroe no debía de entender nada de lo que le estaba sucediendo. De hecho, se podría afirmar que nunca comprendió nada de lo que le había sucedido a lo largo de su amarga existencia pues, al igual que aquel día, siempre había sido arrojado en medio de unas circunstancias que no había elegido él. Fuera como fuese, lo cierto es que al final alcanzó con su rebeldía la inmortalidad que otros con más talento se pasan toda la vida soñando. En su ascenso hacia el cielo de Marte, entre nubes de cristales de hielo coronadas por los halos del Sol, quizá lograra entrever, durante un breve instante, su propia elevación a los altares de la historia.
Todavía hoy hay mucha gente que cree que el cuerpo desaparecido del legendario héroe de Marte se desvaneció en el aire. Que, perfectamente sano y salvo, salió de este mundo y entró en otro mucho mejor. Donde quiera que se encuentre Alfredo Carpente-Patterson, en un lugar entre las estrellas o sepultado bajo millones de toneladas de polvo y rocas, una cosa al menos es segura: si hubiese sabido que su nombre, engrandecido hasta proporciones míticas, sería admirado y alabado por decenas de generaciones, habría olvidado de quién había nacido cada uno y habría unificado, en cierto modo, el origen de toda la humanidad para maldecir a todos desde lo más hondo de su alma, incluyéndose, antes que nadie, a sí mismo.
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© Fran Ontanaya, Valencia, 2008
Ilustraciones: NASA - dominio público.
1ª edición, julio 2008