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© Fran Ontanaya, Valencia, 2008
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1ª Edición: Julio, 2008
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El 9 de diciembre de 1917, el carguero de vapor Claudio, de la Compañía Naviera, que transportaba fosfatos de Tampa para la Fábrica Industria y Comercio de Basurto, entró en el puerto de Bilbao con graves daños y varias bajas, quedando amarrado en el muelle de Luchana.
Según los tripulantes, el carguero fue interceptado por un submarino alemán U3 a quinientas millas del Cabo de Finisterre. El submarino disparó el cañonazo protocolario para ordenar la detención del buque pero, al no reaccionar este, abrió fuego otras siete veces, causándole grandes destrozos en la obra muerta. Dos maquinistas y varios marineros, temiendo que el Claudio se fuera a pique, se arrojaron al mar. Ocho de ellos desaparecieron en las frías aguas del Atlántico.
El capitán del Claudio, después de recuperar el control de su tripulación, hizo detener el buque. Un oficial del submarino subió a bordo y, tras comprobar la nacionalidad y el destino de la nave, admitió su error y presentó sus excusas. Los tripulantes del submarino ayudaron a rescatar a los marineros que habían saltado, extinguieron el incendio que habían provocado los cañonazos y repararon parte de los desperfectos. Así, aunque maltrecho, el Claudio pudo continuar hasta arribar a puerto.
La noche antes del atraque coincidió con el inicio de las Gemínidas, una de las lluvias de estrellas más importantes del año. El capitán del Claudio, desvelado por los sucesos recientes, tuvo ocasión de ver uno de aquellos meteoros, que se desintegró sobre el mar con una misteriosa llamarada de color verde. Después de una noche de pesadillas en las que se le aparecieron los tripulantes ahogados, se levantó con el ánimo sofocado y se rebeló contra las excusas del oficial alemán.
Cuando el capitán prestó declaración ante la Comandancia de Marina, no mencionó ningún hecho particular entre los cañonazos y la marcha del submarino. Tampoco desmintió la información que se había difundido por el telégrafo, en la cual se afirmaba que el ataque se había producido a cincuenta y no a quinientas millas del Cabo de Finisterre, es decir, dentro del territorio español en vez de en la zona de bloqueo alemana. Si bien los tripulantes que regresaron a casa contaron la historia tal como había sucedido, la verdad no llegó al conocimiento público hasta unos meses más tarde. Con el tiempo, la gente comparó el incidente del Claudio con el del Maine, afirmando que, en cualquier caso, el fin había justificado los medios.
El 26 de diciembre de 1917, en respuesta a aquel ataque, España declaró la guerra al Imperio Alemán, entrando así de forma oficial en el conflicto europeo. Su participación, en realidad, se limitó a la provisión de suministros a las naciones aliadas. Los voluntarios que marcharon al frente sin permiso ni siquiera recibieron reconocimiento alguno al volver. Lo cierto es que apenas tuvieron tiempo de entrar en acción: el Imperio claudicó sólo un año después.
Entre 1918 y 1936, España siguió dividida por sus problemas endémicos aunque, en general, permaneció alineada contra el fascismo. El ejército se entretuvo analizando su papel en la Gran Guerra y se distrajo así de su conflictiva macrocefalia. Al golpe de estado fallido de 1936, que no fue secundado fuera de Madrid, le siguieron tres años de paz y prosperidad.
Mientras tanto, en el centro de Europa, los intelectuales judíos estaban empezando a emigrar tras el ascenso al poder de Adolf Hitler. La mayoría, en espera de una pronta ocasión para el regreso, se trasladó a España, donde una corriente de romanticismo tardío estaba reivindicando los aportes de las distintas culturas que habían pasado por la península a lo largo de la historia.
Es probable que, entre los exiliados que estaban cruzando los Pirineos, se encontraran Leo Szilárd, Edward Teller y Eugene Wigner, tres científicos nucleares procedentes de Hungría. Lo que es seguro es que los tres se habían mudado definitivamente a los Estados Unidos en 1946, atraídos por la promesa de tecnología e instalaciones más avanzadas. Si realizaron investigaciones en España entre su partida de Hungría y el fin de la Segunda Guerra Mundial, no quedó al menos constancia de sus resultados, aunque se pueden intuir a la sazón de los descubrimientos posteriores.
En noviembre de 1939 estalló la Segunda Guerra Mundial, cuyo desarrollo, por conocido, se puede omitir aquí.
En 1945, tras casi seis años de combates, la guerra no parecía estar cerca todavía de la conclusión. La derrota de Japón, aunque inevitable, se eternizaba a causa de la movilización de la población civil, de modo que los aliados norteamericanos aún no podían abandonar el Pacífico para dirigir sus fuerzas hacia Europa. El Eje avanzaba palmo a palmo en Francia, lo mismo que perdía en el frente oriental por la escasez de material y soldados. La población estaba exhausta y las naciones que se habían involucrado en la guerra se encontraban al límite de su resistencia.
En un lluvioso 16 de agosto de 1945, la primera bomba nuclear de la historia, surgida aparentemente de la nada, fue probada con mediano éxito en los Montes de Toledo. El gobierno español ocultó el suceso informando de la explosión de un V2 con agentes químicos lanzado desde territorio francés. Los errores de cálculo, que extendieron la contaminación por buena parte de la cuenca del Guadiana e hicieron desaparecer a todos los testigos presenciales, contribuyeron a que el público diera crédito a la versión oficial. A raíz de aquel incidente, Albert Einstein escribió a Franklin Delano Roosevelt para advertirle de la posibilidad de que los alemanes tuvieran una «bomba atómica», pero fue ignorado por completo.
En febrero de 1946, con los tanques alemanes acercándose a la península tanto desde el continente como desde el norte de África, se ensambló una segunda bomba nuclear. No obstante, debido a la imposibilidad de perfeccionar el diseño en un plazo tan breve, la bomba resultó tan masiva como una locomotora de vapor y, en consecuencia, imposible de transportar por aire. Las rutas marítimas estaban bloqueadas por los submarinos y las vías de tren habían sido bombardeadas, por lo que se decidió desmontarla de nuevo y enviarla al frente camuflada en carros con tiros de mula. Los ingenieros se disfrazarían de emigrantes germanófilos y llevarían fardos de dinamita bajo los pescantes para destruir la carga en caso de emergencia. En pro del realismo, a cada ingeniero se le obligaría a ir acompañado de su familia, a la que se le haría creer que, en efecto, habían sido expulsados del país.
Un periodista de Nueva York que se encontraba en el sur de Francia sospechó que estaba pasando algo fuera de lo común cuando vio a uno de los ingenieros acomodar la carga para sacar su carro de una rodera enfangada por la lluvia. Empezó a seguirlo con discreción hasta llegar a un cobertizo a la orilla del Sena, entre París y Rouen, adonde el resto del convoy había llegado aprovechando la debilidad de las líneas. El periodista consiguió acercarse entre los arbustos de un montículo próximo y fotografiar todo el montaje sin ser descubierto. Al parecer, el plan de los ingenieros consistía en conducir la bomba en una barcaza río abajo hasta el puerto de Le Havre, que había sido desalojado y tomado por el grueso de la flota superviviente alemana, con la provisión de que, si los tripulantes eran descubiertos antes de tiempo, deberían detonar la bomba in situ para que no cayera en manos enemigas.
Al día siguiente la barcaza todavía estaba amarrada al embarcadero. El carro que llevaba el plutonio no había aparecido. Los ingenieros lo esperaron en vano dentro del cobertizo hasta que la cercanía del frente y la falta de víveres les obligaron a dinamitar la bomba y huir con sus familias. Pocos días más tarde, las fotografías del montaje se hicieron públicas en un diario de ultramar. Las potencias del Eje comprendieron el suceso de los Montes de Toledo y se percataron de la imposibilidad de fabricar la bomba antes que los aliados. Contra la negativa de Hitler y su guardia a rendirse, las sublevaciones populares pusieron fin de facto a la guerra, paralizando la producción, asesinando a la cúpula dirigente e inspirando deserciones en masa entre las tropas.
Sobre el ingeniero perdido, se supo que erró el camino en la oscuridad al tratar de evitar una patrulla, con tan mala fortuna que acabó yendo a parar a un campo avanzado de misiles. En aquel campo se encontraba, justo aquel día, el ingeniero de cohetes Wernher Von Braun, el cual, ante el cariz que tomaba la guerra y las presiones de la facción de Himmler, había procurado trasladar a su equipo científico lo más cerca posible de la frontera aliada. Ya entonces las aspiraciones de Von Braun incluían construir un cohete que llevara al primer hombre a la Luna. Sin embargo, habiendo perdido algunos especialistas de motores en el bombardeo de Peenemünde, todavía no estaba en condiciones de diseñar un sistema de propulsión que estuviera a la altura de aquel reto. Cuando le sentaron delante al ingeniero capturado, el creador del mortífero cohete alemán se ganó enseguida su confianza y logró sonsacarle la descripción de los principios de la bomba. Debido a esta influencia temprana, Von Braun pasaría el resto de su vida obsesionado con la energía nuclear.
Von Braun se entregó a los aliados días antes de que cayera Berlín, con la condición de que él y todo su equipo recibieran asilo en los Estados Unidos. Aunque no se le juzgó de forma oficial, su pasado nazi le fue recordado durante el resto de su vida, especialmente cuando ignoró los avances de la Unión Soviética en la producción de motores de combustión y se empeñó en desarrollar su propio cohete nuclear. A pesar de ello, los espías americanos consiguieron robar de forma eventual los diseños de las potencias rivales, por lo que, con la cooperación de Von Braun o sin ella, la carrera espacial se mantuvo más o menos igualada hasta 1975.
El penúltimo día de noviembre de 1975, el primer cohete de plasma impulsado por un generador de fisión partió del Grover Cleveland Space Center rumbo a la Luna. Así dio comienzo una serie de misiones legendarias cuyo éxito amplió las perspectivas de la humanidad más allá de los confines de la Tierra.
El motor de Von Braun fue reemplazado a mediados de los noventa por un nuevo ingenio propulsado mediante la fusión de hidrógeno. Gracias a este avance, la astronauta Florinda Meza, nativa de Zacatecas, México, pisó por primera vez los desiertos polvorientos de Marte la mañana del 13 de septiembre de 1993. El evento fue seguido en directo por dos terceras partes de la población mundial. Aquella Navidad, el libro De la Tierra a Marte del autor desconocido Irving Johnes alcanzó en pocos meses los ciento cincuenta millones de ejemplares, siendo traducido a su vez a casi un centenar de idiomas.
El éxito de la carrera espacial impulsó la tecnología electrónica, que entre los años 1987 y 1996 propició la llamada Revolución Digital. Sin embargo, pese a la década de bonanza, el inicio del nuevo milenio se vio ensombrecido por los rápidos cambios sociales. Los precios de la energía y de la vivienda se dispararon, decreció la esperanza de vida, la investigación científica, como una bombilla de filamento sobrecargada, alcanzó un máximo de brillo y luego se extinguió, las industrias pesadas se quedaron sin mano de obra y la pornografía se situó en el primer puesto de la economía mundial.
El 4 de marzo de 2006, en uno de los valles de Europa, una de las lunas heladas de Júpiter, el comandante de la misión Peary se dispuso a recoger las muestras que habían extraído horas antes con un taladro. Cuando guardaba los últimos tubos herméticos, la pared de un acantilado se quebró y se desplomó de forma repentina. Los restos momificados de una familia entera de animales marinos quedaron expuestos tras haber permanecido atrapados en el hielo durante millones de años. Puesto que la misión Peary no había previsto encontrar nada mayor que una bacteria, les fue difícil hacer sitio para traerse de vuelta un ejemplar.
La llegada de la nave a la Tierra se preparó con gran anticipación. Después del impacto que había tenido la conquista de Marte, se esperaba que los actos públicos y las pantallas gigantes instaladas en las principales plazas del mundo atrajeran a millones de espectadores. Para los cronistas y los historiadores, aquel día suponía el clímax de milenios de avances de la ciencia y la filosofía contra las calamidades de la guerra, la cual podría haber desencadenado la extinción de la humanidad si no fuera por la serendipia de un carro extraviado en mitad de la noche.
El día de Año Viejo de 2006, pequeños grupos de entusiastas se reunieron en las plazas para seguir el aterrizaje. La escasa afluencia hizo que el ambiente fuera decayendo con el transcurso de la jornada. Tras la llegada de la nave, algo avergonzados de encontrarse solos entre tanto policía, la mayoría decidió regresar a sus casas. Las calles se quedaron desiertas en un par de horas en todas las ciudades. Los operarios retiraron los montajes, se llevaron las tarimas y barrieron la basura. La mañana siguiente, aparte de la habitual fauna urbana, sólo se percibió la presencia de algún despistado que rehuía la luz del Sol mientras se apremiaba para resguardarse cuanto antes de la intemperie.
El 9 de diciembre de 2008 se dio por concluida la carrera espacial. La decisión apenas levantó revuelo. Los analistas que trataron de interpretar la manifiesta falta de interés señalaron como posibles causas la decadencia de la cultura, la saturación de la capacidad de atención y la pérdida del contacto con el mundo real. El público alegó, en cambio, que se había sobrevalorado demasiado aquel tema de la exploración de lo desconocido. No valía la pena invertir tanto esfuerzo en conquistar objetivos que nunca estaban a la altura de la ficción virtual.
Unos años más tarde, el capitán del buque de sondeo Ladón notificó el hallazgo de un nódulo metálico de grandes dimensiones en el lecho marino, a varios cientos de millas del Cabo de Finisterre. Una draga especializada consiguió extraerlo del siglo de cieno que lo cubría. Tras examinarlo, los geólogos certificaron que se trataba de un fragmento de magnetita procedente de un asteroide de tipo C.
Aquel meteorito terminó protagonizando el pastiche histórico El meteoro verde, considerado el último gran logro de la literatura posmodernista. Los críticos denunciaron su falta de mensaje pero, como siempre, nadie concedió mucha importancia a su opinión.