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Cablegate


1.

El día que los cables diplo­má­ti­cos salie­ron a la luz, los acon­te­ci­mien­tos toma­ron de forma inex­pli­ca­ble un curso dife­rente a lo esperado.

Gérard estaba sen­tado tran­qui­la­mente en su cubículo en la redac­ción de un dia­rio fran­cés, reco­giendo su abrigo tras pasar todo el día tra­du­ciendo notas de prensa, cuando, al final de la jor­nada, Mar­cel, el direc­tor, le sugi­rió hacer horas extra para man­te­ner la web actualizada.

―Pero tengo que com­prar un regalo de cum­plea­ños hoy ―se quejó Gérard.

―Pién­salo bien. Este momento es parte de la his­to­ria del perio­dismo. En mi tiempo, cuando cayó el Muro de Ber­lín, estu­vi­mos tres días sin dormir.

―No es lo mismo. Esto no es el fin de la Gue­rra Fría.

―Nunca se sabe, nunca se sabe.

Gérard sus­piró y vol­vió a dejar la chaqueta.

―Se que­dan con­tigo los redac­to­res de guar­dia ―dijo Mar­cel―. Tú te haces cargo del correo. Mira, podrás pre­su­mir de que eres el direc­tor por unas horas.

―La belle-de-nuit del director.

Mar­cel le amo­nestó agi­tando un dedo, pero sin decir nada. Luego añadió:

―Estate atento por si Le Monde y los otros publi­can más cables. A ver si pode­mos encon­trar algo que a ellos se les haya pasado por alto.

Gérard hizo un gesto de ren­di­ción y se vol­vió a sen­tar. Seguir leyendo… (1218 palabras)



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Anonymous


1. The day of the mag­ni­fi­cent rally, a man that con­si­de­red him­self Anony­mous was quite ent­hu­sias­tic about having been cho­sen from the crowd to give an impro­vi­sed speech. It wasn’t pro­ba­bly the most ins­pi­red moment of the event but, nonet­he­less, it see­med to fit appro­pia­tely with the spon­ta­neus cha­rac­ter of a group that would resist defi­ning itself as such. In retros­pect, though, the man was going to regret enjo­ying that brief taste of sin­gu­la­rity. For, not being very aware of the dif­fe­rence bet­ween free­dom and anony­mity, by the end of that day he had already asso­cia­ted his face­less side with the […]



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Petróleo


El sol caía como ácido de bate­rías hir­viente sobre las sali­nas y que­bra­das pla­ni­cies del fondo del Golfo de México. El señor Never­worth estaba sen­tado bajo una som­bri­lla en su silla de rue­das. El asmá­tico fue­lle de una bomba cir­cu­laba agua fría por el inte­rior de sus ropas de pros­pec­tor deci­mo­nó­nico. Cada vez que res­pi­raba aquel aire cáus­tico, inten­taba cal­cu­lar en cuánto se había acor­tado la vida útil de sus pul­mo­nes de plástico.

Aun­que sus ropas ocul­ta­ban las cos­tu­ras, el señor Never­worth estaba rehe­cho a base de par­ches y remien­dos. Pul­mo­nes, hígado, riño­nes, hue­sos, cora­zón, estó­mago, intes­tino, médula, múscu­los, prós­tata, piel, etcé­tera. Podría haber lle­vado una vida larga sin nece­si­dad de toda aque­lla para­fer­na­lia, pero tenía un motivo de peso: el señor Never­worth siem­pre se había con­si­de­rado mere­ce­dor de un pasaje a Marte. Y, con­forme las opor­tu­ni­da­des iban pasando, su cre­ciente inquie­tud le había lle­vado a tra­tar de mejo­rar a cual­quier pre­cio sus con­di­cio­nes físi­cas. Seguir leyendo… (2086 palabras)