Las donaciones no existen, solo el precio cero
Las donaciones no existen. Cuando se examinan nuevos modelos de negocio para la cultura, se duda a menudo de la viabilidad de las «donaciones». En realidad de lo que estamos hablando de «precio cero», puesto que la palabra donación está fuera de lugar en un contexto económico.
Es más, lo que afronta la cultura en la actualidad no es sólo un cambio de modelo de negocio, sino también un cambio en lo que se considera «cultura de valía». Desaparecida la escasez y los costes intrínsecos de la materialidad de los soportes, muchos creadores y productores tendrán que amanecerse en la comprensión de que el mundo no necesita lo que están creando, ni tampoco pagar nada por consumirlo.
La palabra «donación» no define el cómo se determina el precio, define el por qué se paga ese precio. Donación es dar por un motivo altruista. Los críticos dudan del altruismo de los consumidores, por lo que consideran inviable vender un producto que se puede obtener por un precio cero.
Sin embargo, cuando hablamos de valor económico, es indiferente que un producto sea apreciado por altruismo, fe o delirio. Valor es valor, y precio es precio. Cuando una obra se obtiene de forma gratuita, se ha pagado un precio cero. Las normas de la oferta y la demanda siguen en vigor.
Tomemos como ejemplo una revista de historias de ciencia ficción que publica ciberpunk y óperas espaciales de autores profesionales, es decir, autores que se han formado para escribir y tratan de vivir de ese oficio. Los lectores de ciberpunk la adquieren en su mayoría pagando un precio mayor que cero, mientras que casi todos los lectores de óperas espaciales la descargan gratis.
Los autores de óperas espaciales, ante la evidencia de que el mercado le atribuye un precio cero a su producto, afrontan la decisión de abandonar ese género o cambiar de profesión (puesto que no pueden vivir de lo que hacían). Es razonable imaginar que la mayoría de los autores en este ejemplo se pasará ciberpunk.
Pronto, los lectores a los que no les interesa el ciberpunk dejan de descargar la revista. Si estos lectores insisten en seguir pagando un precio cero en otras publicaciones, eventualmente ningún autor profesional escribirá óperas espaciales.
Conforme las óperas espaciales se vuelven más raras, pues, los lectores afrontan la decisión de conformarse con la producción amateur o cambiar su valoración.
En el punto extremo, quedaría un solo autor profesional de óperas espaciales. Si la escasez y la excepcionalidad pesan lo suficiente, los lectores empezarán a comprar en vez de descargar. Si no, la sociedad del momento histórico en curso habrá declarado ese género como una cultura amateur, sin valor económico, y habrá trasladado la actividad profesional a otras áreas del conocimiento.
Este modelo económico ya existe de facto en la actualidad. Y algunas áreas de la producción cultural se están resintiendo. Las ventas de ciertos tipos de obras están descendiendo, como síntoma de que se consideran una cultura cuyo precio de mercado es cero.
En algunos casos esto no sorprende, pues todo el mundo sabía que eran obras de baja calidad. En otros el creador/productor puede extrañarse de que un género cultural que requiere gran habilidad e implicación personal no tenga valor para el público.
Supongamos que la música rock deja de tener oyentes que paguen por ella y, en el caso más extremo, dejan de crearse nuevos temas. ¿Qué impacto tendría?
En ciertas circunstancias el rock puede ser esencial: por ejemplo, para acompañar un anuncio o un reportaje que no funcionaría con otro tipo de música. Si no se crearan nuevos temas, se seguirían usando los antiguos. Si los creadores de publicidad disponen de suficientes temas para variar y que no resulten repetitivos, no les hará falta que se creen otros nuevos. Sólo unos pocos músicos, capaces de crear temas para publicidad cuya «novedad» y «actualidad» sea un factor crucial, podrían seguir optando a encontrar un precio de mercado superior a cero.
Una nueva obra en un área de la cultura sin valía puede ser consumida por millones y seguir teniendo precio cero. La razón es que, en ese acto de consumo, esa obra podría haber sido sustituida por muchas otras que también tienen precio cero. No nos costaría imaginar un sujeto que, de no tener acceso a un cierto best-seller, se hubiera sentido igualmente satisfecho leyendo, por ejemplo, una novela de Julio Verne. En ausencia de otros factores, ese best-seller tiene, para nuestro sujeto, el mismo valor que una novela de dominio público.
Resumiendo, una cultura que sólo obtiene ingresos de aquellos consumidores que quieren pagar un precio superior a cero por ella es totalmente compatible y propia en una economía de mercado. Sin embargo, el mercado cultural al que pertenece puede ser sustancialmente diferente del actual.
Ese cambio en la cultura de valía significa que el peso económico de areas importantes de la cultura, a las que nos habíamos acostumbrado a atribuir un cierto valor debido a su escasez y el coste del soporte, se puede ver reducido al mínimo. Y se trata de un descenso lógico e inevitable.
Por otro lado, aquellas obras cuya creación “urge” al público, obras que respondan a conflictos y problemas que aún no han sido resueltos por la cultura anterior, seguirán generando valor, siendo sobreentendido que pagar un precio superior a cero por ellas es tanto una incitación al creador para producir otras similares, como un mensaje que los usuarios envían a otros potenciales creadores que estén observando y cuya participación dependa del respaldo que manifieste el público.











