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La burbuja de la crítica


Si digo que «toda obra tiene sus lec­to­res», encon­traré mucha gente dis­puesta a sus­cri­bir este axioma. Es ten­ta­dor pen­sar que si dejá­se­mos tirada en la calle cual­quier obra, y digo cual­quier obra, pronto apa­re­ce­ría alguien que la adop­ta­ría y la abra­za­ría y la lla­ma­ría George.

Al fin y al cabo, leer siem­pre es una obli­ga­ción cívica. Igual que dar los bue­nos días al vecino en el por­tal o comen­tarle a la pana­dera el frío que hace. Si un edi­tor, agente, autor o jefe de ven­tas se cruza en nues­tro camino y nos arroja en el regazo un manus­crito, lo menos que pode­mos hacer es dete­ner­nos y dedi­carle por com­pleto nues­tra atención.

Esto es, por supuesto, un pri­vi­le­gio par­ti­cu­lar de la lite­ra­tura. Si un empren­de­dor fuera al des­pa­cho de un inver­sor y, sin iden­ti­fi­car sobre qué trata el pro­yecto, pero ase­gu­rando que es algo extra­or­di­na­rio, le pidiera que aguan­tara media hora de pre­sen­ta­ción al final de la cual podría juz­gar por sí mismo sus vir­tu­des, lo nor­mal es que lo echa­ran por la puerta de una patada en el trasero.

En cam­bio, la lite­ra­tura tiene excu­sas de sobra. Por ejem­plo, «reivin­di­car la ima­gi­na­ción». O «refle­xio­nar sobre la reali­dad». O «sacar a la luz nues­tro lado oculto», «entre­te­ner», «poner a prueba las creen­cias prees­ta­ble­ci­das», «expo­ner ver­da­des des­ga­rra­do­ras», «sor­pren­der al lec­tor», «reno­var la lite­ra­tura». Con estos prin­ci­pios sole­mos garan­ti­zar la tras­cen­den­cia de nues­tras obras. Y, si al lec­tor no le gus­tan, tam­bién tene­mos otros. Seguir leyendo… (532 palabras)