#6 - Un extraño en el asiento de atrás

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HUGO

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La falta de sueño no le sentaba bien. Apuró el vaso de cola y masticó uno de los trozos de hielo para meterse algo de frío en la cabeza mientras el subidón de azúcar y cafeína le hacía efecto.

Cuando se hizo la hora, se subió al tren. Era un interregional, mucho menos lujoso que el transeuropeo. Se dejó caer en el primer asiento que vio libre. Ni siquiera le habían dado reserva. Luego, dejó que todo el peso que llevaba detrás de la frente, sobre las cejas, se asentara lenta, espesamente, como una masa de pez al aire libre.

Estaba demasiado cansado de tratar de dormir sentado, era peor incluso que obligarse a estar alerta.

Ya era de día. En cuanto salieran de la estación recibiría algo de luz del sol. Echaba de menos el sol, a pesar de que en su día hubiera llegado a aborrecerlo. Cuando salió de allí estaba cansado de los cielos aburridos de invierno y las bofetadas del calor en verano. Hacía treinta años aún se podía vivir en España, pero el cambio climático lo había vuelto un país árido e insoportable. Las emociones creativas eran más accesibles en un ambiente húmedo y gris, ligeramente melancólico, como el de las Islas, no tan crudo y tan áspero, tan blanco o negro. Sin embargo, todavía llevaba aquel sol en los genes. Su cuerpo necesitaba segregar melanina de vez en cuando.

Sonó el timbre del tren, se cerraron las puertas y, por fin, empezaron a moverse. El ambiente era fresco, pero sabía que no iba a llover cuando llegara. Nunca llovía allí. No tenía por que hacerlo justo aquel día.

—¡Hola!

Una chica de unos dieciocho, no más, rubia, con coleta, se levantó de repente sobre los respaldos de los asientos de delante. Sólo los ocupaba ella.

—¿Hola?

—Perdona si molesto. Oye…

—No importa.

—Tienes el wifi abierto.

—¿Hum?

—El wifi…

Hugo sacó el móvil. Había desactivado la contraseña. Esa misma mañana, mientras se conectaba medio dormido. La pantalla estaba llena de huellas dactilares como prueba del delito.

—Tienes muchísimos libros.

—Gracias por el aviso —dijo Hugo. Un poco incómodo por el descuido, cerró el wifi y activó de nuevo la contraseña.

—No he conocido nunca a nadie que llevara tantos libros. Sólo libros, prácticamente. ¿Se te ha roto tu móvil nuevo? Ese parece un poco… quiero decir, viejo. No te lo digo por ofender. ¿Qué modelo es?

—Es mi móvil. Sólo llevo lo que me interesa.

—¿Sabes que eres extraño?

—¿De veras?

—¡Desde luego!

—¿Y cómo defines lo extraño?

—Pues… verás…

—¿Puedes decir quién es extraño y quién no? ¿Hay alguien que sea totalmente normal?

—Pero, ¡hay gente que es bastante normal! Y otra que no lo es.

—¿Como yo?

—Seguramente. Mira, cuando puedes hacer algo que le gusta a todo el mundo, o tener algo mejor que lo que tienes y, bueno, no lo haces, o no lo tienes, entonces eres extraño. Es como… como negarse adrede algo que podría ser bueno. ¿No lo entiendes?

—¿Tienen algo de malo los libros?

—No, pero, no puedes estar siempre leyendo.

—Nadie puede hacerlo todo. A menudo hay que elegir.

—Eso no es excusa para tener un móvil viejo.

—Este me basta. ¿Por qué debo cambiarlo?

—Porque nunca sabes. Además, tener algo nuevo te hace sentir bien.

Hugo resopló.

—Prefiero tener ideas nuevas y cosas viejas, que cosas nuevas e ideas viejas.

La chica frunció el ceño. No parecía muy convencida ni de lo que Hugo había dicho, ni de si era o no un sarcasmo. Tampoco parecía tener intención de enfadarse por ello ni, para el caso, de tomarlo como excusa para dejarlo tranquilo.


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