Anonymous (es)
1.
El día de la espléndida manifestación, un hombre que se consideraba a sí mismo Anónimo estaba francamente entusiasmado por haber sido elegido entre la multitud para dar un discurso improvisado. Probablemente no fuera el momento más inspirado del evento pero, aun así, pareció encajar de forma apropiada en el carácter espontáneo de un grupo que se resistiría a ser definido como tal.
En retrospectiva, no obstante, el hombre iba a arrepentirse de haber disfrutado aquel breve atisbo de singularidad. Pues, no siendo muy consciente de la diferencia entre la libertad y el anonimato, hacia el final de aquel día ya había asociado su lado sin rostro con el potencial de conducir su vida entera al éxito.
Se dice que una vida social saludable requiere ser capaz de gozar del ocasional baile de máscaras; pero que, cuando uno se levanta la mañana siguiente, la máscara debe estar ya retirada y guardada bajo llave. Tratar de mezclar las reglas de ambos juegos es arriesgado en el mejor de los casos, y completamente disculpado solo para los artistas, los cómicos con talento y los millonarios.
Desgraciadamente, este hombre estaba tan orgulloso de su recién hallada capacidad para ponerse bajo la luz de los focos que se olvidó de forma deliberada de hacer lo susodicho. A la hora del siguiente desayuno, su familia se sorprendió de descubrir que todavía andaba en su yo anónimo.
―¿Eres tú? ―preguntó Bethany, su mujer, tratando de figurarse si estaba siendo víctima de una broma.
―Soy todos y nadie. Y… algunas cosas van a ser diferentes por aquí a partir de ahora, así que será mejor que te acostumbres a ello.
Al tiempo que tomaba algunas tortitas, mermelada y café algo frío, y se sentaba con un fallido intento de indiferencia, su hija adolescente tomó su desayuno y se levantó. Aunque ya había tenía experiencia anónima, consideraba de mal gusto compartirla con la familia.
―Lo terminaré en mi cuarto ―dijo, molesta―. ¿Vas a cambiarte antes de que sea la hora de ir al instituto?
Tras una pausa, él contestó:
―No.
―Llamaré a Nati, entonces. No quiero que nadie ve a mi padre actuando como un gili.
―¿Qué? ¿Soy demasiado viejo para ser Anónimo? ¿Es eso?
―No es eso. Es solo que…
―¿Solo que qué?
―Está mal. Lo estás haciendo mal, papá. Tú no… olvídalo. No quiero tener esta charla.
Ella abandonó la cocina. Un individuo Anónimo no se suponía que debiera tener familiares, salvo como parte de algún ejercicio mental, y, en cualquier caso, era frívolo pretender que uno no tenía identidad entre la gente con la que vivía.
Él se encogió de hombros y le dijo a Bethany:
―¿Qué he hecho mal? Debería poder hacer lo que quisiera sin que… sin ser censurado por mi propia hija.
―Es… es solo un poco inesperado ―dijo Bethany―. Ni siquiera sé lo que estás tratando de hacer, J…
―¡Silencio! No tengo un nombre.
―Escucha. Entiendo que la manifestación Anónima del otro día era importante para ti, pero en el fondo creo que no has entendido la idea.
―La idea es, que ya es hora de que todo el mundo se dé cuenta de que ser Anónimo es como tendrían que ser las cosas. Tener un nombre es… ¿cómo se dice en inglés? Como un accidente de la forma en que nos educan… un act-de-art.
―Artifact. ¿De veras planeas ir a trabajar así?
―Claro. Tendrán que hacerse a la idea.
―Entonces no te importará si paso algo de tiempo con mi amiga. Está a punto de dar a luz a su primer niño, pero todavía está nerviosa sobre todo el proceso. Está algo chapada a la antigua.
―¿Quieres oír algunos chistes sobre bebés?
―Oh, ya he tenido bastante de esto.
Él sonrió de una forma contorsionada y socarrona.
―Estaré trabajando en el estudio hoy ―añadió Bethany―. Y no quiero recibir ningún mensaje embarazoso por tu culpa, así que intenta no hacer nada estúpido, como…
―¿Como qué?
―Contar chistes sobre bebés a un cliente, por ejemplo.
―¿Por qué no debería?
―Si ven a alguien sentado en tu escritorio, en tu oficina, hablando con tus clientes, ¿quién crees que van a esperar que seas? Esa clase de cosas pueden perjudicar luego tu karma.
―Pues vale, a la mierda el karma. He terminado con eso. Mientras sea Anónimo, no pueden hacer nada al respecto.
―Esto quizá te sorprenda, pero no contrataron a una persona aleatoria para hacer tu trabajo.
―Les sorprenderá a ellos, eso es seguro.
―Lo que sea. Es tarde. Si queda una pizca de cordura en esa cabeza tuya esta mañana, considera irte por un tiempo también. Los niños probablemente estarán mejor a solas.
Pequeño J todavía estaba sentado a la mesa, *mostly ignorado. Todavía era demasiado joven para entender lo que estaba pasando, excepto que de repente un extraño al que nunca había visto estaba desayunando con ellos.
―No tiene sentido esconderle a Pequeño J lo que significa ser Anónimo. Ya está expuesto a suficientes lavadas de cerebro. Ese pequeño, jugoso cerebro tuyo, ¿eh Pequeño J?
El chico empezó a llorar. Bethany lo sostuvo.
―Lo dejaré esta noche en la guardería. Será mejor que esa sea la única llamada que haga hoy.
―Lo entenderás mejor cuando veas lo que somos capaces de hacer.
―Estoy hablando en serio. Todo el mundo sabe dónde está la línea, y tú la estás cruzando.
―No hay ninguna línea. La línea es una mentira.
2.
En lo que supuso un hito remarcable en su generalmente indistinta vida, J… mantuvo su determinación a lo largo de aquella mañana. Condujo al trabajo deseando en secreto que un control de carretera lo detuviera, a lo que el pretendía seguir con una protesta épica contra los policías y su enlace perdido con la humanidad. Pero todo lo que encontró fue una autovía llena de conductores con la misma cara matutina, algo que quizá habría advertido antes si no hubiese sido tan poco consciente de la existencia de otra gente.
No fue detenido tampoco cuando llegó al edificio de oficinas. El guarda ni siquiera le miró, y la verja se dio por satisfecha registrando la ID de su coche, que solo él se suponía que podía conducir. J… se había quitado antes la máscara para ponerlo en marcha, pero no se había dado cuenta de cuánto anonimato había eliminado ya aquella acción.
«Supongo que es hora de empezar a usar el transporte público», se dijo a sí mismo, con una cierta sensación de conflicto. Pues, a pesar de su actitud rebelde, todavía tenía en bastante estima su estilo de vida de clase media.
Para alivio suyo, se las arregló finalmente para causar cierta conmoción al entrar al edificio. Después de todo, no era del todo inhabitual que pistoleros o terroristas domésticos se disfrazaran de Anónimos para llevar a cabo sus crímenes, incluso cuando esto ya no era tan eficaz como antaño, cuando la gente era invisible solo por la naturaleza de nuestras sociedades masificadas.
―Señor, no creo que esté autorizado para entrar en este edificio ―dijo uno de los guardias―. Por favor, identifíquese o salga de inmediato.
―¿Problema, señor Guardia? Los edificios están hechos para ser abiertos.
―Por razones de seguridad, solo se permite entrar en este edificio a personal identificado. ¿Me permite acompañarle hasta la salida?
―¡Alto! ¡No soy ninguna escoria criminal! ¡Subiré esto a YouTube!
Los guardias, que la vez que más acción habían visto era por algún café vertido, se hicieron atrás, sobresaltados por el repentino arranque. J… desenvainó su móvil y lo blandió, la cámara hacia delante, como un personaje de ficción repeliendo vampiros con un símbolo religioso. Afortunadamente para ellos, el servicio de limpieza ―un hombre viejo y una mujer cansada llevando las herramientas de su oficio―, intervinieron para restaurar el orden.
―Eh, ¿que pasa por aquí? ―dijo ella, molesta por el sinsentido de la situación
―Por favor, no interfiera. Nos estamos haciendo cargo de este asunto ―pidió en vano uno de los guardias.
―¿Quién es este? ¿De qué va esto? ―insistió ella―. Tú, di algo ―le ordenó a J…
J… no estaba acostumbrado a que le mandoneara gente ordinaria. Consideraba, como una suposición razonable y bien informada, que el grupo al que él conocía como la gente ordinaria se pondría automáticamente de su lado en su lucha personal. De ahí su sorpresa, pues no solo la mujer le estaba interrogando, sino que estaba usando tal tono de reproche que él casi no pudo evitar mirar hacia abajo y cooperar con todo lo que ella dijera.
―¿Quién…? ¿Por qué tú…? Yo no… ―balbuceó él.
El viejo, que había estado prestando atención todo el tiempo, chasqueó los dedos cuando se las arregló para reconocer algun sutil manerismo de su habla:
―Sé quién eres… ¿Cómo era? J… J-algo…
―Ah, sí. Es él ―coincidió la mujer.
―¿Puede identificar a este hombre? ―preguntó uno de los guardias.
―Seguro ―dijo ella―. Ese es cubículo 43. No sé de qué va esto, pero podríais, ya sabéis, ponerle delante de su ordenador. Asín tiene que hacer login para usarlo.
Los dos guardias se relajaron de inmediato. Miraron a J… con una sonrisa afable y le hicieron una señal para que les siguiera hasta su escritorio. J… estaba a punto de soltar una retahíla sobre su privacidad, pero, puesto que ya había planeado caminar hasta el cubículo 43, sentarse y hacer login delante del mayor número posible de atónitos testigos, no tenía las palabras adecuadas preparadas para negarse.
Al pasar J… por su lado, la mujer del servicio de limpieza murmuró:
―Debería haber buscado trabajo en el zoo. Los animales son menos desastre que esta gente de oficina.
3.
Un rato más tarde, pese a la ausencia de cualquier sonido humano, todo lo que el cliente podía hacer era quedarse mirándole, demasiado educado para expresar su confusión. Al principio J… estaba exultante, reclinado en la silla con las manos en los bolsillos, pero entonces empezó a vacilar, y finalmente se sintió decididamente asustado por la extrañeza abismal en la expresión de su cliente. J… había esperado llevar la situación como un profesional, pero ahora era tan incómoda para ambos que de hecho habría preferido que lo dejaran solo por el resto del día.
Finalmente, fue el cliente quien habló primero:
―Yo… eh… hum, estaba interesado en… hablar con…
―No soy algo de lo que tener miedo, ¿sabes?
―¿Perdón?
―Esto son negocios. No necesitamos conocernos el uno al otro. ¿Me importa a mí quién eres? ¿Te importa a ti quién soy, qué desayuno, que sitios visito, qué tamaño de tetas me gusta? Deberías preocuparte solo por conseguir que las cosas se hagan. Somos grandes, ¿no es cierto? Somos… hay muchos de nosotros. Podemos hacer lo que necesitas.
Le llevó un rato al cliente encontrar una respuesta.
―Discúlpeme. No pretendía ofenderle. Pero realmente nos gustaría, si no le importa, nos gustaría conocer a sus desarrolladores. Este es un proyecto complejo… nos gustaría asegurarnos de que su equipo se siente cómodo con él. Ciertamente, serán conscientes de las consecuencias de cualquier error, dados los precedentes.
―Las consecuencias nunca serán las mismas. Estoy seguro de que podemos construirlo. Tenemos la tecnología.
―Mire. No quiero ser maleducado, pero… ¿podría hablar con otra persona? Quizá podríamos ahorrar tiempo si pudiera tratar directamente con un ingeniero.
J… se enfureció por la actitud del cliente. Estaba enfurecido también por la mujer del servicio de limpieza, y por su esposa, y por su propia hija, y de repente se dio cuenta de que no había encontrado una víctima apropiada para toda esa rabia hasta entonces.
―¿Y a qué viene esto ahora? ¿Cuál es tu problema? Sí, te digo a ti. ¿Qué es lo que te han hecho? ¿Cómo les dejaste que te convirtieran en una oveja, todo desconfiado de la gente Anónima? Ya sé, por supuesto, te preguntan y tú dices, seguro, no tienes ningún problema con ello, es muy respetable, todo el mundo es libre de vivir a su manera. Pero dentro de tu cabeza lo odias. Oh sí, no me mires de esa forma. Lo sé. Estás pensando que es algo pasajero. Como una moda. O algo. Entras en la red, cuando los niños están durmiendo, y escribes de forma anónima en los foros, y te gusta. ¡Maldita sea si te gusta! Pero nunca darías el siguiente paso. Por la mañana eres Míster 84357… lo-que-sea número de ID. Naciste con el número en tu cabeza, y morirás con el número en tu cabeza. Porque no puedes elegir tu propio nombre. Porque le dejas al sistema decirte quién eres.
El cliente se levantó y recogió su chaqueta.
―Me marcharé ahora. Gracias por su tiempo.
J… le señaló por encima del escritorio y le siguió, recitando letras como si fueran balas.
―¡Despierta! ¡Esta es la verdad! ¡La verdad es A. N. O. I… ónimo!”
El cliente se apresuró entre las líneas de cubículos. J…, fuera de sí, gritó:
―¡Eh, Míster Número! ¿Sabes por qué el crío dejó caer su piruleta?
4.
Fue la primera vez desde hace tanto como podía recordar que J… se encontró a sí mismo en la calle a media mañana, y era un día frío y gris. No ayudaba que, pese a que había ciertas protecciones para la gente trabajando de forma anónima, ya se daba por desempleado.
Había una parte de él que encontraba la situación apropiada. Ahora tenía una historia legítima que contar. Que haría que la gente se pusiera de su parte, incluso intentar causar suficiente desorden para forzar la mano del estudio. Cosas así habían pasado otras veces. Don nadies al azar se convertían en héroes sin nombre, todas las injurias eran reparadas, y la justicia era servida a aquellos que se creían por encima de los demás.
Sin embargo, no importaba cuánto intentara pensar de esa forma, el mediocre prospecto de perder su estándar de vida y convertirse en uno de los menos favorecidos Anónimos ―o, como él los imaginaba, cavernícolas de sótano sin trabajo y con sobrepeso―, se arrastraba por sus tripas y estrangulaba su garganta tratando de matar el espíritu con el que se había levantado aquella mañana.
Era una sensación familiar. Antes de que su alma fuera estrujada con éxito por la rutina de 9 a 5, solía ser acosado por el mismo demonio, y en aquel entonces sólo conocía una forma de mantenerlo a raya.
―Vlads, Rickrolls, Catsplosion ―voceaba el chico de la esquina―. Vlads, Rickrolls, Catsplosion ―repitió de nuevo.
J… se quedó parado cerca de él durante un rato, pero el chico de la esquina no parecía interesado en advertir su presencia. Aunque J… todavía llevaba la máscara, era normal que los yonquis fueran siempre como Anónimos, incluso hasta el punto de olvidar su propio nombre.
―Eh…
El chico de la esquina pareció incordiado, pero siguió sin mirarle.
―Eh, quiero algo… algo de eso ―insistió J…
―Vete a casa, tío. No vendemos lo que necesitas.
―Vamos. Soy un cliente. Puedo pagar.
―Tienes pinta de dar problemas.
―Eso no es cierto. No puedes decir quién o qué soy.
―Claro. Mira, así no vas a pillar nada en las esquinas. Búscate algo de fama primero, luego ya veremos. Todo el mundo se conoce por aquí.
―Esto no es justo. Podría ser cualquiera.
A pesar de que el chico de la esquina tenía dieciséis a lo sumo, J… se sintió como si estuviera protestando como un niño que ha decepcionado a un adulto.
―Quieres ser nadie ―dijo el chico de la esquina―, desenchufa, achanta la boca y quédate en casa, para que a nadie le importes una mierda. Todo lo que haces dice: soy un perdedor, ando perdido, voy a dar problemas. Si nos jodes y tenemos que averiguar tu nombre, vamos a estar cabreados de verdad. Vienes con tu propia cara, sabes que no te conviene dar problemas, hacemos negocio contigo. Vienes sin cara, piensas que no podemos encontrarte para hacerte pagar, y todo para nada. Porque te piensas que vales la pena, pero no es así. La reputación es todo, hasta para un yonqui. Las calles están mirando. En todas partes.
―¡Eso es una chorrada!
―Vete a tomar por culo.
―¡Esto es una idiotez! ¡El juego tiene reglas!
J… no terminó de hablar, porque el chico de la esquina estaba listo para despellejarle de su yo Anónimo y colgar los restos a secar.
Por suerte para J…, alguien llegó de ninguna parte y tiró de su codo.
―Yo me hago cargo de él ―dijo la voz de una anciana.
5.
De algún modo, la anciana, pese a tener todas las arrugas de su edad, todavía tenía la apariencia de una joven artista que se hubiera fugado para llevar un estilo de vida alternativo.
Le guió hasta el parque más cercano, donde se sentaron en la hierba. Gente atareada pasaba por las aceras y algunos jubilados estaban disfrutando de un paseo. Los dos componían un extraño retrato: una mujer mayor que tenía el aspecto de una niña y un evidentemente aturdido hombre de mediana edad que no llevaba nada salvo la máscara de Anónimo. Incluso los perros callejeros no sabían si acercarse a investigar, ladrarles o salir corriendo.
―Pues… ―dijo J…
―Pues, sí. ¿Qué estabas haciendo ahí? ―preguntó la chica.
―Creo que eso era obvio.
―No tanto. A menos que lo que realmente quisieras fuera que te quitaran la vida.
J… miró hacia otro lado, con una pizca de orgullo herido.
―Corrígeme si me equivoco ―añadió ella―, pero no pareces muy cómodo siendo Anónimo. ¿Es tu primera vez? ¿Qué edad tienes?
―¿Por qué debería decírtelo?
Ella formó un círculo con sus manos, como tratando de ser mística.
―Gratitud. Da algo para recibir algo. Da algo cuando recibes algo. Eso es lo que mantiene el mundo en marcha.
―Podría haber llevado la situación yo solo, gracias.
―A un riesgo mayor de que te dieran una paliza, sin embargo.
―Eso no se puede saber.
―El karma es un río, no un botón hacia arriba o hacia abajo. La mayor parte de la gente que aguarda a la finalización para compartir nunca lo hace.
―¿De qué estás hablando?
―La reputación es cooperación. Si nunca te defines te vuelves indistinguible del ruido. Una actitud siempre defensiva es subóptima en un juego iterado sin fin del Dilema del Prisionero.
―¿Qué?
―¿Sabes por qué Anónimo tiene buena reputación?
―No tiene una buena reputación.
―Sí la tiene. Por eso lo llevas, ¿no es así? Porque te sientes bien. Pero te sientes bien porque muchos Anónimos hicieron de hecho algo extraordinario. Todas las cosas extraordinarias hechas de esa forma se van sumando, de modo que cuandoquiera que digas que eres parte de ello, disfrutas de forma inmediata de tu parte del reconocimiento. Por supuesto, alguien podría llevar una máscara anónima como si fuera una marca y conseguir karma extra por la cara. Pero… en realidad es muy difícil esconder el hecho de que no contribuiste nada.
―Chorradas. La identidad es esclavitud. La gente debe ser liberada de ella.
―Tienes que arriesgarte a ser alguien. El Anonimato es una red de seguridad para tu acción afirmativa. Si no compensas tu anonimato con acción, entonces los problemas de identidad nunca son solucionados, nada guay pasa jamás, y todo el mundo es esclavo del miedo de los demás.
J… le dirigió una mirada en blanco.
―Mira: es como la gente que vive en barrios residenciales: nadie conoce a nadie, nadie coopera con nadie, y nadie se enfrenta a otro estilo de vida que el suyo. Sus casas de tipo perfectamente promedio son su máscara Anónima. Pero lo cierto es que la identidad de todos está encadenada y enjaulada dentro, y pusieran jamás un pie en la calle, si se expusieran a sí mismos a la luz del sol, no sería comprendida, sería automáticamente votada abajo por sus vecinos. Por lo tanto, porque ese anonimato no está ahí en realidad como medio para ninguna gran acción, solo como medida defensiva, la identidad de todos palidece y se pudre y se convierte en mal karma, mientras todo el mundo finge que no es así permaneciendo en el interior. O, para explicarlo en pocas palabras, no debes ser Anónimo, sino actuar Anónimo.
―Yo he estado actuando…
―¿Y cuál es esa gran cosa que estabas intentando hacer que sucediera?
―La libertad de…
―Oh, venga. ―Ella se puso en pie, quitándose algunas briznas de hierba seca de sus pantalones.― ¿Te has fijado en que la gente que contribuye cosas extraordinarias ya está protegiendo su identidad contra el abuso? Porque aprenden a expresar una actitud guay, la seguridad de su propia identidad, incluyendo la capacidad para implicar enseguida a otra gente en su protección, puede depender de ellos mismos en vez de en una fuerza externa sin rostro. Eso es lo que estoy haciendo ahora ―te estoy enseñando a implicarte en algo grande, para que cuando necesites defender tu identidad no termines siendo rebotado de un lado a otro por todo el mundo, hasta por gente con la peor reputación.
La anciana le ofreció su mano para ayudarle a levantarse. J… dudó si no sería demasiado pesado para ella.
―¿Y quién eres tú para hacer como que sabes? Esto es más complicado que eso ―dijo J…
―Yo soy nadie. Como tú, estoy usando una máscara Anónima. Aunque ya le ha crecido una identidad que, en gran medida, también es la mía.
6.
J… se sentó en el salón, cansado y preguntándose cómo iba a fingir la mañana siguiente en el trabajo que no había sucedido nada. Aún no se había quitado la máscara. Pequeño J estaba jugando en frente del sofa. Este le tendió un pote de juguete.
―Eh, papá. Ábrelo.
J… lo abrió. Había un león de plástico dentro.
―¡Es una trampa! ―exclamó Pequeño J, partiéndose de risa.
J… se quedó un buen rato mirándo el pote, hasta que de repente se dio cuenta:
―Espera. ¿Cómo sabes que soy papá?
―¿Uh?
―¿Cómo has sabido que soy papá?
Pequeño J le miró, intrigado.
―Poque ‘reces papá.
―¿De veras? Entonces… escucha. Entonces, ¿por qué estabas asustado esta mañana? ¿Te acuerdas de eso?
―Sip.
―¿Por qué estabas asustado?
―Poque no eras como papá. Pero ‘reces papá ahora.










27/05/2011. 3964 palabras. Etiquetas: