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Anonymous (es)


1.

El día de la esplén­dida mani­fes­ta­ción, un hom­bre que se con­si­de­raba a sí mismo Anó­nimo estaba fran­ca­mente entu­sias­mado por haber sido ele­gido entre la mul­ti­tud para dar un dis­curso impro­vi­sado. Pro­ba­ble­mente no fuera el momento más ins­pi­rado del evento pero, aun así, pare­ció enca­jar de forma apro­piada en el carác­ter espon­tá­neo de un grupo que se resis­ti­ría a ser defi­nido como tal.

En retros­pec­tiva, no obs­tante, el hom­bre iba a arre­pen­tirse de haber dis­fru­tado aquel breve atisbo de sin­gu­la­ri­dad. Pues, no siendo muy cons­ciente de la dife­ren­cia entre la liber­tad y el ano­ni­mato, hacia el final de aquel día ya había aso­ciado su lado sin ros­tro con el poten­cial de con­du­cir su vida entera al éxito.

Se dice que una vida social salu­da­ble requiere ser capaz de gozar del oca­sio­nal baile de más­ca­ras; pero que, cuando uno se levanta la mañana siguiente, la más­cara debe estar ya reti­rada y guar­dada bajo llave. Tra­tar de mez­clar las reglas de ambos jue­gos es arries­gado en el mejor de los casos, y com­ple­ta­mente dis­cul­pado solo para los artis­tas, los cómi­cos con talento y los millonarios.

Des­gra­cia­da­mente, este hom­bre estaba tan orgu­lloso de su recién hallada capa­ci­dad para ponerse bajo la luz de los focos que se olvidó de forma deli­be­rada de hacer lo suso­di­cho. A la hora del siguiente desa­yuno, su fami­lia se sor­pren­dió de des­cu­brir que toda­vía andaba en su yo anónimo.

―¿Eres tú? ―pre­guntó Bet­hany, su mujer, tra­tando de figu­rarse si estaba siendo víc­tima de una broma.

―Soy todos y nadie. Y… algu­nas cosas van a ser dife­ren­tes por aquí a par­tir de ahora, así que será mejor que te acos­tum­bres a ello.

Al tiempo que tomaba algu­nas tor­ti­tas, mer­me­lada y café algo frío, y se sen­taba con un fallido intento de indi­fe­ren­cia, su hija ado­les­cente tomó su desa­yuno y se levantó. Aun­que ya había tenía expe­rien­cia anó­nima, con­si­de­raba de mal gusto com­par­tirla con la familia.

―Lo ter­mi­naré en mi cuarto ―dijo, molesta―. ¿Vas a cam­biarte antes de que sea la hora de ir al instituto?

Tras una pausa, él contestó:

―No.

―Lla­maré a Nati, enton­ces. No quiero que nadie ve a mi padre actuando como un gili.

―¿Qué? ¿Soy dema­siado viejo para ser Anó­nimo? ¿Es eso?

―No es eso. Es solo que…

―¿Solo que qué?

―Está mal. Lo estás haciendo mal, papá. Tú no… olví­dalo. No quiero tener esta charla.

Ella aban­donó la cocina. Un indi­vi­duo Anó­nimo no se supo­nía que debiera tener fami­lia­res, salvo como parte de algún ejer­ci­cio men­tal, y, en cual­quier caso, era frí­volo pre­ten­der que uno no tenía iden­ti­dad entre la gente con la que vivía.

Él se enco­gió de hom­bros y le dijo a Bethany:

―¿Qué he hecho mal? Debe­ría poder hacer lo que qui­siera sin que… sin ser cen­su­rado por mi pro­pia hija.

―Es… es solo un poco ines­pe­rado ―dijo Bet­hany―. Ni siquiera sé lo que estás tra­tando de hacer, J…

¡Silen­cio! No tengo un nombre.

―Escu­cha. Entiendo que la mani­fes­ta­ción Anó­nima del otro día era impor­tante para ti, pero en el fondo creo que no has enten­dido la idea.

―La idea es, que ya es hora de que todo el mundo se dé cuenta de que ser Anó­nimo es como ten­drían que ser las cosas. Tener un nom­bre es… ¿cómo se dice en inglés? Como un acci­dente de la forma en que nos edu­can… un act-de-art.

Arti­fact. ¿De veras pla­neas ir a tra­ba­jar así?

―Claro. Ten­drán que hacerse a la idea.

―Enton­ces no te impor­tará si paso algo de tiempo con mi amiga. Está a punto de dar a luz a su pri­mer niño, pero toda­vía está ner­viosa sobre todo el pro­ceso. Está algo cha­pada a la antigua.

―¿Quie­res oír algu­nos chis­tes sobre bebés?

―Oh, ya he tenido bas­tante de esto.

Él son­rió de una forma con­tor­sio­nada y socarrona.

―Estaré tra­ba­jando en el estu­dio hoy ―aña­dió Bet­hany―. Y no quiero reci­bir nin­gún men­saje emba­ra­zoso por tu culpa, así que intenta no hacer nada estú­pido, como…

―¿Como qué?

―Con­tar chis­tes sobre bebés a un cliente, por ejemplo.

―¿Por qué no debería?

―Si ven a alguien sen­tado en tu escri­to­rio, en tu ofi­cina, hablando con tus clien­tes, ¿quién crees que van a espe­rar que seas? Esa clase de cosas pue­den per­ju­di­car luego tu karma.

―Pues vale, a la mierda el karma. He ter­mi­nado con eso. Mien­tras sea Anó­nimo, no pue­den hacer nada al respecto.

―Esto quizá te sor­prenda, pero no con­tra­ta­ron a una per­sona alea­to­ria para hacer tu trabajo.

―Les sor­pren­derá a ellos, eso es seguro.

―Lo que sea. Es tarde. Si queda una pizca de cor­dura en esa cabeza tuya esta mañana, con­si­dera irte por un tiempo tam­bién. Los niños pro­ba­ble­mente esta­rán mejor a solas.

Pequeño J toda­vía estaba sen­tado a la mesa, *mostly igno­rado. Toda­vía era dema­siado joven para enten­der lo que estaba pasando, excepto que de repente un extraño al que nunca había visto estaba desa­yu­nando con ellos.

―No tiene sen­tido escon­derle a Pequeño J lo que sig­ni­fica ser Anó­nimo. Ya está expuesto a sufi­cien­tes lava­das de cere­bro. Ese pequeño, jugoso cere­bro tuyo, ¿eh Pequeño J?

El chico empezó a llo­rar. Bet­hany lo sostuvo.

―Lo dejaré esta noche en la guar­de­ría. Será mejor que esa sea la única lla­mada que haga hoy.

―Lo enten­de­rás mejor cuando veas lo que somos capa­ces de hacer.

―Estoy hablando en serio. Todo el mundo sabe dónde está la línea, y tú la estás cruzando.

―No hay nin­guna línea. La línea es una mentira.

2.

En lo que supuso un hito remar­ca­ble en su gene­ral­mente indis­tinta vida, J… man­tuvo su deter­mi­na­ción a lo largo de aque­lla mañana. Con­dujo al tra­bajo deseando en secreto que un con­trol de carre­tera lo detu­viera, a lo que el pre­ten­día seguir con una pro­testa épica con­tra los poli­cías y su enlace per­dido con la huma­ni­dad. Pero todo lo que encon­tró fue una auto­vía llena de con­duc­to­res con la misma cara matu­tina, algo que quizá habría adver­tido antes si no hubiese sido tan poco cons­ciente de la exis­ten­cia de otra gente.

No fue dete­nido tam­poco cuando llegó al edi­fi­cio de ofi­ci­nas. El guarda ni siquiera le miró, y la verja se dio por satis­fe­cha regis­trando la ID de su coche, que solo él se supo­nía que podía con­du­cir. J… se había qui­tado antes la más­cara para ponerlo en mar­cha, pero no se había dado cuenta de cuánto ano­ni­mato había eli­mi­nado ya aque­lla acción.

«Supongo que es hora de empe­zar a usar el trans­porte público», se dijo a sí mismo, con una cierta sen­sa­ción de con­flicto. Pues, a pesar de su acti­tud rebelde, toda­vía tenía en bas­tante estima su estilo de vida de clase media.

Para ali­vio suyo, se las arre­gló final­mente para cau­sar cierta con­mo­ción al entrar al edi­fi­cio. Des­pués de todo, no era del todo inha­bi­tual que pis­to­le­ros o terro­ris­tas domés­ti­cos se dis­fra­za­ran de Anó­ni­mos para lle­var a cabo sus crí­me­nes, incluso cuando esto ya no era tan efi­caz como antaño, cuando la gente era invi­si­ble solo por la natu­ra­leza de nues­tras socie­da­des masificadas.

―Señor, no creo que esté auto­ri­zado para entrar en este edi­fi­cio ―dijo uno de los guar­dias―. Por favor, iden­ti­fí­quese o salga de inmediato.

―¿Pro­blema, señor Guar­dia? Los edi­fi­cios están hechos para ser abiertos.

―Por razo­nes de segu­ri­dad, solo se per­mite entrar en este edi­fi­cio a per­so­nal iden­ti­fi­cado. ¿Me per­mite acom­pa­ñarle hasta la salida?

―¡Alto! ¡No soy nin­guna esco­ria cri­mi­nal! ¡Subiré esto a YouTube!

Los guar­dias, que la vez que más acción habían visto era por algún café ver­tido, se hicie­ron atrás, sobre­sal­ta­dos por el repen­tino arran­que. J… des­en­vainó su móvil y lo blan­dió, la cámara hacia delante, como un per­so­naje de fic­ción repe­liendo vam­pi­ros con un sím­bolo reli­gioso. Afor­tu­na­da­mente para ellos, el ser­vi­cio de lim­pieza ―un hom­bre viejo y una mujer can­sada lle­vando las herra­mien­tas de su ofi­cio―, inter­vi­nie­ron para res­tau­rar el orden.

―Eh, ¿que pasa por aquí? ―dijo ella, molesta por el sin­sen­tido de la situación

―Por favor, no inter­fiera. Nos esta­mos haciendo cargo de este asunto ―pidió en vano uno de los guardias.

―¿Quién es este? ¿De qué va esto? ―insis­tió ella―. Tú, di algo ―le ordenó a J…

J… no estaba acos­tum­brado a que le man­do­neara gente ordi­na­ria. Con­si­de­raba, como una supo­si­ción razo­na­ble y bien infor­mada, que el grupo al que él cono­cía como la gente ordi­na­ria se pon­dría auto­má­ti­ca­mente de su lado en su lucha per­so­nal. De ahí su sor­presa, pues no solo la mujer le estaba inte­rro­gando, sino que estaba usando tal tono de repro­che que él casi no pudo evi­tar mirar hacia abajo y coope­rar con todo lo que ella dijera.

―¿Quién…? ¿Por qué tú…? Yo no… ―bal­bu­ceó él.

El viejo, que había estado pres­tando aten­ción todo el tiempo, chas­queó los dedos cuando se las arre­gló para reco­no­cer algun sutil mane­rismo de su habla:

―Sé quién eres… ¿Cómo era? J… J-algo…

―Ah, sí. Es él ―coin­ci­dió la mujer.

―¿Puede iden­ti­fi­car a este hom­bre? ―pre­guntó uno de los guardias.

―Seguro ―dijo ella―. Ese es cubículo 43. No sé de qué va esto, pero podríais, ya sabéis, ponerle delante de su orde­na­dor. Asín tiene que hacer login para usarlo.

Los dos guar­dias se rela­ja­ron de inme­diato. Mira­ron a J… con una son­risa afa­ble y le hicie­ron una señal para que les siguiera hasta su escri­to­rio. J… estaba a punto de sol­tar una retahíla sobre su pri­va­ci­dad, pero, puesto que ya había pla­neado cami­nar hasta el cubículo 43, sen­tarse y hacer login delante del mayor número posi­ble de ató­ni­tos tes­ti­gos, no tenía las pala­bras ade­cua­das pre­pa­ra­das para negarse.

Al pasar J… por su lado, la mujer del ser­vi­cio de lim­pieza murmuró:

―Debe­ría haber bus­cado tra­bajo en el zoo. Los ani­ma­les son menos desas­tre que esta gente de oficina.

3.

Un rato más tarde, pese a la ausen­cia de cual­quier sonido humano, todo lo que el cliente podía hacer era que­darse mirán­dole, dema­siado edu­cado para expre­sar su con­fu­sión. Al prin­ci­pio J… estaba exul­tante, recli­nado en la silla con las manos en los bol­si­llos, pero enton­ces empezó a vaci­lar, y final­mente se sin­tió deci­di­da­mente asus­tado por la extra­ñeza abis­mal en la expre­sión de su cliente. J… había espe­rado lle­var la situa­ción como un pro­fe­sio­nal, pero ahora era tan incó­moda para ambos que de hecho habría pre­fe­rido que lo deja­ran solo por el resto del día.

Final­mente, fue el cliente quien habló primero:

―Yo… eh… hum, estaba intere­sado en… hablar con…

―No soy algo de lo que tener miedo, ¿sabes?

―¿Per­dón?

―Esto son nego­cios. No nece­si­ta­mos cono­cer­nos el uno al otro. ¿Me importa a mí quién eres? ¿Te importa a ti quién soy, qué desa­yuno, que sitios visito, qué tamaño de tetas me gusta? Debe­rías preo­cu­parte solo por con­se­guir que las cosas se hagan. Somos gran­des, ¿no es cierto? Somos… hay muchos de noso­tros. Pode­mos hacer lo que necesitas.

Le llevó un rato al cliente encon­trar una respuesta.

―Dis­cúl­peme. No pre­ten­día ofen­derle. Pero real­mente nos gus­ta­ría, si no le importa, nos gus­ta­ría cono­cer a sus desa­rro­lla­do­res. Este es un pro­yecto com­plejo… nos gus­ta­ría ase­gu­rar­nos de que su equipo se siente cómodo con él. Cier­ta­mente, serán cons­cien­tes de las con­se­cuen­cias de cual­quier error, dados los precedentes.

Las con­se­cuen­cias nunca serán las mis­mas. Estoy seguro de que pode­mos cons­truirlo. Tene­mos la tecnología.

―Mire. No quiero ser mal­edu­cado, pero… ¿podría hablar con otra per­sona? Quizá podría­mos aho­rrar tiempo si pudiera tra­tar direc­ta­mente con un ingeniero.

J… se enfu­re­ció por la acti­tud del cliente. Estaba enfu­re­cido tam­bién por la mujer del ser­vi­cio de lim­pieza, y por su esposa, y por su pro­pia hija, y de repente se dio cuenta de que no había encon­trado una víc­tima apro­piada para toda esa rabia hasta entonces.

―¿Y a qué viene esto ahora? ¿Cuál es tu pro­blema? Sí, te digo a ti. ¿Qué es lo que te han hecho? ¿Cómo les dejaste que te con­vir­tie­ran en una oveja, todo des­con­fiado de la gente Anó­nima? Ya sé, por supuesto, te pre­gun­tan y tú dices, seguro, no tie­nes nin­gún pro­blema con ello, es muy res­pe­ta­ble, todo el mundo es libre de vivir a su manera. Pero den­tro de tu cabeza lo odias. Oh sí, no me mires de esa forma. Lo sé. Estás pen­sando que es algo pasa­jero. Como una moda. O algo. Entras en la red, cuando los niños están dur­miendo, y escri­bes de forma anó­nima en los foros, y te gusta. ¡Mal­dita sea si te gusta! Pero nunca darías el siguiente paso. Por la mañana eres Mís­ter 84357… lo-que-sea número de ID. Naciste con el número en tu cabeza, y mori­rás con el número en tu cabeza. Por­que no pue­des ele­gir tu pro­pio nom­bre. Por­que le dejas al sis­tema decirte quién eres.

El cliente se levantó y reco­gió su chaqueta.

―Me mar­charé ahora. Gra­cias por su tiempo.

J… le señaló por encima del escri­to­rio y le siguió, reci­tando letras como si fue­ran balas.

―¡Des­pierta! ¡Esta es la ver­dad! ¡La ver­dad es A. N. O. I… ónimo!”

El cliente se apre­suró entre las líneas de cubícu­los. J…, fuera de sí, gritó:

―¡Eh, Mís­ter Número! ¿Sabes por qué el crío dejó caer su piruleta?

4.

Fue la pri­mera vez desde hace tanto como podía recor­dar que J… se encon­tró a sí mismo en la calle a media mañana, y era un día frío y gris. No ayu­daba que, pese a que había cier­tas pro­tec­cio­nes para la gente tra­ba­jando de forma anó­nima, ya se daba por desempleado.

Había una parte de él que encon­traba la situa­ción apro­piada. Ahora tenía una his­to­ria legí­tima que con­tar. Que haría que la gente se pusiera de su parte, incluso inten­tar cau­sar sufi­ciente des­or­den para for­zar la mano del estu­dio. Cosas así habían pasado otras veces. Don nadies al azar se con­ver­tían en héroes sin nom­bre, todas las inju­rias eran repa­ra­das, y la jus­ti­cia era ser­vida a aque­llos que se creían por encima de los demás.

Sin embargo, no impor­taba cuánto inten­tara pen­sar de esa forma, el medio­cre pros­pecto de per­der su están­dar de vida y con­ver­tirse en uno de los menos favo­re­ci­dos Anó­ni­mos ―o, como él los ima­gi­naba, caver­ní­co­las de sótano sin tra­bajo y con sobre­peso―, se arras­traba por sus tri­pas y estran­gu­laba su gar­ganta tra­tando de matar el espí­ritu con el que se había levan­tado aque­lla mañana.

Era una sen­sa­ción fami­liar. Antes de que su alma fuera estru­jada con éxito por la rutina de 9 a 5, solía ser aco­sado por el mismo demo­nio, y en aquel enton­ces sólo cono­cía una forma de man­te­nerlo a raya.

―Vlads, Rickro­lls, Cats­plo­sion ―voceaba el chico de la esquina―. Vlads, Rickro­lls, Cats­plo­sion ―repi­tió de nuevo.

J… se quedó parado cerca de él durante un rato, pero el chico de la esquina no pare­cía intere­sado en adver­tir su pre­sen­cia. Aun­que J… toda­vía lle­vaba la más­cara, era nor­mal que los yon­quis fue­ran siem­pre como Anó­ni­mos, incluso hasta el punto de olvi­dar su pro­pio nombre.

―Eh…

El chico de la esquina pare­ció incor­diado, pero siguió sin mirarle.

―Eh, quiero algo… algo de eso ―insis­tió J…

―Vete a casa, tío. No ven­de­mos lo que necesitas.

―Vamos. Soy un cliente. Puedo pagar.

―Tie­nes pinta de dar problemas.

―Eso no es cierto. No pue­des decir quién o qué soy.

―Claro. Mira, así no vas a pillar nada en las esqui­nas. Bús­cate algo de fama pri­mero, luego ya vere­mos. Todo el mundo se conoce por aquí.

―Esto no es justo. Podría ser cualquiera.

A pesar de que el chico de la esquina tenía die­ci­séis a lo sumo, J… se sin­tió como si estu­viera pro­tes­tando como un niño que ha decep­cio­nado a un adulto.

―Quie­res ser nadie ―dijo el chico de la esquina―, des­en­chufa, achanta la boca y qué­date en casa, para que a nadie le impor­tes una mierda. Todo lo que haces dice: soy un per­de­dor, ando per­dido, voy a dar pro­ble­mas. Si nos jodes y tene­mos que ave­ri­guar tu nom­bre, vamos a estar cabrea­dos de ver­dad. Vie­nes con tu pro­pia cara, sabes que no te con­viene dar pro­ble­mas, hace­mos nego­cio con­tigo. Vie­nes sin cara, pien­sas que no pode­mos encon­trarte para hacerte pagar, y todo para nada. Por­que te pien­sas que vales la pena, pero no es así. La repu­tación es todo, hasta para un yon­qui. Las calles están mirando. En todas partes.

―¡Eso es una chorrada!

―Vete a tomar por culo.

―¡Esto es una idio­tez! ¡El juego tiene reglas!

J… no ter­minó de hablar, por­que el chico de la esquina estaba listo para des­pe­lle­jarle de su yo Anó­nimo y col­gar los res­tos a secar.

Por suerte para J…, alguien llegó de nin­guna parte y tiró de su codo.

―Yo me hago cargo de él ―dijo la voz de una anciana.

5.

De algún modo, la anciana, pese a tener todas las arru­gas de su edad, toda­vía tenía la apa­rien­cia de una joven artista que se hubiera fugado para lle­var un estilo de vida alternativo.

Le guió hasta el par­que más cer­cano, donde se sen­ta­ron en la hierba. Gente ata­reada pasaba por las ace­ras y algu­nos jubi­la­dos esta­ban dis­fru­tando de un paseo. Los dos com­po­nían un extraño retrato: una mujer mayor que tenía el aspecto de una niña y un evi­den­te­mente atur­dido hom­bre de mediana edad que no lle­vaba nada salvo la más­cara de Anó­nimo. Incluso los perros calle­je­ros no sabían si acer­carse a inves­ti­gar, ladrar­les o salir corriendo.

―Pues… ―dijo J…

―Pues, sí. ¿Qué esta­bas haciendo ahí? ―pre­guntó la chica.

―Creo que eso era obvio.

―No tanto. A menos que lo que real­mente qui­sie­ras fuera que te qui­ta­ran la vida.

J… miró hacia otro lado, con una pizca de orgu­llo herido.

―Corrí­geme si me equi­voco ―aña­dió ella―, pero no pare­ces muy cómodo siendo Anó­nimo. ¿Es tu pri­mera vez? ¿Qué edad tienes?

―¿Por qué debe­ría decírtelo?

Ella formó un círculo con sus manos, como tra­tando de ser mística.

―Gra­ti­tud. Da algo para reci­bir algo. Da algo cuando reci­bes algo. Eso es lo que man­tiene el mundo en marcha.

―Podría haber lle­vado la situa­ción yo solo, gracias.

―A un riesgo mayor de que te die­ran una paliza, sin embargo.

―Eso no se puede saber.

―El karma es un río, no un botón hacia arriba o hacia abajo. La mayor parte de la gente que aguarda a la fina­li­za­ción para com­par­tir nunca lo hace.

―¿De qué estás hablando?

―La repu­tación es coope­ra­ción. Si nunca te defi­nes te vuel­ves indis­tin­gui­ble del ruido. Una acti­tud siem­pre defen­siva es subóp­tima en un juego ite­rado sin fin del Dilema del Prisionero.

―¿Qué?

―¿Sabes por qué Anó­nimo tiene buena reputación?

―No tiene una buena reputación.

―Sí la tiene. Por eso lo lle­vas, ¿no es así? Por­que te sien­tes bien. Pero te sien­tes bien por­que muchos Anó­ni­mos hicie­ron de hecho algo extra­or­di­na­rio. Todas las cosas extra­or­di­na­rias hechas de esa forma se van sumando, de modo que cuan­do­quiera que digas que eres parte de ello, dis­fru­tas de forma inme­diata de tu parte del reco­no­ci­miento. Por supuesto, alguien podría lle­var una más­cara anó­nima como si fuera una marca y con­se­guir karma extra por la cara. Pero… en reali­dad es muy difí­cil escon­der el hecho de que no con­tri­buiste nada.

―Cho­rra­das. La iden­ti­dad es escla­vi­tud. La gente debe ser libe­rada de ella.

―Tie­nes que arries­garte a ser alguien. El Ano­ni­mato es una red de segu­ri­dad para tu acción afir­ma­tiva. Si no com­pen­sas tu ano­ni­mato con acción, enton­ces los pro­ble­mas de iden­ti­dad nunca son solu­cio­na­dos, nada guay pasa jamás, y todo el mundo es esclavo del miedo de los demás.

J… le diri­gió una mirada en blanco.

―Mira: es como la gente que vive en barrios resi­den­cia­les: nadie conoce a nadie, nadie coopera con nadie, y nadie se enfrenta a otro estilo de vida que el suyo. Sus casas de tipo per­fec­ta­mente pro­me­dio son su más­cara Anó­nima. Pero lo cierto es que la iden­ti­dad de todos está enca­de­nada y enjau­lada den­tro, y pusie­ran jamás un pie en la calle, si se expu­sie­ran a sí mis­mos a la luz del sol, no sería com­pren­dida, sería auto­má­ti­ca­mente votada abajo por sus veci­nos. Por lo tanto, por­que ese ano­ni­mato no está ahí en reali­dad como medio para nin­guna gran acción, solo como medida defen­siva, la iden­ti­dad de todos pali­dece y se pudre y se con­vierte en mal karma, mien­tras todo el mundo finge que no es así per­ma­ne­ciendo en el inte­rior. O, para expli­carlo en pocas pala­bras, no debes ser Anó­nimo, sino actuar Anónimo.

―Yo he estado actuando…

―¿Y cuál es esa gran cosa que esta­bas inten­tando hacer que sucediera?

―La liber­tad de…

―Oh, venga. ―Ella se puso en pie, qui­tán­dose algu­nas briz­nas de hierba seca de sus pan­ta­lo­nes.― ¿Te has fijado en que la gente que con­tri­buye cosas extra­or­di­na­rias ya está pro­te­giendo su iden­ti­dad con­tra el abuso? Por­que apren­den a expre­sar una acti­tud guay, la segu­ri­dad de su pro­pia iden­ti­dad, inclu­yendo la capa­ci­dad para impli­car ense­guida a otra gente en su pro­tec­ción, puede depen­der de ellos mis­mos en vez de en una fuerza externa sin ros­tro. Eso es lo que estoy haciendo ahora ―te estoy ense­ñando a impli­carte en algo grande, para que cuando nece­si­tes defen­der tu iden­ti­dad no ter­mi­nes siendo rebo­tado de un lado a otro por todo el mundo, hasta por gente con la peor reputación.

La anciana le ofre­ció su mano para ayu­darle a levan­tarse. J… dudó si no sería dema­siado pesado para ella.

―¿Y quién eres tú para hacer como que sabes? Esto es más com­pli­cado que eso ―dijo J…

―Yo soy nadie. Como tú, estoy usando una más­cara Anó­nima. Aun­que ya le ha cre­cido una iden­ti­dad que, en gran medida, tam­bién es la mía.

6.

J… se sentó en el salón, can­sado y pre­gun­tán­dose cómo iba a fin­gir la mañana siguiente en el tra­bajo que no había suce­dido nada. Aún no se había qui­tado la más­cara. Pequeño J estaba jugando en frente del sofa. Este le ten­dió un pote de juguete.

―Eh, papá. Ábrelo.

J… lo abrió. Había un león de plás­tico dentro.

―¡Es una trampa! ―exclamó Pequeño J, par­tién­dose de risa.

J… se quedó un buen rato mirándo el pote, hasta que de repente se dio cuenta:

―Espera. ¿Cómo sabes que soy papá?

―¿Uh?

―¿Cómo has sabido que soy papá?

Pequeño J le miró, intrigado.

Poque ‘reces papá.

―¿De veras? Enton­ces… escu­cha. Enton­ces, ¿por qué esta­bas asus­tado esta mañana? ¿Te acuer­das de eso?

―Sip.

―¿Por qué esta­bas asustado?

Poque no eras como papá. Pero ‘reces papá ahora.




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