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Cablegate


1.

El día que los cables diplo­má­ti­cos salie­ron a la luz, los acon­te­ci­mien­tos toma­ron de forma inex­pli­ca­ble un curso dife­rente a lo esperado.

Gérard estaba sen­tado tran­qui­la­mente en su cubículo en la redac­ción de un dia­rio fran­cés, reco­giendo su abrigo tras pasar todo el día tra­du­ciendo notas de prensa, cuando, al final de la jor­nada, Mar­cel, el direc­tor, le sugi­rió hacer horas extra para man­te­ner la web actualizada.

―Pero tengo que com­prar un regalo de cum­plea­ños hoy ―se quejó Gérard.

―Pién­salo bien. Este momento es parte de la his­to­ria del perio­dismo. En mi tiempo, cuando cayó el Muro de Ber­lín, estu­vi­mos tres días sin dormir.

―No es lo mismo. Esto no es el fin de la Gue­rra Fría.

―Nunca se sabe, nunca se sabe.

Gérard sus­piró y vol­vió a dejar la chaqueta.

―Se que­dan con­tigo los redac­to­res de guar­dia ―dijo Mar­cel―. Tú te haces cargo del correo. Mira, podrás pre­su­mir de que eres el direc­tor por unas horas.

―La belle-de-nuit del director.

Mar­cel le amo­nestó agi­tando un dedo, pero sin decir nada. Luego añadió:

―Estate atento por si Le Monde y los otros publi­can más cables. A ver si pode­mos encon­trar algo que a ellos se les haya pasado por alto.

Gérard hizo un gesto de ren­di­ción y se vol­vió a sentar.

2.

Las redac­cio­nes en el viejo con­ti­nente esta­ban des­can­sando, así que Gérard se entre­tuvo en com­pi­lar y orga­ni­zar en car­pe­tas todos los cables ya publi­ca­dos. Luego empezó a leer­los uno por uno, al prin­ci­pio con deter­mi­na­ción, pero pronto pasando por alto frag­men­tos que no pro­me­tían con­te­ner nada interesante.

Un par de veces acu­dió a la web para con­sul­tar el sig­ni­fi­cado de acró­ni­mos y expre­sio­nes. Una men­ción sobre «mer­cu­rio rojo» casi con­si­guió des­ca­rri­lar su aten­ción en lo que podría haber sido una bús­queda inter­mi­na­ble de más infor­ma­ción y contexto.

Al cabo de dos horas, Gérard había empe­zado a reco­no­cer el tono gene­ral de los cables y a notar las peque­ñas des­via­cio­nes de la norma, cuando un emba­ja­dor estaba siendo más ana­lí­tico o algo más super­fi­cial. Poco a poco Gérard se olvidó del fas­ti­dio que supo­nía hacer horas extra y se fue con­ven­ciendo de que podría con­ver­tirse en un ver­da­dero experto en aque­lla pieza de infor­ma­ción, como un forense que quizá no fuera quien más supiera sobre la pro­fe­sión, pero sabía más que nadie sobre las par­ti­cu­la­ri­da­des de su último sujeto. Todo con­sis­tía en obser­varlo desde más cerca que los demás.

Durante ese rato sólo lle­ga­ron un par de cables nue­vos, en la misma línea que los ante­rio­res, y Gérard los aña­dió a la car­peta sin inte­rrum­pir lo que estaba haciendo.

3.

Cuando el reloj ya estaba cerca de mar­car el final de la ter­cera hora extra, y Gérard ya se estaba res­tre­gando los ojos, can­sa­dos de leer en la pan­ta­lla, Marine, una redac­tora del turno de guar­dia, le trajo un par de cien­tos de docu­men­tos en un lápiz de memoria.

―¿Qué es esto? ―pre­guntó él.

―Más cables. Están cir­cu­lando por bit­to­rrent… una red de com­par­ti­ción de archivos…

―Ya sé, ya sé.

―He visto que Edmond, del __ ______, los daba por bue­nos en Twitter.

―¿Hay algo más? ¿Algún men­saje ofi­cial de que vie­nen de Wiki­leaks, no sé, algo?

Marine se enco­gió de hom­bros. Ya había inves­ti­gado más de lo que le solía corresponder.

―Bueno, trae. Los leeré tam­bién. A ver qué dicen.

Gérard copió el con­te­nido del lápiz de memo­ria y se lo devol­vió a Marine. Tardó un rato en ver cómo reor­ga­ni­zar los nue­vos archi­vos, que no tenían exac­ta­mente el mismo formato.

Los leyó por encima mien­tras tanto. Esta vez el obje­tivo de las crí­ti­cas com­pro­me­ti­das era la polí­tica interna. El len­guaje y el tono tam­bién eran dife­ren­tes, aun­que Gérard no vio nin­guna razón apa­rente para no con­si­de­rarlo autén­tico. Ense­guida con­cluyó que aquel era un paquete de cables dis­tinto del anterior.

Deci­dido a ave­ri­guar a qué se debían las dife­ren­cias, Gérard inte­rrum­pió la lec­tura de los cables ori­gi­na­les y comenzó a exa­mi­nar aque­lla filtración.

4.

Gérard estaba absorto, sor­pren­dido por la can­ti­dad de titu­la­res que iban a salir de aque­lla segunda fil­tra­ción y que nadie había repor­tado aún. Enton­ces el correo elec­tró­nico le alertó de que uno de los corres­pon­sa­les había enviado un men­saje de alta prioridad.

“Muy Urgente: Cables sobre Asia y Oriente Medio”, decía el asunto.

Si hubiera sido cual­quier otra noti­cia, incluso el des­cu­bri­miento de vida alie­ní­gena, Gérard habría sido capaz de igno­rarla en aquel momento. Pero ahora estaba ya obse­sio­nado con los cables. Los cables eran los hilos que enre­da­ban todas las made­jas. Seguro que había una res­puesta para todo en algún cable que nadie cono­cía aún.

Gérard des­cargó el adjunto y lo des­com­pri­mió en una car­peta temporal.

Aque­llos cables no eran de las emba­ja­das de EEUU, sino de _____. ¿Por qué esta­ban cir­cu­lando ahora cables de _____? Gérard aparcó la pre­gunta. Quizá hubie­ran sido inter­ve­ni­dos por los EEUU y estu­vie­ran entre los cables ori­gi­na­les, o quizá no. En aquel momento, en lo único en lo que pen­saba era en leer­los con frui­ción. Ya saca­ría con­clu­sio­nes cuando su cabeza estu­viese llena a rebo­sar, cuando todos aque­llos acró­ni­mos se le salie­sen por las ore­jas y le gotea­sen por la nariz y se estre­lla­sen en el escri­to­rio con­vir­tién­dose en hollín de píxeles.

Los nue­vos cables eran terribles.

5.

Gérard tuvo que con­fe­sarse a sí mismo que empe­zaba a estar con­fuso, y que las dimen­sio­nes que abar­caba toda aque­lla infor­ma­ción pro­ba­ble­mente le supe­ra­ban. Pero echarse atrás des­pués de haberle dedi­cado tanta aten­ción le habría resul­tado humi­llante, así que siguió leyendo hasta que Marine vol­vió a entrar con el lápiz de memoria.

―Más cables ―dijo.

―¿Cómo es posi­ble? ¿Es que lo están libe­rando de todo de repente?

―No lo sé. Pero será mejor que te dé las direc­cio­nes. Están saliendo más todo el tiempo.

―¿Los has mirado ya? ―dijo Gérard, acep­tando el lápiz de memoria.

―Así, por encima. Sale India y África y más sobre Esta­dos Uni­dos. No he tenido tiempo de mirarlo todo.

Gérard se rascó la cabeza.

―Bueno, trae. Creo que… va a ser mejor tra­tar de expli­car lo que está ocu­rriendo, la can­ti­dad de nue­vas fil­tra­cio­nes. Eso es la noti­cia ahora, más que el con­te­nido, ¿no crees?

Marine se lavó las manos.

―Hoy ya es el pri­mero de diciem­bre. A mí no me renue­van el contrato.

―Vamos. No puedo hacerlo yo todo.

―Feliz Navi­dad.

Gérard con­tem­pló oje­roso la pila de docu­men­tos sin leer en su pan­ta­lla. No tenía ni idea de lo que estaba pasando.

6.

―¡Gérard! ¡Gérard!

Gérard abrió los ojos. Mar­cel le estaba sacu­diendo el hombro.

Se res­tregó la cara.

―Pero hom­bre ―le repro­chó Mar­cel―, ¿qué haces toda­vía aquí?

―¿Me he que­dado dormido?

―¡Pues vaya si te has que­dado dormido!

―Ense­guida actua­lizo la web. Estaba… he estado leyendo los cables.

―Deja eso, anda.

―La actua­li­zaré ense­guida. No te preocupes.

―¡Espa­bila! Ya no hace falta.

―¿Me he per­dido algo?

―¡La gente está en la calle! ¿Para qué te he dejado aquí haciendo guardia?

―No es culpa mía. Cada vez lle­ga­ban más cables.

―¡Pues claro! ¿No lo sabes?

―No, no lo sé ―con­testó Gérard, ya bien des­pierto y medio irri­tado por los gri­tos de Mar­cel―. ¿Tie­nes que hacer tanto ruido?

―¡Se ha caído todo! ―exclamó Mar­cel de todas for­mas― Alguien empezó a colar sus docu­men­tos, apro­ve­chando la fil­tra­ción, ¿ves? Y luego los otros hicie­ron lo mismo en repre­sa­lia. Y luego otros. Y cuando me he levan­tado ya estaba todo el mundo sacando pape­les sobre todo el mundo, y vol­cando los archi­vos secre­tos en la red. ¡Y ahora está todo caído! ¡Es una revo­lu­ción! ―Mar­cel le aga­rró por el cue­llo del jer­sey.― ¿Te das cuenta de lo que eso significa?

―Vale, ¡vale! ¡Suéltame!

Mar­cel le soltó. Gérard se aco­modó de nuevo en la silla y se reajustó el cue­llo del jer­sey. La cara del direc­tor del perió­dico estaba encen­dida como un semáforo.

―Y bueno, ¿qué sig­ni­fica? ―le pre­guntó Gérard.

―¿Estás tonto? ¡Nos hemos salvado!

―¿Cómo?

―¡Es la sal­va­ción del perio­dismo! ¡Lo ves! ¡Con esto vamos a comer durante años!




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