El año que perdí a Lucy
Desperté en una cama de hospital, dos meses más tarde. Era como estar en el cuerpo de un extraño. Mi espíritu aún no había regresado de aquel arcén en el parque Shiba.
Recibí la sucesión de visitas y condolencias con la mente en blanco. Todas las voces me sonaban lejanas y me llenaban la cabeza de preguntas sin respuesta. Así podría haber pasado el resto de mi vida, suspendido en un vacío atemporal e indoloro.
Hasta que un día, de repente, los recuerdos volvieron y descubrí que no podía respirar. Descubrí que no quería respirar.
Luché contra mí mismo. Me revolví en la cama, gimiendo y retorciendo las sábanas. Me arranqué los goteros y los electrodos. Al final vino alguien, me sedó y me dejó fuera de combate.
Al día siguiente había un médico y un psiquiatra junto a mi cama. Los miré por encima de la mascarilla que me mantenía sereno. «Tenemos que hablar con usted», me dijeron. Y me hablaron. Padecía el síndrome de Missouri. Era el primer enfermo que mostraba los síntomas sin haber sufrido el atentado. Sin embargo, conocía sus efectos mejor que nadie. Había oído las historias de los supervivientes, había estado casado con uno de ellos y al final había hecho míos sus recuerdos.
Así que al final fue Lucy quien intentó salvarme del pasado. En mi caso ya era demasiado tarde. Pero, incluso en estos días en los que uno puede sentarse en el parque y mirar pasar a la gente sin sospechar nada, todavía creo que alguien puede comprender la verdad que ella descubrió en aquella gasolinera. La verdad que yo no supe ver, que Lucy me dejó escrita en aquella nota y que no soy capaz de recordar.
Aunque sea tarde, espero que un día venga alguien, se acerque a este viejo sentando en un banco del parque Shiba y me revele cuál era esa verdad. Y espero que esa verdad sea que no la perdí por querer rescatarla de aquella carretera.
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13/08/2010. 127 vistas. 7287 palabras. Etiquetas: