El año que perdí a Lucy
En Londres, nada más aterrizar, me pusieron una docena y media de vacunas, me sentaron en una carpa para escuchar el briefing sobre el estado de Saint Louis y me embarcaron en un Hércules junto al resto de mi unidad.
Nosotros éramos las primeras fuerzas extranjeras que entraban en los Estados Unidos tras los atentados. Varios países se habían ofrecido para ayudar, pero en Washington temían que luego costara demasiado echarlos. Por eso habían pedido a las Naciones Unidas que garantizaran que las tropas harían lo que se suponía que iban a hacer y se irían a casa en cuanto ya no hicieran falta.
Saint Louis apareció ante nosotros bajo la primera luz de la mañana. Vimos pasar los suburbios por las ventanillas. Nos habíamos preparado para un paisaje en ruinas, pero la ciudad seguía intacta, con sus rascacielos modernos y residencias antiguas, sus parques ordenados y grandes avenidas, sus resplandecientes farolas y sus balizas aéreas que destellaban sin cesar. Era difícil decir qué parte del deterioro se debía al abandono y qué parte estaba así antes de la cuarentena.
Tomamos tierra en el aeropuerto internacional de Lambert, en medio de un silencio gélido. La niebla emborronaba las luces de la pista y no se movía nada, ni siquiera el tráfico en la interestatal. Una caravana interminable de automóviles estaba amontonada en las cunetas, donde el ejército la había dejado al abrirse paso. Las pistas de aterrizaje habían sido ocupadas por los camiones y el material de las Naciones Unidas. No había vuelos civiles desde el principio de la cuarentena.
Las terminales estaban desiertas salvo por unos pocos vagabundos que dormían sobre los bancos. El ruido de nuestra entrada los despertó. Se nos quedaron mirando al pasar, como si fuéramos turistas vestidos de forma extravagante.










13/08/2010. 7287 palabras. Etiquetas: