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El cielo de los ángeles


No resulta fácil tener vein­ti­trés años cuando la última vez que abriste los ojos sólo tenías ocho. El mundo cam­bia mucho en ese tiempo. Sin embargo, el ritmo de la vida es como un río impe­tuoso: basta sol­tarse de la ori­lla para que te arras­tre con él.

Luis nos salvó a los dos aque­lla noche. Mató al ángel en la cate­dral. La gente dice que fue un héroe. Yo le conocí y sé que sólo era un tipo nor­mal que de algún modo había con­se­guido sobre­vi­vir en aquel mundo tan extraño.

Al final Luis per­dió el brazo izquierdo y su rodi­lla dere­cha se quedó rígida. Los días fríos le dolía y no le dejaba cami­nar. Los sufri­mien­tos de la gue­rra tam­bién pasa­ron fac­tura a su cabeza y el hom­bre que vive hoy sólo es una som­bra del que fue. Aun así, cuando habían pasado ape­nas seis meses desde el último avis­ta­miento, fue él el pri­mero en que­darse fuera al atar­de­cer, sen­tado en una silla. Llegó el ocaso, pasó la noche, y cuando el Sol salió de nuevo la gente de la ciu­dad se sin­tió libre.

Est­her murió hace dos años, así que no volví a verla. Des­pués de tan­tos años ayu­dando a los demás, cuando ella enfermó por la con­ta­mi­na­ción de los incen­dios ya no tenía­mos con qué curarla. Luis y ella no tuvie­ron hijos, pero él estuvo a su lado hasta el final.

En el nuevo mundo des­pués de los ánge­les, la mayor parte de sus habi­tan­tes son más jóve­nes que yo. Nunca han cono­cido el horror que des­truyó Zaca­te­cas. Nunca han visto a la gente ali­men­tando de forma irres­pon­sa­ble a los mons­truos por­que les recor­da­ban un viejo cuento para dormir.

Ahora que tra­bajo engra­sando las bate­rías anti­aé­reas para que no se embo­ten, me doy cuenta de que los ánge­les no son lo único que no echa­rán de menos. Hoy en día la gente ya no tiene que levan­tar la vista pre­gun­tán­dose qué día la muerte caerá del cielo.

~ · ~
www.franontanaya.com




Shilar dice:

Me ha gus­tado mucho, muchí­simo. La his­to­ria es impac­tante, pero me ha impac­tado mas como está escrito.

Fran Ontanaya dice:

Gra­cias, Shi­lar. Es una de mis his­to­rias favo­ri­tas, por­que aprendí varias cosas nue­vas escribiéndola.


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