Grigol
Cuando Grigol plantó los pies en la ribera y alzó la cabeza, el mundo entero dio un vuelco y con él, aunque el joven pastor aún no podía saberlo, su vida monótona y anodina.
Unos momentos antes, su rebaño pastaba en la cima de la colina, en uno de los verdes valles del Cáucaso, mientras él lo contemplaba distraído, apoyado en su bastón. El sol bañaba los prados y las laderas entre una manada de nubes sueltas e hinchadas. Las ovejas se entrelazaban de forma aleatoria pero armónica, como figuras de un arabesco viviente, y no parecía que nada extraordinario fuera a suceder.
Arropado por el calor tibio y resplandeciente del mediodía, Grigol se dejaba caer en un lúcido ensueño. El tiempo transcurría despacio en la montaña. El joven pastor georgiano, que aún no había cumplido la treintena, había pasado buena parte de su vida en aquel valle. Y, aunque desde que se encontraba allí apenas había cruzado unas palabras con nadie, puesto que había elegido él mismo aquel estilo de vida no le preocupaba en absoluto la monotonía del silencio.
En aquel lugar apartado de la civilización Grigol sólo se veía con el Propietario y su cuadrilla de esquiladores. De hecho, si no fuera por aquellos visitantes, nadie habría podido dar testimonio de su eremítico retiro. Sin embargo, pocas veces tenía nada que hablar con ellos, puesto que al primero, un hombre de ciudad, sólo le interesaba el sonido del dinero, y los segundos, mecánicos en su diligencia, no querían que les interrumpieran salvo para ser informados de que tal oveja estaba lastimada o tal otra a punto de parir. Para ellos la existencia de Grigol era un mero artefacto de las necesidades del rebaño y carecía por tanto de significado más allá del valle.
Días antes de que su vida sufriera el revés en la cima de la colina, el joven pastor había conducido las ovejas hasta el esquiladero al pie de las montañas, para descubrir tan sólo que el Propietario y su cuadrilla no habían cumplido con su cita. No le había quedado más remedio que esperar, sentado en la puerta y soportando con paciencia la humedad de una inoportuna borrasca. Había aguardado toda la tarde, y la noche también, y el día siguiente entero. Al tercer día el Sol lució de nuevo, pero la carretera que serpenteaba por la pendiente seguía desierta. Puesto que a las ovejas ya les iba haciendo falta pasto fresco y a él se le acababan los víveres, juntó el rebaño y lo condujo de vuelta al refugio. En cualquier caso, el Propietario nunca trabajaba de jueves a domingo, los días que dedicaba a gastar dinero y emborracharse en algún casino de Tskaltubo.
Así que allí arriba estaba Grigol aquella tarde, contemplando con mirada distante cómo pastaban las ovejas. Un águila volaba bajo el resplandor de las nubes, el arroyo murmuraba y los insectos daban vueltas sin descanso sobre la hierba caliente. El tiempo estaba petrificado en aquel valle. Una vida entera en el Cáucaso se habría podido condensar en una semana en la ciudad, porque en esta última la historia se amontonaba con tanta prisa que apenas daba tiempo a darle sepultura. Grigol había huido a la montaña en busca de la certeza sobre dónde estaría y qué estaría haciendo al cabo de otros treinta años, y eso era, hasta aquel día, lo que creía haber encontrado.
Grigol guiñó los ojos con esfuerzo, tratando de no quedarse dormido sobre el bastón. Cada vez que los abría encontraba las ovejas donde las había dejado, pero con las posiciones cambiadas, girando como las figuras de un mandala en su determinación por morder, masticar e ingerir hasta la última brizna de hierba. El joven pastor estiró la espalda, bostezó, se rascó un codo, suspiró con pereza y finalmente decidió bajar al arroyo a recoger su saco y su cantimplora antes de que las ovejas se desperdigaran.
Tomando el bastón por el medio, Grigol se dio la vuelta y se dejó caer sobre la pendiente, deslizándose sobre el negro mantillo y las astillas de piedra que el hielo había arrancado de la vieja roca. Sus piernas flacas se movían con agilidad pero sin arte, con los pies siempre bien plantados en el suelo. Le gustaba el sonido que hacía la tierra al golpearla con sus zapatillas: tump, tump, tump…
En el instante en que sus pies pisaron la hierba de la ribera, la colina saltó por los aires y, como se había dicho, el mundo entero cambió y con él su tranquila existencia.
La onda expansiva le arrastró al suelo y lo vapuleó como a un saco de arroz. La nube de polvo cubrió el arroyo y las cortinas de tierra y piedras cayeron sobre él, aunque lo único que sentía era el dolor lacerante de sus tímpanos. Se quedó echado entre la hierba, tapándose los oídos, tosiendo y quejándose, hasta que el polvo se asentó y empezó a darse cuenta de que, a pesar de todo, parecía haber escapado de una pieza de aquella catástrofe.
Cuando se rehizo y se puso de nuevo en pie, descubrió a su rebaño tirado a ambos lados del arroyo, esparcido por el prado como las legumbres de un tarro volcado. Las mismas ovejas que antes se arremolinaban sobre la verde alfombra de la colina, bajo la cúpula celeste y las sombras de las nubes algodonosas, habían dejado de existir como tales y sólo quedaban sus partes constituyentes, repartidas al azar por la ribera en una escena infernal de quijadas, patas y pellejos sucios.
Así concluyó el extraño suceso de la colina, sin que el causante o causantes aparecieran por ningún lado.










13/08/2010. 6781 palabras. Etiquetas: