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Grigol


La ciu­dad bri­llaba al final del camino, cam­biando de color a medida que el res­plan­dor del fuego la con­su­mía. Las ven­ta­nas sopla­ban lla­mas y ver­tían humo negro que se escam­paba sobre la lla­nura. Los edi­fi­cios se des­mo­ro­na­ban des­pa­cio, como tarros de legum­bres rotos, per­diendo su natu­ra­leza y regre­sando a sus par­tes cons­ti­tu­yen­tes. La noche era impe­ne­tra­ble salvo por la bur­buja de luz que ilu­mi­naba el llano. El hos­pi­tal era una tea que dan­zaba en espi­ra­les, de forma alea­to­ria pero armónica.

El peso del sol­dado ven­ció a Gri­gol y los dos die­ron con­tra el suelo.

Desde el pie del valle no se dis­tin­guía qué estaba pasando ni quién era quién. La ciu­dad yacía patas arriba como una oveja muerta, las blan­cas cos­ti­llas envuel­tas en jiro­nes rojos, el vapor de la san­gre mez­clán­dose con la nie­bla, los dimi­nu­tos sol­da­dos pulu­lando por los des­po­jos como ejér­ci­tos de hor­mi­gas haciendo chas­quear sus armas.

El joven ruso abrió los ojos. Miró a Gri­gol con una expre­sión vacía. Los ojos tenían una extraña cua­li­dad acuosa y reflec­tante, como las tur­bu­len­cias del arroyo bajo la luna llena. Sin embargo, antes de que Gri­gol se diera cuenta, empe­za­ron a secarse y a per­der el bri­llo, tra­gán­dose la luz de los incen­dios y atra­pán­dola en un lugar del que nada podía salir.

El sol­dado se quedó frío y gris como una pie­dra. Gri­gol se alzó a duras penas sobre los codos y empujó hacia un lado el torso, pero no suce­dió nada. El sol­dado se había ido igual que había lle­gado, como una apa­ri­ción con­ju­rada en una car­casa de carne y tela.

Gri­gol sacó del bol­si­llo tra­sero de su pan­ta­lón su copia de El hom­bre en la piel de pan­tera. Había pen­sado dejár­sela al sol­dado como amu­leto para su estan­cia en el hos­pi­tal. La metió bajo la camisa del uni­forme. Quizá aún le sir­viera de guía para no extra­viarse cuando cru­zara el Cáu­caso de vuelta a casa.

Al cabo de un rato, empezó a llo­ver. La ciu­dad y la lla­nura des­a­pa­re­cie­ron en la oscu­ri­dad. Gri­gol se puso en pie, aban­donó el cuerpo y empren­dió la mar­cha de regreso a su refu­gio, arras­trando los pies entre los regue­ros de agua y tra­tando de man­te­nerse firme sobre la tie­rra blanda e insegura.

En medio de la llu­via, sin refe­ren­cias que le ayu­da­ran a orien­tarse, el camino pare­cía eterno, como si sólo diera vuel­tas y más vuel­tas sobre un man­dala sin lle­gar jamás a nin­guna parte.

El joven pas­tor del Cáu­caso se per­dió entre la nie­bla como un fan­tasma, y nadie lo vol­vió a ver.




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