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Grigol


Al des­per­tar, Gri­gol notó el aire pesado, sin la típica trans­pa­ren­cia cris­ta­lina de la mon­taña. Los oídos no le dolían tanto como el día ante­rior, pero los tenía abo­tar­ga­dos e hin­cha­dos. Aun­que podía oír algo, sólo le valía para saber que no estaba sordo.

Dolién­dose de las recién des­cu­bier­tas heri­das de la metra­lla, salió sin ánimo a vaciar la vejiga. Estaba rebo­zado toda­vía en el polvo de la colina y tenía las manos y la cara man­cha­das de san­gre, como si el autén­tico pro­pó­sito de la bomba hubiese sido dejarle mar­cado con estig­mas que no podía esconder.

Regresó al refu­gio para cal­mar la sed. Bebió sin levan­tar mucho la cabeza para no marearse. Des­pués se sentó en el borde del camas­tro, pre­gun­tán­dose si sería capaz de obli­garse a inge­rir algún ali­mento. Aun­que Gri­gol tenía un ape­tito fru­gal, el tra­bajo en la mon­taña le había acos­tum­brado a no pasar un día en ayu­nas. Aque­lla tarde, sin embargo, con el Sol des­cen­diendo hacia el hori­zonte y sin nada que hacer, su reloj interno estaba des­ajus­tado, como si lo hubie­ran enga­ñado sus­ti­tu­yendo el mundo a su alre­de­dor por un esce­na­rio en el que los cuer­pos celes­tes eran movi­dos por tra­mo­yas invisibles.

Tras aban­do­nar final­mente la idea de comer, Gri­gol reunió fuer­zas y deci­dió salir a asearse. El día estaba avan­zado. El aire era fresco y la nie­bla estaba bajando sobre el arroyo. Gri­gol se afeitó dos veces delante de su palan­gana picada y su espejo roto, la segunda des­pués de darse cuenta de que había per­dido la con­cen­tra­ción. Siguió des­pa­cio con el resto de ablu­cio­nes. Evitó lavarse la cabeza para que no le entrara agua en los oídos, cepi­llán­dose el pelo con la mirada ausente hasta qui­tarse la mayor parte del polvo.

Al reco­ger el mono sucio notó que toda­vía tenía impreg­nado el olor de la lana que­mada. El recuerdo de la bomba le espa­biló y le hizo sen­tirse cul­pa­ble por haber aban­do­nado las ove­jas en la pradera.

Gri­gol dejó el mono sucio en un rin­cón y se vis­tió con uno viejo. Des­pués, pen­sando en dar buena impre­sión cuando el Pro­pie­ta­rio subiera para ins­pec­cio­nar la colina, cogió una escoba y se fue a lim­piar el corral. Aun­que el valle estu­viera sumido en otra gue­rra, no había nada que pudiera hacer al res­pecto salvo espe­rar que todo pasara pronto.

Aque­lla era la segunda vez que Gri­gol pre­sen­ciaba un con­flicto armado, aun­que el pri­mero había suce­dido cuando aún era dema­siado joven para recor­darlo. Por eso las memo­rias que aco­sa­ban a sus com­pa­trio­tas le resul­ta­ban tan exó­ti­cas como los pai­sa­jes y cos­tum­bres medie­va­les de El hom­bre en la piel de pan­tera, su libro pre­fe­rido. Sólo había cono­cido aque­lla gue­rra a tra­vés de sus efec­tos, en forma de pro­ble­mas eco­nó­mi­cos, ten­sio­nes polí­ti­cas y hos­ti­li­dad entre la capi­tal y las regio­nes sepa­ra­tis­tas. Por lo demás, desde que había subido a la mon­taña, Geor­gia se había con­ver­tido para él en una terra ignota, donde todo lo que suce­día era dema­siado increí­ble para tra­tar de comprenderlo.

Gri­gol barrió la tie­rra y el estiér­col del pequeño esta­blo, medi­tando con apa­tía en la faci­li­dad con la que los capri­chos de la His­to­ria, de los que había con­se­guido librarse hasta enton­ces, le habían des­cu­bierto en aquel retiro soli­ta­rio. Cuando ter­minó de barrer, se detuvo en el umbral, con las manos apo­ya­das en el extremo de la escoba, y con­tem­pló el cre­púsculo, que ya teñía las cum­bres con un res­plan­dor encar­nado que pare­cía radiar del inte­rior de la roca.

Mien­tras el cielo iba per­diendo su tinte y la oscu­ri­dad se trans­pa­ren­taba a tra­vés de él, una figura ves­tida de uni­forme apa­re­ció sobre el camino, bajando desde la cabe­cera del valle. Aca­baba de coro­nar una empi­nada loma, aun­que más bien pare­cía salida de otro mundo, uno en el que los reba­ños eran bom­bar­dea­dos y las mon­ta­ñas rebo­sa­ban de sol­da­dos que sur­gían de la nada.

El sol­dado tenía el uni­forme roto y cojeaba del pie izquierdo. Se apre­taba el pecho con una mano. Even­tual­mente, tro­pezó y cayó, se quedó un rato arro­di­llado, se levantó de nuevo y siguió caminando.

Gri­gol lo siguió con la mirada. El sol­dado pro­gre­saba con su penosa mar­cha al ritmo de uno-dos, uno-dos. Aún no sabía que estaba siendo obser­vado, puesto que man­te­nía la mirada pegada en el suelo. Gri­gol se quedó atra­pado por el sus­pense hasta impli­carse físi­ca­mente en la acción, como si pudiera hacer fuerza con sus pro­pias piernas.

El des­ni­vel se igualó y el sol­dado quedó oculto tras las irre­gu­la­ri­da­des del terreno. Temiendo que se per­diera en la oscu­ri­dad, Gri­gol fue a su encuen­tro, con­fiando en poder seguirlo sin ser visto. Sólo que­ría ase­gu­rarse de que el sol­dado pasaba de largo y no se lo iba a encon­trar por la mañana tirado entre dos pie­dras como una ser­piente. O, si deci­día acam­par por allí, saber al menos dónde se encon­traba y si ten­dría que preo­cu­parse de que más tarde deci­diera inves­ti­gar el refugio.

Gri­gol avanzó con sigilo. Sabía de memo­ria dónde había hierba alta, gra­vi­lla suelta o man­ti­llo espon­joso. Sin embargo, estaba tan con­cen­trado en sus pro­pios pasos que, al lle­gar a una revuelta del camino, bas­tante antes de lo que había pre­visto, se encon­tró cara a cara con el soldado.

Era un sol­dado ruso, más o menos de su misma edad. Gri­gol soltó una excla­ma­ción. El sol­dado, cre­yendo que sal­dría corriendo para dar la alarma, se revol­vió las ropas con la mano que no con­te­nía la herida, encon­tró su pis­tola y la apuntó con gesto rápido y pulso débil con­tra él. Gri­gol blan­dió por ins­tinto su escoba a modo de ame­naza. Los dos se que­da­ron quietos.

El sol­dado esperó a que Gri­gol hiciera algo, pero el joven pas­tor se man­te­nía petri­fi­cado con una deter­mi­na­ción extra­or­di­na­ria. Final­mente, el sol­dado no pudo sos­te­ner el arma por más tiempo y dejó caer el brazo. Sólo enton­ces Gri­gol recu­peró la movilidad.

Antes de que pudiera decir nada, el joven ruso se tam­ba­leó hacia un lado, des­pués hacia el otro, y se des­plomó como un fardo en medio del camino.

 




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