0

Grigol


El sol­dado tenía un telé­fono móvil. Estaba mani­pu­lán­dolo cuando Gri­gol cruzó el umbral. Lo escon­dió de inme­diato con expre­sión cul­pa­ble, aun­que Gri­gol fin­gió no haberlo visto. Ya debía de haber des­cu­bierto que no se podían hacer ni reci­bir lla­ma­das en aquel valle.

A raíz de aquel pequeño inci­dente, Gri­gol se acordó de una anti­gua radio a pilas que tenía guar­dada en el cuar­tito anexo. La sacó del fondo de una caja llena de tras­tos, la apoyó en una repisa y la encen­dió. Como no oía nada, y no estaba seguro de haberla dejado sin­to­ni­zada la última vez, subió el volu­men al máximo e intentó dis­tin­guir alguna emi­sión. Fue girando el dial, insen­si­ble al ele­vado volu­men. Si tenía suerte y había alguien al otro lado que supiera lo que estaba ocu­rriendo, quizá podría ente­rarse al fin de por qué su rebaño había sido bom­bar­deado y había sol­da­dos rusos vagando mal­he­ri­dos por el valle.

Su infruc­tuosa bús­queda con­si­guió ago­tar la pacien­cia del joven sol­dado, el cual, pese a sus esca­sas fuer­zas, empezó a pro­tes­tar y a pedirle que le entre­gara la radio. Gri­gol acce­dió, puesto ya no estaba seguro de dis­tin­guir los soni­dos reales de los que fabri­caba su imaginación.

Gri­gol se sentó en su camas­tro. Al apo­yar la mano izquierda sobre la manta notó de que la pis­tola seguía allí. El bulto segu­ra­mente había dela­tado su pre­sen­cia todo el tiempo. Tal vez el sol­dado, cuando se había levan­tado para ir a vaciar la vejiga, había regis­trado el refu­gio y, tras encon­trar la pis­tola, la había vuelto a dejar en el mismo sitio, movido, eso que­ría creer él, por un repen­tino arran­que de gratitud.

El joven sol­dado buscó emi­so­ras arriba y abajo a lo largo del espec­tro. Cuando cap­taba una señal muy débil, se acer­caba la radio al oído y escu­chaba aten­ta­mente. Sin embargo, por más que inten­tara orien­tar la antena y ajus­tar el dial con pre­ci­sión, no con­se­guía encon­trar nin­guna emi­sora que trans­mi­tiera en ruso.

Al cabo de un rato, visi­ble­mente fati­gado, soltó la radio sobre el suelo y se res­paldó con­tra la pared. Se quedó mirando al techo, mareado o quizá ator­men­tado por el dolor de la herida.

Gri­gol reco­gió la radio y, puesto que nin­guno de los dos podía sacar nada en claro de ella, la guardó de nuevo. Al pare­cer, Geor­gia y Rusia sólo seguían exis­tiendo den­tro de sus cabe­zas. El refu­gio de Gri­gol estaba per­dido en un limbo entre la mare­jada de cres­tas blan­cas del Cáu­caso, un limbo en el que se habían que­dado flo­tando como dos náu­fra­gos en un bote sin remos, espe­rando a que el océano se deci­diera a lle­var­los hacia una orilla.

 




Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>