Grigol
Los días se hacían cortos en el valle cuando el cielo estaba cubierto. Las nubes sueltas que antes habían flotado apacibles sobre el rebaño de Grigol se espesaban y cerraban filas hasta que era imposible diferenciar una de otra. El tiempo pasaba y Grigol salía y entraba del refugio sin saber qué hacer. La tormenta que se cernía sólo parecía traer malos augurios.
Mientras bajaba con una botella vacía al arroyo, una visión extraordinaria le llenó de aflicción. De repente, dejándose ver por un instante bajo las nubes, una escuadra de aviones de combate llegó volando a ras desde la cabecera del valle. En los oídos de Grigol los motores emitían un chirrido ridículo al pasar. Aquella aparición duró apenas unos segundos, pero fue suficiente para dejar a Grigol profundamente consternado. La imagen de aquellos artefactos flotando con el mismo sigilo que las águilas en el cielo era impropia de aquel lugar. Los aviones que patrullaban la frontera siempre habían sido finas estelas que reptaban despacio en un mundo distante y etéreo, no enormes pedazos de metal que llegaban y se iban en un suspiro como si pudieran violar las leyes de la física.
Su valle se estaba llenando de fantasmas y quimeras que se colaban a través de las brechas de la colina. El Cáucaso se estaba resquebrajando como una cáscara de huevo, trozo a trozo, aparición tras aparición. Y, si nada lo impedía, pronto se retorcería como un dragón despertado por la guerra, le sacudiría de su serrado lomo y Grigol se precipitaría impotente entre los vapores nocivos de un mar de oscuridad.
Cuando Grigol se repuso de la última visión, volvió al refugio y encontró al joven soldado sentado todavía contra la pared. La temperatura le había subido y estaba menos activo que por la mañana. Mantenía la mirada en las rodillas, como tratando de controlar la inestabilidad de su interior. Grigol lo observó desde el umbral; empezaba a temer que no aguantara hasta la noche y que la duda de si seguiría vivo al día siguiente se le hiciera insoportable.
Grigol guardaba en un rincón su delgada copia de El hombre en la piel de pantera. Era una edición rústica en georgiano, con ilustraciones de las escenas más importantes de la historia. El joven pastor habría lamentado que el libro se estropeara o se ensuciara: las manos del soldado estaban cubiertas de sudor y sangre reseca. Sin embargo, quizá sirviera para hacerle entender que sus acciones eran bienintencionadas. No quería que se pusiera nervioso si tenía que bajarlo a la ciudad.
Abrió el libro por la primera ilustración y, con gran solemnidad, lo puso en el regazo del joven soldado. Este se limitó a contemplar el dibujo hasta perder el interés. Grigol pasó páginas hasta la siguiente imagen. Señaló la figura de Tariel, le dio nombre y explicó como pudo de dónde procedía y qué relación tenía con los demás. Así siguió con todos los personajes, enumerándolos uno tras otro con una candidez casi infantil.
El rato que emplearon en compartir el libro fue el último que el joven soldado estuvo consciente de lo que pasaba a su alrededor. Luego la mirada se le extravió, insensible al movimiento. A media tarde los párpados se le cerraron y, un poco después, Grigol se decidió a moverlo para tenderlo en el suelo.
La visión del soldado agonizante parecía perseguirle como una maldición. Sin embargo, no podía hacer nada para escapar de ella. Sólo podía irse a dormir y dejar que el reloj siguiera martilleando los segundos hasta agotar la noche y permitir que el Sol, o lo que quedara de él tras la tormenta, le alumbrara por la mañana el camino que bajaba del valle.










13/08/2010. 6781 palabras. Etiquetas: