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Grigol


La mañana siguiente el tiempo era gris, el aire bajaba cor­tante de las cum­bres y el cielo estaba encapotado.

Cuando Gri­gol se echó al cue­llo los bra­zos del sol­dado para car­gár­selo a la espalda, los encon­tró igual de fríos y pesa­dos que el ambiente.

El ros­tro del sol­dado estaba pálido. Gri­gol sólo sabía que estaba vivo por el débil aliento que exha­laba, tan insus­tan­cial como el aire que pas­to­reaba la neblina a tra­vés del valle. Con­ven­cido de que no le que­daba otra cosa que hacer, y cons­ciente de que nece­si­ta­ría apro­ve­char el tiempo antes de que se pusiera el Sol, empren­dió la mar­cha hacia la ciudad.

El camino que bajaba del valle era soli­ta­rio, largo y serpenteante.

La tie­rra sobre la que Gri­gol siem­pre se había movido con agi­li­dad ahora res­ba­laba bajo sus pies. Las pie­dras le trai­cio­na­ban salién­dose de las negras cuen­cas en las que se habían man­te­nido cla­va­das durante siglos. El frío al que estaba acos­tum­brado se colaba bajo su ropa, le reco­rría la piel de los bra­zos y los hue­cos de las cos­ti­llas y se nutría de su calor como un vam­piro. Aque­llas mon­ta­ñas som­brías que se alza­ban a su alre­de­dor, flan­queando como esfin­ges sus mise­ra­bles figu­ras, ya no eran sus mon­ta­ñas, ni aque­lla hierba tensa y cre­pi­tante era su hierba, ni aque­lla agua, el agua que res­ta­ñaba en las pie­dras del arroyo como los dien­tes de un lobo, era su agua.

En algún lugar en medio de nin­guna parte, Gri­gol dejó de ver nada más que el retazo de tie­rra frente él. Sus pies gol­pea­ban con­tra el suelo haciendo tump, tump, tump, pero el sonido venía en reali­dad del inte­rior de su cabeza, de la san­gre que se movía a bor­bo­to­nes den­tro de sus venas. La tie­rra tiraba del sol­dado con cre­ciente empeño, o quizá era Gri­gol quien le ofre­cía cada vez menos resis­ten­cia. Fuera como fuese, en lo único en lo que podía pen­sar era en encon­trar a alguien en la ciu­dad a quien pudiera entre­garle aque­lla pesada carga.

 




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