La gripe
Fidel Bueno creía a ciegas en la importancia de la naturalidad. Para él las desgracias ocurrían siempre cuando alguien se apartaba de la rutina por un exceso de precaución. Algo tan simple como desayunar en pijama para no manchar el traje era señal de que se temía demasiado a lo incierto, de que se contaba con el fracaso por adelantado incluso en el más simple de los propósitos, de que uno se había rendido, en definitiva, a la noción de que el futuro era algo contra lo que había que prevenirse porque en él aguardaba un destino fatal que alcanzaba tarde o temprano a todos, sin importar cuánto hicieran por evitarlo.
Si había un lugar donde Fidel le concediera más importancia a sus creencias ese era su hogar. Nada podía justificiar una alteración de la tranquilidad dentro de él, ni siquiera las malas noticias, que nunca debían pasar del umbral. Por eso todas las mañanas empezaban igual, con Fidel distraído leyendo el diario, vestido de calle, mientras su esposa, Esperanza Gallo, se inclinaba sobre la mesa, dejaba una taza y un plato y anunciaba:
—Café y tostadas con mantequilla.
—Gracias.
—No dejes que se enfríen.
Aquella mañana Fidel miró por encima de las hojas del periódico y, a pesar de la congestión con la que se había levantado, se esforzó por apreciar el aroma del desayuno. Le habría sorprendido no descubrir la misma fragancia de todos los días. Aquel olor familiar era la confirmación de que nada había cambiado y todo seguía estando en el orden que él solía considerar ideal.
Esperanza se limpió las manos en el delantal con un gesto tenso y regresó a la cocina.
—¿Qué hora es? —preguntó él mientras leía la crónica del partido del día anterior. El equipo del distrito había vencido por dos goles a cero a su eterno rival. Aquella temporada tenían un media punta excelente, un verdadero atleta; era el orgullo del vecindario.
—Las siete y treinta y cinco.
Fidel estornudó.
—Salud… —replicó Esperanza de inmediato.
Se hizo un silencio incómodo, hasta que Fidel se sorbió la nariz y pasó la página.
—Todavía es pronto.
—¿Aún sigues con ese catarro?
—No es nada.
—Anoche estuve pensando. Quizá podríamos invitar mañana a los Corrales. Nos convendría llevarnos mejor con los vecinos.
Fidel había empezado la página de cultura, en la que se anunciaba un nuevo estreno. Era una obra de teatro sobre un traje mágico de color crema. A Fidel le gustaba el teatro: era una de las pocas excusas que tenían para salir y conocer gente del resto de la ciudad.
—Ya nos llevamos bien con los vecinos…
Esperanza dejó la jarra de café en el fregadero y se quedó mirando el barrio tras las cortinas estampadas de la cocina. Las fachadas idénticas de las otras residencias se adivinaban entre las sombras frondosas de los jardines. El barrio tenía un aspecto impecable: las aceras relucían con la humedad de la mañana, el césped estaba fresco y verde, la calle parecía recién asfaltada y las bocas de incendios reflejaban el sol con su color rojo brillante como caramelos de fresa.
—Bruno es una enciclopedia sobre las cosas de la salud. Toda su familia se cuida mucho. Ya has visto a sus hijos, tan robustos y llenos de energía. Creo que deberías hablar con él. Seguro que conoce algún remedio. No hace falta que vayas al médico de la factoría, podemos invitarles a comer y tú, cuando surja la oportunidad, se lo dejas caer de forma casual, como si no tuviera importancia.
Fidel emitió un suspiro:
—Sólo es un catarro. Verás cómo se me pasa pronto.
—Yo no dije que no lo fuera. Tú sabes que no quería decir que no lo fuera.
Fidel intentó mostrarse conciliador mientras buscaba en la programación la película de la noche.
—Ya lo sé, cariño. Pero no debemos alarmar a los vecinos. Además, si seguimos pensando en ello, la preocupación nos acabará amargando la vida. Y tanto desvelo para qué, si luego resulta que nunca es nada.
—Por eso te estoy diciendo que es mejor preguntarle a Bruno. No hace falta que te vea el médico de la factoría por tan poca cosa.
Fidel eludió la cuestión, que ya habían hablado el día anterior, plegó el diario con cuidado, lo dejó a un lado, extendió la servilleta sobre sus piernas, alzó la taza de café y tomó un sorbo. No recordaba cuánto tiempo hacía que realizaba aquel ritual, pero jamás se le habría ocurrido cambiarlo ni un ápice. El día que dejara de cumplir con su rutina matutina tendría que empezar a preocuparse de qué otras cosas se habrían desviado de su curso, y de cómo habían llegado a aquel estado, y de cuáles podían ser las consecuencias de semejante transformación. Y entonces, sólo por el hecho de haberse preocupado, habría introducido en su vida una cantidad inaceptable de caos e incertidumbre, lo cual, dadas sus circunstancias presentes, sólo podía suponer un cambio a peor.
Mientras Fidel mordía una de sus tostadas con mantequilla, Esperanza regresó al salón y se sentó frente a él:
—Por cierto. Cuando salgas, si ves al vecino, deberías intentar ser amable con él.
—¿Con Severo? —preguntó Fidel, con el carrillo lleno de crujiente tostada.
—Los Ruano nos empiezan a mirar mal. ¿No te has dado cuenta?
—Bah. No nos miran mal.
—Lo digo en serio. Incluso han empezado a hablar de mudarse, porque ayer, cuando estaban discutiendo…
—No creo que esté bien espiar lo que dicen los vecinos.
—¡No me estás escuchando! A este paso todo el barrio acabará hablando mal de nosotros.
—¿Qué se le va a hacer? Nadie denuncia a sus vecinos sólo por una impresión. Incluso los Ruano saben los problemas que eso acarrea.
—Pero, cariño…
—Lo mejor es dejarlo correr. De hecho, fíjate, te diré lo que podemos hacer. La próxima vez que uno de ellos se resfríe, los invitaremos a una barbacoa. Así verán que tampoco es para tanto.
—¿Invitar a los Ruano? Tú sabes que no vendrían ni aunque les fuera la vida en ello. Recuerda el año pasado, cuando el chico se puso enfermo y él mandó a la mujer y a la niña con la familia y cerró la casa a cal y canto. Parecía que estuvieran de luto, ¡como si el chico ya se hubiera muerto! Eso sí, cuando hablabas con ellos, todo el mundo tenía que estar agradecido de lo buenos ciudadanos que eran. Yo casi llegué a creer que si el chico se moría, Severo prendería fuego a la casa y se quedaría dentro con él.
—Mujer…
—Lo habría hecho. Estoy segura. Ya ha pasado antes, todos los días arde una casa aquí o allá, y nadie dice por qué.
—Pero eso es normal. Las casas arden. Los chicos se ponen a jugar con los mecheros, a los mayores se les olvida la sartén en el fuego… por eso tenemos bocas de incendios en las calles.
—Supongo que tienes razón —claudicó Esperanza, aunque su expresión decía todo lo contrario.
—No te preocupes. Verás cómo sólo es un catarro. Debí de coger frío la semana pasada. No cuesta nada ir y que me pongan una inyección, así no tendré que estar todo el día constipado.
—Eso espero.
Fidel asintió y se comió en silencio la segunda tostada. Esperanza se quedó mirando hacia ninguna parte, con la barbilla apoyada en la palma de la mano, sin mover ni una pestaña. Él terminó el desayuno, se inclinó para ver el reloj de pared de la cocina y se limpió los labios con la servilleta.
—Bueno, es la hora. Me tengo que ir. —Esperanza recibió su beso sin inmutarse.— Hasta la noche.
—Cuídate.
Fidel se dirigió al vestíbulo, tomó su chaqueta y su maletín, se sorbió de nuevo la nariz y abrió la puerta. Esperanza se quedó sentada, abatida y ojerosa. Aunque él no lo demostrara, también le preocupaba tener que pasar por la enfermería. Sin embargo, después de varios días sin experimentar ninguna mejoría, aquella situación, por poca importancia que tuviese, estaba empezando a minar la tranquilidad y el orden de su hogar, y ello podía conducir luego a tensiones y problemas que se podían ahorrar con una simple visita al doctor.
—Adiós, cariño —dijo antes de cerrar la puerta tras de sí.
Bajó con paso ágil los tres escalones del porche. En la calle hacía un día radiante, todavía fresco, con el Sol en el horizonte y el césped cubierto de rocío. El aire olía a cientos de cafés y a cientos de tostadas, hombres en sudadera corrían por las aceras, arriba y abajo, mujeres en traje de noche y sin maquillar sacaban a pasear a los perros, de las copas de los árboles salían los trinos de los gorriones y de las ventanas el sonido de los primeros noticiarios. La motocicleta del cartero zumbaba cuesta arriba, invisible todavía tras el desnivel de la calle, recorriendo casa por casa y deteniéndose ante cada uno de los resplandecientes buzones amarillos para entregar los antibióticos y los suplementos que dispensaba la factoría.
Cuando Fidel recorría el camino hacia el apeadero del autobús, el fresco de la mañana despertó un picor en su enrojecida nariz. Conteniendo el estornudo, llegó a la marquesina, sacó un pañuelo de papel del bolsillo y se sonó. Si bien era cierto que en aquella ocasión se sentía peor que otras veces, nunca había tenido que hacer nada especial para cuidarse. Mientras no tuviera fiebre podía ir a trabajar con normalidad y aplacar los síntomas con paños mojados, mucho té y sopa caliente. Así era como lo hacía todo el mundo, con la única excepción de los Corrales y su hermético círculo de amistades.
Fidel se había enterado a través de un amigo común de que Bruno Corrales cultivaba hierbas medicinales de forma clandestina en la parte trasera de su jardín. Nadie sabía cómo habría obtenido las semillas ni dónde habría aprendido para qué servían. Por eso Fidel no se fiaba de sus remedios: o bien mentía acerca de sus efectos, o tenía relación con la clase de gente que no tenía acceso a la enfermería, lo cual era si cabe aún más peligroso. En todo caso, estaba seguro de que ninguna de aquellas hierbas podía curar la gripe, ya que, de ser así, haría tiempo que la factoría lo habría descubierto.
Fidel desechó el pañuelo en la papelera de la marquesina. Al hacerlo se volvió de forma casual hacia el final de la calle y su mirada tropezó con la de Severo Ruano, que aquella mañana había decidido recortar el seto de su jardín. La distancia que los separaba impedía que pudieran comunicarse sin alzar la voz. Severo, que había seguido el gesto de su pacífico vecino hasta la papelera donde había arrojado el pañuelo, se limitó a contemplarle mientras movía sin pausa las podadoras, de forma casi obsesiva, llenando la calle con aquel sonido enervante: ¡zis! ¡zis! ¡chac! ¡zis! Cortaba y cortaba sin cesar, ignorando los tallos que saltaban decapitados sobre el seto, mientras su cara adusta y sus ojos grises le atravesaban con rayos de fulminante inquina. Fidel se volvió, incómodo, aunque eso no impidió que siguiera escuchando el sonido del filo que seguía seccionando y haciendo trizas sin piedad los miserables brotes de hojas verdes.
Era un misterio para Fidel cómo la naturaleza había encontrado la forma de juntar a dos individuos con tan poco aprecio por sus semejantes como Severo Ruano y su mujer. Esta última estaba hecha de la misma madera que él: gris, adusta, solemne como un ciprés, envuelta siempre en una especie de dignidad casta y fúnebre. Fidel, por el contrario, era abierto, sociable, con un buen timbre de voz, ceño relajado y apetito saludable. Era evidente que tenerle como vecino y contemplar cada día su estilo despreocupado suponía para ellos un motivo de profunda aflicción, especialmente cuando no había nada que pudieran hacer al respecto sin faltar a las normas de urbanidad. No obstante, Fidel no se echaba la culpa por ello. Sabía que los Ruano habrían mirado igual a cualquier otro ciudadano de los muchos que se levantaban cada día, entraban y salían de la factoría y se iban a dormir sin detenerse a pensar en qué les iba a suceder mañana.
Mientras Fidel se entretenía en aquellas ideas, un estornudo violento e incontenible le tomó desprevenido. Los ojos le lagrimearon y la nariz se le enrojeció un poco más. No le quedó más remedio que sacar otro pañuelo del bolsillo. Sólo después de haberse despejado a conciencia las fosas nasales, se dio cuenta de que el sonido de las podadoras había cesado.
Fidel, casi temiendo hacerlo, volvió la vista hacia el jardín de su vecino. Severo sostenía las podadoras abiertas en el aire. Su enjuto cuerpo se había petrificado y su rostro estaba crispado de forma grotesca, como un camafeo oriental. La transformación era tan portentosa que Fidel no era capaz de apartar la mirada y, por desgracia, cuanto más la sostenía más se horrorizaban el uno del otro. A pesar de la distancia, Fidel oyó cómo la respiración raspaba con un ruido agónico la garganta de Severo, como si aquel fuera su último aliento.
Fidel consiguió al fin volver la cabeza y se frotó la boca nervioso, escondiéndose un poco en la marquesina. Por el rabillo del ojo vio que Severo dejaba las podadoras en el suelo, se daba la vuelta despacio, sin hacer movimientos bruscos, y caminaba con la espalda rígida hacia la puerta de su casa. Con voz queda, llamó al resto de su familia desde el umbral.
La señora de Ruano asomó por un instante y dirigió la mirada hacia la parada del autobús. Sus pálidos ojos, como los de Severo, parecían los de una Casandra inflamada por visiones de destrucción. Le dijo algo a su marido, que asintió con la cabeza, y regresó al interior. Unos minutos más tarde, la familia entera se reunió en la entrada, sin dirigirse apenas la palabra.
—¿Por qué tardará tanto ese autobús? —se quejó Fidel, oteando a un lado y a otro y buscando cualquier pretexto para retomar el curso normal de la mañana. Cada vez tenía la cabeza más cargada, estaba empapado en sudor y el calor del radiante sol matutino le hacía sentirse mareado.
Severo pasó tras el seto a medio podar, seguido por su hierática mujer y empujando a sus hijos, vestidos todavía en sus pijamas azul y rosa, que lo miraban todo con cara de desconcierto. La familia se detuvo al final del jardín, Severo con las manos en los hombros de los niños, la señora de Ruano con las manos apretadas en el regazo, los cuatro conformando un grave retrato de resignación ante la inminencia y la fatalidad del destino.
Fidel se quitó la chaqueta y se aflojó la corbata. Habría querido acercarse adonde estaban los Ruano para explicarles que no tenían motivo para preocuparse, que todo se iba a aclarar en cuanto hubiera pasado por la enfermería y le hubieran prescrito un tratamiento para el catarro, pero estaba seguro de que eso sólo les habría asustado aún más. Lo único que podía hacer era confiar en sí mismo y seguir actuando con naturalidad, aunque al final se viera dando explicaciones ante los guardias de la factoría.
El autobús seguía sin aparecer sobre el desnivel de la parte alta del barrio y la mirada de Fidel, que empezaba a plantearse volver a casa y meterse en la cama, vagó entre la calle y el camino de entrada de su jardín.
Con el viento de la mañana, el sonido de una sirena llegó desde detrás de la colina. Los Ruano miraron hacia la parte alta del barrio. Fidel se volvió también, pero sólo para descubrir que nunca había prestado suficiente atención a las sirenas y no sabía decir si se trataba de una ambulancia, un coche de bomberos o la guardia de la factoría. Los crímenes, los incendios y las pandemias siempre ocurrían lejos de aquel vecindario y, de no ser por los noticiarios y el diario, ni siquiera se enterarían de que existían.
Los niños de los Ruano rompieron a llorar. Severo y su mujer los apretaron contra sí, pero ellos, en vez de buscar consuelo, miraban a Fidel con sus caras enrojecidas y empapadas. Fidel salió de la marquesina y retrocedió por la acera. La cabeza le daba vueltas con los llantos, el sonido de la sirena y las caras acusadoras de sus vecinos.
—No es más que un catarro —susurró.
Intentó marcharse de allí con discreción, Sin embargo, Severo había estado pendiente desde hacía rato de lo que hacía y no le había quitado el ojo de encima. Seguramente esperaba que Fidel se quedara donde estaba, aguardando su destino con idéntica sumisión.
La sirena no pertenecía a ninguno de los departamentos que Fidel había esperado. Era imposible de hecho que la hubiera podido reconocer, puesto que se trataba del temido servicio de recogida.
El camión de la factoría apareció al final de la calle, aullando, trepando por el desnivel como un monstruo prehistórico. Las luces emitían nítidos destellos rojos en el cielo de la mañana. La señora de Ruano soltó un lamento y Severo la sostuvo cuando le fallaron las piernas. Los vecinos empezaron a salir a sus jardines, interrumpidos en sus tareas cotidianas, unos sin peinar, con el cepillo de dientes en la boca o anudándose todavía la corbata, otros con el café y la tostada en la mano, descalzos o en pantuflas, con pijama, en traje de noche o con el torso desnudo. Contemplaron el camión con horror y asombro y luego se miraron entre sí, preguntándose quién tendría una explicación para aquello. Algunas de las miradas se dirigieron de forma acusadora hacia Fidel, añadiéndose al torbellino de visiones enfebrecidas que le atormentaban.
El camión monstruoso avanzó lentamente por el vecindario, parándose cada pocos metros. Tres pares de operarios vestidos con trajes de goma verde descendían de los pescantes y cruzaban con paso diligente los jardines. Los que habían salido a indagar el motivo de toda aquella conmoción eran asaltados antes de que pudieran reaccionar: los operarios los tomaban de los brazos, los ponían de rodillas, les aplicaban en la nuca una pistola neumática, los levantaban por los hombros y las corvas y los metían con un balanceo en el contenedor del camión, cuya maquinaria insaciable gruñía con gula tras cada ofrenda.
Fidel se volvió y empezó a correr calle abajo, sin volverse para mirar atrás.
Los Ruano se pusieron de inmediato a dar voces de alarma. Severo y su mujer señalaron hacia él, tratando de llamar la atención de los operarios:
—¡A ese! ¡Que se escapa!
Los operarios les oyeron, soltaron lo que tenían entre manos y se subieron rápidamente a los pescantes. El camión se puso en movimiento, rugiendo y exhalando bocanadas de humo.
Fidel arrojó la chaqueta y el maletín. Las casas idénticas que pasaban a su lado parecían un fondo continuo de película antigua: los mismos jardines de césped inmaculado, las mismas bocas de incendios como caramelos de fresa, los mismos buzones amarillos, los mismos vecinos atónitos con su café y su tostada. A pesar de la violencia con la que los zapatos de Fidel golpeaban el asfalto, el sonido quedaba enteramente ahogado por el fragor de la máquina que chascaba y resoplaba tras él.
La calle terminaba al final de la pendiente. Un muro de gruesos pilares de cemento rodeaba el perímetro del distrito. Nunca se hablaba de aquel muro en el barrio, pues su existencia estaba tan presente en la conciencia de todos que hacerla notar, aunque fuera levantando la vista hacia la silueta ominosa que se cernía sobre los tejados, suponía una ofensa para cualquier observador.
Fidel, sin aliento y llevado por su propia inercia, chocó contra el muro. Empezó a buscar un modo de traspasarlo, pero las aberturas verticales que aireaban el distrito eran demasiado estrechas, la superficie de los pilares demasiado lisa y la altura demasiado formidable. Al otro lado se podía ver el siguiente distrito, separado por un prado y una carretera de servicio. Tras el distante muro se adivinaban las figuras de la gente que pasaba por detrás. Fidel apretó el rostro en uno de los resquicios y trató en vano de llamar la atención:
—¡Eh! ¡Eh! ¡Aquí!
Los habitantes del otro distrito seguían caminando sin prisa, paseando al perro, disfrutando del aroma del café y las tostadas, corriendo por las aceras en sudadera, arriba y abajo, mientras por las ventanas escapaba el sonido de los noticiarios. Aunque pudieran oírle, ninguno tenía interés en lo que ocurría al otro lado del muro y, en cualquier caso, hacía tiempo que habían perdido la capacidad de hacer nada al respecto. Si no querían atraer la desgracia sobre ellos, lo mejor que podían hacer era seguir actuando con naturalidad, como si todo siguiera estando en orden; una ilusión que, desde su punto de vista al menos, era suficientemente próxima a la verdad.
El camión de recogida hizo rechinar los frenos y se detuvo tras Fidel. Los operarios se dejaron caer de los pescantes. Él se dio la vuelta, apoyando la espalda contra la pared, y contempló a los hombres que lo rodeaban. Las máscaras de gas y los uniformes de goma verde ocultaban su identidad. Quizá hubieran crecido en aquel mismo barrio, quizá hubieran asistido a la misma escuela antes de entrar en la factoría y convertirse en operarios sin rostro; sin embargo, no parecían capaces de reconocer a Fidel más de lo que él los reconocía a ellos.
El más próximo se adelantó despacio, tendiendo la mano con la palma hacia abajo.
—Aquí. Aquí. Tranquilo —dijo, con la voz ahogada por la máscara.
Tras él, un segundo operario apuntó a Fidel con un termómetro de infrarrojos. El láser pintó cuatro brillantes puntos rojos en su frente.
—Este debe de ser el foco —informó después de leer la temperatura.
—No pasa nada. Todo está bien ―continuó el primero, acercándose poco a poco mientras un tercero preparaba la pistola neumática―. ¿Verdad que todo está bien?
—Apartadlo del muro ―ordenó el operario armado.
El sol de la mañana se reflejó en la pistola. La aguja retraída estaba manchada de sangre. El camión entero rezumaba y empezaba a llenar el barrio con su hedor a humanidad. Sin embargo, no pasaría un día antes de que las nubes de desinfectante hubieran limpiado las calles, los jardines, el asfalto, el césped, las bocas de incendios. Pronto las casas estarían ocupadas por nuevos inquilinos, nuevas familias, nuevos empleados, nuevos niños, nuevos perros. Habría nuevos diarios cada mañana, nuevos desayunos, nuevos vecinos cortando de forma obsesiva el seto, nuevos besos de despedida.
Fidel se desplomó sobre sus rodillas.
—¡Un catarro! ¡Solo es un catarro!
Sus manos, que temblaron ante los operarios, acabaron cubriendo su cara sudorosa. Se habían acabado los cafés y las tostadas, las crónicas deportivas, el teatro, las esperas en la parada del autobús, las preocupaciones de su mujer porque no se resfriara, el sonido familiar del reloj marcando los segundos que faltaban para entrar y salir de la factoría.
—Vamos. Así, eso es. Todo acabará enseguida, ya lo verás.
Los operarios le tomaron por los hombros. Mientras Fidel hipaba, lo inclinaron hacia delante, hacia el limpio y cuidado cemento de la acera y, sin más ceremonia, le aplicaron la pistola neumática. Fidel ya no sentía nada cuando su cara entró en contacto con el frío suelo, ni cuando se lo tragó el camión, ni cuando se reencontró con Esperanza Gallo, ni cuando los Ruano se apretaron contra él, ni cuando lo hicieron después los Corrales, y el cartero, y el famoso media punta del barrio, y el resto del vecindario.
Una vez colmado su apetito, el camión monstruoso trepó de nuevo por la pendiente, gruñendo y estremeciéndose mientras arrastraba su pesada carga, y atravesó el distrito, ahora vacío y sembrado de diarios, maletines y recortes de seto que agitaba el viento en medio del silencio, para dirigirse de vuelta a su guarida en la humeante factoría, donde todo empezaba y terminaba en los años de la gripe.
Fidel Bueno siempre había creído en la importancia de la naturalidad, y nunca había permitido que el desayuno manchara su traje. Pero al muchacho asilvestrado y sin techo que recibió su traje desinfectado en la puerta de inmigración lo único que le había importado en el mundo era poder ocupar algún día una vacante, dejar de malvivir recolectando hierbas fuera del muro y disfrutar de un hogar tranquilo y ordenado, donde la mayor preocupación fuera cuidar del jardín, las mañanas olieran siempre a café y a tostadas con mantequilla y nunca se oyera hablar de la gripe.
Por eso, cuando salió del control y el fresco de la mañana le hizo estornudar de forma incontenible, se limpió la nariz de forma instintiva en la manga del traje y siguió caminando hacia su nueva casa en la colina, observando con curiosidad los furgones de la compañía de teatro y las columnas de humo que brotaban de la ciudad.










13/08/2010. 4556 palabras. Etiquetas: