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La gripe


Fidel Bueno creía a cie­gas en la impor­tan­cia de la natu­ra­li­dad. Para él las des­gra­cias ocu­rrían siem­pre cuando alguien se apar­taba de la rutina por un exceso de pre­cau­ción. Algo tan sim­ple como desa­yu­nar en pijama para no man­char el traje era señal de que se temía dema­siado a lo incierto, de que se con­taba con el fra­caso por ade­lan­tado incluso en el más sim­ple de los pro­pó­si­tos, de que uno se había ren­dido, en defi­ni­tiva, a la noción de que el futuro era algo con­tra lo que había que pre­ve­nirse por­que en él aguar­daba un des­tino fatal que alcan­zaba tarde o tem­prano a todos, sin impor­tar cuánto hicie­ran por evitarlo.

Si había un lugar donde Fidel le con­ce­diera más impor­tan­cia a sus creen­cias ese era su hogar. Nada podía jus­ti­fi­ciar una alte­ra­ción de la tran­qui­li­dad den­tro de él, ni siquiera las malas noti­cias, que nunca debían pasar del umbral. Por eso todas las maña­nas empe­za­ban igual, con Fidel dis­traído leyendo el dia­rio, ves­tido de calle, mien­tras su esposa, Espe­ranza Gallo, se incli­naba sobre la mesa, dejaba una taza y un plato y anunciaba:

—Café y tos­ta­das con mantequilla.

—Gra­cias.

—No dejes que se enfríen.

Aque­lla mañana Fidel miró por encima de las hojas del perió­dico y, a pesar de la con­ges­tión con la que se había levan­tado, se esforzó por apre­ciar el aroma del desa­yuno. Le habría sor­pren­dido no des­cu­brir la misma fra­gan­cia de todos los días. Aquel olor fami­liar era la con­fir­ma­ción de que nada había cam­biado y todo seguía estando en el orden que él solía con­si­de­rar ideal.

Espe­ranza se lim­pió las manos en el delan­tal con un gesto tenso y regresó a la cocina.

—¿Qué hora es? —pre­guntó él mien­tras leía la cró­nica del par­tido del día ante­rior. El equipo del dis­trito había ven­cido por dos goles a cero a su eterno rival. Aque­lla tem­po­rada tenían un media punta exce­lente, un ver­da­dero atleta; era el orgu­llo del vecindario.

—Las siete y treinta y cinco.

Fidel estor­nudó.

—Salud… —replicó Espe­ranza de inmediato.

Se hizo un silen­cio incó­modo, hasta que Fidel se sor­bió la nariz y pasó la página.

—Toda­vía es pronto.

—¿Aún sigues con ese catarro?

—No es nada.

—Ano­che estuve pen­sando. Quizá podría­mos invi­tar mañana a los Corra­les. Nos con­ven­dría lle­var­nos mejor con los vecinos.

Fidel había empe­zado la página de cul­tura, en la que se anun­ciaba un nuevo estreno. Era una obra de tea­tro sobre un traje mágico de color crema. A Fidel le gus­taba el tea­tro: era una de las pocas excu­sas que tenían para salir y cono­cer gente del resto de la ciudad.

—Ya nos lle­va­mos bien con los vecinos…

Espe­ranza dejó la jarra de café en el fre­ga­dero y se quedó mirando el barrio tras las cor­ti­nas estam­pa­das de la cocina. Las facha­das idén­ti­cas de las otras resi­den­cias se adi­vi­na­ban entre las som­bras fron­do­sas de los jar­di­nes. El barrio tenía un aspecto impe­ca­ble: las ace­ras relu­cían con la hume­dad de la mañana, el cés­ped estaba fresco y verde, la calle pare­cía recién asfal­tada y las bocas de incen­dios refle­ja­ban el sol con su color rojo bri­llante como cara­me­los de fresa.

—Bruno es una enci­clo­pe­dia sobre las cosas de la salud. Toda su fami­lia se cuida mucho. Ya has visto a sus hijos, tan robus­tos y lle­nos de ener­gía. Creo que debe­rías hablar con él. Seguro que conoce algún reme­dio. No hace falta que vayas al médico de la fac­to­ría, pode­mos invi­tar­les a comer y tú, cuando surja la opor­tu­ni­dad, se lo dejas caer de forma casual, como si no tuviera importancia.

Fidel emi­tió un suspiro:

—Sólo es un cata­rro. Verás cómo se me pasa pronto.

—Yo no dije que no lo fuera. Tú sabes que no que­ría decir que no lo fuera.

Fidel intentó mos­trarse con­ci­lia­dor mien­tras bus­caba en la pro­gra­ma­ción la pelí­cula de la noche.

—Ya lo sé, cariño. Pero no debe­mos alar­mar a los veci­nos. Ade­más, si segui­mos pen­sando en ello, la preo­cu­pa­ción nos aca­bará amar­gando la vida. Y tanto des­velo para qué, si luego resulta que nunca es nada.

—Por eso te estoy diciendo que es mejor pre­gun­tarle a Bruno. No hace falta que te vea el médico de la fac­to­ría por tan poca cosa.

Fidel elu­dió la cues­tión, que ya habían hablado el día ante­rior, plegó el dia­rio con cui­dado, lo dejó a un lado, exten­dió la ser­vi­lleta sobre sus pier­nas, alzó la taza de café y tomó un sorbo. No recor­daba cuánto tiempo hacía que rea­li­zaba aquel ritual, pero jamás se le habría ocu­rrido cam­biarlo ni un ápice. El día que dejara de cum­plir con su rutina matu­tina ten­dría que empe­zar a preo­cu­parse de qué otras cosas se habrían des­viado de su curso, y de cómo habían lle­gado a aquel estado, y de cuá­les podían ser las con­se­cuen­cias de seme­jante trans­for­ma­ción. Y enton­ces, sólo por el hecho de haberse preo­cu­pado, habría intro­du­cido en su vida una can­ti­dad inacep­ta­ble de caos e incer­ti­dum­bre, lo cual, dadas sus cir­cuns­tan­cias pre­sen­tes, sólo podía supo­ner un cam­bio a peor.

Mien­tras Fidel mor­día una de sus tos­ta­das con man­te­qui­lla, Espe­ranza regresó al salón y se sentó frente a él:

—Por cierto. Cuando sal­gas, si ves al vecino, debe­rías inten­tar ser ama­ble con él.

—¿Con Severo? —pre­guntó Fidel, con el carri­llo lleno de cru­jiente tostada.

—Los Ruano nos empie­zan a mirar mal. ¿No te has dado cuenta?

—Bah. No nos miran mal.

—Lo digo en serio. Incluso han empe­zado a hablar de mudarse, por­que ayer, cuando esta­ban discutiendo…

—No creo que esté bien espiar lo que dicen los vecinos.

—¡No me estás escu­chando! A este paso todo el barrio aca­bará hablando mal de nosotros.

—¿Qué se le va a hacer? Nadie denun­cia a sus veci­nos sólo por una impre­sión. Incluso los Ruano saben los pro­ble­mas que eso acarrea.

—Pero, cariño…

—Lo mejor es dejarlo correr. De hecho, fíjate, te diré lo que pode­mos hacer. La pró­xima vez que uno de ellos se res­fríe, los invi­ta­re­mos a una bar­ba­coa. Así verán que tam­poco es para tanto.

—¿Invi­tar a los Ruano? Tú sabes que no ven­drían ni aun­que les fuera la vida en ello. Recuerda el año pasado, cuando el chico se puso enfermo y él mandó a la mujer y a la niña con la fami­lia y cerró la casa a cal y canto. Pare­cía que estu­vie­ran de luto, ¡como si el chico ya se hubiera muerto! Eso sí, cuando habla­bas con ellos, todo el mundo tenía que estar agra­de­cido de lo bue­nos ciu­da­da­nos que eran. Yo casi lle­gué a creer que si el chico se moría, Severo pren­de­ría fuego a la casa y se que­da­ría den­tro con él.

—Mujer…

—Lo habría hecho. Estoy segura. Ya ha pasado antes, todos los días arde una casa aquí o allá, y nadie dice por qué.

—Pero eso es nor­mal. Las casas arden. Los chi­cos se ponen a jugar con los meche­ros, a los mayo­res se les olvida la sar­tén en el fuego… por eso tene­mos bocas de incen­dios en las calles.

—Supongo que tie­nes razón —clau­dicó Espe­ranza, aun­que su expre­sión decía todo lo contrario.

—No te preo­cu­pes. Verás cómo sólo es un cata­rro. Debí de coger frío la semana pasada. No cuesta nada ir y que me pon­gan una inyec­ción, así no ten­dré que estar todo el día constipado.

—Eso espero.

Fidel asin­tió y se comió en silen­cio la segunda tos­tada. Espe­ranza se quedó mirando hacia nin­guna parte, con la bar­bi­lla apo­yada en la palma de la mano, sin mover ni una pes­taña. Él ter­minó el desa­yuno, se inclinó para ver el reloj de pared de la cocina y se lim­pió los labios con la servilleta.

—Bueno, es la hora. Me tengo que ir. —Espe­ranza reci­bió su beso sin inmu­tarse.— Hasta la noche.

—Cuí­date.

Fidel se diri­gió al ves­tí­bulo, tomó su cha­queta y su male­tín, se sor­bió de nuevo la nariz y abrió la puerta. Espe­ranza se quedó sen­tada, aba­tida y oje­rosa. Aun­que él no lo demos­trara, tam­bién le preo­cu­paba tener que pasar por la enfer­me­ría. Sin embargo, des­pués de varios días sin expe­ri­men­tar nin­guna mejo­ría, aque­lla situa­ción, por poca impor­tan­cia que tuviese, estaba empe­zando a minar la tran­qui­li­dad y el orden de su hogar, y ello podía con­du­cir luego a ten­sio­nes y pro­ble­mas que se podían aho­rrar con una sim­ple visita al doctor.

—Adiós, cariño —dijo antes de cerrar la puerta tras de sí.

Bajó con paso ágil los tres esca­lo­nes del por­che. En la calle hacía un día radiante, toda­vía fresco, con el Sol en el hori­zonte y el cés­ped cubierto de rocío. El aire olía a cien­tos de cafés y a cien­tos de tos­ta­das, hom­bres en suda­dera corrían por las ace­ras, arriba y abajo, muje­res en traje de noche y sin maqui­llar saca­ban a pasear a los perros, de las copas de los árbo­les salían los tri­nos de los gorrio­nes y de las ven­ta­nas el sonido de los pri­me­ros noti­cia­rios. La moto­ci­cleta del car­tero zum­baba cuesta arriba, invi­si­ble toda­vía tras el des­ni­vel de la calle, reco­rriendo casa por casa y dete­nién­dose ante cada uno de los res­plan­de­cien­tes buzo­nes ama­ri­llos para entre­gar los anti­bió­ti­cos y los suple­men­tos que dis­pen­saba la factoría.

Cuando Fidel reco­rría el camino hacia el apea­dero del auto­bús, el fresco de la mañana des­pertó un picor en su enro­je­cida nariz. Con­te­niendo el estor­nudo, llegó a la mar­que­sina, sacó un pañuelo de papel del bol­si­llo y se sonó. Si bien era cierto que en aque­lla oca­sión se sen­tía peor que otras veces, nunca había tenido que hacer nada espe­cial para cui­darse. Mien­tras no tuviera fie­bre podía ir a tra­ba­jar con nor­ma­li­dad y apla­car los sín­to­mas con paños moja­dos, mucho té y sopa caliente. Así era como lo hacía todo el mundo, con la única excep­ción de los Corra­les y su her­mé­tico círculo de amistades.

Fidel se había ente­rado a tra­vés de un amigo común de que Bruno Corra­les cul­ti­vaba hier­bas medi­ci­na­les de forma clan­des­tina en la parte tra­sera de su jar­dín. Nadie sabía cómo habría obte­nido las semi­llas ni dónde habría apren­dido para qué ser­vían. Por eso Fidel no se fiaba de sus reme­dios: o bien men­tía acerca de sus efec­tos, o tenía rela­ción con la clase de gente que no tenía acceso a la enfer­me­ría, lo cual era si cabe aún más peli­groso. En todo caso, estaba seguro de que nin­guna de aque­llas hier­bas podía curar la gripe, ya que, de ser así, haría tiempo que la fac­to­ría lo habría descubierto.

Fidel desechó el pañuelo en la pape­lera de la mar­que­sina. Al hacerlo se vol­vió de forma casual hacia el final de la calle y su mirada tro­pezó con la de Severo Ruano, que aque­lla mañana había deci­dido recor­tar el seto de su jar­dín. La dis­tan­cia que los sepa­raba impe­día que pudie­ran comu­ni­carse sin alzar la voz. Severo, que había seguido el gesto de su pací­fico vecino hasta la pape­lera donde había arro­jado el pañuelo, se limitó a con­tem­plarle mien­tras movía sin pausa las poda­do­ras, de forma casi obse­siva, lle­nando la calle con aquel sonido ener­vante: ¡zis! ¡zis! ¡chac! ¡zis! Cor­taba y cor­taba sin cesar, igno­rando los tallos que sal­ta­ban deca­pi­ta­dos sobre el seto, mien­tras su cara adusta y sus ojos gri­ses le atra­ve­sa­ban con rayos de ful­mi­nante inquina. Fidel se vol­vió, incó­modo, aun­que eso no impi­dió que siguiera escu­chando el sonido del filo que seguía sec­cio­nando y haciendo tri­zas sin pie­dad los mise­ra­bles bro­tes de hojas verdes.

Era un mis­te­rio para Fidel cómo la natu­ra­leza había encon­trado la forma de jun­tar a dos indi­vi­duos con tan poco apre­cio por sus seme­jan­tes como Severo Ruano y su mujer. Esta última estaba hecha de la misma madera que él: gris, adusta, solemne como un ciprés, envuelta siem­pre en una espe­cie de dig­ni­dad casta y fúne­bre. Fidel, por el con­tra­rio, era abierto, socia­ble, con un buen tim­bre de voz, ceño rela­jado y ape­tito salu­da­ble. Era evi­dente que tenerle como vecino y con­tem­plar cada día su estilo des­preo­cu­pado supo­nía para ellos un motivo de pro­funda aflic­ción, espe­cial­mente cuando no había nada que pudie­ran hacer al res­pecto sin fal­tar a las nor­mas de urba­ni­dad. No obs­tante, Fidel no se echaba la culpa por ello. Sabía que los Ruano habrían mirado igual a cual­quier otro ciu­da­dano de los muchos que se levan­ta­ban cada día, entra­ban y salían de la fac­to­ría y se iban a dor­mir sin dete­nerse a pen­sar en qué les iba a suce­der mañana.

Mien­tras Fidel se entre­te­nía en aque­llas ideas, un estor­nudo vio­lento e incon­te­ni­ble le tomó des­pre­ve­nido. Los ojos le lagri­mea­ron y la nariz se le enro­je­ció un poco más. No le quedó más reme­dio que sacar otro pañuelo del bol­si­llo. Sólo des­pués de haberse des­pe­jado a con­cien­cia las fosas nasa­les, se dio cuenta de que el sonido de las poda­do­ras había cesado.

Fidel, casi temiendo hacerlo, vol­vió la vista hacia el jar­dín de su vecino. Severo sos­te­nía las poda­do­ras abier­tas en el aire. Su enjuto cuerpo se había petri­fi­cado y su ros­tro estaba cris­pado de forma gro­tesca, como un cama­feo orien­tal. La trans­for­ma­ción era tan por­ten­tosa que Fidel no era capaz de apar­tar la mirada y, por des­gra­cia, cuanto más la sos­te­nía más se horro­ri­za­ban el uno del otro. A pesar de la dis­tan­cia, Fidel oyó cómo la res­pi­ra­ción ras­paba con un ruido agó­nico la gar­ganta de Severo, como si aquel fuera su último aliento.

Fidel con­si­guió al fin vol­ver la cabeza y se frotó la boca ner­vioso, escon­dién­dose un poco en la mar­que­sina. Por el rabi­llo del ojo vio que Severo dejaba las poda­do­ras en el suelo, se daba la vuelta des­pa­cio, sin hacer movi­mien­tos brus­cos, y cami­naba con la espalda rígida hacia la puerta de su casa. Con voz queda, llamó al resto de su fami­lia desde el umbral.

La señora de Ruano asomó por un ins­tante y diri­gió la mirada hacia la parada del auto­bús. Sus páli­dos ojos, como los de Severo, pare­cían los de una Casan­dra infla­mada por visio­nes de des­truc­ción. Le dijo algo a su marido, que asin­tió con la cabeza, y regresó al inte­rior. Unos minu­tos más tarde, la fami­lia entera se reunió en la entrada, sin diri­girse ape­nas la palabra.

—¿Por qué tar­dará tanto ese auto­bús? —se quejó Fidel, oteando a un lado y a otro y bus­cando cual­quier pre­texto para reto­mar el curso nor­mal de la mañana. Cada vez tenía la cabeza más car­gada, estaba empa­pado en sudor y el calor del radiante sol matu­tino le hacía sen­tirse mareado.

Severo pasó tras el seto a medio podar, seguido por su hie­rá­tica mujer y empu­jando a sus hijos, ves­ti­dos toda­vía en sus pija­mas azul y rosa, que lo mira­ban todo con cara de des­con­cierto. La fami­lia se detuvo al final del jar­dín, Severo con las manos en los hom­bros de los niños, la señora de Ruano con las manos apre­ta­das en el regazo, los cua­tro con­for­mando un grave retrato de resig­na­ción ante la inmi­nen­cia y la fata­li­dad del destino.

Fidel se quitó la cha­queta y se aflojó la cor­bata. Habría que­rido acer­carse adonde esta­ban los Ruano para expli­car­les que no tenían motivo para preo­cu­parse, que todo se iba a acla­rar en cuanto hubiera pasado por la enfer­me­ría y le hubie­ran pres­crito un tra­ta­miento para el cata­rro, pero estaba seguro de que eso sólo les habría asus­tado aún más. Lo único que podía hacer era con­fiar en sí mismo y seguir actuando con natu­ra­li­dad, aun­que al final se viera dando expli­ca­cio­nes ante los guar­dias de la factoría.

El auto­bús seguía sin apa­re­cer sobre el des­ni­vel de la parte alta del barrio y la mirada de Fidel, que empe­zaba a plan­tearse vol­ver a casa y meterse en la cama, vagó entre la calle y el camino de entrada de su jardín.

Con el viento de la mañana, el sonido de una sirena llegó desde detrás de la colina. Los Ruano mira­ron hacia la parte alta del barrio. Fidel se vol­vió tam­bién, pero sólo para des­cu­brir que nunca había pres­tado sufi­ciente aten­ción a las sire­nas y no sabía decir si se tra­taba de una ambu­lan­cia, un coche de bom­be­ros o la guar­dia de la fac­to­ría. Los crí­me­nes, los incen­dios y las pan­de­mias siem­pre ocu­rrían lejos de aquel vecin­da­rio y, de no ser por los noti­cia­rios y el dia­rio, ni siquiera se ente­ra­rían de que existían.

Los niños de los Ruano rom­pie­ron a llo­rar. Severo y su mujer los apre­ta­ron con­tra sí, pero ellos, en vez de bus­car con­suelo, mira­ban a Fidel con sus caras enro­je­ci­das y empa­pa­das. Fidel salió de la mar­que­sina y retro­ce­dió por la acera. La cabeza le daba vuel­tas con los llan­tos, el sonido de la sirena y las caras acu­sa­do­ras de sus vecinos.

—No es más que un cata­rro —susurró.

Intentó mar­charse de allí con dis­cre­ción, Sin embargo, Severo había estado pen­diente desde hacía rato de lo que hacía y no le había qui­tado el ojo de encima. Segu­ra­mente espe­raba que Fidel se que­dara donde estaba, aguar­dando su des­tino con idén­tica sumisión.

La sirena no per­te­ne­cía a nin­guno de los depar­ta­men­tos que Fidel había espe­rado. Era impo­si­ble de hecho que la hubiera podido reco­no­cer, puesto que se tra­taba del temido ser­vi­cio de recogida.

El camión de la fac­to­ría apa­re­ció al final de la calle, aullando, tre­pando por el des­ni­vel como un mons­truo prehis­tó­rico. Las luces emi­tían níti­dos des­te­llos rojos en el cielo de la mañana. La señora de Ruano soltó un lamento y Severo la sos­tuvo cuando le falla­ron las pier­nas. Los veci­nos empe­za­ron a salir a sus jar­di­nes, inte­rrum­pi­dos en sus tareas coti­dia­nas, unos sin pei­nar, con el cepi­llo de dien­tes en la boca o anudán­dose toda­vía la cor­bata, otros con el café y la tos­tada en la mano, des­cal­zos o en pan­tu­flas, con pijama, en traje de noche o con el torso des­nudo. Con­tem­pla­ron el camión con horror y asom­bro y luego se mira­ron entre sí, pre­gun­tán­dose quién ten­dría una expli­ca­ción para aque­llo. Algu­nas de las mira­das se diri­gie­ron de forma acu­sa­dora hacia Fidel, aña­dién­dose al tor­be­llino de visio­nes enfe­bre­ci­das que le atormentaban.

El camión mons­truoso avanzó len­ta­mente por el vecin­da­rio, parán­dose cada pocos metros. Tres pares de ope­ra­rios ves­ti­dos con tra­jes de goma verde des­cen­dían de los pes­can­tes y cru­za­ban con paso dili­gente los jar­di­nes. Los que habían salido a inda­gar el motivo de toda aque­lla con­mo­ción eran asal­ta­dos antes de que pudie­ran reac­cio­nar: los ope­ra­rios los toma­ban de los bra­zos, los ponían de rodi­llas, les apli­ca­ban en la nuca una pis­tola neu­má­tica, los levan­ta­ban por los hom­bros y las cor­vas y los metían con un balan­ceo en el con­te­ne­dor del camión, cuya maqui­na­ria insa­cia­ble gru­ñía con gula tras cada ofrenda.

Fidel se vol­vió y empezó a correr calle abajo, sin vol­verse para mirar atrás.

Los Ruano se pusie­ron de inme­diato a dar voces de alarma. Severo y su mujer seña­la­ron hacia él, tra­tando de lla­mar la aten­ción de los operarios:

—¡A ese! ¡Que se escapa!

Los ope­ra­rios les oye­ron, sol­ta­ron lo que tenían entre manos y se subie­ron rápi­da­mente a los pes­can­tes. El camión se puso en movi­miento, rugiendo y exha­lando boca­na­das de humo.

Fidel arrojó la cha­queta y el male­tín. Las casas idén­ti­cas que pasa­ban a su lado pare­cían un fondo con­ti­nuo de pelí­cula anti­gua: los mis­mos jar­di­nes de cés­ped inma­cu­lado, las mis­mas bocas de incen­dios como cara­me­los de fresa, los mis­mos buzo­nes ama­ri­llos, los mis­mos veci­nos ató­ni­tos con su café y su tos­tada. A pesar de la vio­len­cia con la que los zapa­tos de Fidel gol­pea­ban el asfalto, el sonido que­daba ente­ra­mente aho­gado por el fra­gor de la máquina que chas­caba y reso­plaba tras él.

La calle ter­mi­naba al final de la pen­diente. Un muro de grue­sos pila­res de cemento rodeaba el perí­me­tro del dis­trito. Nunca se hablaba de aquel muro en el barrio, pues su exis­ten­cia estaba tan pre­sente en la con­cien­cia de todos que hacerla notar, aun­que fuera levan­tando la vista hacia la silueta omi­nosa que se cer­nía sobre los teja­dos, supo­nía una ofensa para cual­quier observador.

Fidel, sin aliento y lle­vado por su pro­pia iner­cia, chocó con­tra el muro. Empezó a bus­car un modo de tras­pa­sarlo, pero las aber­tu­ras ver­ti­ca­les que airea­ban el dis­trito eran dema­siado estre­chas, la super­fi­cie de los pila­res dema­siado lisa y la altura dema­siado for­mi­da­ble. Al otro lado se podía ver el siguiente dis­trito, sepa­rado por un prado y una carre­tera de ser­vi­cio. Tras el dis­tante muro se adi­vi­na­ban las figu­ras de la gente que pasaba por detrás. Fidel apretó el ros­tro en uno de los res­qui­cios y trató en vano de lla­mar la atención:

—¡Eh! ¡Eh! ¡Aquí!

Los habi­tan­tes del otro dis­trito seguían cami­nando sin prisa, paseando al perro, dis­fru­tando del aroma del café y las tos­ta­das, corriendo por las ace­ras en suda­dera, arriba y abajo, mien­tras por las ven­ta­nas esca­paba el sonido de los noti­cia­rios. Aun­que pudie­ran oírle, nin­guno tenía inte­rés en lo que ocu­rría al otro lado del muro y, en cual­quier caso, hacía tiempo que habían per­dido la capa­ci­dad de hacer nada al res­pecto. Si no que­rían atraer la des­gra­cia sobre ellos, lo mejor que podían hacer era seguir actuando con natu­ra­li­dad, como si todo siguiera estando en orden; una ilu­sión que, desde su punto de vista al menos, era sufi­cien­te­mente pró­xima a la verdad.

El camión de reco­gida hizo rechi­nar los fre­nos y se detuvo tras Fidel. Los ope­ra­rios se deja­ron caer de los pes­can­tes. Él se dio la vuelta, apo­yando la espalda con­tra la pared, y con­tem­pló a los hom­bres que lo rodea­ban. Las más­ca­ras de gas y los uni­for­mes de goma verde ocul­ta­ban su iden­ti­dad. Quizá hubie­ran cre­cido en aquel mismo barrio, quizá hubie­ran asis­tido a la misma escuela antes de entrar en la fac­to­ría y con­ver­tirse en ope­ra­rios sin ros­tro; sin embargo, no pare­cían capa­ces de reco­no­cer a Fidel más de lo que él los reco­no­cía a ellos.

El más pró­ximo se ade­lantó des­pa­cio, ten­diendo la mano con la palma hacia abajo.

—Aquí. Aquí. Tran­quilo —dijo, con la voz aho­gada por la máscara.

Tras él, un segundo ope­ra­rio apuntó a Fidel con un ter­mó­me­tro de infra­rro­jos. El láser pintó cua­tro bri­llan­tes pun­tos rojos en su frente.

—Este debe de ser el foco —informó des­pués de leer la temperatura.

—No pasa nada. Todo está bien ―con­ti­nuó el pri­mero, acer­cán­dose poco a poco mien­tras un ter­cero pre­pa­raba la pis­tola neu­má­tica―. ¿Ver­dad que todo está bien?

—Apar­tadlo del muro ―ordenó el ope­ra­rio armado.

El sol de la mañana se reflejó en la pis­tola. La aguja retraída estaba man­chada de san­gre. El camión entero rezu­maba y empe­zaba a lle­nar el barrio con su hedor a huma­ni­dad. Sin embargo, no pasa­ría un día antes de que las nubes de desin­fec­tante hubie­ran lim­piado las calles, los jar­di­nes, el asfalto, el cés­ped, las bocas de incen­dios. Pronto las casas esta­rían ocu­pa­das por nue­vos inqui­li­nos, nue­vas fami­lias, nue­vos emplea­dos, nue­vos niños, nue­vos perros. Habría nue­vos dia­rios cada mañana, nue­vos desa­yu­nos, nue­vos veci­nos cor­tando de forma obse­siva el seto, nue­vos besos de despedida.

Fidel se des­plomó sobre sus rodillas.

—¡Un cata­rro! ¡Solo es un catarro!

Sus manos, que tem­bla­ron ante los ope­ra­rios, aca­ba­ron cubriendo su cara sudo­rosa. Se habían aca­bado los cafés y las tos­ta­das, las cró­ni­cas depor­ti­vas, el tea­tro, las espe­ras en la parada del auto­bús, las preo­cu­pa­cio­nes de su mujer por­que no se res­friara, el sonido fami­liar del reloj mar­cando los segun­dos que fal­ta­ban para entrar y salir de la factoría.

—Vamos. Así, eso es. Todo aca­bará ense­guida, ya lo verás.

Los ope­ra­rios le toma­ron por los hom­bros. Mien­tras Fidel hipaba, lo incli­na­ron hacia delante, hacia el lim­pio y cui­dado cemento de la acera y, sin más cere­mo­nia, le apli­ca­ron la pis­tola neu­má­tica. Fidel ya no sen­tía nada cuando su cara entró en con­tacto con el frío suelo, ni cuando se lo tragó el camión, ni cuando se reen­con­tró con Espe­ranza Gallo, ni cuando los Ruano se apre­ta­ron con­tra él, ni cuando lo hicie­ron des­pués los Corra­les, y el car­tero, y el famoso media punta del barrio, y el resto del vecindario.

Una vez col­mado su ape­tito, el camión mons­truoso trepó de nuevo por la pen­diente, gru­ñendo y estre­me­cién­dose mien­tras arras­traba su pesada carga, y atra­vesó el dis­trito, ahora vacío y sem­brado de dia­rios, male­ti­nes y recor­tes de seto que agi­taba el viento en medio del silen­cio, para diri­girse de vuelta a su gua­rida en la humeante fac­to­ría, donde todo empe­zaba y ter­mi­naba en los años de la gripe.

 

Fidel Bueno siem­pre había creído en la impor­tan­cia de la natu­ra­li­dad, y nunca había per­mi­tido que el desa­yuno man­chara su traje. Pero al mucha­cho asil­ves­trado y sin techo que reci­bió su traje desin­fec­tado en la puerta de inmi­gra­ción lo único que le había impor­tado en el mundo era poder ocu­par algún día una vacante, dejar de mal­vi­vir reco­lec­tando hier­bas fuera del muro y dis­fru­tar de un hogar tran­quilo y orde­nado, donde la mayor preo­cu­pa­ción fuera cui­dar del jar­dín, las maña­nas olie­ran siem­pre a café y a tos­ta­das con man­te­qui­lla y nunca se oyera hablar de la gripe.

Por eso, cuando salió del con­trol y el fresco de la mañana le hizo estor­nu­dar de forma incon­te­ni­ble, se lim­pió la nariz de forma ins­tin­tiva en la manga del traje y siguió cami­nando hacia su nueva casa en la colina, obser­vando con curio­si­dad los fur­go­nes de la com­pa­ñía de tea­tro y las colum­nas de humo que bro­ta­ban de la ciudad.




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