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	<title>Fran Ontanaya &#187; ciencia ficción</title>
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	<description>Autor, geek y diseñador web</description>
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		<title>Anonymous, en español</title>
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		<pubDate>Fri, 27 May 2011 14:26:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fran Ontanaya</dc:creator>
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		<category><![CDATA[ciencia ficción]]></category>
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		<description><![CDATA[Acabo de subir mi relato «Anonymous» traducido al español (podéis leerlo en línea aquí). Lo escribí originalmente en inglés y lo publiqué en noviembre de 2010, pero me parece muy relevante ahora. «Anonymous» es la fábula de un hombre de clase media que, en un mundo alternativo en el que se puede ser físicamente anónimo, decide de pronto renunciar a su identidad sin entender realmente cuál es el propósito de hacerlo. El día de la espléndida mani­fes­ta­ción, un hom­bre que se con­si­de­raba a sí mismo Anó­nimo estaba fran­ca­mente entu­sias­mado por haber sido ele­gido entre la mul­ti­tud para dar un dis­curso [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Acabo de subir mi relato «Anonymous» traducido al español (podéis leerlo en línea <a href="http://www.franontanaya.com/stories/anonymous-es">aquí</a>). Lo escribí originalmente <a href="http://www.franontanaya.com/works/anonymous/">en inglés</a> y lo publiqué en noviembre de 2010, pero me parece muy relevante ahora. «Anonymous» es la fábula de un hombre de clase media que, en un mundo alternativo en el que se puede ser físicamente anónimo, decide de pronto renunciar a su identidad sin entender realmente cuál es el propósito de hacerlo.</p>
<blockquote cite=""><p>El día de la espléndida mani­fes­ta­ción, un hom­bre que se con­si­de­raba a sí mismo Anó­nimo estaba fran­ca­mente entu­sias­mado por haber sido ele­gido entre la mul­ti­tud para dar un dis­curso impro­vi­sado. Pro­ba­ble­mente no fuera el momento más ins­pi­rado del evento pero, aun así, pare­ció enca­jar de forma apro­piada en el carác­ter espon­tá­neo de un grupo que se resis­ti­ría a ser defi­nido como tal.</p>
<p>En retros­pec­tiva, no obs­tante, el hom­bre iba a arre­pen­tirse de haber dis­fru­tado aquel breve atisbo de sin­gu­la­ri­dad. Pues, no siendo muy cons­ciente de la dife­ren­cia entre la liber­tad y el ano­ni­mato, hacia el final de aquel día ya había aso­ciado su lado sin ros­tro con el poten­cial de con­du­cir su vida entera al éxito.</p></blockquote>
<p>Traducirse a uno mismo del inglés al español es una experiencia interesante. Conociendo de primera mano la intención del texto, puedes desviarte un poco más de la traducción exacta para comunicar el sentido original. El resultado también es diferente a como sería habiéndolo escrito directamente en español. Escribiendo en tu idioma nativo es fácil abusar de un vocabulario genérico, mientras que al traducirte tienes que buscar palabras exactas para preservar el matiz que tenía en inglés.</p>
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		<title>Anonymous (es)</title>
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		<pubDate>Fri, 27 May 2011 13:54:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fran Ontanaya</dc:creator>
				<category><![CDATA[anonymous]]></category>
		<category><![CDATA[ciencia ficción]]></category>

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		<description><![CDATA[1. El día de la espléndida manifestación, un hombre que se consideraba a sí mismo Anónimo estaba francamente entusiasmado por haber sido elegido entre la multitud para dar un discurso improvisado. Probablemente no fuera el momento más inspirado del evento pero, aun así, pareció encajar de forma apropiada en el carácter espontáneo de un grupo que se resistiría a ser definido como tal. En retrospectiva, no obstante, el hombre iba a arrepentirse de haber disfrutado aquel breve atisbo de singularidad. Pues, no siendo muy consciente de la diferencia entre la libertad y el anonimato, hacia el final de aquel día [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h3 id="heading_id_3">1.</h3>
<p>El día de la espléndida manifestación, un hombre que se consideraba a sí mismo Anónimo estaba francamente entusiasmado por haber sido elegido entre la multitud para dar un discurso improvisado. Probablemente no fuera el momento más inspirado del evento pero, aun así, pareció encajar de forma apropiada en el carácter espontáneo de un grupo que se resistiría a ser definido como tal.</p>
<p>En retrospectiva, no obstante, el hombre iba a arrepentirse de haber disfrutado aquel breve atisbo de singularidad. Pues, no siendo muy consciente de la diferencia entre la libertad y el anonimato, hacia el final de aquel día ya había asociado su lado sin rostro con el potencial de conducir su vida entera al éxito.</p>
<p>Se dice que una vida social saludable requiere ser capaz de gozar del ocasional baile de máscaras; pero que, cuando uno se levanta la mañana siguiente, la máscara debe estar ya retirada y guardada bajo llave. Tratar de mezclar las reglas de ambos juegos es arriesgado en el mejor de los casos, y completamente disculpado solo para los artistas, los cómicos con talento y los millonarios.</p>
<p>Desgraciadamente, este hombre estaba tan orgulloso de su recién hallada capacidad para ponerse bajo la luz de los focos que se olvidó de forma deliberada de hacer lo susodicho. A la hora del siguiente desayuno, su familia se sorprendió de descubrir que todavía andaba en su yo anónimo.</p>
<p>―¿Eres tú? ―preguntó Bethany, su mujer, tratando de figurarse si estaba siendo víctima de una broma.</p>
<p>―Soy todos y nadie. Y… algunas cosas van a ser diferentes por aquí a partir de ahora, así que será mejor que te acostumbres a ello.</p>
<p>Al tiempo que tomaba algunas tortitas, mermelada y café algo frío, y se sentaba con un fallido intento de indiferencia, su hija adolescente tomó su desayuno y se levantó. Aunque ya había tenía experiencia anónima, consideraba de mal gusto compartirla con la familia.</p>
<p>―Lo terminaré en mi cuarto ―dijo, molesta―. ¿Vas a cambiarte antes de que sea la hora de ir al instituto?</p>
<p>Tras una pausa, él contestó:</p>
<p>―No.</p>
<p>―Llamaré a Nati, entonces. No quiero que nadie ve a mi padre actuando como un gili.</p>
<p>―¿Qué? ¿Soy demasiado viejo para ser Anónimo? ¿Es eso?</p>
<p>―No es eso. Es solo que…</p>
<p>―¿Solo que qué?</p>
<p>―Está mal. <em>Lo estás haciendo mal</em>, papá. Tú no… olvídalo. No quiero tener esta charla.</p>
<p>Ella abandonó la cocina. Un individuo Anónimo no se suponía que debiera tener familiares, salvo como parte de algún ejercicio mental, y, en cualquier caso, era frívolo pretender que uno no tenía identidad entre la gente con la que vivía.</p>
<p>Él se encogió de hombros y le dijo a Bethany:</p>
<p>―¿Qué he hecho mal? Debería poder hacer lo que quisiera sin que… sin ser censurado por mi propia hija.</p>
<p>―Es… es solo un poco inesperado ―dijo Bethany―. Ni siquiera sé lo que estás tratando de hacer, J…</p>
<p>―<em>¡Silencio!</em> No tengo un nombre.</p>
<p>―Escucha. Entiendo que la manifestación Anónima del otro día era importante para ti, pero en el fondo creo que no has entendido la idea.</p>
<p>―La idea es, que ya es hora de que todo el mundo se dé cuenta de que ser Anónimo es como tendrían que ser las cosas. Tener un nombre es… ¿cómo se dice en inglés? Como un accidente de la forma en que nos educan… un <em>act-de-art.</em></p>
<p>―<em>Artifact</em>. ¿De veras planeas ir a trabajar así?</p>
<p>―Claro. Tendrán que <em>hacerse a la idea</em>.</p>
<p>―Entonces no te importará si paso algo de tiempo con mi amiga. Está a punto de dar a luz a su primer niño, pero todavía está nerviosa sobre todo el proceso. Está algo chapada a la antigua.</p>
<p>―¿Quieres oír algunos chistes sobre bebés?</p>
<p>―Oh, ya he tenido bastante de esto.</p>
<p>Él sonrió de una forma contorsionada y socarrona.</p>
<p>―Estaré trabajando en el estudio hoy ―añadió Bethany―. Y no quiero recibir ningún mensaje embarazoso por tu culpa, así que intenta no hacer nada estúpido, como…</p>
<p>―¿Como qué?</p>
<p>―Contar chistes sobre bebés a un cliente, por ejemplo.</p>
<p>―¿Por qué no debería?</p>
<p>―Si ven a alguien sentado en tu escritorio, en tu oficina, hablando con tus clientes, ¿quién crees que van a esperar que seas? Esa clase de cosas pueden perjudicar luego tu karma.</p>
<p>―Pues vale, a la mierda el karma. He terminado con eso. Mientras sea Anónimo, no pueden hacer nada al respecto.</p>
<p>―Esto quizá te sorprenda, pero no contrataron a una persona aleatoria para hacer tu trabajo.</p>
<p>―Les sorprenderá a ellos, eso es seguro.</p>
<p>―Lo que sea. Es tarde. Si queda una pizca de cordura en esa cabeza tuya esta mañana, considera irte por un tiempo también. Los niños probablemente estarán mejor a solas.</p>
<p>Pequeño J todavía estaba sentado a la mesa, *mostly ignorado. Todavía era demasiado joven para entender lo que estaba pasando, excepto que de repente un extraño al que nunca había visto estaba desayunando con ellos.</p>
<p>―No tiene sentido esconderle a Pequeño J lo que significa ser Anónimo. Ya está expuesto a suficientes lavadas de cerebro. Ese pequeño, jugoso cerebro tuyo, ¿eh Pequeño J?</p>
<p>El chico empezó a llorar. Bethany lo sostuvo.</p>
<p>―Lo dejaré esta noche en la guardería. Será mejor que esa sea la única llamada que haga hoy.</p>
<p>―Lo entenderás mejor cuando veas lo que somos capaces de hacer.</p>
<p>―Estoy hablando en serio. Todo el mundo sabe dónde está la línea, y tú la estás cruzando.</p>
<p>―No hay ninguna línea. <em>La línea es una mentira.</em></p>
<h3 id="heading_id_3" class="sgc-3">2.</h3>
<p>En lo que supuso un hito remarcable en su generalmente indistinta vida, J… mantuvo su determinación a lo largo de aquella mañana. Condujo al trabajo deseando en secreto que un control de carretera lo detuviera, a lo que el pretendía seguir con una protesta <em>épica</em> contra los policías y su enlace perdido con la humanidad. Pero todo lo que encontró fue una autovía llena de conductores con la misma cara matutina, algo que quizá habría advertido antes si no hubiese sido tan poco consciente de la existencia de otra gente.</p>
<p>No fue detenido tampoco cuando llegó al edificio de oficinas. El guarda ni siquiera le miró, y la verja se dio por satisfecha registrando la ID de su coche, que solo él se suponía que podía conducir. J… se había quitado antes la máscara para ponerlo en marcha, pero no se había dado cuenta de cuánto anonimato había eliminado ya aquella acción.</p>
<p>«Supongo que es hora de empezar a usar el transporte público», se dijo a sí mismo, con una cierta sensación de conflicto. Pues, a pesar de su actitud rebelde, todavía tenía en bastante estima su estilo de vida de clase media.</p>
<p>Para alivio suyo, se las arregló finalmente para causar cierta conmoción al entrar al edificio. Después de todo, no era del todo inhabitual que pistoleros o terroristas domésticos se disfrazaran de Anónimos para llevar a cabo sus crímenes, incluso cuando esto ya no era tan eficaz como antaño, cuando la gente era invisible solo por la naturaleza de nuestras sociedades masificadas.</p>
<p>―Señor, no creo que esté autorizado para entrar en este edificio ―dijo uno de los guardias―. Por favor, identifíquese o salga de inmediato.</p>
<p>―¿<em>Problema</em>, señor Guardia? Los edificios están hechos para ser abiertos.</p>
<p>―Por razones de seguridad, solo se permite entrar en este edificio a personal identificado. ¿Me permite acompañarle hasta la salida?</p>
<p>―¡Alto! ¡No soy ninguna escoria criminal! ¡Subiré esto a YouTube!</p>
<p>Los guardias, que la vez que más acción habían visto era por algún café vertido, se hicieron atrás, sobresaltados por el repentino arranque. J… desenvainó su móvil y lo blandió, la cámara hacia delante, como un personaje de ficción repeliendo vampiros con un símbolo religioso. Afortunadamente para ellos, el servicio de limpieza ―un hombre viejo y una mujer cansada llevando las herramientas de su oficio―, intervinieron para restaurar el orden.</p>
<p>―Eh, ¿que pasa por aquí? ―dijo ella, molesta por el sinsentido de la situación</p>
<p>―Por favor, no interfiera. Nos estamos haciendo cargo de este asunto ―pidió en vano uno de los guardias.</p>
<p>―¿Quién es este? ¿De qué va esto? ―insistió ella―. Tú, di algo ―le ordenó a J…</p>
<p>J… no estaba acostumbrado a que le mandoneara gente ordinaria. Consideraba, como una suposición razonable y bien informada, que el grupo al que él conocía como la <em>gente ordinaria</em> se pondría automáticamente de su lado en su lucha personal. De ahí su sorpresa, pues no solo la mujer le estaba interrogando, sino que estaba usando tal tono de reproche que él casi no pudo evitar mirar hacia abajo y cooperar con todo lo que ella dijera.</p>
<p>―¿Quién…? ¿Por qué tú…? Yo no… ―balbuceó él.</p>
<p>El viejo, que había estado prestando atención todo el tiempo, chasqueó los dedos cuando se las arregló para reconocer algun sutil manerismo de su habla:</p>
<p>―Sé quién eres… ¿Cómo era? J… J-algo…</p>
<p>―Ah, sí. Es él ―coincidió la mujer.</p>
<p>―¿Puede identificar a este hombre? ―preguntó uno de los guardias.</p>
<p>―Seguro ―dijo ella―. Ese es cubículo 43. No sé de qué va esto, pero podríais, ya sabéis, ponerle delante de su ordenador. <em>Asín</em> tiene que hacer login para usarlo.</p>
<p>Los dos guardias se relajaron de inmediato. Miraron a J… con una sonrisa afable y le hicieron una señal para que les siguiera hasta su escritorio. J… estaba a punto de soltar una retahíla sobre su privacidad, pero, puesto que ya había planeado caminar hasta el cubículo 43, sentarse y hacer login delante del mayor número posible de atónitos testigos, no tenía las palabras adecuadas preparadas para negarse.</p>
<p>Al pasar J… por su lado, la mujer del servicio de limpieza murmuró:</p>
<p>―Debería haber buscado trabajo en el zoo. Los animales son menos desastre que esta gente de oficina.</p>
<h3 id="heading_id_3" class="sgc-3 sgc-3">3.</h3>
<p>Un rato más tarde, pese a la ausencia de cualquier sonido humano, todo lo que el cliente podía hacer era quedarse mirándole, demasiado educado para expresar su confusión. Al principio J… estaba exultante, reclinado en la silla con las manos en los bolsillos, pero entonces empezó a vacilar, y finalmente se sintió decididamente asustado por la extrañeza abismal en la expresión de su cliente. J… había esperado llevar la situación como un profesional, pero ahora era tan incómoda para ambos que de hecho habría preferido que lo dejaran solo por el resto del día.</p>
<p>Finalmente, fue el cliente quien habló primero:</p>
<p>―Yo… eh… hum, estaba interesado en… hablar con…</p>
<p>―No soy algo de lo que tener miedo, ¿sabes?</p>
<p>―¿Perdón?</p>
<p>―Esto son negocios. No necesitamos conocernos el uno al otro. ¿Me importa a mí quién eres? ¿Te importa a ti quién soy, qué desayuno, que sitios visito, qué tamaño de tetas me gusta? Deberías preocuparte solo por conseguir que las cosas se hagan. Somos grandes, ¿no es cierto? Somos… hay muchos de nosotros. Podemos hacer lo que necesitas.</p>
<p>Le llevó un rato al cliente encontrar una respuesta.</p>
<p>―Discúlpeme. No pretendía ofenderle. Pero realmente nos gustaría, si no le importa, nos gustaría conocer a sus desarrolladores. Este es un proyecto complejo… nos gustaría asegurarnos de que su equipo se siente cómodo con él. Ciertamente, serán conscientes de las consecuencias de cualquier error, dados los precedentes.</p>
<p>―<em>Las consecuencias nunca serán las mismas.</em> Estoy seguro de que podemos construirlo. Tenemos la tecnología.</p>
<p>―Mire. No quiero ser maleducado, pero… ¿podría hablar con otra persona? Quizá podríamos ahorrar tiempo si pudiera tratar directamente con un ingeniero.</p>
<p>J… se enfureció por la actitud del cliente. Estaba enfurecido también por la mujer del servicio de limpieza, y por su esposa, y por su propia hija, y de repente se dio cuenta de que no había encontrado una víctima apropiada para toda esa rabia hasta entonces.</p>
<p>―¿Y a qué viene esto ahora? ¿Cuál es tu problema? Sí, te digo a ti. ¿Qué es lo que te han hecho? ¿Cómo les dejaste que te convirtieran en una oveja, todo desconfiado de la gente Anónima? Ya sé, por supuesto, te preguntan y tú dices, seguro, no tienes ningún problema con ello, es muy respetable, todo el mundo es libre de vivir a su manera. Pero dentro de tu cabeza lo odias. Oh sí, no me mires de esa forma. Lo sé. Estás pensando que es algo pasajero. Como una moda. O algo. Entras en la red, cuando los niños están durmiendo, y escribes de forma anónima en los foros, y te gusta. ¡Maldita sea si te gusta! Pero nunca darías el siguiente paso. Por la mañana eres Míster 84357… lo-que-sea número de ID. Naciste con el número en tu cabeza, y morirás con el número en tu cabeza. Porque no puedes elegir tu propio nombre. Porque le dejas al sistema decirte quién eres.</p>
<p>El cliente se levantó y recogió su chaqueta.</p>
<p>―Me marcharé ahora. Gracias por su tiempo.</p>
<p>J… le señaló por encima del escritorio y le siguió, recitando letras como si fueran balas.</p>
<p>―¡Despierta! ¡Esta es la verdad! ¡La verdad es A. N. O. I… ónimo!”</p>
<p>El cliente se apresuró entre las líneas de cubículos. J…, fuera de sí, gritó:</p>
<p>―¡Eh, Míster Número! ¿Sabes por qué el crío dejó caer su piruleta?</p>
<h3 id="heading_id_3" class="sgc-3 sgc-3 sgc-3">4.</h3>
<p>Fue la primera vez desde hace tanto como podía recordar que J… se encontró a sí mismo en la calle a media mañana, y era un día frío y gris. No ayudaba que, pese a que había ciertas protecciones para la gente trabajando de forma anónima, ya se daba por desempleado.</p>
<p>Había una parte de él que encontraba la situación apropiada. Ahora tenía una historia legítima que contar. Que haría que la gente se pusiera de su parte, incluso intentar causar suficiente desorden para forzar la mano del estudio. Cosas así habían pasado otras veces. Don nadies al azar se convertían en héroes sin nombre, todas las injurias eran reparadas, y la justicia era servida a aquellos que se creían por encima de los demás.</p>
<p>Sin embargo, no importaba cuánto intentara pensar de esa forma, el mediocre prospecto de perder su estándar de vida y convertirse en uno de los menos favorecidos Anónimos ―o, como él los imaginaba, cavernícolas de sótano sin trabajo y con sobrepeso―, se arrastraba por sus tripas y estrangulaba su garganta tratando de matar el espíritu con el que se había levantado aquella mañana.</p>
<p>Era una sensación familiar. Antes de que su alma fuera estrujada con éxito por la rutina de 9 a 5, solía ser acosado por el mismo demonio, y en aquel entonces sólo conocía una forma de mantenerlo a raya.</p>
<p>―Vlads, Rickrolls, Catsplosion ―voceaba el chico de la esquina―. Vlads, Rickrolls, Catsplosion ―repitió de nuevo.</p>
<p>J… se quedó parado cerca de él durante un rato, pero el chico de la esquina no parecía interesado en advertir su presencia. Aunque J… todavía llevaba la máscara, era normal que los yonquis fueran siempre como Anónimos, incluso hasta el punto de olvidar su propio nombre.</p>
<p>―Eh…</p>
<p>El chico de la esquina pareció incordiado, pero siguió sin mirarle.</p>
<p>―Eh, quiero algo… algo de eso ―insistió J…</p>
<p>―Vete a casa, tío. No vendemos lo que necesitas.</p>
<p>―Vamos. Soy un cliente. Puedo pagar.</p>
<p>―Tienes pinta de dar problemas.</p>
<p>―Eso no es cierto. No puedes decir quién o qué soy.</p>
<p>―Claro. Mira, así no vas a pillar nada en las esquinas. Búscate algo de fama primero, luego ya veremos. Todo el mundo se conoce por aquí.</p>
<p>―Esto no es justo. Podría ser cualquiera.</p>
<p>A pesar de que el chico de la esquina tenía dieciséis a lo sumo, J… se sintió como si estuviera protestando como un niño que ha decepcionado a un adulto.</p>
<p>―Quieres ser nadie ―dijo el chico de la esquina―, desenchufa, achanta la boca y quédate en casa, para que a nadie le importes una mierda. Todo lo que haces dice: soy un perdedor, ando perdido, voy a dar problemas. Si nos jodes y tenemos que averiguar tu nombre, vamos a estar cabreados de verdad. Vienes con tu propia cara, sabes que no te conviene dar problemas, hacemos negocio contigo. Vienes sin cara, piensas que no podemos encontrarte para hacerte pagar, y todo para nada. Porque te piensas que vales la pena, pero no es así. La reputación es todo, hasta para un yonqui. Las calles están mirando. En todas partes.</p>
<p>―¡Eso es una chorrada!</p>
<p>―Vete a tomar por culo.</p>
<p>―¡Esto es una idiotez! ¡El juego tiene reglas!</p>
<p>J… no terminó de hablar, porque el chico de la esquina estaba listo para despellejarle de su yo Anónimo y colgar los restos a secar.</p>
<p>Por suerte para J…, alguien llegó de ninguna parte y tiró de su codo.</p>
<p>―Yo me hago cargo de él ―dijo la voz de una anciana.</p>
<h3 id="heading_id_3" class="sgc-3 sgc-3 sgc-3 sgc-3">5.</h3>
<p>De algún modo, la anciana, pese a tener todas las arrugas de su edad, todavía tenía la apariencia de una joven artista que se hubiera fugado para llevar un estilo de vida alternativo.</p>
<p>Le guió hasta el parque más cercano, donde se sentaron en la hierba. Gente atareada pasaba por las aceras y algunos jubilados estaban disfrutando de un paseo. Los dos componían un extraño retrato: una mujer mayor que tenía el aspecto de una niña y un evidentemente aturdido hombre de mediana edad que no llevaba nada salvo la máscara de Anónimo. Incluso los perros callejeros no sabían si acercarse a investigar, ladrarles o salir corriendo.</p>
<p>―Pues… ―dijo J…</p>
<p>―Pues, sí. ¿Qué estabas haciendo ahí? ―preguntó la chica.</p>
<p>―Creo que eso era obvio.</p>
<p>―No tanto. A menos que lo que realmente quisieras fuera que te quitaran la vida.</p>
<p>J… miró hacia otro lado, con una pizca de orgullo herido.</p>
<p>―Corrígeme si me equivoco ―añadió ella―, pero no pareces muy cómodo siendo Anónimo. ¿Es tu primera vez? ¿Qué edad tienes?</p>
<p>―¿Por qué debería decírtelo?</p>
<p>Ella formó un círculo con sus manos, como tratando de ser mística.</p>
<p>―Gratitud. Da algo para recibir algo. Da algo cuando recibes algo. Eso es lo que mantiene el mundo en marcha.</p>
<p>―Podría haber llevado la situación yo solo, gracias.</p>
<p>―A un riesgo mayor de que te dieran una paliza, sin embargo.</p>
<p>―Eso no se puede saber.</p>
<p>―El karma es un río, no un botón hacia arriba o hacia abajo. La mayor parte de la gente que aguarda a la finalización para compartir nunca lo hace.</p>
<p>―¿De qué estás hablando?</p>
<p>―La reputación es cooperación. Si nunca te defines te vuelves indistinguible del ruido. Una actitud siempre defensiva es subóptima en un juego iterado sin fin del Dilema del Prisionero.</p>
<p>―¿Qué?</p>
<p>―¿Sabes por qué Anónimo tiene buena reputación?</p>
<p>―No tiene una buena reputación.</p>
<p>―Sí la tiene. Por eso lo llevas, ¿no es así? Porque te sientes bien. Pero te sientes bien porque muchos Anónimos hicieron de hecho algo extraordinario. Todas las cosas extraordinarias hechas de esa forma se van sumando, de modo que cuandoquiera que digas que eres parte de ello, disfrutas de forma inmediata de tu parte del reconocimiento. Por supuesto, alguien podría llevar una máscara anónima como si fuera una marca y conseguir karma extra por la cara. Pero… en realidad es muy difícil esconder el hecho de que no contribuiste nada.</p>
<p>―Chorradas. La identidad es esclavitud. La gente debe ser liberada de ella.</p>
<p>―Tienes que arriesgarte a ser alguien. El Anonimato es una red de seguridad para tu acción afirmativa. Si no compensas tu anonimato con acción, entonces los problemas de identidad nunca son solucionados, nada guay pasa jamás, y todo el mundo es esclavo del miedo de los demás.</p>
<p>J… le dirigió una mirada en blanco.</p>
<p>―Mira: es como la gente que vive en barrios residenciales: nadie conoce a nadie, nadie coopera con nadie, y nadie se enfrenta a otro estilo de vida que el suyo. Sus casas de tipo perfectamente promedio son su máscara Anónima. Pero lo cierto es que la identidad de todos está encadenada y enjaulada dentro, y pusieran jamás un pie en la calle, si se expusieran a sí mismos a la luz del sol, no sería comprendida, sería automáticamente votada abajo por sus vecinos. Por lo tanto, porque ese anonimato no está ahí en realidad como medio para ninguna gran acción, solo como medida defensiva, la identidad de todos palidece y se pudre y se convierte en mal karma, mientras todo el mundo finge que no es así permaneciendo en el interior. O, para explicarlo en pocas palabras, no debes ser Anónimo, sino actuar Anónimo.</p>
<p>―Yo he estado actuando…</p>
<p>―¿Y cuál es esa gran cosa que estabas intentando hacer que sucediera?</p>
<p>―La libertad de…</p>
<p>―Oh, venga. ―Ella se puso en pie, quitándose algunas briznas de hierba seca de sus pantalones.― ¿Te has fijado en que la gente que contribuye cosas extraordinarias ya está protegiendo su identidad contra el abuso? Porque aprenden a expresar una actitud guay, la seguridad de su propia identidad, incluyendo la capacidad para implicar enseguida a otra gente en su protección, puede depender de ellos mismos en vez de en una fuerza externa sin rostro. Eso es lo que estoy haciendo ahora ―te estoy enseñando a implicarte en algo grande, para que cuando necesites defender tu identidad no termines siendo rebotado de un lado a otro por todo el mundo, hasta por gente con la peor reputación.</p>
<p>La anciana le ofreció su mano para ayudarle a levantarse. J… dudó si no sería demasiado pesado para ella.</p>
<p>―¿Y quién eres tú para hacer como que sabes? Esto es más complicado que eso ―dijo J…</p>
<p>―Yo soy nadie. Como tú, estoy usando una máscara Anónima. Aunque ya le ha crecido una identidad que, en gran medida, también es la mía.</p>
<h3 id="heading_id_3" class="sgc-3">6.</h3>
<p>J… se sentó en el salón, cansado y preguntándose cómo iba a fingir la mañana siguiente en el trabajo que no había sucedido nada. Aún no se había quitado la máscara. Pequeño J estaba jugando en frente del sofa. Este le tendió un pote de juguete.</p>
<p>―Eh, papá. Ábrelo.</p>
<p>J… lo abrió. Había un león de plástico dentro.</p>
<p>―¡Es una trampa! ―exclamó Pequeño J, partiéndose de risa.</p>
<p>J… se quedó un buen rato mirándo el pote, hasta que de repente se dio cuenta:</p>
<p>―Espera. ¿Cómo sabes que soy papá?</p>
<p>―¿Uh?</p>
<p>―¿Cómo has sabido que soy papá?</p>
<p>Pequeño J le miró, intrigado.</p>
<p>―<em>Poque</em> ‘reces papá.</p>
<p>―¿De veras? Entonces… escucha. Entonces, ¿por qué estabas asustado esta mañana? ¿Te acuerdas de eso?</p>
<p>―Sip.</p>
<p>―¿Por qué estabas asustado?</p>
<p>―<em>Poque</em> no eras como papá. Pero ‘reces papá ahora.</p>
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		<title>Teaser del próximo relato</title>
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		<pubDate>Sun, 06 Feb 2011 18:34:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fran Ontanaya</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Mi próximo relato se titula “El jabón del Club Bilderberg” y está comprometido para la antología “Perversiones: Misterios sin resolver”. Se trata de una antología de unos treinta autores, organizada en los foros de Sedice.com y autoeditada mientras nadie diga lo contrario. Las antologías “Perversiones” toman historias de la cultura popular y les dan un giro diferente. El jabón del Club Bilderberg 1. Lio Ekans era sin duda el empleado más obscuro y enigmático de Lever Brothers, fabricantes de jabón entre 1885 y 1930. En documentos que nadie se acordaba de mirar figuraba como agente comercial; es decir, su trabajo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Mi próximo relato se titula “El jabón del Club Bilderberg” y está comprometido para la antología “Perversiones: Misterios sin resolver”. Se trata de una antología de unos treinta autores, organizada en los foros de Sedice.com y autoeditada mientras nadie diga lo contrario. Las antologías “Perversiones” toman historias de la cultura popular y les dan un giro diferente.</p>
<blockquote cite=""><h4>El jabón del Club Bilderberg</h4>
<p>1.</p>
<p>Lio Ekans era sin duda el empleado más obscuro y enigmático de Lever Brothers, fabricantes de jabón entre 1885 y 1930. En documentos que nadie se acordaba de mirar figuraba como agente comercial; es decir, su trabajo consistía en captar nuevos clientes yendo de puerta en puerta con su maletín lleno de jabones. El hecho de que pasara tanto tiempo en la calle contribuía a que ninguno de sus superiores tuviera oportunidad de cruzarse en su camino. Si lo hubieran hecho, aunque fuera solo una vez, nunca se habrían olvidado de este extraño sujeto, pues Mr. Ekans, cuyo origen era igualmente desconocido, tenía unas preferencias estrambóticas a la hora de vestir: las chaquetas largas bordadas de lentejuelas e hilos metalizados, el ostentoso sobrero de copa y los exóticos quevedos de cristal ahumado le daban un cierto aire de maestro de ceremonias circense, muy distante del estilo sobrio del promotor de los pequeños lujos de la era moderna que correspondía a su negocio y periodo histórico.</p>
<p>Cuando todas las empresas del imperio William Lever se concentraron en una sola marca, Unilever, en 1930, los responsables que habían trabajado con Mr. Ekans le perdieron la pista. Sus resultados aparecían en la contabilidad, año tras año, pero nadie recordaba haberle dado una sola instrucción o haber redactado los términos de sus sucesivos contratos.</p>
<p>El 29 de mayo de 1954 se dio apertura a la primera reunión del Club Bilderberg, inspirado por el político polaco Józef Retinger, el principe Bernhard de los Países Bajos, el primer ministro belga Paul Van Zeeland y el director de Unilever Paul Rijkens. El último hombre en cruzar la alfombra del hotel fue el mismo Mr. Ekans, cuyo nombre se había colado de algún modo en la lista de invitados.</p></blockquote>
<p>La redacción de los relatos termina el primero de marzo. A partir de esa fecha empezarán las tareas de edición.</p>
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		<title>¿Y si estuviéramos viendo el fin de la ciencia ficción en español?</title>
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		<pubDate>Mon, 08 Nov 2010 17:26:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fran Ontanaya</dc:creator>
				<category><![CDATA[Artículos]]></category>
		<category><![CDATA[ciencia ficción]]></category>
		<category><![CDATA[géneros]]></category>

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		<description><![CDATA[Hace un par de semanas intercambié mensajes con Emily Williams (@emilyw00) y Julieta Lionetti (@JulietaLionetti) en Twitter sobre el futuro de la ciencia ficción en español. Mi idea, basada más que nada en pequeñas observaciones aquí y allá, era que los lectores hispanos de ciencia ficción cada vez más estaban comprando las novedades editadas en inglés:   Para salir de dudas, decidí abrir una encuesta en el foro de ciencia ficción de Sedice.com. Los resultados a día de hoy son:   Y algunos de los comentarios: fonz.- En el caso de la cf por dos motivos, primero para leer magníficas [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace un par de semanas intercambié mensajes con Emily Williams (<a href="http://twitter.com/emilyw00">@emilyw00</a>) y Julieta Lionetti (<a href="ttp://twitter.com/JulietaLionetti">@JulietaLionetti</a>) en Twitter sobre el futuro de la ciencia ficción en español. Mi idea, basada más que nada en pequeñas observaciones aquí y allá, era que los lectores hispanos de ciencia ficción cada vez más estaban comprando las novedades editadas en inglés:</p>
<p><img src="http://www.franontanaya.com/wp-content/uploads/2010/11/tweet1.png" alt="" title="tweet1" width="480" height="200" class="aligncenter size-full wp-image-4778" /></p>
<p><img src="http://www.franontanaya.com/wp-content/uploads/2010/11/tweet2.png" alt="" title="tweet2" width="480" height="296" class="aligncenter size-full wp-image-4780" /></p>
<p> </p>
<p>Para salir de dudas, decidí abrir <a href="http://www.sedice.com/modules.php?name=Forums&#038;file=viewtopic&#038;t=41384">una encuesta</a> en el foro de ciencia ficción de Sedice.com. Los resultados a día de hoy son:</p>
<p><img src="http://www.franontanaya.com/wp-content/uploads/2010/11/encuesta-ciencia-ficcion.png" alt="" title="encuesta-ciencia-ficcion" width="480" height="150" class="aligncenter size-full wp-image-4781" /><span id="more-4774"></span></p>
<p> </p>
<p>Y algunos de los comentarios:</p>
<blockquote cite=""><p>fonz.- En el caso de la cf por dos motivos, primero para leer magníficas obras que dudo mucho lleguen ya a ser traducidas […] A veces me equivoco y acaban por publicarse en castellano como me pasó con Swanwick o Ligotti, pero no me arrepiento porque entra en juego el segundo factor.</p>
<p>Y el segundo factor es que, por las características peculiares del mercado anglosajón los libros son muuuuucho más baratos, pero hasta el cincuenta por ciento más baratos […] Por no hablar del mercado de segunda mano, donde encuentras absolutas gangas. Si le añadimos que ya ni en Bookdepository ni en Amazon.co.uk cobran gastos de envío…</p></blockquote>
<blockquote cite=""><p>Palanthas.- He votado que la mayor parte de lo que leo es en inglés, las razones las mismas que han dicho antes, encuentras muchas más cosas y mucho más baratas. Y además te ahorras el tener que sufrir alguna que otra traducción desastrosa. </p></blockquote>
<blockquote cite=""><p>ChicaAcuario.- Voté que leo una pequeña parte, pero en realidad debería decir “he leído” pues la verdad es que cada vez me es más fácil y económico comprar los originales en inglés que intentar rastrearlos en español. No digo yo ya que no los traducen, sino que ni siquiera los traen a mi país. Así, pues, estoy recurriendo a los originales en primera opción. También he descubierto que me gusta leer el original, tal cual fue escrito por el autor, sin intermediarios.
</p></blockquote>
<blockquote cite=""><p>JuanCarlos.- No he intentado leer en ingles porque hay mucha cf interesante en castellano en original a la que dedico mucho tiempo, y para el poquito que me queda disponible, hay traducido más que suficiente para elegir. El precio tampoco es un argumento que me llame ya que tiro mucho de mercado de segunda mano.</p></blockquote>
<blockquote cite=""><p>Novan.- Pues yo leo en inglés todo lo que no esté escrito en español o alemán. A parte de las razones obvias porque las ediciones son mejores, más baratas y para los de nueva publicación no hay que esperar.</p></blockquote>
<blockquote cite=""><p>JoseRpK2.- Pero como!! si ya me cuesta en castellano!!. Ahora en serio, ya me gustaría poder disfrutar en su lengua de origen de todas las obras, porque muchas traducciones dejan mucho que desear.</p></blockquote>
<p>Al número creciente de lectores competentes en inglés se suman las dificultades que tiene la ciencia ficción escrita por autores hispanohablantes y la posibilidad que de vez en cuando oigo comentar a algún autor de escribir directamente en inglés, si no para competir con las obras nativas, sí para llegar a lectores que también tienen el inglés como segunda lengua.</p>
<p>Formar autores de ciencia ficción en español siempre ha sido difícil de por sí, teniendo en cuenta que a casi todos los niveles la remuneración era nula o testimonial. Durante cierto periodo el máximo reconocimiento al que se aspiraba en España era publicar en francés, y cualquier asomo de talento migró enseguida a pastos más verdes. Así que, si aumentan los incentivos para leer y escribir el género en inglés, la situación parece aún más complicada para el género en español.</p>
<p>Por otro lado ―no todo va a ser malo―, esto podría abrir una nueva oportunidad. Las traducciones de ciencia ficción podrían resentirse de tener que competir con la versión original hasta el punto de caer por debajo del umbral de rentabilidad. Eso dejaría abandonados a un cierto número de lectores que no se sienten ni se van a sentir confortables intentando leer en inglés. Su única esperanza, por tanto, sería que los autores hispanohablantes recogieran el testigo. No obstante, para que esto sucediese tendrían que vencerse otros dos problemas: cómo atraer y pulir el talento nativo, y cómo esquivar el derrotismo cultural que hace preferir lo que viene de fuera.</p>
<p>Respecto a esto también hay <a href="http://www.sedice.com/modules.php?name=Forums&#038;file=viewtopic&#038;t=40962">otra discusión</a> en Sedice.com:</p>
<blockquote cite=""><p>Waylander.- La única pena que veo yo es que no se edita más obra de ciencia ficción y fantasía española. Y la culpa como siempre es Don Dinero. Ya que dichos géneros no suelen dar para comer y los bueno autores “se venden” a los géneros que si les dan perras, como la novela histórica por ejemplo.</p></blockquote>
<blockquote cite=""><p>Halcyon.- Como a mi lo único que me interesa es el hard muy poco hay en la CF española a lo que preste mayor atención.</p>
<p>En ese campo hay algunas novelas cortas aceptables en los premios UPC, y algún libro suelto. Y, desde luego, no veo que este, en general, al nivel de los mejores autores hard anglosajones.</p></blockquote>
<blockquote cite=""><p>Berrinche.- El referirme a los escritores que escriben en español original y no sólo a los españoles, es debido al motivo que he comentado en otra intervención arriba, que los efectos suelen ser los mismos al hablar de un autor o de una obra de un español, o de un mexicano, cubano, chileno,…, lo normal es que los aficionados no los conozcamos.</p></blockquote>
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		<title>Jerry</title>
		<link>http://www.franontanaya.com/stories/jerry/</link>
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		<pubDate>Fri, 13 Aug 2010 18:08:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fran Ontanaya</dc:creator>
				<category><![CDATA[ciencia ficción]]></category>
		<category><![CDATA[ingeniería genética]]></category>
		<category><![CDATA[medicina]]></category>

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		<description><![CDATA[Silencio. De repente, una voz, artificial. «Sitúa el cubo dorado, junto al tetraedro.» Cinco dedos romos, rugosos, asieron el cubo dorado. Lo levantaron. Rápidamente, la pequeña mano llevó la figura, hacia la izquierda, y la dejó junto al tetraedro. Una leve punzada en la cabeza. Agradable. De nuevo la voz. «Clasifica las esferas, por colores.» Las esferas estaban en una caja, guardadas en sus moldes de madera. Un corto brazo tiró de ella para acercarla. Tomó una esfera roja, la mano derecha; la izquierda alzó una esfera verde. La roja pasó al primer hueco. La mano derecha tomó la esfera [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Silencio.</p>
<p>De repente, una voz, artificial.</p>
<p>«Sitúa el cubo dorado, junto al tetraedro.»</p>
<p>Cinco dedos romos, rugosos, asieron el cubo dorado. Lo levantaron. Rápidamente, la pequeña mano llevó la figura, hacia la izquierda, y la dejó junto al tetraedro.</p>
<p>Una leve punzada en la cabeza. Agradable.</p>
<p>De nuevo la voz.</p>
<p>«Clasifica las esferas, por colores.»</p>
<p>Las esferas estaban en una caja, guardadas en sus moldes de madera. Un corto brazo tiró de ella para acercarla. Tomó una esfera roja, la mano derecha; la izquierda alzó una esfera verde. La roja pasó al primer hueco. La mano derecha tomó la esfera amarilla…<span id="more-4487"></span></p>
<p>Las esferas estaban ordenadas conforme a la secuencia del espectro. Otra punzada y regresó la sensación agradable.</p>
<p>«Ve a la mesa, de matemática.»</p>
<p>Un cuerpecito ligero bajó de la silla frente a la mesa de noción espacial. Dos pies arrugados, desnudos, avanzaron sobre la moqueta blanca. Hasta la silla de la mesa de matemática.</p>
<p>No hubo punzada.</p>
<p>«Suma, siete más dos.»</p>
<p>Los deditos asieron un ábaco, y continuaron con su tarea…</p>
<p> </p>
<p>—¿Hasta dónde puede llegar?</p>
<p>El doctor D. E. Sherman frunció el ceño. Aquella era la sexta vez que el delegado del gobierno le preguntaba lo mismo aquel día. Por desgracia, no podía ahuyentarlo con la clásica batería de tecnicismos. Edward Amraw poseía el mismo nivel intelectual que Sherman, superior incluso al de gran parte de los miembros de la investigación. Sin embargo, en vez de dedicarse a la ciencia, Amraw había decidido poner sus dotes al servicio de la política. O, mejor dicho, la política al servicio de sus dotes. </p>
<p>—Es difícil saberlo —respondió Sherman—. Tal vez supere la cualificación estándar, o tal vez no. </p>
<p>El delegado frunció el labio superior. En parte porque el sujeto tenía pinta de apestar. En parte porque la situación apestaba.</p>
<p>—No puedo creer que les esté costando tanto hacer que supere las pruebas. Ya deberían tener la fórmula para alcanzar los objetivos.</p>
<p>—Me temo que no somos alquimistas, señor Amraw. No sabremos cuál será la clave hasta que la descubramos y, aun así, tendremos que hacer más pruebas para certificar que es la solución correcta.</p>
<p>Amraw osciló brevemente sobre la punta de sus pies.</p>
<p>—Le recuerdo que soy un político, Sherman, no un ignorante. Quiero fechas, plazos. Si yo le encargo un perro azul, usted ha de contestarme: “Estará listo para el lunes, Ed”. </p>
<p>Sherman hizo rodar los ojos.</p>
<p>—No tenemos datos suficientes. En esta rama de la ciencia tanto da equivocarse por un poco que por mucho.</p>
<p>—¿Cómo puede decir que no tiene aún suficientes datos? Llevan diez años trabajando en esto.</p>
<p>—Estamos hablando de millones de variables. ¿Quiere probar suerte usted mismo?</p>
<p>Amraw hizo un sonido desaprobatorio.</p>
<p>—Ésa no me parece una actitud muy apropiada. Está bien, deme al menos un cálculo aproximado… es igual si el margen de error son unos días, o incluso semanas.</p>
<p>—No hay ningún cálculo aproximado que dar. No tenemos datos suficientes.</p>
<p>—Doctor Sherman —Amraw adoptó un tono de falsa condescendencia—, yo no soy un científico, pero usted tampoco es un político. Fíjese bien, porque quiero que vea la lógica de la situación: una guerra entre hoy y las próximas elecciones puede cambiar el signo de muchos o pocos votos. Si no mueren nuestros soldados, los votos serán favorables, y el dinero para su investigación abundante. Si tienen que morir soldados, los votos serán desfavorables, y su investigación habrá sido inútil.</p>
<p>Sherman le apuntó con un dedo tembloroso.</p>
<p>—No piense que va a cargar sobre nosotros la responsabilidad por las decisiones del gobierno. La ciencia no progresa por decreto. Siete sujetos han muerto ya por culpa de sus plazos. Siete sujetos entrenados a costa de una buena parte del presupuesto.</p>
<p>—Doctor, no va a ganar más tiempo con ese argumento —Amraw miró de nuevo hacia la sala de entrenamiento—. Si no puede ofrecer resultados, siempre le podemos reemplazar por alguien más competente. Alguien que sepa sacarle provecho a sus «sujetos».</p>
<p>—Usted no sabría distinguir entre la competencia y el aire que le sopla en las orejas.</p>
<p>Amraw adoptó una postura pedante; puso las manos en la espalda, alzó las oscuras cejas y apartó la vista de la vitrina. El pelo, recogido en la nuca, osciló con un toque negligente.</p>
<p>—Quizá. Pero es un riesgo calculado. Ante todo me aseguro de no dejar asuntos importantes en manos de nadie que se crea más listo que yo.</p>
<p>Amraw se despidió con un gesto vago. Sherman se quedó solo, indignado. El hombre ni siquiera había esperado a ver los ejercicios de la mesa de electrónica.</p>
<p>Dio un par de golpecitos en la vitrina. Cuando el sujeto alzó la vista hacia él, encendió el micrófono.</p>
<p>«Jerry, descansa.»</p>
<p> </p>
<p>La mañana siguiente, Jerry estaba de nuevo frente a una mesa, en la sala de entrenamiento. Tenía una leve consciencia de que las prácticas habían sufrido alguna alteración el día anterior. Hacía bastante tiempo que no le pedían que resolviera los problemas más sencillos. Del mismo modo, los estímulos de aquel día habían sido muy poco satisfactorios.</p>
<p>La voz estaba allí otra vez. Como todos los días.</p>
<p>«Monta un módulo, el setenta y dos.»</p>
<p>Sus cortos dedos buscaron el diagrama en un montón de fichas. Lo encontró, sus pequeños ojos oscuros observaron los pequeños símbolos. A su lado tenía una pila de placas de prueba; delante, dos clasificadores etiquetados con los mismos símbolos. </p>
<p>Empezó a reunir los componentes, uno por uno. Luego sus rosadas yemas los introdujeron en las conexiones de la placa de prueba. Enchufó la clavija del cable de alimentación, ajustó el transformador al voltaje correcto y conectó el módulo.</p>
<p>El ojo de cristal del techo evaluó el trabajo de Jerry. Era correcto y se lo hizo saber de la forma habitual.</p>
<p style="text-align:center">* * *</p>
<p>—¿Qué está haciendo ahora?</p>
<p>La doctora Ernid M. Basker observaba a través de la vitrina, junto al doctor Sherman. Su especialidad era la neurónica. La del doctor la ingenética.</p>
<p>—Está montando una escucha telefónica.</p>
<p>—Nuestro querido Jerry ya es todo un Guglielmo Marconi. Es un alumno avanzado, ¿verdad?</p>
<p>—No tenemos nada mejor —rezongó él.</p>
<p>La doctora Basker decidió ir al grano.</p>
<p>—Ayer estuvo aquí un delegado del gobierno.</p>
<p>—Sí.</p>
<p>Sherman no añadió nada más, salvo una mueca de amargura. La sola mención de aquel hombre le causaba indigestión.</p>
<p>—Y ¿bien?</p>
<p>—¿No has leído el informe?</p>
<p>La doctora sonrió, irónicamente.</p>
<p>—Nunca he sido capaz de descifrar los informes oficiales, Shery. Contienen tres eufemismos por cada dos palabras.</p>
<p>—Ya, bien. El gobierno quiere resultados. No creo que nos concedan más de dos o tres meses.</p>
<p>—¿Y qué piensan hacer cuando pasen y vean que aún no está listo su ejército de leales soldados?</p>
<p>—Cortar el presupuesto y degradarme de por vida. Por lo visto hay “escasez de catedráticos” en la costa oeste. Esa serpiente de Amraw…</p>
<p>La voz de la doctora se tornó dulce.</p>
<p>—¡Oh, pobrecito! —le pasó la mano por la mejilla—. Nadie comprende a este triste y desvalido científico loco.</p>
<p>Se rió y Sherman le acompañó con una sonrisa. Pulsó rápidamente en el teclado, sin importarle el número, y  dedicó toda su atención a la doctora. La asió por la cintura, y juntos se dirigieron hacia la salida.</p>
<p>«Monta un módulo, el setenta y cuatro.»</p>
<p style="text-align:center">* * *</p>
<p>Las dos figuras tras la vitrina se marcharon, entre susurros y risas fugaces. Jerry se quedó solo en la sala de entrenamiento. Siguió con su trabajo, ajeno.</p>
<p>Primero, la placa de pruebas…</p>
<p> </p>
<p>—Es Amraw, al teléfono.</p>
<p>Sherman lo maldijo lejos del alcance del móvil. Lo tomó de la mano del empleado y se sentó en su silla.</p>
<p>—Sherman —contestó.</p>
<p>—«Ah, doctor. Parece que no tiene mucha importancia en su jerarquía de prioridades atender la llamada de un representante del gobierno.»</p>
<p>—Ya le dije la última vez que algunos sí sabemos distinguir la competencia del aire.</p>
<p>—«No, doctor. Es usted el que no distingue la confianza de la incompetencia. Nuestro sentido de la incompetencia. El tiempo del que disponen se está agotando. Bien, ¿dónde están los resultados?»</p>
<p>—Demonios, Amraw. Hace tres semanas que estuvo aquí. ¿No tiene nada mejor que hacer?</p>
<p>—«Quizá no me entendió. Les pedí que tomaran lo que tuviesen y me dieran algo útil. Dígame, y ya sabe lo que espero oír: ¿están ya preparados para entrenar unidades de infantería?»</p>
<p style="text-align:center">* * *</p>
<p>«Dispara, a la diana roja.»</p>
<p>Las arrugadas manos alzaron el arma, de diseño y peso adaptados a su constitución. Alineó la mirilla con el blanco. Abrió fuego, y acertó.</p>
<p style="text-align:center">* * *</p>
<p>—Tendremos resultados definitivos dentro de treinta días. Entonces podremos empezar los entrenamientos en serie.</p>
<p style="text-align:center">* * *</p>
<p>«Coloca la esfera, en el pozo de agua.»</p>
<p>En una sala que reproducía un suburbio tropical, Jerry tomó la esfera, y llegó hasta el pozo. Era un hueco demasiado grande para la esfera. Buscó uno que fuera de la medida exacta.</p>
<p>Una punzada dolorosa reprendió su acción. Retrocedió de nuevo hasta el pozo y arrojó la esfera al interior.</p>
<p style="text-align:center">* * *</p>
<p>—«¡Maldita sea, Sherman! Usted no comprende nada de lo que está en juego, ¿verdad? Si le pregunto si tiene resultados, es porque el gobierno los necesita ya. ¡No dentro de un mes!»</p>
<p style="text-align:center">* * *</p>
<p>«Coloca la mina, en el camino de tierra.»</p>
<p>Jerry dudó un momento. Los electrodos chispearon, sacudiendo las riendas de sus cerebro. Observó a su alrededor y encontró algo con lo que cavar la tierra del falso escenario.</p>
<p style="text-align:center">* * *</p>
<p>—Si quiere que empecemos el entrenamiento, Amraw, aumente el presupuesto. No voy a sacrificar otra vez a los sujetos de la investigación para tener que empezar luego de cero.</p>
<p>—«Doctor, deje que sea yo quien hable de presupuestos. Usted limítese a cumplir el programa. Y piense cómo arreglárselas con lo que tiene, porque no va a recibir más hasta las elecciones».</p>
<p>—Desde luego. ¿Y qué será su próximo capricho, Amraw? ¿Bombas nucleares a veinte centavos en gomas de mascar?</p>
<p>—«¡Sherman! ¡Gastamos en investigación mil veces más que hace cincuenta años! ¡Y en proporción no se les exige más que la mitad de resultados! ¡La mitad, no menos!»</p>
<p style="text-align:center">* * *</p>
<p>Los electrodos le azuzaron. Tomó la mina, comenzó a colocarla en el hoyo recién excavado. Sus dedos nudosos se deslizaron torpemente por ella. Se le resbaló. Trató de cogerla en el aire, pero la asió por el detonador.</p>
<p>«¡Mal!»</p>
<p>Una oleada de dolor crispó sus músculos a lo largo de toda su médula. </p>
<p>Comenzó de nuevo.</p>
<p>Tomó la mina; la resaca del dolor aún reverberaba en su piel. Se distrajo, la palma de su mano izquierda apretó el detonador.</p>
<p>«¡Mal!»</p>
<p>Se arqueó, rígido. Pasaron los segundos. Los electrodos le liberaron. Jerry jadeaba fuertemente. Se puso en pie, aturdido, y pisó la mina.</p>
<p>«¡Mal!»</p>
<p>Corrió, lejos de allí… «¡Mal!» …cayó, se levantó. Quería que le abriesen la puerta.</p>
<p>«¡Mal!»</p>
<p>Se sujetó las sienes.</p>
<p>«¡Mal!»</p>
<p>«¡Mal!»</p>
<p>Su cuerpo yacía inconsciente en el suelo de la sala de pruebas, en medio de un charco de orina, cuando alguien dejó de activar los electrodos.</p>
<p style="text-align:center">* * *</p>
<p>En su agitación, el doctor Sherman se levantó y volcó su silla.</p>
<p>—¡Métase sus proporciones por donde le quepan! ¡Quiere comprar un ejército con las migajas de sus proyectos de armas imposibles y prototipos de cohetes que terminan en la chatarra! ¡Si quiere resultados, denos más tiempo! ¡Si no tiene tiempo, cambie los planes, Amraw!</p>
<p>—«¡Doctor, la guerra no puede detenerse! ¡Mañana será tarde! ¡Si no tenemos soldados, perderemos las refinerías de Nigeria, y Dios sabe que no vamos a rogar a la ONU que se encargue de combatir a la guerrilla!<br />
¿Cree que puede cuestionar la política exterior de los Estados Unidos y no acabar algo más que profesionalmente muerto?»</p>
<p>Sherman tembló de tensión, casi convulsivamente. Las uñas se le marcaron en la palma de la mano izquierda.</p>
<p>—«¿Y bien?»</p>
<p>—Tendrá sus soldados —dijo al fin, con voz rota—. Nada más termine el entrenamiento los prepararemos para el traslado…</p>
<p>—«¿Ve, doctor, cómo usted estaba equivocado? Sólo necesitaba la motivación adecuada para encontrar los resultados.»</p>
<p>—… pero le advierto, Amraw: es usted quien cargará con la responsabilidad del fracaso.</p>
<p>—«Doctor Sherman, doctor Sherman. Qué poco sabe de historia. Pero no se preocupe. El ejército sabrá sacarle provecho a sus sujetos, se lo garantizo. Cumpla con su parte y usted y yo seguiremos siendo amigos. ¿Verdad que lo seremos, doctor?»</p>
<p> </p>
<p>La doctora Basker abrazó a Sherman, dando y buscando consuelo.</p>
<p>—¿Qué vamos a hacer? —le preguntó.</p>
<p>Sherman se escabulló de los cálidos brazos para sentarse, rígidamente, en el canto de un sillón.</p>
<p>—No es nuestro problema si los sujetos fallan. Saben que no pueden contratar a nadie más para hacer este trabajo.</p>
<p>—¿Y todo el tiempo que hemos invertido?</p>
<p>—No importa. Aceleraremos el entrenamiento. Si son lo bastante hábiles para demostrar su potencial será suficiente para nuestros propósitos. Conseguiremos el dinero que nos hace falta. Además, son de usar y tirar, ya lo sabes.</p>
<p>La doctora Basker se sentó en sus rodillas. Abrazó su cuello, y compuso un apenado beso en sus labios.</p>
<p>—Lo sé. Pero me aburre tener que comenzar de nuevo. La próxima será la última vez, ¿verdad, Shery?</p>
<p> </p>
<p>Jerry descansaba en su silla. Había terminado la última sesión de entrenamiento.</p>
<p>Había fracasado en todas las pruebas.</p>
<p>La sala estaba vacía. La vitrina también. Hacía dos semanas que se habían acabado las atenciones. En su oscura piel se empezaba a dibujabar el perfil de sus costillas.</p>
<p>Todavía aguardaba a la voz. Quería escucharla, que le dijera algo agradable: Jerry, suma ocho más tres. Jerry, apila las maderas. Jerry, monta el módulo nueve. Pero no escuchaba nada.</p>
<p>Sería dentro de un momento. O quizá ya era el momento. ¿No oía algo?</p>
<p>No.</p>
<p>¿Tal vez ahora?</p>
<p>No.</p>
<p>Recorrió la mesa con la vista. Sus almendrados ojos marrones saltaron de un objeto a otro. De pronto, escuchó un murmullo, una voz que le susurraba dentro de su cabeza:</p>
<p>«Monta el módulo noventa y ocho.»</p>
<p>Concentrado intensamente, ensambló los componentes sobre la placa de pruebas. El módulo noventa y ocho sólo lo había montado antes en una ocasión. Aquella vez lo había reconocido: era igual que los aparatos con los que le habían castigado antes de tener los electrodos.</p>
<p>Terminó de montar el circuito y lo conectó al transformador. Esperó a la voz, que dijo:</p>
<p>«Conecta el transformador.»</p>
<p>Sus deditos de gruesa piel vibraron de ansiedad, mientras encendían el transformador y un arco eléctrico saltaba entre dos polos.</p>
<p>«Tócalo.»</p>
<p>Su mano, débil, temblorosa, dudó a escasos centímetros del montaje.</p>
<p>«Tócalo, Jerry. Fuera de aquí todo es agradable.»</p>
<p>Jerry cortó el arco con su palma áspera. Una convulsión eléctrica tensó el cuerpo de la pequeña criatura, que respiró de forma entrecortada, se deslizó sobre la mesa y finalmente cayó al suelo, sin vida. Una fina nube de humo salió de los electrodos de su cabeza sin pelo.</p>
<p> </p>
<p>El homúnculo de la celda J, Jerry, fue el último que interrumpió su experimento antes de completar su entrenamiento. La causa de su muerte, según el doctor Sherman, fue «defecto de fabricación». </p>
<p>Ed Amraw, delegado del Departamento de Defensa, aprobó el informe.</p>
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		<title>El cielo de los ángeles</title>
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		<pubDate>Fri, 13 Aug 2010 15:03:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fran Ontanaya</dc:creator>
				<category><![CDATA[ángeles]]></category>
		<category><![CDATA[ciencia ficción]]></category>
		<category><![CDATA[demonios]]></category>
		<category><![CDATA[distopía]]></category>
		<category><![CDATA[guerra]]></category>
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		<description><![CDATA[Luis asomaba las ojeras bajo el casco, encogido en sus ropas de campaña, y se frotaba las manos. Se le habían helado mientras sostenía el rifle. Estábamos expuestos a los cuatro vientos, los mismos que arrastraban sobre Zacatecas legiones de nubes cargadas de ceniza. Más allá del horizonte ardía un incendio sin control. El campanario izquierdo de la catedral, el que seguía intacto, estaba encerrado en una jaula electrificada. Podías oír el zumbido si te acercabas a los barrotes. —Pero, ¿qué son? —pregunté. —Ángeles, Chico. Luis no apartaba los ojos del cielo. Su mirada se achicaba con el paso de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Luis asomaba las ojeras bajo el casco, encogido en sus ropas de campaña, y se frotaba las manos. Se le habían helado mientras sostenía el rifle. Estábamos expuestos a los cuatro vientos, los mismos que arrastraban sobre Zacatecas legiones de nubes cargadas de ceniza. Más allá del horizonte ardía un incendio sin control.</p>
<p>El campanario izquierdo de la catedral, el que seguía intacto, estaba encerrado en una jaula electrificada. Podías oír el zumbido si te acercabas a los barrotes.</p>
<p>—Pero, ¿qué son? —pregunté.</p>
<p>—Ángeles, Chico.</p>
<p>Luis no apartaba los ojos del cielo. Su mirada se achicaba con el paso de las horas, finas y duras arrugas se formaban bajo los ojos y las sombras crecían en sus mejillas sin afeitar. Sin embargo, no había nada en el mundo que lo tentara a descansar antes de que saliera el Sol.<span id="more-4466"></span></p>
<p>Mientras tanto, yo solía quedarme observando las calles a través de los prismáticos. Estaba convencido de que un día heredaría aquel puesto y de que, cuando me hiciera viejo, otro lo heredaría a su vez, y así hasta el fin de los días, pues aquel era el orden normal de las cosas. En los dos meses que llevaba fuera del búnquer no había conocido otra clase de vida.</p>
<p>—Mamá y papá decían que los ángeles eran buenos —le reproché a Luis.</p>
<p>—Eso sólo es en los cuentos para dormir.</p>
<p>La ciudad que yo miraba no tenía color. Las nubes no dejaban que el sol de la mañana llegara al suelo. Las columnas de cemento rotas se erguían como estacadas y entre ellas, aquí y allá, el humo de pequeñas hogueras ensuciaba el aire. Había mucha historia enterrada bajo los escombros: coches, trajes elegantes, aparatos de música, carteles de cine. Todo se pudría poco a poco y caía en el olvido.</p>
<p>—Pero antes los ángeles no eran así.</p>
<p>Seguí a través de los prismáticos las pequeñas figuras que se deslizaban entre los muros quebrados, individuos sombríos que caminaban con pies ligeros como gatos bajo la lluvia. Cada cierto tiempo se paraban y se quedaban mirando al cielo.</p>
<p>—No hay antes. Los ángeles siempre han sido así.</p>
<p>—¿Por qué?</p>
<p>Yo no había sabido nada de los ángeles, aparte de lo que decían los libros, hasta dos meses atrás, cuando uno de ellos decidió posarse en el tejado de mi casa. Estuvo merodeando toda la noche, arrancando tejas y rompiendo ventanas, y se marchó al amanecer cuando se quedó satisfecho.</p>
<p>La unidad de Luis, que estaba patrullando las afueras en busca de comida, se acercó para echar un vistazo. Encontraron a mis padres tirados entre las malas hierbas de la entrada. El descuido de la calle contrastaba con su aspecto aseado. Los dos iban bien vestidos, como si fuera domingo y los hubieran sorprendido al ir a misa.</p>
<p>Luis sabía lo que eso quería decir. Registró la casa a conciencia hasta encontrar nuestra habitación del pánico. Le costó un poco convencerme para que abriera la puerta. Mis padres me habían dicho que no saliera bajo ningún pretexto mientras me quedara agua para un mes. Habían hecho una raya con un rotulador en el medidor del tanque de agua, señalando hasta dónde debía llegar. Todavía quedaba suficiente para tres meses.</p>
<p>En cuanto Luis consiguió que le abriera, me tomó en brazos y, sin perder el tiempo, me sacó de casa, tapándome los ojos al cruzar la calle. En realidad no había mucho que ver. Cuando las víctimas de los ángeles no se resistían solían quedar ilesas. Las patrullas a veces las encontraban con vida, aunque para entonces solo eran recipientes vacíos.</p>
<p>Yo no me di cuenta de que mis padres me habían abandonado hasta que Luis me sentó en el interior de la tanqueta y me dio su casco para que jugara con él. Había pasado varios años encerrado en el búnquer y me había acostumbrado a que mis padres trataran de distraerme con cualquier cosa cuando fuera estaba pasando algo. Así que en aquel momento, como si el casco tuviera la culpa, rompí a llorar.</p>
<p>Desde entonces, Luis se convirtió en mi hermano mayor. Todas las familias en aquella época eran como la nuestra: colecciones accidentales de parches y retazos. La gente llenaba los huecos que dejaban los ángeles sin pararse a pensar en qué número hacía el nuevo padre, madre, hija, hijo, marido, mujer, hermana o hermano.</p>
<p>Aquella mañana Luis y yo estábamos aguardando con impaciencia que llegara el final del turno. Pablo, que tenía el turno de día, tenía que haber llegado antes de que los supervivientes salieran de los refugios, pero el hambre estaba empezando a apretar y todo el mundo quería ser el primero en llegar a las escombreras.</p>
<p>Luis se rascó un picor en la sien y luego, con el casco ladeado, apoyó los brazos en las piernas y me contestó:</p>
<p>—Los ángeles no son malos. Solo tienen hambre, como nosotros. El problema es que ellos se alimentan de nuestra conciencia, alma o lo que sea.</p>
<p>—Pero las almas no se comen.</p>
<p>Luis se puso a remover los fardos entre los que estaba sentado para prepararse un café. Fue dejando todo entre sus piernas: un termo de agua caliente, una cucharilla, un cazo desportillado y una lata llena de sobres de café instantáneo. Cogió un puñado y fue mirando las fechas de caducidad. Me dio dos que estaban muy pasados para que me entretuviera arrojándolos fuera y viéndolos caer. No había nada para endulzar. La gente escondía el azúcar y la miel en vez de compartirlos.</p>
<p>Después de tirar los sobres, me quedé mirando el paisaje. Las vistas eran la única distracción. No había ningún edificio más alto que la catedral. Desde allí se podía avistar el valle entero: al norte, al sur, al este, al oeste… siempre la misma estampa de casas vacías y calles abandonadas.</p>
<p>Luis tomó un sorbo de su café y se frotó los labios, rodeados por la barba del día. Luego, me dijo:</p>
<p>—Cuando los ángeles te pillan, se comen tu voluntad y te dejan vacío, como un vegetal. Antes vivían en la estela de la Tierra y se comían la conciencia de los muertos, como las gaviotas detrás de un barco.</p>
<p>—Pero ahora están aquí.</p>
<p>—Pero ahora están aquí. Mira… un siglo atrás hubo muchas guerras. Murió mucha gente. Los ángeles se multiplicaron y entonces el alimento empezó a escasear. Así que se pusieron a pelearse por los restos y acabaron siguiendo la estela hasta la Tierra.</p>
<p>Ya saben cómo sigue la historia. Los ángeles comprimieron sus alas y descendieron del cielo por millones. Su piel estaba hecha para resistir las condiciones del espacio, así que las armas no les hacían nada. La única forma de eliminarlos era dispararles cuando abrían su boca abisal para devorar a sus víctimas. Mientras tanto, la gente que caía en la batalla moría sin morir. Y de los muertos, millones de muertos, nacían más ángeles que se abatían como una plaga sobre los vivos.</p>
<p>—¿Al final se irán?</p>
<p>—No. No pueden salir volando de la Tierra. Están atrapados aquí. Si nosotros nos extinguimos, ellos desaparecen también.</p>
<p>El cazo de Luis estaba vacío. Tenía los ojos vidriosos de dormir poco y miraba cansado las nubes. Cuando ambos dejamos de hablar, nos dimos cuenta de que alguien subía por la escalera del campanario. Podíamos oír las respiraciones agitadas entre el eco de las paredes.</p>
<p>Pablo fue el primero en entrar:</p>
<p>—Relevo —dijo, casi sin aliento. Detrás se oyó otra voz:</p>
<p>—Buenos días.</p>
<p>Esther se llevó una mano al pecho. Sus mejillas se habían ruborizado con el esfuerzo. Llevaba su uniforme de enfermera, un traje de fieltro cuidadosamente lavado para que no se notaran las manchas de sangre.</p>
<p>Pablo se hizo paso, pidiendo disculpas, y ocupó el lugar de Luis. Esther y Luis se encontraron muy apretados en el espacio junto a la escalera.</p>
<p>—Buenos… días —respondió Luis, cortado—. No hacía falta que subieras.</p>
<p>—Pensé que…</p>
<p>—Es tarde. Tenemos que llevar a Chico al refugio.</p>
<p>—Demos un paseo corto. Si no luego no dormirá.</p>
<p>Luis me hizo una seña para que me moviera. Luego, mientras me ayudaba a bajar por la escalera, le dijo a Esther:</p>
<p>—Dame un minuto. Me arreglaré.</p>
<p>—Claro.</p>
<p>—Estoy hecho una pena.</p>
<p>Luis y Esther estaban saliendo juntos. En realidad no se habían declarado, así que formalmente, si no en la práctica, solo paseaban todos los días antes de volver a los refugios. En aquellos tiempos, con la muerte pendiendo sobre nuestras cabezas, era difícil prometerse que permanecerían uno al lado del otro.</p>
<p> </p>
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		<title>El astronauta</title>
		<link>http://www.franontanaya.com/stories/el-astronauta/</link>
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		<pubDate>Fri, 13 Aug 2010 12:02:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fran Ontanaya</dc:creator>
				<category><![CDATA[astronautas]]></category>
		<category><![CDATA[ciencia ficción]]></category>
		<category><![CDATA[espacio]]></category>
		<category><![CDATA[hard]]></category>
		<category><![CDATA[terror]]></category>

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		<description><![CDATA[Aquella noche había un astronauta en el aseo de un área de servicio en una autopista en mitad de la nada, y era un astronauta muerto. El cuerpo estaba tirado en el cubículo, inmóvil, con un brazo sobre el retrete. Parecía que aún intentara levantarse. Las lámparas fluorescentes del aseo se reflejaban en la esfera del casco y el blanco impoluto del traje contrastaba con las losetas manchadas de las paredes, manchas de alcoholizaciones rápidas y melancólicas en el trayecto entre una gran borrachera y otra. El astronauta no había muerto en circunstancias normales, a menos que se considerara un [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Aquella noche había un astronauta en el aseo de un área de servicio en una autopista en mitad de la nada, y era un astronauta muerto.</p>
<p>El cuerpo estaba tirado en el cubículo, inmóvil, con un brazo sobre el retrete. Parecía que aún intentara levantarse. Las lámparas fluorescentes del aseo se reflejaban en la esfera del casco y el blanco impoluto del traje contrastaba con las losetas manchadas de las paredes, manchas de alcoholizaciones rápidas y melancólicas en el trayecto entre una gran borrachera y otra.</p>
<p>El astronauta no había muerto en circunstancias normales, a menos que se considerara un hecho ordinario cometer un asesinato contra uno mismo.<span id="more-4450"></span></p>
<p>Él seguía allí, con la pistola ardiéndole en la mano, contemplando el cadáver cuyas piernas se habían quedado enredadas entre sus pies tras el forcejeo que había precedido al disparo. Retrocedió para salir del cubículo, pero uno de sus codos chocó contra el pomo de la puerta. Se apartó trastabillando, la puerta dio un bandazo y una pintada negra que destacaba sobre las demás exclamó:</p>
<p> </p>
<p style="text-align:center"><em>Nie wieder, Mann!</em></p>
<p> </p>
<p>No había sangre en el suelo. El astronauta sólo tenía un agujero en el pecho por el que se veían jirones de tela, un poco de salpicadura y nada más. La pistola con la que lo había matado era vieja y barata, vieja porque la había heredado de un bisabuelo huido de la antigua Yugoslavia y barata porque su bisabuelo había sido un don nadie y en el fondo siempre había sabido que nunca la iba a utilizar. Si se hubiera enterado del vil uso que le había dado, el sentimiento de culpa le habría partido el corazón.</p>
<p>Aquella bala no debería haber acabado en el pecho del astronauta. De no haberse desviado de su propósito, aquella tarde, después de abandonar su apartamento, sin afeitar y todavía en ayunas, habría utilizado aquella misma pistola para abrir un limpio agujero en su propio cráneo. Habría puesto fin así a su odisea de mediocridad durante la cual había arrastrado consigo de empleo en empleo su inútil doctorado en Física; una odisea seguida por un ignominioso año en el infierno, coleccionando vicios y malos hábitos y dedicándose a vivir con abandono como si cada nuevo día no fuese diferente del anterior.</p>
<p>No se podía decir que hubiera dejado en ningún momento de ser consciente de lo que hacía, ni siquiera cuando salió de su apartamento con la pesada caja bajo el brazo, la dejó en el asiento de atrás, se metió en el coche y accionó el contacto con la convicción de que nunca iba a regresar a aquella existencia de desprecio y anonimato. De haber tenido alguna forma de recuperar lo que entonces le parecía irrenunciable se habría aferrado a ella sin vacilar. En cambio, tuvo que recorrer todo el camino hasta la salida de la autopista y enfrentarse cara a cara con la muerte, sentado en el coche en aquella solitaria cuneta, para comprender que el lastre que le impedía levantar cabeza era su resistencia a arrojarlo todo por la borda y empezar una nueva carrera.</p>
<p>De modo que, después de purgar sus demonios interiores en aquel desvío elevado, cuando ya empezaba a refrescar y a bajar el Sol, había guardado la pistola, había metido la llave en el contacto, había arrancado el coche y había conducido de vuelta a la autopista con la intención de encontrar algún motel en el que pasar la noche y tratar, si es que no podía dormir, de reflexionar con calma sobre lo que debía hacer a continuación.</p>
<p>Apenas unos kilómetros más adelante, en aquella área de servicio desierta, se había pegado un tiro.</p>
<p>No había sido algo premeditado. De hecho, ni siquiera cuando ya había aparcado, y había salido, y había cruzado el aparcamiento mirando las primeras estrellas que brillaban entre el cielo crepuscular y el resplandor de las farolas de diodos, y había empujado la puerta de los aseos, iluminados por la misma luz estéril, y había visto el voluminoso traje blanco abalanzándose contra él, había tenido entonces intención de disparar.</p>
<p>Lo cierto era que, si lo hubiera hecho en aquel momento, cuando el astronauta intentaba abrirle la cabeza con el secador de manos arrancado de la pared, habría estado en su derecho. Pero el astronauta había fallado el golpe, había perdido el equilibrio y, después de que él reaccionara para quitárselo de encima, se había ido contra el suelo como un fardo, quedándose tirado de espaldas bajo los urinarios con aspecto de no querer intentarlo de nuevo sin tener a su favor el factor sorpresa.</p>
<p>«Eh, ¿a ti qué te pasa?», le había dicho él, tocándose la sien con el índice, «¿estás enfermo?». No había obtenido ninguna respuesta. Sin quitarle ojo, se había metido en el cubículo de la pintada en alemán, había corrido el pasador, había notado que, sin pretenderlo, se había traído consigo la pistola y, a pesar de todo, tampoco en aquel momento se le había ocurrido que pudiera tener que echar mano de ella. Había visto tipos más extraños en un aseo público durante su último año en el infierno y no le habría temblado el pulso para darle una tunda a aquel si se hubiera pasado de la raya.</p>
<p>Tras unos instantes de quietud, acompañada solo por el ruido en la autopista del paso de un automóvil solitario, había oído al astronauta ponerse en pie y acercarse arrastrando los pies hasta el otro lado de la puerta. En vez de tratar de forzarla, sin embargo, había empezado de repente a hablar, a derramar un río incontenible de palabras como si hubiera estado deseando desde el principio quitarse aquel peso de encima. Sin darse cuenta, él se había encontrado prestándole atención, esforzándose por discernir la voz amortiguada por el casco.</p>
<p>El relato del astronauta había ido cobrando sentido pieza a pieza, de un modo descabellado e irreal, aunque sólo cuando todas las piezas habían encajado en su sitio había empezado a darle crédito.</p>
<p>No había sabido qué contestar después, ni siquiera cuando hacía rato que el silencio dominaba de nuevo el extraño ambiente que flotaba sobre la gasolinera. Tampoco había quedado mucho que decir. El astronauta había dejado claro quién era, cómo había llegado hasta allí y, sobre todo, por qué él tenía que morir.</p>
<p>Así que, con calma, sabiendo lo que iba pasar en cuanto abriera la puerta, él había sacado el arma y se había preparado para enfrentarse a su insospechado némesis.</p>
<p>La puerta se había abierto de golpe. Tras unos instantes intensos de forcejeo, había sonado un disparo y el astronauta se había desplomado donde se encontraba ahora, exangüe sobre el sucio suelo del cubículo, mientras él, jadeando, todavía le apuntaba con la pistola.</p>
<p>Cuando su corazón dejó de bombear a puñetazos, bajó las manos, se guardó el arma y se metió en el cubículo para comprobar que el astronauta le hubiera dicho la verdad. Miró el casco por un lado y por el otro hasta descubrir cómo funcionaba, se lo quitó y lo arrojó fuera del cubículo.</p>
<p>Allí estaba su cara, su propia cara, unos veinte años más vieja y una semana sin afeitar. Si la hubiera visto al entrar, se habría quedado paralizado por la sorpresa. Después de escuchar toda la historia, sin embargo, parecía tan necesario que aquella cara estuviera allí que lo contrario le habría parecido absurdo. No se imaginaba a nadie más capaz de pactar con el universo para arruinar su propia vida veinte años atrás.</p>
<p>La ventanilla del coche tembló con el portazo cuando se arrojó sobre el asiento del conductor. Sin perder más tiempo, giró el contacto y metió la marcha atrás. Luego enderezó el volante, desactivó el modo de ahorro de batería y pisó el acelerador a fondo para enfilar la salida del aparcamiento.</p>
<p>Entró en la autopista sin mirar si venía alguien por el carril lento. El coche, un utilitario eléctrico de segunda mano que había cambiado por su híbrido cuando se quedó sin trabajo, se tambaleó de forma peligrosa y protestó cuando lo exprimió al máximo.</p>
<p>No estaba seguro de adónde pretendía ir. Al universo ciertamente le daba igual que intentara huir. El astronauta había sido enviado a millones de kilómetros de donde se encontraba para interceptarle justo en el aseo de aquella área de servicio. Era difícil que escapar de allí pudiera ser de alguna utilidad.</p>
<p>Mientras devoraba en medio de la noche, poste tras poste, los indicadores de la autopista, repasó la historia de su alter ego, por si había pasado por alto algo crucial.</p>
<p>Todo había empezado cuando el astronauta, que había logrado rehacer su vida de algún modo en aquellos veinte años, se encontraba en un recóndito lugar del Sistema Solar. Sin que pudieran detectarlo a tiempo, un microagujero negro se había interpuesto en su camino. Apenas debía de tener el tamaño de un balón de fútbol, lo bastante pequeño y rápido para chocar con el vehículo antes de que la gravedad se lo tragara.</p>
<p>Los acontecimientos habrían seguido entonces una infinidad de cursos diferentes. En unos el astronauta se habría estirado y convertido en un vórtice repentino de luz, en otros habría esquivado la fatalidad por distintos márgenes y con diferentes efectos en su posición en el espacio y el tiempo. Al menos uno de los supervivientes había reaparecido veinte años en el pasado, en aquella misma gasolinera, y había comprendido de inmediato el peligro existencial que se cernía sobre la humanidad.</p>
<p>Sin embargo, no lograba entender cómo era posible que, en medio de la inmensidad del espacio, el astronauta hubiera podido coincidir con un objeto tan pequeño. Tendría que haber una cantidad ingente de agujeros negros atravesando el Sistema Solar para que aquel suceso fuera verosímil. Aunque, si fuera así, todo debería haber sido esquilmado hacía tiempo como un pasto por una plaga de langostas.</p>
<p>Quizá todas las víctimas, vivas o no, se habían alcanzado a sí mismas en el pasado, cerrando el círculo y confinando la paradoja a una especie de limbo virtual. Los fantasmas habrían desaparecido entonces para garantizar que ninguna ley física fuera violada. Desviar un trozo de roca, o incluso un planeta entero, era un asunto trivial si se retrocedía lo suficiente en el tiempo. Para un observador casual el resultado habría sido indistinguible de los efectos del principio de incertidumbre.</p>
<p>No obstante, cuando se trataba de detener a un individuo que tenía sobrados motivos para perseguir aquel acontecimiento único en la historia de la ciencia y ninguno para temer a la muerte, ¿qué podía hacer el universo para cambiar el futuro? El astronauta no era un asesino infalible, eso había quedado demostrado. A menos que hallara otra forma de impedir aquel accidente cósmico, se encontraría tarde o temprano con algún límite sobre cuánto y cómo podía intervenir sin empeorar las cosas.</p>
<p>Los hitos kilométricos empezaban a parecer todos el mismo, repitiéndose una y otra vez. Su pulso se había serenado y su cabeza ya no se sentía como si hubiera estallado en ella una tormenta. Casi estaba tentado a dudar de la existencia de aquel incidente en el área de servicio. Cuando lo real y lo irreal se confundían, inducidos o no por el efecto de alguna substancia, la experiencia le había enseñado que lo mejor era olvidar todo como si no hubiera tenido lugar. La mayor parte de las veces sólo se acababa esperando una segunda oportunidad, que nunca llegaba, para descubrir al menos cuál era la verdad.</p>
<p>Sin previo aviso, con un violento estruendo, el parabrisas se cuajó en una miríada de añicos frente a él.</p>
<p>La rociada de cristales le abrió pequeñas heridas sangrantes en la cara. Un lento segundo más tarde intentó pisar de forma instintiva el freno, pero su pié falló el pedal. El coche serpenteó sobre la carretera.</p>
<p>Cuando recuperó el control, no tenía aún ni idea de cómo ni de dónde había salido el astronauta. El fardo blanco estaba recostado sobre el capó del coche. Oscilaba de un lado a otro y se movía de forma lastimosa. El golpe había roto la esfera del casco. Entre los fragmentos podía ver su propia cara sin afeitar, ensangrentada y crispada por el dolor. Aquellos ojos se le clavaban de forma insoportable. Sabían lo que estaba pensando. No tenían otro propósito en su transitoria existencia que enmendar el error que había cometido aquella tarde, en aquella salida de la autopista, al no apretar el gatillo.</p>
<p>Dio un volantazo. El astronauta se deslizó sobre el capó, salió de su parabrisas roto, cayó al asfalto y dio varios tumbos, seguido por una fina lluvia de astillas de vidrio. Lo vio alejarse en el retrovisor.</p>
<p>Cegado por el frío viento y pálido por la impresión, se dio cuenta de que no estaba tan seguro en la autopista como había creído. El universo no necesitaba dejar aquel trabajo en manos del astronauta si podía utilizarlo sin más como munición para su vieja pistola. La gran pregunta ahora era: ¿cuántas balas tenía en su recámara? ¿Cuántos doppelgänger habrían sido proyectados por el agujero negro hasta aquella carretera desierta?</p>
<p>Divisó otra vez al astronauta, a lo lejos, en la siguiente curva de la autopista, saliendo de entre los arbustos de la cuneta. Contempló impotente cómo saltaba la valla que impedía el paso de animales.</p>
<p>Él se cambió al carril del lado de la mediana y pisó a fondo, aunque el coche no daba más de sí. El astronauta, con zancadas torpes, logró cruzar los carriles que los separaban a tiempo de topar contra la puerta del copiloto. Las manos enguantadas parecieron aferrarse durante un instante a la carrocería, pero se soltaron enseguida, llevándose consigo el retrovisor. Esta vez no se molestó en mirar atrás.</p>
<p>Aquello no podía durar eternamente. Uno de los dos tendría que darse por vencido. ¿Cuántos de aquellos fantasmas podía albergar la realidad antes de que su trama empezara a deshacerse? Si conseguía llegar hasta la cafetería más cercana, ¿se atrevería el universo a seguir jugando a las paradojas a la vista de decenas de testigos?</p>
<p>Desesperado, vio al astronauta de nuevo, en medio de la carretera, iluminado por las brillantes luces de diodos. Trató de esquivarlo, pero el astronauta se movió hacia un lado, luego hacia el otro. Se puso en su camino, chocaron. Lo vio rodar por encima de la capota. Cayó sobre el asfalto como un muñeco roto.</p>
<p>El astronauta, otra vez, se arrojó sobre él desde un paso de peatones elevado. Golpeó el morro, rompió el parachoques, el coche le pasó por encima, se despegó del suelo y volvió a traccionar, ligeramente cruzado. Logró enderezarlo a duras penas.</p>
<p>La salida hacia la próxima área de descanso no quedaba lejos.</p>
<p>Miró adelante. Delante había más astronautas. En la cuneta. En la mediana. En el asfalto. Muchos más, decenas de ellos, cientos, más de los que se podían contar. Todos de pie bajo la noche estrellada, con sus trajes blancos y sus reflectantes caras de burbuja.</p>
<p>No cabía duda de que, cuando se trataba de frustrar los planes de sus enemigos, el universo disponía de innumerables aliados. Él, en cambio, estaba solo, solo consigo mismo, como en aquella salida de la autopista, cuando había tratado de averiguar en qué momento de su vida había errado el camino. Por lo visto, aquel momento se encontraba en un futuro que ni siquiera había tenido la oportunidad de conocer, y que aquel universo nunca permitiría que se repitiera.</p>
<p>Los astronautas volaron sobre el coche. Lo rodearon, salieron despedidos a un lado, al otro. Se apilaron sobre el capó hasta tapar por completo la vista. La carrocería se deformaba con cada impacto. El coche, retenido por la masa de tela y carne, parecía hundirse en la tierra removida de una fosa sin lápida. Los indicadores del salpicadero descendieron rápidamente, como una cuenta atrás, hasta que, con un último estertor, el motor se sobrecalentó y se quedó parado.</p>
<p>El coche estaba detenido al final de una larga estela de títeres derribados. Él se encontró en el centro de cien miradas opacas, carentes de rasgos, que reflejaban la luz de las farolas. Cerraron filas a su alrededor, arrimándose a las puertas. Ninguno parecía sentir culpa o remordimiento por lo que estaban a punto de hacer. El error que todos ellos habían cometido no podía repetirse. Así se lo había advertido la puerta del lavabo: <em>Nie wieder, Mann!</em> Aquel era el leitmotif que parecía dirigir a los astronautas, una letanía monótona y calidoscópica: <em>Nie wieder, Mann! Nie wieder, Mann!</em> ¡Nunca más, hombre!</p>
<p>El coche desapareció bajo la torpe muchedumbre de trajes blancos. Se oyó el abrir de puertas, cristales rotos, y después, como en el momento final de un ratón acorralado y atrapado por el mordisco de una serpiente Uroboros, un rápido forcejeo, una sacudida brusca e inane, y luego nada.</p>
<p>Los astronautas se desvanecieron como un espejismo. Todos, la multitud que rodeaba el coche, los que yacían en la autopista, el que seguía tirado en el aseo de la gasolinera. Solo quedó el cuerpo inerte de un fracasado doctor en Física, linchado dentro de su maltrecho utilitario y abandonado en el asfalto de una carretera desierta en mitad de la nada.</p>
<p>Nadie podría imaginar que los culpables de aquel inexplicable crimen fueran los infinitos astronautas que seguían acechando aquella escena, escondidos como fantasmas en mundos paralelos, vigilando que tanto el accidente cósmico que los había creado como la importancia de aquel joven que había muerto en el más completo anonimato, pero que en su afán de notoriedad había estado a punto de acabar con el universo, siguieran siendo desconocidos para la humanidad.</p>
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		<title>Petróleo</title>
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		<pubDate>Thu, 12 Aug 2010 15:32:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fran Ontanaya</dc:creator>
				<category><![CDATA[cambio climático]]></category>
		<category><![CDATA[ciencia ficción]]></category>
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		<description><![CDATA[El sol caía como ácido de baterías hirviente sobre las salinas y quebradas planicies del fondo del Golfo de México. El señor Neverworth estaba sentado bajo una sombrilla en su silla de ruedas. El asmático fuelle de una bomba circulaba agua fría por el interior de sus ropas de prospector decimonónico. Cada vez que respiraba aquel aire cáustico, intentaba calcular en cuánto se había acortado la vida útil de sus pulmones de plástico. Aunque sus ropas ocultaban las costuras, el señor Neverworth estaba rehecho a base de parches y remiendos. Pulmones, hígado, riñones, huesos, corazón, estómago, intestino, médula, músculos, próstata, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El sol caía como ácido de baterías hirviente sobre las salinas y quebradas planicies del fondo del Golfo de México. El señor Neverworth estaba sentado bajo una sombrilla en su silla de ruedas. El asmático fuelle de una bomba circulaba agua fría por el interior de sus ropas de prospector decimonónico. Cada vez que respiraba aquel aire cáustico, intentaba calcular en cuánto se había acortado la vida útil de sus pulmones de plástico.</p>
<p>Aunque sus ropas ocultaban las costuras, el señor Neverworth estaba rehecho a base de parches y remiendos. Pulmones, hígado, riñones, huesos, corazón, estómago, intestino, médula, músculos, próstata, piel, etcétera. Podría haber llevado una vida larga sin necesidad de toda aquella parafernalia, pero tenía un motivo de peso: el señor Neverworth siempre se había considerado merecedor de un pasaje a Marte. Y, conforme las oportunidades iban pasando, su creciente inquietud le había llevado a tratar de mejorar a cualquier precio sus condiciones físicas.<span id="more-4394"></span></p>
<p>Eventualmente, por falta de candidatos, los transbordos habían quedado reducidos a solo un viaje cada dos años, y el señor Neverworth todavía no había conseguido salir de aquel planeta.</p>
<p>De modo que, siguiendo el consejo que uno de sus ingenieros le había dado antes de partir, había usado lo que quedaba de su emporio para comprar los pozos de petróleo abandonados del Golfo de México, con el propósito de extraer el agua y vendérsela como combustible a la Cooperativa Marciana de Actividades y Empleo.</p>
<p>Si había una idea que mortificaba al señor Neverworth era que, si hubiera comprado el pasaje desde el principio, podría haberse ahorrado todos aquellos años de ignominia, incluyendo las operaciones que habían dejado la mayor parte de su cuerpo insensible como un pedazo de metal, y aun así haber conservado suficiente dinero para instalarse con cierta dignidad en Marte. Ahora estaba atado a aquel desierto corrosivo, y su destino se encontraba en manos de su más odiado némesis.</p>
<p> </p>
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		<title>Aldous Huxley entrevistado por Mike Wallace</title>
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		<pubDate>Wed, 03 Dec 2008 02:36:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fran Ontanaya</dc:creator>
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		<category><![CDATA[aldous huxley]]></category>
		<category><![CDATA[autores]]></category>
		<category><![CDATA[ciencia ficción]]></category>
		<category><![CDATA[entrevistas]]></category>
		<category><![CDATA[futuro]]></category>
		<category><![CDATA[televisión]]></category>

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		<description><![CDATA[<object width="100%" height="295"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/KGaYXahbcL4&#038;hl=en&#038;fs=1"></param><param name="allowFullScreen" value="true"></param><param name="allowscriptaccess" value="always"></param><embed src="http://www.youtube.com/v/KGaYXahbcL4&#038;hl=en&#038;fs=1" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" width="100%" height="295"></embed></object>
<!--texto-->
Dos décadas después de escribir «Un mundo feliz», Huxley habla de los peligros de la manipulación de los medios, la superpoblación, las drogas, la publicidad y la escasez de recursos.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><object width="425" height="344"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/KGaYXahbcL4&#038;hl=en&#038;fs=1"></param><param name="allowFullScreen" value="true"></param><param name="allowscriptaccess" value="always"></param><embed src="http://www.youtube.com/v/KGaYXahbcL4&#038;hl=en&#038;fs=1" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" width="425" height="344"></embed></object><br />
<!--texto--><br />
La <a href="http://www.hrc.utexas.edu/multimedia/video/2008/wallace/huxley_aldous.html">grabación completa y restaurada</a> se puede encontrar también en la web de la Universidad de Texas en Austin, junto con <a href="http://www.hrc.utexas.edu/collections/film/holdings/wallace/">otras entrevistas</a> de Mike Wallace entre 1958 y 1959, subtituladas y transcritas. Por el programa de Mike Wallace pasaron entre otros invitados tan notables como Frank Lloyd Wright, Salvador Dali, Ralph Lapp (uno de los científicos del proyecto Manhattan), Peter Ustinov, Gloria Swanson o Kirk Douglas.</p>
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		<title>I Concurso Internacional de Cuento de Ciencia Ficción, Premio Axxón 2006</title>
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		<pubDate>Wed, 20 Sep 2006 15:36:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fran Ontanaya</dc:creator>
				<category><![CDATA[Varios]]></category>
		<category><![CDATA[argentina]]></category>
		<category><![CDATA[axxon]]></category>
		<category><![CDATA[certamen]]></category>
		<category><![CDATA[ciencia ficción]]></category>

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		<description><![CDATA[Corregido debido al incumplimiento de las bases (el texto no era inédito) del primer premio… Ganadores del I Concurso Internacional de Cuento de Ciencia Ficción, Premio Axxón 2006El ganador del Primer Premio del I Concurso Internacional de Cuento de Ciencia Ficción Premio Axxón 2006, con un monto de us$ 400, así como el Segundo Premio, se anunció el día martes 19 a las 18 horas, en el Auditorio de la Asociación Dante Alighieri de Buenos Aires, sito en Tucumán 1646 de la ciudad de Buenos Aires. Los resultados fueron: Primer Premio “Vendo máquina”, de Miguel Bordino, Buenos Aires, Argentina Segundo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Corregido debido al incumplimiento de las bases (el texto no era inédito) del primer premio…</p>
<blockquote><p><span style="font-weight: bold">Ganadores del I Concurso Internacional de Cuento de Ciencia Ficción, Premio Axxón 2006</span>El ganador del Primer Premio del I Concurso Internacional de Cuento de Ciencia Ficción Premio Axxón 2006, con un monto de us$ 400, así como el Segundo Premio, se anunció el día martes 19 a las 18 horas, en el Auditorio de la Asociación Dante Alighieri de Buenos Aires, sito en Tucumán 1646 de la ciudad de Buenos Aires.</p>
<p>Los resultados fueron:</p>
<p><span style="font-weight: bold">Primer Premio</span><br />
“Vendo máquina”, de Miguel Bordino, Buenos Aires, Argentina</p>
<p><span style="font-weight: bold">Segundo Premio</span><br />
“La incursión”, Antonio J. Cebrián Berruga, Albacete, España</p>
<p><span style="font-weight: bold">Finalistas</span> (por orden alfabético de apellido del autor)<br />
“Fecha de vencimiento”, Néstor Humberto Batistelli, Rosario, Argentina<br />
“Goldenbrow”, Luis Felipe Bennett Ballacey, Chile<br />
“Tabula rasa”, Ángel Cabrera Olgoso, Valencia, España<br />
“El pueblo que salió de la nada”, Martín Cagliani, Buenos Aires, Argentina<br />
“El dueño del barrio”, Hernán Domínguez Nimo, Buenos Aires, Argentina<br />
“Zarza”, Santiago Eximeno Hernampérez, Madrid, España<br />
“El año que perdí a Lucy”, Fran Ontanaya, Valencia, España<br />
“Polaroid”, Martín Perdomo, Santiago, Chile</p></blockquote>
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