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	<title>Fran Ontanaya &#187; distopía</title>
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	<description>Autor, geek y diseñador web</description>
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		<title>El año que perdí a Lucy</title>
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		<pubDate>Fri, 13 Aug 2010 18:02:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fran Ontanaya</dc:creator>
				<category><![CDATA[distopía]]></category>
		<category><![CDATA[drama]]></category>
		<category><![CDATA[guerra]]></category>
		<category><![CDATA[japón]]></category>
		<category><![CDATA[londres]]></category>
		<category><![CDATA[st. louis]]></category>
		<category><![CDATA[terrorismo]]></category>

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		<description><![CDATA[Mi nombre es Shinji Maeda. Conocí a Lucy en Missouri, cerca de Saint Louis, el primer invierno después de los atentados. Las Fuerzas de Paz de las Naciones Unidas estaban desplegadas en la región en misión humanitaria. Yo llevaba el registro de supervivientes y recopilaba información para identificarlos y reunirlos con sus familias. Escuché las historias de muchas víctimas, adultos, niños, ancianos, solteros, casados, gente pobre, gente rica, ciudadanos honrados e individuos de principios cuestionables. Sin embargo, por muy detallados que fueran sus testimonios, nunca llegué realmente a saber nada acerca de ellos. Lucy era diferente. Su dolor y sus [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Mi nombre es Shinji Maeda. Conocí a Lucy en Missouri, cerca de Saint Louis, el primer invierno después de los atentados. Las Fuerzas de Paz de las Naciones Unidas estaban desplegadas en la región en misión humanitaria. Yo llevaba el registro de supervivientes y recopilaba información para identificarlos y reunirlos con sus familias. Escuché las historias de muchas víctimas, adultos, niños, ancianos, solteros, casados, gente pobre, gente rica, ciudadanos honrados e individuos de principios cuestionables. Sin embargo, por muy detallados que fueran sus testimonios, nunca llegué realmente a saber nada acerca de ellos.</p>
<p>Lucy era diferente. Su dolor y sus recuerdos eran invisibles. Desde el primer momento creí entender lo que necesitaba. Pero, quizá por eso, porque yo no veía aquellos fantasmas, nunca supe qué debía hacer para apartarlos de ella. Nunca supe, ni siquiera aquel día de verano de 2032, en el parque Shiba de Tokio, cómo podía salvarla de aquel pasado que la acechaba.<span id="more-4475"></span></p>
<p>Saint Louis era un lugar deprimente para pasar el Año Viejo. El caos que había seguido al impacto de las bombas químicas había llenado las calles de crimen y violencia. La verdad estaba escrita en los ojos de la gente cuando se te acercaba a pedir ayuda. A muchos les perseguían los demonios de lo que podrían haber hecho y no hicieron, o de lo que hicieron y nunca deberían haber hecho. El recuerdo del atentado todavía era una barrera infranqueable y los habitantes de Saint Louis seguían encerrados en el otro lado, en un mundo oscuro y extraño que yo no estaba preparado para comprender.</p>
<p>Yo era el único soldado japonés en los Estados Unidos aquel fin de año de 2030. Aunque pertenecía al Jietai, las fuerzas de autodefensa de Japón, servía en las misiones de los Cascos Azules a través del ejército profesional del Reino Unido. De joven había residido varios años en Londres y tenía la doble nacionalidad. Aun así, no todos entendían que al ponerme aquel casco me convirtiera en un soldado inglés que llevaba la Union Jack en el uniforme y saludaba con diligencia al rey William.</p>
<p>El año que siguió a los atentados cumplí mi deber como miembro del Jietai y permanecí en Japón, siguiendo las noticias desde la distancia. Nadie estaba enviando equipos de rescate a los Estados Unidos. Lo más importante era controlar las enfermedades infecciosas y pararle los pies a los terroristas. La verdad es que había más vidas en juego de las que se podían salvar en el escenario de los atentados.</p>
<p>Lo que no habíamos previsto era que los EEUU no estarían preparados para afrontar la cuarentena. Igual que en la inundación de Nueva Orleans, la policía tuvo que dejar de combatir los robos y la violencia para ayudar en las tareas de rescate. Muchos agentes perecieron debido a la falta de material y entrenamiento.</p>
<p>Cuando por fin se levantó la prohibición de viajar fuera del país, conseguí el permiso para unirme a las primeras misiones humanitarias. Aún no sabía lo que me iba a encontrar en Saint Louis.</p>
<p> </p>
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		<title>La gripe</title>
		<link>http://www.franontanaya.com/stories/la-gripe/</link>
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		<pubDate>Fri, 13 Aug 2010 16:49:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fran Ontanaya</dc:creator>
				<category><![CDATA[distopía]]></category>
		<category><![CDATA[gripe]]></category>
		<category><![CDATA[pandemias]]></category>

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		<description><![CDATA[Fidel Bueno creía a ciegas en la importancia de la naturalidad. Para él las desgracias ocurrían siempre cuando alguien se apartaba de la rutina por un exceso de precaución. Algo tan simple como desayunar en pijama para no manchar el traje era señal de que se temía demasiado a lo incierto, de que se contaba con el fracaso por adelantado incluso en el más simple de los propósitos, de que uno se había rendido, en definitiva, a la noción de que el futuro era algo contra lo que había que prevenirse porque en él aguardaba un destino fatal que alcanzaba tarde [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Fidel Bueno creía a ciegas en la importancia de la naturalidad. Para él las desgracias ocurrían siempre cuando alguien se apartaba de la rutina por un exceso de precaución. Algo tan simple como desayunar en pijama para no manchar el traje era señal de que se temía demasiado a lo incierto, de que se contaba con el fracaso por adelantado incluso en el más simple de los propósitos, de que uno se había rendido, en definitiva, a la noción de que el futuro era algo contra lo que había que prevenirse porque en él aguardaba un destino fatal que alcanzaba tarde o temprano a todos, sin importar cuánto hicieran por evitarlo.<span id="more-4471"></span></p>
<p>Si había un lugar donde Fidel le concediera más importancia a sus creencias ese era su hogar. Nada podía justificiar una alteración de la tranquilidad dentro de él, ni siquiera las malas noticias, que nunca debían pasar del umbral. Por eso todas las mañanas empezaban igual, con Fidel distraído leyendo el diario, vestido de calle, mientras su esposa, Esperanza Gallo, se inclinaba sobre la mesa, dejaba una taza y un plato y anunciaba:</p>
<p>—Café y tostadas con mantequilla.</p>
<p>—Gracias.</p>
<p>—No dejes que se enfríen.</p>
<p>Aquella mañana Fidel miró por encima de las hojas del periódico y, a pesar de la congestión con la que se había levantado, se esforzó por apreciar el aroma del desayuno. Le habría sorprendido no descubrir la misma fragancia de todos los días. Aquel olor familiar era la confirmación de que nada había cambiado y todo seguía estando en el orden que él solía considerar ideal.</p>
<p>Esperanza se limpió las manos en el delantal con un gesto tenso y regresó a la cocina.</p>
<p>—¿Qué hora es? —preguntó él mientras leía la crónica del partido del día anterior. El equipo del distrito había vencido por dos goles a cero a su eterno rival. Aquella temporada tenían un media punta excelente, un verdadero atleta; era el orgullo del vecindario.</p>
<p>—Las siete y treinta y cinco.</p>
<p>Fidel estornudó.</p>
<p>—Salud… —replicó Esperanza de inmediato.</p>
<p>Se hizo un silencio incómodo, hasta que Fidel se sorbió la nariz y pasó la página.</p>
<p>—Todavía es pronto.</p>
<p>—¿Aún sigues con ese catarro?</p>
<p>—No es nada.</p>
<p>—Anoche estuve pensando. Quizá podríamos invitar mañana a los Corrales. Nos convendría llevarnos mejor con los vecinos.</p>
<p>Fidel había empezado la página de cultura, en la que se anunciaba un nuevo estreno. Era una obra de teatro sobre un traje mágico de color crema. A Fidel le gustaba el teatro: era una de las pocas excusas que tenían para salir y conocer gente del resto de la ciudad.</p>
<p>—Ya nos llevamos bien con los vecinos…</p>
<p>Esperanza dejó la jarra de café en el fregadero y se quedó mirando el barrio tras las cortinas estampadas de la cocina. Las fachadas idénticas de las otras residencias se adivinaban entre las sombras frondosas de los jardines. El barrio tenía un aspecto impecable: las aceras relucían con la humedad de la mañana, el césped estaba fresco y verde, la calle parecía recién asfaltada y las bocas de incendios reflejaban el sol con su color rojo brillante como caramelos de fresa.</p>
<p>—Bruno es una enciclopedia sobre las cosas de la salud. Toda su familia se cuida mucho. Ya has visto a sus hijos, tan robustos y llenos de energía. Creo que deberías hablar con él. Seguro que conoce algún remedio. No hace falta que vayas al médico de la factoría, podemos invitarles a comer y tú, cuando surja la oportunidad, se lo dejas caer de forma casual, como si no tuviera importancia.</p>
<p>Fidel emitió un suspiro:</p>
<p>—Sólo es un catarro. Verás cómo se me pasa pronto.</p>
<p>—Yo no dije que no lo fuera. Tú sabes que no quería decir que no lo fuera.</p>
<p>Fidel intentó mostrarse conciliador mientras buscaba en la programación la película de la noche.</p>
<p>—Ya lo sé, cariño. Pero no debemos alarmar a los vecinos. Además, si seguimos pensando en ello, la preocupación nos acabará amargando la vida. Y tanto desvelo para qué, si luego resulta que nunca es nada.</p>
<p>—Por eso te estoy diciendo que es mejor preguntarle a Bruno. No hace falta que te vea el médico de la factoría por tan poca cosa.</p>
<p>Fidel eludió la cuestión, que ya habían hablado el día anterior, plegó el diario con cuidado, lo dejó a un lado, extendió la servilleta sobre sus piernas, alzó la taza de café y tomó un sorbo. No recordaba cuánto tiempo hacía que realizaba aquel ritual, pero jamás se le habría ocurrido cambiarlo ni un ápice. El día que dejara de cumplir con su rutina matutina tendría que empezar a preocuparse de qué otras cosas se habrían desviado de su curso, y de cómo habían llegado a aquel estado, y de cuáles podían ser las consecuencias de semejante transformación. Y entonces, sólo por el hecho de haberse preocupado, habría introducido en su vida una cantidad inaceptable de caos e incertidumbre, lo cual, dadas sus circunstancias presentes, sólo podía suponer un cambio a peor.</p>
<p>Mientras Fidel mordía una de sus tostadas con mantequilla, Esperanza regresó al salón y se sentó frente a él:</p>
<p>—Por cierto. Cuando salgas, si ves al vecino, deberías intentar ser amable con él.</p>
<p>—¿Con Severo? —preguntó Fidel, con el carrillo lleno de crujiente tostada.</p>
<p>—Los Ruano nos empiezan a mirar mal. ¿No te has dado cuenta?</p>
<p>—Bah. No nos miran mal.</p>
<p>—Lo digo en serio. Incluso han empezado a hablar de mudarse, porque ayer, cuando estaban discutiendo…</p>
<p>—No creo que esté bien espiar lo que dicen los vecinos.</p>
<p>—¡No me estás escuchando! A este paso todo el barrio acabará hablando mal de nosotros.</p>
<p>—¿Qué se le va a hacer? Nadie denuncia a sus vecinos sólo por una impresión. Incluso los Ruano saben los problemas que eso acarrea.</p>
<p>—Pero, cariño…</p>
<p>—Lo mejor es dejarlo correr. De hecho, fíjate, te diré lo que podemos hacer. La próxima vez que uno de ellos se resfríe, los invitaremos a una barbacoa. Así verán que tampoco es para tanto.</p>
<p>—¿Invitar a los Ruano? Tú sabes que no vendrían ni aunque les fuera la vida en ello. Recuerda el año pasado, cuando el chico se puso enfermo y él mandó a la mujer y a la niña con la familia y cerró la casa a cal y canto. Parecía que estuvieran de luto, ¡como si el chico ya se hubiera muerto! Eso sí, cuando hablabas con ellos, todo el mundo tenía que estar agradecido de lo buenos ciudadanos que eran. Yo casi llegué a creer que si el chico se moría, Severo prendería fuego a la casa y se quedaría dentro con él.</p>
<p>—Mujer…</p>
<p>—Lo habría hecho. Estoy segura. Ya ha pasado antes, todos los días arde una casa aquí o allá, y nadie dice por qué.</p>
<p>—Pero eso es normal. Las casas arden. Los chicos se ponen a jugar con los mecheros, a los mayores se les olvida la sartén en el fuego… por eso tenemos bocas de incendios en las calles.</p>
<p>—Supongo que tienes razón —claudicó Esperanza, aunque su expresión decía todo lo contrario.</p>
<p>—No te preocupes. Verás cómo sólo es un catarro. Debí de coger frío la semana pasada. No cuesta nada ir y que me pongan una inyección, así no tendré que estar todo el día constipado.</p>
<p>—Eso espero.</p>
<p>Fidel asintió y se comió en silencio la segunda tostada. Esperanza se quedó mirando hacia ninguna parte, con la barbilla apoyada en la palma de la mano, sin mover ni una pestaña. Él terminó el desayuno, se inclinó para ver el reloj de pared de la cocina y se limpió los labios con la servilleta.</p>
<p>—Bueno, es la hora. Me tengo que ir. —Esperanza recibió su beso sin inmutarse.— Hasta la noche.</p>
<p>—Cuídate.</p>
<p>Fidel se dirigió al vestíbulo, tomó su chaqueta y su maletín, se sorbió de nuevo la nariz y abrió la puerta. Esperanza se quedó sentada, abatida y ojerosa. Aunque él no lo demostrara, también le preocupaba tener que pasar por la enfermería. Sin embargo, después de varios días sin experimentar ninguna mejoría, aquella situación, por poca importancia que tuviese, estaba empezando a minar la tranquilidad y el orden de su hogar, y ello podía conducir luego a tensiones y problemas que se podían ahorrar con una simple visita al doctor.</p>
<p>—Adiós, cariño —dijo antes de cerrar la puerta tras de sí.</p>
<p>Bajó con paso ágil los tres escalones del porche. En la calle hacía un día radiante, todavía fresco, con el Sol en el horizonte y el césped cubierto de rocío. El aire olía a cientos de cafés y a cientos de tostadas, hombres en sudadera corrían por las aceras, arriba y abajo, mujeres en traje de noche y sin maquillar sacaban a pasear a los perros, de las copas de los árboles salían los trinos de los gorriones y de las ventanas el sonido de los primeros noticiarios. La motocicleta del cartero zumbaba cuesta arriba, invisible todavía tras el desnivel de la calle, recorriendo casa por casa y deteniéndose ante cada uno de los resplandecientes buzones amarillos para entregar los antibióticos y los suplementos que dispensaba la factoría.</p>
<p>Cuando Fidel recorría el camino hacia el apeadero del autobús, el fresco de la mañana despertó un picor en su enrojecida nariz. Conteniendo el estornudo, llegó a la marquesina, sacó un pañuelo de papel del bolsillo y se sonó. Si bien era cierto que en aquella ocasión se sentía peor que otras veces, nunca había tenido que hacer nada especial para cuidarse. Mientras no tuviera fiebre podía ir a trabajar con normalidad y aplacar los síntomas con paños mojados, mucho té y sopa caliente. Así era como lo hacía todo el mundo, con la única excepción de los Corrales y su hermético círculo de amistades.</p>
<p>Fidel se había enterado a través de un amigo común de que Bruno Corrales cultivaba hierbas medicinales de forma clandestina en la parte trasera de su jardín. Nadie sabía cómo habría obtenido las semillas ni dónde habría aprendido para qué servían. Por eso Fidel no se fiaba de sus remedios: o bien mentía acerca de sus efectos, o tenía relación con la clase de gente que no tenía acceso a la enfermería, lo cual era si cabe aún más peligroso. En todo caso, estaba seguro de que ninguna de aquellas hierbas podía curar la gripe, ya que, de ser así, haría tiempo que la factoría lo habría descubierto.</p>
<p>Fidel desechó el pañuelo en la papelera de la marquesina. Al hacerlo se volvió de forma casual hacia el final de la calle y su mirada tropezó con la de Severo Ruano, que aquella mañana había decidido recortar el seto de su jardín. La distancia que los separaba impedía que pudieran comunicarse sin alzar la voz. Severo, que había seguido el gesto de su pacífico vecino hasta la papelera donde había arrojado el pañuelo, se limitó a contemplarle mientras movía sin pausa las podadoras, de forma casi obsesiva, llenando la calle con aquel sonido enervante: ¡zis! ¡zis! ¡chac! ¡zis! Cortaba y cortaba sin cesar, ignorando los tallos que saltaban decapitados sobre el seto, mientras su cara adusta y sus ojos grises le atravesaban con rayos de fulminante inquina. Fidel se volvió, incómodo, aunque eso no impidió que siguiera escuchando el sonido del filo que seguía seccionando y haciendo trizas sin piedad los miserables brotes de hojas verdes.</p>
<p>Era un misterio para Fidel cómo la naturaleza había encontrado la forma de juntar a dos individuos con tan poco aprecio por sus semejantes como Severo Ruano y su mujer. Esta última estaba hecha de la misma madera que él: gris, adusta, solemne como un ciprés, envuelta siempre en una especie de dignidad casta y fúnebre. Fidel, por el contrario, era abierto, sociable, con un buen timbre de voz, ceño relajado y apetito saludable. Era evidente que tenerle como vecino y contemplar cada día su estilo despreocupado suponía para ellos un motivo de profunda aflicción, especialmente cuando no había nada que pudieran hacer al respecto sin faltar a las normas de urbanidad. No obstante, Fidel no se echaba la culpa por ello. Sabía que los Ruano habrían mirado igual a cualquier otro ciudadano de los muchos que se levantaban cada día, entraban y salían de la factoría y se iban a dormir sin detenerse a pensar en qué les iba a suceder mañana.</p>
<p>Mientras Fidel se entretenía en aquellas ideas, un estornudo violento e incontenible le tomó desprevenido. Los ojos le lagrimearon y la nariz se le enrojeció un poco más. No le quedó más remedio que sacar otro pañuelo del bolsillo. Sólo después de haberse despejado a conciencia las fosas nasales, se dio cuenta de que el sonido de las podadoras había cesado.</p>
<p>Fidel, casi temiendo hacerlo, volvió la vista hacia el jardín de su vecino. Severo sostenía las podadoras abiertas en el aire. Su enjuto cuerpo se había petrificado y su rostro estaba crispado de forma grotesca, como un camafeo oriental. La transformación era tan portentosa que Fidel no era capaz de apartar la mirada y, por desgracia, cuanto más la sostenía más se horrorizaban el uno del otro. A pesar de la distancia, Fidel oyó cómo la respiración raspaba con un ruido agónico la garganta de Severo, como si aquel fuera su último aliento.</p>
<p>Fidel consiguió al fin volver la cabeza y se frotó la boca nervioso, escondiéndose un poco en la marquesina. Por el rabillo del ojo vio que Severo dejaba las podadoras en el suelo, se daba la vuelta despacio, sin hacer movimientos bruscos, y caminaba con la espalda rígida hacia la puerta de su casa. Con voz queda, llamó al resto de su familia desde el umbral.</p>
<p>La señora de Ruano asomó por un instante y dirigió la mirada hacia la parada del autobús. Sus pálidos ojos, como los de Severo, parecían los de una Casandra inflamada por visiones de destrucción. Le dijo algo a su marido, que asintió con la cabeza, y regresó al interior. Unos minutos más tarde, la familia entera se reunió en la entrada, sin dirigirse apenas la palabra.</p>
<p>—¿Por qué tardará tanto ese autobús? —se quejó Fidel, oteando a un lado y a otro y buscando cualquier pretexto para retomar el curso normal de la mañana. Cada vez tenía la cabeza más cargada, estaba empapado en sudor y el calor del radiante sol matutino le hacía sentirse mareado.</p>
<p>Severo pasó tras el seto a medio podar, seguido por su hierática mujer y empujando a sus hijos, vestidos todavía en sus pijamas azul y rosa, que lo miraban todo con cara de desconcierto. La familia se detuvo al final del jardín, Severo con las manos en los hombros de los niños, la señora de Ruano con las manos apretadas en el regazo, los cuatro conformando un grave retrato de resignación ante la inminencia y la fatalidad del destino.</p>
<p>Fidel se quitó la chaqueta y se aflojó la corbata. Habría querido acercarse adonde estaban los Ruano para explicarles que no tenían motivo para preocuparse, que todo se iba a aclarar en cuanto hubiera pasado por la enfermería y le hubieran prescrito un tratamiento para el catarro, pero estaba seguro de que eso sólo les habría asustado aún más. Lo único que podía hacer era confiar en sí mismo y seguir actuando con naturalidad, aunque al final se viera dando explicaciones ante los guardias de la factoría.</p>
<p>El autobús seguía sin aparecer sobre el desnivel de la parte alta del barrio y la mirada de Fidel, que empezaba a plantearse volver a casa y meterse en la cama, vagó entre la calle y el camino de entrada de su jardín.</p>
<p>Con el viento de la mañana, el sonido de una sirena llegó desde detrás de la colina. Los Ruano miraron hacia la parte alta del barrio. Fidel se volvió también, pero sólo para descubrir que nunca había prestado suficiente atención a las sirenas y no sabía decir si se trataba de una ambulancia, un coche de bomberos o la guardia de la factoría. Los crímenes, los incendios y las pandemias siempre ocurrían lejos de aquel vecindario y, de no ser por los noticiarios y el diario, ni siquiera se enterarían de que existían.</p>
<p>Los niños de los Ruano rompieron a llorar. Severo y su mujer los apretaron contra sí, pero ellos, en vez de buscar consuelo, miraban a Fidel con sus caras enrojecidas y empapadas. Fidel salió de la marquesina y retrocedió por la acera. La cabeza le daba vueltas con los llantos, el sonido de la sirena y las caras acusadoras de sus vecinos.</p>
<p>—No es más que un catarro —susurró.</p>
<p>Intentó marcharse de allí con discreción, Sin embargo, Severo había estado pendiente desde hacía rato de lo que hacía y no le había quitado el ojo de encima. Seguramente esperaba que Fidel se quedara donde estaba, aguardando su destino con idéntica sumisión.</p>
<p>La sirena no pertenecía a ninguno de los departamentos que Fidel había esperado. Era imposible de hecho que la hubiera podido reconocer, puesto que se trataba del temido servicio de recogida.</p>
<p>El camión de la factoría apareció al final de la calle, aullando, trepando por el desnivel como un monstruo prehistórico. Las luces emitían nítidos destellos rojos en el cielo de la mañana. La señora de Ruano soltó un lamento y Severo la sostuvo cuando le fallaron las piernas. Los vecinos empezaron a salir a sus jardines, interrumpidos en sus tareas cotidianas, unos sin peinar, con el cepillo de dientes en la boca o anudándose todavía la corbata, otros con el café y la tostada en la mano, descalzos o en pantuflas, con pijama, en traje de noche o con el torso desnudo. Contemplaron el camión con horror y asombro y luego se miraron entre sí, preguntándose quién tendría una explicación para aquello. Algunas de las miradas se dirigieron de forma acusadora hacia Fidel, añadiéndose al torbellino de visiones enfebrecidas que le atormentaban.</p>
<p>El camión monstruoso avanzó lentamente por el vecindario, parándose cada pocos metros. Tres pares de operarios vestidos con trajes de goma verde descendían de los pescantes y cruzaban con paso diligente los jardines. Los que habían salido a indagar el motivo de toda aquella conmoción eran asaltados antes de que pudieran reaccionar: los operarios los tomaban de los brazos, los ponían de rodillas, les aplicaban en la nuca una pistola neumática, los levantaban por los hombros y las corvas y los metían con un balanceo en el contenedor del camión, cuya maquinaria insaciable gruñía con gula tras cada ofrenda.</p>
<p>Fidel se volvió y empezó a correr calle abajo, sin volverse para mirar atrás.</p>
<p>Los Ruano se pusieron de inmediato a dar voces de alarma. Severo y su mujer señalaron hacia él, tratando de llamar la atención de los operarios:</p>
<p>—¡A ese! ¡Que se escapa!</p>
<p>Los operarios les oyeron, soltaron lo que tenían entre manos y se subieron rápidamente a los pescantes. El camión se puso en movimiento, rugiendo y exhalando bocanadas de humo.</p>
<p>Fidel arrojó la chaqueta y el maletín. Las casas idénticas que pasaban a su lado parecían un fondo continuo de película antigua: los mismos jardines de césped inmaculado, las mismas bocas de incendios como caramelos de fresa, los mismos buzones amarillos, los mismos vecinos atónitos con su café y su tostada. A pesar de la violencia con la que los zapatos de Fidel golpeaban el asfalto, el sonido quedaba enteramente ahogado por el fragor de la máquina que chascaba y resoplaba tras él.</p>
<p>La calle terminaba al final de la pendiente. Un muro de gruesos pilares de cemento rodeaba el perímetro del distrito. Nunca se hablaba de aquel muro en el barrio, pues su existencia estaba tan presente en la conciencia de todos que hacerla notar, aunque fuera levantando la vista hacia la silueta ominosa que se cernía sobre los tejados, suponía una ofensa para cualquier observador.</p>
<p>Fidel, sin aliento y llevado por su propia inercia, chocó contra el muro. Empezó a buscar un modo de traspasarlo, pero las aberturas verticales que aireaban el distrito eran demasiado estrechas, la superficie de los pilares demasiado lisa y la altura demasiado formidable. Al otro lado se podía ver el siguiente distrito, separado por un prado y una carretera de servicio. Tras el distante muro se adivinaban las figuras de la gente que pasaba por detrás. Fidel apretó el rostro en uno de los resquicios y trató en vano de llamar la atención:</p>
<p>—¡Eh! ¡Eh! ¡Aquí!</p>
<p>Los habitantes del otro distrito seguían caminando sin prisa, paseando al perro, disfrutando del aroma del café y las tostadas, corriendo por las aceras en sudadera, arriba y abajo, mientras por las ventanas escapaba el sonido de los noticiarios. Aunque pudieran oírle, ninguno tenía interés en lo que ocurría al otro lado del muro y, en cualquier caso, hacía tiempo que habían perdido la capacidad de hacer nada al respecto. Si no querían atraer la desgracia sobre ellos, lo mejor que podían hacer era seguir actuando con naturalidad, como si todo siguiera estando en orden; una ilusión que, desde su punto de vista al menos, era suficientemente próxima a la verdad.</p>
<p>El camión de recogida hizo rechinar los frenos y se detuvo tras Fidel. Los operarios se dejaron caer de los pescantes. Él se dio la vuelta, apoyando la espalda contra la pared, y contempló a los hombres que lo rodeaban. Las máscaras de gas y los uniformes de goma verde ocultaban su identidad. Quizá hubieran crecido en aquel mismo barrio, quizá hubieran asistido a la misma escuela antes de entrar en la factoría y convertirse en operarios sin rostro; sin embargo, no parecían capaces de reconocer a Fidel más de lo que él los reconocía a ellos.</p>
<p>El más próximo se adelantó despacio, tendiendo la mano con la palma hacia abajo.</p>
<p>—Aquí. Aquí. Tranquilo —dijo, con la voz ahogada por la máscara.</p>
<p>Tras él, un segundo operario apuntó a Fidel con un termómetro de infrarrojos. El láser pintó cuatro brillantes puntos rojos en su frente.</p>
<p>—Este debe de ser el foco —informó después de leer la temperatura.</p>
<p>—No pasa nada. Todo está bien ―continuó el primero, acercándose poco a poco mientras un tercero preparaba la pistola neumática―. ¿Verdad que todo está bien?</p>
<p>—Apartadlo del muro ―ordenó el operario armado.</p>
<p>El sol de la mañana se reflejó en la pistola. La aguja retraída estaba manchada de sangre. El camión entero rezumaba y empezaba a llenar el barrio con su hedor a humanidad. Sin embargo, no pasaría un día antes de que las nubes de desinfectante hubieran limpiado las calles, los jardines, el asfalto, el césped, las bocas de incendios. Pronto las casas estarían ocupadas por nuevos inquilinos, nuevas familias, nuevos empleados, nuevos niños, nuevos perros. Habría nuevos diarios cada mañana, nuevos desayunos, nuevos vecinos cortando de forma obsesiva el seto, nuevos besos de despedida.</p>
<p>Fidel se desplomó sobre sus rodillas.</p>
<p>—¡Un catarro! ¡Solo es un catarro!</p>
<p>Sus manos, que temblaron ante los operarios, acabaron cubriendo su cara sudorosa. Se habían acabado los cafés y las tostadas, las crónicas deportivas, el teatro, las esperas en la parada del autobús, las preocupaciones de su mujer porque no se resfriara, el sonido familiar del reloj marcando los segundos que faltaban para entrar y salir de la factoría.</p>
<p>—Vamos. Así, eso es. Todo acabará enseguida, ya lo verás.</p>
<p>Los operarios le tomaron por los hombros. Mientras Fidel hipaba, lo inclinaron hacia delante, hacia el limpio y cuidado cemento de la acera y, sin más ceremonia, le aplicaron la pistola neumática. Fidel ya no sentía nada cuando su cara entró en contacto con el frío suelo, ni cuando se lo tragó el camión, ni cuando se reencontró con Esperanza Gallo, ni cuando los Ruano se apretaron contra él, ni cuando lo hicieron después los Corrales, y el cartero, y el famoso media punta del barrio, y el resto del vecindario.</p>
<p>Una vez colmado su apetito, el camión monstruoso trepó de nuevo por la pendiente, gruñendo y estremeciéndose mientras arrastraba su pesada carga, y atravesó el distrito, ahora vacío y sembrado de diarios, maletines y recortes de seto que agitaba el viento en medio del silencio, para dirigirse de vuelta a su guarida en la humeante factoría, donde todo empezaba y terminaba en los años de la gripe.</p>
<p> </p>
<p>Fidel Bueno siempre había creído en la importancia de la naturalidad, y nunca había permitido que el desayuno manchara su traje. Pero al muchacho asilvestrado y sin techo que recibió su traje desinfectado en la puerta de inmigración lo único que le había importado en el mundo era poder ocupar algún día una vacante, dejar de malvivir recolectando hierbas fuera del muro y disfrutar de un hogar tranquilo y ordenado, donde la mayor preocupación fuera cuidar del jardín, las mañanas olieran siempre a café y a tostadas con mantequilla y nunca se oyera hablar de la gripe.</p>
<p>Por eso, cuando salió del control y el fresco de la mañana le hizo estornudar de forma incontenible, se limpió la nariz de forma instintiva en la manga del traje y siguió caminando hacia su nueva casa en la colina, observando con curiosidad los furgones de la compañía de teatro y las columnas de humo que brotaban de la ciudad.</p>
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		<title>El cielo de los ángeles</title>
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		<pubDate>Fri, 13 Aug 2010 15:03:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fran Ontanaya</dc:creator>
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		<category><![CDATA[ciencia ficción]]></category>
		<category><![CDATA[demonios]]></category>
		<category><![CDATA[distopía]]></category>
		<category><![CDATA[guerra]]></category>
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		<description><![CDATA[Luis asomaba las ojeras bajo el casco, encogido en sus ropas de campaña, y se frotaba las manos. Se le habían helado mientras sostenía el rifle. Estábamos expuestos a los cuatro vientos, los mismos que arrastraban sobre Zacatecas legiones de nubes cargadas de ceniza. Más allá del horizonte ardía un incendio sin control. El campanario izquierdo de la catedral, el que seguía intacto, estaba encerrado en una jaula electrificada. Podías oír el zumbido si te acercabas a los barrotes. —Pero, ¿qué son? —pregunté. —Ángeles, Chico. Luis no apartaba los ojos del cielo. Su mirada se achicaba con el paso de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Luis asomaba las ojeras bajo el casco, encogido en sus ropas de campaña, y se frotaba las manos. Se le habían helado mientras sostenía el rifle. Estábamos expuestos a los cuatro vientos, los mismos que arrastraban sobre Zacatecas legiones de nubes cargadas de ceniza. Más allá del horizonte ardía un incendio sin control.</p>
<p>El campanario izquierdo de la catedral, el que seguía intacto, estaba encerrado en una jaula electrificada. Podías oír el zumbido si te acercabas a los barrotes.</p>
<p>—Pero, ¿qué son? —pregunté.</p>
<p>—Ángeles, Chico.</p>
<p>Luis no apartaba los ojos del cielo. Su mirada se achicaba con el paso de las horas, finas y duras arrugas se formaban bajo los ojos y las sombras crecían en sus mejillas sin afeitar. Sin embargo, no había nada en el mundo que lo tentara a descansar antes de que saliera el Sol.<span id="more-4466"></span></p>
<p>Mientras tanto, yo solía quedarme observando las calles a través de los prismáticos. Estaba convencido de que un día heredaría aquel puesto y de que, cuando me hiciera viejo, otro lo heredaría a su vez, y así hasta el fin de los días, pues aquel era el orden normal de las cosas. En los dos meses que llevaba fuera del búnquer no había conocido otra clase de vida.</p>
<p>—Mamá y papá decían que los ángeles eran buenos —le reproché a Luis.</p>
<p>—Eso sólo es en los cuentos para dormir.</p>
<p>La ciudad que yo miraba no tenía color. Las nubes no dejaban que el sol de la mañana llegara al suelo. Las columnas de cemento rotas se erguían como estacadas y entre ellas, aquí y allá, el humo de pequeñas hogueras ensuciaba el aire. Había mucha historia enterrada bajo los escombros: coches, trajes elegantes, aparatos de música, carteles de cine. Todo se pudría poco a poco y caía en el olvido.</p>
<p>—Pero antes los ángeles no eran así.</p>
<p>Seguí a través de los prismáticos las pequeñas figuras que se deslizaban entre los muros quebrados, individuos sombríos que caminaban con pies ligeros como gatos bajo la lluvia. Cada cierto tiempo se paraban y se quedaban mirando al cielo.</p>
<p>—No hay antes. Los ángeles siempre han sido así.</p>
<p>—¿Por qué?</p>
<p>Yo no había sabido nada de los ángeles, aparte de lo que decían los libros, hasta dos meses atrás, cuando uno de ellos decidió posarse en el tejado de mi casa. Estuvo merodeando toda la noche, arrancando tejas y rompiendo ventanas, y se marchó al amanecer cuando se quedó satisfecho.</p>
<p>La unidad de Luis, que estaba patrullando las afueras en busca de comida, se acercó para echar un vistazo. Encontraron a mis padres tirados entre las malas hierbas de la entrada. El descuido de la calle contrastaba con su aspecto aseado. Los dos iban bien vestidos, como si fuera domingo y los hubieran sorprendido al ir a misa.</p>
<p>Luis sabía lo que eso quería decir. Registró la casa a conciencia hasta encontrar nuestra habitación del pánico. Le costó un poco convencerme para que abriera la puerta. Mis padres me habían dicho que no saliera bajo ningún pretexto mientras me quedara agua para un mes. Habían hecho una raya con un rotulador en el medidor del tanque de agua, señalando hasta dónde debía llegar. Todavía quedaba suficiente para tres meses.</p>
<p>En cuanto Luis consiguió que le abriera, me tomó en brazos y, sin perder el tiempo, me sacó de casa, tapándome los ojos al cruzar la calle. En realidad no había mucho que ver. Cuando las víctimas de los ángeles no se resistían solían quedar ilesas. Las patrullas a veces las encontraban con vida, aunque para entonces solo eran recipientes vacíos.</p>
<p>Yo no me di cuenta de que mis padres me habían abandonado hasta que Luis me sentó en el interior de la tanqueta y me dio su casco para que jugara con él. Había pasado varios años encerrado en el búnquer y me había acostumbrado a que mis padres trataran de distraerme con cualquier cosa cuando fuera estaba pasando algo. Así que en aquel momento, como si el casco tuviera la culpa, rompí a llorar.</p>
<p>Desde entonces, Luis se convirtió en mi hermano mayor. Todas las familias en aquella época eran como la nuestra: colecciones accidentales de parches y retazos. La gente llenaba los huecos que dejaban los ángeles sin pararse a pensar en qué número hacía el nuevo padre, madre, hija, hijo, marido, mujer, hermana o hermano.</p>
<p>Aquella mañana Luis y yo estábamos aguardando con impaciencia que llegara el final del turno. Pablo, que tenía el turno de día, tenía que haber llegado antes de que los supervivientes salieran de los refugios, pero el hambre estaba empezando a apretar y todo el mundo quería ser el primero en llegar a las escombreras.</p>
<p>Luis se rascó un picor en la sien y luego, con el casco ladeado, apoyó los brazos en las piernas y me contestó:</p>
<p>—Los ángeles no son malos. Solo tienen hambre, como nosotros. El problema es que ellos se alimentan de nuestra conciencia, alma o lo que sea.</p>
<p>—Pero las almas no se comen.</p>
<p>Luis se puso a remover los fardos entre los que estaba sentado para prepararse un café. Fue dejando todo entre sus piernas: un termo de agua caliente, una cucharilla, un cazo desportillado y una lata llena de sobres de café instantáneo. Cogió un puñado y fue mirando las fechas de caducidad. Me dio dos que estaban muy pasados para que me entretuviera arrojándolos fuera y viéndolos caer. No había nada para endulzar. La gente escondía el azúcar y la miel en vez de compartirlos.</p>
<p>Después de tirar los sobres, me quedé mirando el paisaje. Las vistas eran la única distracción. No había ningún edificio más alto que la catedral. Desde allí se podía avistar el valle entero: al norte, al sur, al este, al oeste… siempre la misma estampa de casas vacías y calles abandonadas.</p>
<p>Luis tomó un sorbo de su café y se frotó los labios, rodeados por la barba del día. Luego, me dijo:</p>
<p>—Cuando los ángeles te pillan, se comen tu voluntad y te dejan vacío, como un vegetal. Antes vivían en la estela de la Tierra y se comían la conciencia de los muertos, como las gaviotas detrás de un barco.</p>
<p>—Pero ahora están aquí.</p>
<p>—Pero ahora están aquí. Mira… un siglo atrás hubo muchas guerras. Murió mucha gente. Los ángeles se multiplicaron y entonces el alimento empezó a escasear. Así que se pusieron a pelearse por los restos y acabaron siguiendo la estela hasta la Tierra.</p>
<p>Ya saben cómo sigue la historia. Los ángeles comprimieron sus alas y descendieron del cielo por millones. Su piel estaba hecha para resistir las condiciones del espacio, así que las armas no les hacían nada. La única forma de eliminarlos era dispararles cuando abrían su boca abisal para devorar a sus víctimas. Mientras tanto, la gente que caía en la batalla moría sin morir. Y de los muertos, millones de muertos, nacían más ángeles que se abatían como una plaga sobre los vivos.</p>
<p>—¿Al final se irán?</p>
<p>—No. No pueden salir volando de la Tierra. Están atrapados aquí. Si nosotros nos extinguimos, ellos desaparecen también.</p>
<p>El cazo de Luis estaba vacío. Tenía los ojos vidriosos de dormir poco y miraba cansado las nubes. Cuando ambos dejamos de hablar, nos dimos cuenta de que alguien subía por la escalera del campanario. Podíamos oír las respiraciones agitadas entre el eco de las paredes.</p>
<p>Pablo fue el primero en entrar:</p>
<p>—Relevo —dijo, casi sin aliento. Detrás se oyó otra voz:</p>
<p>—Buenos días.</p>
<p>Esther se llevó una mano al pecho. Sus mejillas se habían ruborizado con el esfuerzo. Llevaba su uniforme de enfermera, un traje de fieltro cuidadosamente lavado para que no se notaran las manchas de sangre.</p>
<p>Pablo se hizo paso, pidiendo disculpas, y ocupó el lugar de Luis. Esther y Luis se encontraron muy apretados en el espacio junto a la escalera.</p>
<p>—Buenos… días —respondió Luis, cortado—. No hacía falta que subieras.</p>
<p>—Pensé que…</p>
<p>—Es tarde. Tenemos que llevar a Chico al refugio.</p>
<p>—Demos un paseo corto. Si no luego no dormirá.</p>
<p>Luis me hizo una seña para que me moviera. Luego, mientras me ayudaba a bajar por la escalera, le dijo a Esther:</p>
<p>—Dame un minuto. Me arreglaré.</p>
<p>—Claro.</p>
<p>—Estoy hecho una pena.</p>
<p>Luis y Esther estaban saliendo juntos. En realidad no se habían declarado, así que formalmente, si no en la práctica, solo paseaban todos los días antes de volver a los refugios. En aquellos tiempos, con la muerte pendiendo sobre nuestras cabezas, era difícil prometerse que permanecerían uno al lado del otro.</p>
<p> </p>
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		<title>El premio de lotería</title>
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		<pubDate>Fri, 13 Aug 2010 12:06:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fran Ontanaya</dc:creator>
				<category><![CDATA[alegoría]]></category>
		<category><![CDATA[distopía]]></category>
		<category><![CDATA[economía]]></category>
		<category><![CDATA[finanzas]]></category>
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		<description><![CDATA[Era un día gris y la ciudad estaba vacía y empapada. Tres operarios y una máquina trabajaban lentamente bajo la lluvia, derribando la antigua sede de un grupo financiero. Un perro ciego hurgaba junto a la valla con manía compulsiva. El rascacielos era la única estructura que seguía en pie en el barrio. El aire parecía haberse abierto paso a la fuerza a través del cemento, aplastando los edificios como burbujas en un plástico de relleno. Nadie echaba de menos lo que se había perdido. La ciudad había salido hacía tiempo de los pensamientos de la gente. Si acaso quedaba [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Era un día gris y la ciudad estaba vacía y empapada. Tres operarios y una máquina trabajaban lentamente bajo la lluvia, derribando la antigua sede de un grupo financiero. Un perro ciego hurgaba junto a la valla con manía compulsiva. El rascacielos era la única estructura que seguía en pie en el barrio. El aire parecía haberse abierto paso a la fuerza a través del cemento, aplastando los edificios como burbujas en un plástico de relleno.</p>
<p>Nadie echaba de menos lo que se había perdido. La ciudad había salido hacía tiempo de los pensamientos de la gente. Si acaso quedaba algo que valiera la pena mencionar, sin duda alguna era la inusitada transformación que había experimentado el señor S., el cual, despojado de toda aptitud para la interacción social, había quedado reducido a un esquemático conjunto de palancas y engranajes accionados por la fuerza mecánica de la rutina.<br />
<span id="more-4455"></span><br />
Para el señor S., la desaparición del barrio en torno al rascacielos en el que tenía su despacho había pasado desapercibida. Todavía no se había hecho a la idea de que el cambio radical que había sufrido la ciudad hubiera despojado por completo de sentido su antiguo estilo de vida. Sin embargo, no estaba solo en aquella tribulación. Todas las mañanas la policía acudía a las obras para echar a los saqueadores que por la noche saltaban las vallas y se colaban dentro. Conforme los morosos brazos de las máquinas derribaban los muros, los que se negaban a desprenderse de las ubres secas de la metrópoli aparecían detrás, pululando como termitas en un tronco de madera podrida.</p>
<p>El rascacielos era la obsesión central del señor S. Cada día, a primera hora de la mañana, llegaba caminando a través de la avenida, con su traje grande lleno de sietes y su figura huesuda de ojos hundidos, mejillas macilentas, boca fláccida y dedos largos y flacos como patas de araña. Los golpes de viento lo zarandeaban de un lado a otro y lo hacían tropezarse con sus propios pies.</p>
<p>Trastabillando de aquella manera, el señor S. cruzaba el asfalto, se detenía frente a la verja y se quedaba mirándola con expresión vacía. A continuación empezaba a acariciar el candado, se aferraba a él con ambas manos y le daba una violenta sacudida. Se quedaba inmóvil, dejando que el repicar de la valla se extinguiera en la distancia, y entonces volvía a empezar. Si no eran los operarios los que se cansaban de oírle e interrumpían las obras para abrirle la valla, él mismo se ponía a treparla, saltaba al otro lado y, sorteando los cascotes, corría escalera arriba hasta desaparecer en el interior del rascacielos.</p>
<p>Al cabo de un rato, el señor S. salía del edificio con paso taciturno. Sin dirigirle la palabra a nadie, abandonaba la obra, cruzaba la avenida y se perdía de nuevo en la ciudad.</p>
<p>Aquel era el ritual diario del misterioso señor S. Aunque muchos afirmaban conocerle de algo, incluso haber trabajado en el mismo departamento que él, nadie recordaba su nombre ni qué clase de vida llevaba fuera de la oficina.</p>
<p>Un día radiante de invierno, diez años antes de la crisis, en una ciudad mucho más limpia y próspera, se podía ver al señor S. estacionando su coche nuevo en su plaza reservada, bajándose de él con esfuerzo y desplazando su considerable masa para cruzar la avenida, esquivar con mal humor un cachorro abandonado en una caja de cartón y ascender la escalera del rascacielos. Una vez arriba, se secaba el sudor de la frente, guiñaba el ojo a la sonriente recepcionista, respiraba aliviado al sentir la caricia del aire acondicionado y se encaminaba hacia el elevador para ocupar su puesto en su elegante despacho.</p>
<p>El señor S. no era un hombre especialmente talentoso. De hecho, la certeza incuestionable de su falta de genio era lo que le había impulsado a dedicarse a las finanzas. Su éxito se podría atribuir a los caprichos de la fortuna y a la conocida tendencia del dinero a atraer más dinero. El mayor mérito del señor S. había sido mantener la boca cerrada mientras las bonanzas del azar se acumulaban sobre él.</p>
<p>Una de las supersticiones con las que compensaba su ignorancia de las causas de su buena suerte era comprar cada mañana un billete de lotería en la expendedora del vestíbulo de su planta. Había empezado a hacerlo cuatro años antes, el mismo día que lo contrataron. Desde entonces había jugado un total de setecientos veintiocho billetes, de los cuales, hasta aquel momento, setenta y cuatro le habían salido a devolver, ocho le habían pagado el almuerzo y dos el restaurante y la compañía ad hoc. Pese a sus discretos resultados, el señor S. se consideraba en general un jugador afortunado.</p>
<p>Aquel día radiante de invierno, sin embargo, al señor S. le tocó el gordo de Navidad.</p>
<p>Unos años más adelante, durante una primavera bochornosa, el señor S., cuya progresión en la empresa se había estancado, se vio obligado a dejar su coche en el aparcamiento subterráneo al otro lado de la avenida. Había tenido que vender su plaza reservada para financiar una operación, aunque esperaba recuperarla pronto en cuanto obtuviera beneficios.</p>
<p>La presión de su cargo había hecho mella en su físico. No le había quedado más remedio que renovar su vestuario, con algo menos de clase para no abusar de las tarjetas de crédito. Aun así, todavía solía vestir alguna prenda del traje con el que había ganado la lotería. Por ejemplo, aquella vez llevaba los mismos calcetines, cuya holgura era más fácil de disimular.</p>
<p>Aquella resultó ser una decisión infeliz. Cuando cruzaba la acera, un perro callejero salió de ninguna parte, se abalanzó hacia él y le mordió los tobillos. El señor S., escandalizado, trepó corriendo la escalera, agitando los pies para sacudirse al animal de encima. Llegó arriba tras conseguir librarse de su inesperado némesis, a costa, eso sí, de arruinar sus preciados calcetines.</p>
<p>Desanimado por la pérdida, el señor S. se aflojó la corbata, cruzó el vestíbulo, saludó de forma lacónica a la recepcionista, que no se fijó en él, y subió a su despacho. Antes de ocupar su asiento tras su escritorio de roble compró un billete de lotería. Sólo le tocó el reintegro. Suspiró resignado y se metió en su oficina, donde le esperaba una pila de asuntos pendientes.</p>
<p>Por aquel entonces el señor S. ya no llevaba en persona sus negocios. Se limitaba a supervisar los balances de sus subordinados y desconocía qué movía los entresijos de su babélica cartera. Todo lo que el señor S. sabía era que invirtiendo tanto dinero obtendría tantos beneficios al cabo de tanto tiempo, probablemente.</p>
<p>Mientras tanto, su vida privada también había empezado a resentirse. Como su trabajo había dejado de ser excitante, se recompensaba a sí mismo con aficiones de lo más excéntricas. Sin embargo, sus momentos de ocio consumían cada vez más rápido su dinero y sus mermadas energías y lo dejaban cada vez menos satisfecho.</p>
<p>Dos años antes de la crisis, el otoño era seco y monótono. El señor S. empezaba a tener dificultades para aparcar su viejo coche. Más de una vez lo dejaba en la calle, donde terminaba siendo víctima de la política jingoísta de algún chucho del barrio.</p>
<p>El hombre, demacrado y envejecido, había empezado a consumir cocaína para combatir las montañas de trabajo que se pudrían en su escritorio. Sin embargo, lo único que conseguía era sembrar el caos en todo lo que tocaba. Sus negocios empezaban a acusar sus altibajos, unos dilatándose de forma intolerable en el tiempo, otros hundiéndose de forma embarazosa en el fracaso. A lomos de aquel carrusel de excitación y pánico, el señor S. ni siquiera se molestaba en devolver el saludo a los que salían temprano de la oficina. Lo único que pasaba por su mente era reencontrarse cuanto antes con su adorada y odiada máquina expendedora de lotería.</p>
<p>La vieja usurera seguía en el mismo rincón, murmurando sin cesar su tonta letanía. El señor S. ya no se conformaba con hacer apuestas simples. En cuanto podía reclutaba a tres o cuatro juniors incautos para que jugaran con él. Después de reunir su botín, regresaba al vestíbulo de su planta y estampaba su móvil contra la máquina, con tanto ímpetu que parecía convencido de que obtendría mejores resultados si empleaba la fuerza.</p>
<p>Como era de esperar, aquel método no cambió su suerte. Así que el señor S. empezaba cada mañana encorvado ante los resguardos de sus boletos, arrugados y escampados por la superficie rayada del escritorio, y la continuaba con una nueva dosis de coca para enmascarar la perspectiva de otro día sombrío y estéril.</p>
<p>El capital del señor S. se fue por el sumidero en cuanto llegó la crisis. Hasta donde le fue posible mantuvo la ilusión de normalidad, conduciendo su coche entre el metro y la sede y vistiendo todavía sus mejores trajes a pesar de su alarmante delgadez. Evitaba al perro que ladraba ante el edificio, subía con calma la sucia escalera, cruzaba con pasos huecos el vestíbulo desierto y se metía en el elevador lleno de colillas para presentarse en su puesto de trabajo, al que sólo llegaban los avisos de impago y las insistentes llamadas de los fiscales.</p>
<p>Si todavía se acordaba de hacerlo, rascaba del fondo de un bolsillo una moneda y la dejaba caer en las insaciables entrañas de la máquina de lotería. La máquina aceptaba a regañadientes aquella obsoleta forma de pago y procedía a anunciar su veredicto, que era, de forma invariable, una nueva raya en los muros de aquella inmunda celda de cemento.</p>
<p>Con los brazos colgando, el señor S. entraba en su despacho y se sentaba ante su escritorio, al que habían ido a parar las venenosas carteras de los que se habían permitido dimitir. En la empresa solo quedaban los técnicos que mantenían los viejos servidores, los cuales, por mera inercia, seguían masticando y digiriendo con acidez los huesos que restaban del festín.</p>
<p>El señor S., apurado por las deudas y superado por la magnitud de sus problemas, había cambiado la cocaína por la marihuana. Sabiendo que nadie le iba a interrumpir, se liaba un pitillo con el resguardo de su boleto no premiado y, tras darle una larga chupada, se reclinaba en el sillón y se dejaba flotar por encima de la realidad. Así se iba diluyendo su conciencia, como el humo acre que danzaba y se enroscaba sobre su cabeza y llenaba poco a poco el techo de la habitación.</p>
<p>Un día frío y lluvioso de verano, el señor S. se acercó por última vez al rascacielos. El edificio se había ido debilitando como una torre de jenga. Cuando soplaba el viento se podía oír cómo crujía y rechinaba de forma lúgubre. Los operarios habrían preferido dinamitarlo y retirar luego los escombros antes de que se despertara el demonio que parecía llevar dentro.</p>
<p>Como si supiera que el tiempo apremiaba, el señor S. ignoró el candado, saltó la valla, pasó bajo la cascada de agua que se vertía por las grietas de la fachada y cruzó como una exhalación el vestíbulo inundado. Los operarios siguieron dirigiendo las mandíbulas de la máquina para que mordiera y desgarrara otro bocado de acero y hormigón.</p>
<p>La electricidad todavía fluía por el cableado del rascacielos, a pesar de que las aceras estaban levantadas y las plantas superiores habían desaparecido. Nadie había podido averiguar de dónde obtenía su energía. Sólo los servidores que controlaban el edificio habían dejado de funcionar. Como vampiros privados de sangre fresca, estaban todos muertos o en estado catatónico.</p>
<p>El señor S. tomó las escaleras y emprendió el largo camino ascendente, vuelta tras vuelta, hacia su despacho. La máquina de demolición había llegado a su planta el día anterior. Su despacho estaba hundido en parte y expuesto a la intemperie entre los muñones de los pilares maestros.</p>
<p>La expendedora de lotería nadaba en medio de un charco de cemento embarrado. El señor S. se quedó mirándola con impotencia, mientras la tormenta arreciaba y las aves que se habían refugiado bajo los improvisados aleros se estufaban y sacudían la humedad de sus plumas. La máquina ya no emitía ninguna de sus atractivas luces ni sus chirridos de reclamo. Solo yacía allí, inerte. El embrujo que había convertido el plástico y el metal en una dispensadora de felicidad se había desvanecido.</p>
<p>El señor S. hurgó en el bolsillo de su holgado pantalón. Sus dedos como patas de araña encontraron una roñosa moneda. Después de palparla un rato, la introdujo en la ranura. La moneda rodó por el interior, rebotó en algún recodo secreto y quedó finalmente depositada con un clinc apagado en el cajetín de la vuelta.</p>
<p>El señor S. miró la máquina con expresión estúpida. Se puso a acariciar los botones y el cristal resquebrajado de la pantalla. Hasta que, de pronto, la agarró con ambas manos y le dio una violenta sacudida. Los pájaros que estaban cerca salieron revoloteando.</p>
<p>Cuando pasó la desbandada, el señor S. tiró una vez más de la máquina, y otra vez más, y otra más. La máquina de lotería empezó a desprenderse de la pared. El señor S. siguió tirando hasta que la máquina cedió de golpe, arrancando los cables y arrastrándole consigo. Medio ahogado en el charco, sintió un calambre y dio un salto, retrocediendo a suelo seco.</p>
<p>Durante un tiempo no pasó nada. Pero, conforme la sobrecarga se propagaba por la red eléctrica, el edificio empezó a gruñir, a rugir, a humear por grietas y ventanas y a iluminarse con resplandores de fuego como si se hubiera convertido en el infame toro de Falaris. En la calle, los tres operarios abandonaron a su suerte la máquina de demolición y se alejaron corriendo de allí.</p>
<p>El incendio no tardó en debilitar la estructura. El rascacielos empezó a desmoronarse, lentamente, como si se estuviera plegando sobre sí mismo. El señor S., incapaz de superar la pérdida de su máquina de lotería, se dejó engullir sin más por la medusa de llamas y escombros, cuya furia no consiguió aplacar con su magro sacrificio.</p>
<p>Las pilas de cascotes siguieron ardiendo durante días. Aquí y allá columnas de humo blanco se retorcían de forma morosa contra el atardecer. Entre los escombros se veían restos de mobiliario y equipos electrónicos convertidos en irreconocibles amasijos.</p>
<p>Los operarios habían terminado su trabajo en aquel barrio. Ya no había ninguna pared que tapara el paisaje. Los campamentos y los viejos molinos de viento que rodeaban la ciudad como un corro de senderuelas se podían ver ahora más allá de los túmulos de cemento.</p>
<p>Un perro ciego hurgaba entre el polvo con manía compulsiva. Estuvo en ello toda la noche. Cuando rompió el alba, el perro, llamado E., consiguió desenterrar la manga chamuscada de un traje demasiado holgado. La mordió y estiró gruñendo de ella durante un buen rato, hasta que la tela no resistió más y se rompió.</p>
<p>Así terminó la transformación del desdichado señor S., quien, después de haber sido alcanzado por las fuerzas inexorables del caos, había quedado reducido a un despojo anónimo rebozado de cemento. Seguramente el destino con el que había contado no se parecía en nada al que tenía por delante: antes incluso de que los escombros se hubieran enfriado, los restos del señor S. servirían de relleno para los cimientos del próximo rascacielos, el cual también iba a disponer, no cabía duda de ello, de su propia máquina de lotería.</p>
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		<title>Petróleo</title>
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		<pubDate>Thu, 12 Aug 2010 15:32:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fran Ontanaya</dc:creator>
				<category><![CDATA[cambio climático]]></category>
		<category><![CDATA[ciencia ficción]]></category>
		<category><![CDATA[distopía]]></category>
		<category><![CDATA[Flash Fiction]]></category>
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		<description><![CDATA[El sol caía como ácido de baterías hirviente sobre las salinas y quebradas planicies del fondo del Golfo de México. El señor Neverworth estaba sentado bajo una sombrilla en su silla de ruedas. El asmático fuelle de una bomba circulaba agua fría por el interior de sus ropas de prospector decimonónico. Cada vez que respiraba aquel aire cáustico, intentaba calcular en cuánto se había acortado la vida útil de sus pulmones de plástico. Aunque sus ropas ocultaban las costuras, el señor Neverworth estaba rehecho a base de parches y remiendos. Pulmones, hígado, riñones, huesos, corazón, estómago, intestino, médula, músculos, próstata, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El sol caía como ácido de baterías hirviente sobre las salinas y quebradas planicies del fondo del Golfo de México. El señor Neverworth estaba sentado bajo una sombrilla en su silla de ruedas. El asmático fuelle de una bomba circulaba agua fría por el interior de sus ropas de prospector decimonónico. Cada vez que respiraba aquel aire cáustico, intentaba calcular en cuánto se había acortado la vida útil de sus pulmones de plástico.</p>
<p>Aunque sus ropas ocultaban las costuras, el señor Neverworth estaba rehecho a base de parches y remiendos. Pulmones, hígado, riñones, huesos, corazón, estómago, intestino, médula, músculos, próstata, piel, etcétera. Podría haber llevado una vida larga sin necesidad de toda aquella parafernalia, pero tenía un motivo de peso: el señor Neverworth siempre se había considerado merecedor de un pasaje a Marte. Y, conforme las oportunidades iban pasando, su creciente inquietud le había llevado a tratar de mejorar a cualquier precio sus condiciones físicas.<span id="more-4394"></span></p>
<p>Eventualmente, por falta de candidatos, los transbordos habían quedado reducidos a solo un viaje cada dos años, y el señor Neverworth todavía no había conseguido salir de aquel planeta.</p>
<p>De modo que, siguiendo el consejo que uno de sus ingenieros le había dado antes de partir, había usado lo que quedaba de su emporio para comprar los pozos de petróleo abandonados del Golfo de México, con el propósito de extraer el agua y vendérsela como combustible a la Cooperativa Marciana de Actividades y Empleo.</p>
<p>Si había una idea que mortificaba al señor Neverworth era que, si hubiera comprado el pasaje desde el principio, podría haberse ahorrado todos aquellos años de ignominia, incluyendo las operaciones que habían dejado la mayor parte de su cuerpo insensible como un pedazo de metal, y aun así haber conservado suficiente dinero para instalarse con cierta dignidad en Marte. Ahora estaba atado a aquel desierto corrosivo, y su destino se encontraba en manos de su más odiado némesis.</p>
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