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	<title>Fran Ontanaya &#187; economía</title>
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	<description>Autor, geek y diseñador web</description>
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		<title>El libro en un mercado para limones</title>
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		<pubDate>Mon, 23 Jan 2012 10:25:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fran Ontanaya</dc:creator>
				<category><![CDATA[Artículos]]></category>
		<category><![CDATA[economía]]></category>
		<category><![CDATA[edición]]></category>
		<category><![CDATA[Libros]]></category>

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		<description><![CDATA[Copipega de una discusión en los foros de Sedice.com: La oferta y la demanda no siempre producen resultados óptimos. En condiciones normales, el libro es un Mercado para Limones, en parte porque no hay suficiente información razonada e independiente sobre cada título, y en parte porque es imposible para el lector informarse sobre todos los títulos disponibles. Cuando la distribución estaba más limitada que ahora, esto se pasaba por alto porque los lectores no tenían alternativas. La distribución era la verdadera competición y las librerías pedían poco riesgo; una editorial puede compensar los limones con las cerezas, pero si a [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Copipega de una discusión en los foros de Sedice.com:</p>
<blockquote><p>La oferta y la demanda no siempre producen resultados óptimos. En condiciones normales, el libro es un <a href="http://en.wikipedia.org/wiki/Lemon_market">Mercado para Limones</a>, en parte porque no hay suficiente información razonada e independiente sobre cada título, y en parte porque es imposible para el lector informarse sobre todos los títulos disponibles.</p>
<p>Cuando la distribución estaba más limitada que ahora, esto se pasaba por alto porque los lectores no tenían alternativas. La distribución era la verdadera competición y las librerías pedían poco riesgo; una editorial puede compensar los limones con las cerezas, pero si a una librería le tocan muchos limones lo puede pasar mal.</p>
<p>Así que las librerías pedían novedades fiables, las editoriales producían novedades fiables, y los lectores las compraban porque la alternativa era no leer nada nuevo. Las editoriales y los autores más arriesgados se quedaban en casa porque no importa lo competitivos que fueran en otros aspectos, no podían competir en la distribución.</p>
<p>Sin un mecanismo compensatorio, esto termina perjudicando a todo el mundo, pues, conforme se retiran los productores de más valor, la media baja y cada vez es más difícil mantener los precios. Antes el mecanismo era una limitación muy estricta de la oferta, ahora ese mecanismo está desapareciendo y solo hay dos opciones: o se sube mucho la media o se desploman los precios.</p>
<p>Esta situación va directamente en contra del principio de todo negocio. En vez de hacer todo lo necesario para subsistir, la industria ha hecho todo lo necesario para afrontar los cambios en la distribución desde la peor posición posible. Si hubieran amasado lectores agradecidos y un fondo de autores capaces de estar a la altura de los tiempos, el valor medio del libro no sería tan frágil.</p></blockquote>
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		<title>Gracias por el pescado, Steve Jobs</title>
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		<pubDate>Wed, 24 Aug 2011 23:39:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fran Ontanaya</dc:creator>
				<category><![CDATA[Informática]]></category>
		<category><![CDATA[Android]]></category>
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		<category><![CDATA[computadores]]></category>
		<category><![CDATA[economía]]></category>
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		<category><![CDATA[Steve Jobs]]></category>
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		<description><![CDATA[Lo que uno piensa al oír que Steve Jobs se jubila: Se retira el máximo responsable de sacar la informática de consumo de la actitud increíblemente aburrida y corporativa de Microsoft e IBM. Sus méritos son inmensos, pero también es cierto que los tiempos han cambiado y el talento y la creatividad en el sector están mucho más repartidos. ¿Por qué no hay ya hype en torno a Tim Cook? Jobs se retira justo cuando Samsung le da guerra a Apple… … y cuando Apple parece más preocupada de pelear por patentes y amañar pruebas que de sus próximos productos. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Lo que uno piensa al oír que <a href="http://www.marketwatch.com/story/apple-ceo-steve-jobs-resigns-2011-08-24-1843500?dist=afterbell">Steve Jobs se jubila</a>:</p>
<ul>
<li>Se retira el máximo responsable de sacar la informática de consumo de la actitud increíblemente aburrida y corporativa de Microsoft e IBM. Sus méritos son inmensos, pero también es cierto que los tiempos han cambiado y el talento y la creatividad en el sector están mucho más repartidos.</li>
<li>¿Por qué no hay ya <em>hype</em> en torno a Tim Cook?</li>
<li>Jobs se retira justo cuando Samsung le da guerra a Apple…</li>
<li>… y cuando Apple parece más preocupada de pelear por patentes y amañar pruebas que de sus próximos productos.</li>
<li>Mientras tanto, Android sigue ganando cuota de mercado.</li>
<li>Y la liquidación de los TouchPad de HP a 99$ podría minar el mercado del iPad.</li>
<li>Por otro lado, las ventas de PCs están cayendo. Se habla del fin de la obsolescencia, es decir, de computadoras que pueden cubrir las necesidades presentes y futuras de los usuarios durante un largo tiempo.</li>
<li>Jobs deja pendiente la enorme tarea de abrir la nuez del mercado asiático. Quizá sea demasiado tarde.</li>
<li>El valor en bolsa de Apple fue recientemente, y por un breve periodo, mayor que el de ninguna otra empresa. Hablamos de un negocio que vende productos premium en un ciclo de crisis que va para largo. Un bajón en las acciones puede tener más impacto que la rebaja de calificación de S&amp;P.</li>
</ul>
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		<title>Sobre el significado del 15M</title>
		<link>http://www.franontanaya.com/2011/05/19/sobre-el-significado-del-15m/</link>
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		<pubDate>Thu, 19 May 2011 15:59:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fran Ontanaya</dc:creator>
				<category><![CDATA[Blog]]></category>
		<category><![CDATA[15M]]></category>
		<category><![CDATA[economía]]></category>
		<category><![CDATA[empleo]]></category>
		<category><![CDATA[sociología]]></category>

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		<description><![CDATA[Se habla estos días de Indignados como un movimiento que empezó el 15M, como si se tratara de una ocurrencia repentina de un puñado de internautas. Permitidme corregir eso. La indignación empieza hace una década, cuando chavales aún en secundaria que empezaban a pensar en su futuro se ven obligados a ir familiarizándose con los conceptos de Precariedad y Empresa de Trabajo Temporal. Chavales que tienen que elegir entre abandonar todo interés vocacional e irse a la obra, ignorar el estigma ibérico de la formación profesional, o meterse en una carrera apolillada. Durante los siguientes años esa indignación permaneció latente, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Se habla estos días de <em>Indignados</em> como un movimiento que empezó el 15M, como si se tratara de una ocurrencia repentina de un puñado de internautas. Permitidme corregir eso.</p>
<p>La indignación empieza hace una década, cuando chavales aún en secundaria que empezaban a pensar en su futuro se ven obligados a ir familiarizándose con los conceptos de <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Precariedad_laboral">Precariedad</a> y Empresa de Trabajo Temporal. Chavales que tienen que elegir entre abandonar todo interés vocacional e irse a la obra, ignorar el estigma ibérico de la formación profesional, o meterse en una carrera apolillada.</p>
<p>Durante los siguientes años esa indignación permaneció latente, en parte por la burbuja inmobiliaria y en parte por la dificultad de creer que la precariedad no fuera, en efecto, una fase temporal. Por el contrario, la precariedad o, lo que es lo mismo, el desplazamiento de todo el riesgo económico al empleado o profesional, se convirtió en el nuevo estado por defecto para generaciones y sectores enteros. De forma similar a los productos crediticios que han causado la crisis, a los precariados se les agrega y revende en paquetes securitizados sin atención alguna a la calidad de los empleos que forman el paquete.</p>
<p>Entre tanto, los políticos de ambos bandos se preocupan más por entrar en los clubes exclusivos de EEUU y Europa que por medir la sostenibilidad del modelo económico y de empleo que estaban usando para catapultar su imagen personal. Esa indignación se manifiesta en las movilizaciones contra guerras maquiavélicas y contra reformas educativas que no atajan realmente los problemas del sistema de acceso al trabajo y la investigación del que forman parte.</p>
<p>En ese contexto, la ley Sinde se convierte en un símbolo de esas prioridades equivocadas, de esa actitud de aislar la esfera de negocios de la realidad de las generaciones «sin» y, lo que es peor, de una creciente criminalización del joven precario acusándole de toda una serie de males, desde el paro, el alcoholismo y las hipotecas imposibles de pagar a la misma corrupción política, porque no van a votar o porque votan al «otro».</p>
<p>Así, mientras en Oriente Medio y en el norte de África tiene lugar el acontecimiento más importante desde la Segunda Guerra Mundial, encabezado por individuos en una situación similar e informados sobre la capacidad de los nuevos medios, las nuevas tecnologías y los nuevos conocimientos, en España tenemos focos de opinión y decisión que, sin ser capaces todavía de pronunciar “hashtag” o “Facebook” sin que se les trabe la lengua, insisten en negar cualquier necesidad de modernizar la democracia, las relaciones laborales y la provisión de derechos constitucionales como la vivienda o la educación. </p>
<p>Esta mezcla de papanatismo e inmovilismo es la que, tras varios ensayos durante el último medio año, termina abocando en el 15M y en el uso por parte de esta generación (en el sentido más amplio de la palabra) de su capacidad para proyectar de forma inter-política e internacional lo que en otro tiempo habría sido un asunto local y fuertemente politizado. Las mismas figuras que explotaron el boom para proyectarse en el exterior ven ahora que los precariados son quienes tienen el control de esa imagen y, en definitiva, de la pertenencia o no del país a la modernidad social y económica a ojos del resto del mundo.</p>
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		<title>Las donaciones no existen, solo el precio cero</title>
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		<pubDate>Mon, 17 Jan 2011 19:22:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fran Ontanaya</dc:creator>
				<category><![CDATA[Artículos]]></category>
		<category><![CDATA[crowdfunding]]></category>
		<category><![CDATA[donaciones]]></category>
		<category><![CDATA[economía]]></category>
		<category><![CDATA[oferta y demanda]]></category>
		<category><![CDATA[precio cero]]></category>
		<category><![CDATA[publicación]]></category>

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		<description><![CDATA[Las donaciones no existen. Cuando se examinan nuevos modelos de negocio para la cultura, se duda a menudo de la viabilidad de las «donaciones». En realidad de lo que estamos hablando de «precio cero», puesto que la palabra donación está fuera de lugar en un contexto económico. Es más, lo que afronta la cultura en la actualidad no es sólo un cambio de modelo de negocio, sino también un cambio en lo que se considera «cultura de valía». Desaparecida la escasez y los costes intrínsecos de la materialidad de los soportes, muchos creadores y productores tendrán que amanecerse en la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Las donaciones no existen. Cuando se examinan nuevos modelos de negocio para la cultura, se duda a menudo de la viabilidad de las «donaciones». En realidad de lo que estamos hablando de «precio cero», puesto que la palabra donación está fuera de lugar en un contexto económico.</p>
<p>Es más, lo que afronta la cultura en la actualidad no es sólo un cambio de modelo de negocio, sino también un cambio en lo que se considera «cultura de valía». Desaparecida la escasez y los costes intrínsecos de la materialidad de los soportes, muchos creadores y productores tendrán que amanecerse en la comprensión de que el mundo no necesita lo que están creando, ni tampoco pagar nada por consumirlo.</p>
<p>La palabra «donación» no define el cómo se determina el precio, define el por qué se paga ese precio. Donación es dar por un motivo altruista. Los críticos dudan del altruismo de los consumidores, por lo que consideran inviable vender un producto que se puede obtener por un precio cero.</p>
<p>Sin embargo, cuando hablamos de valor económico, es indiferente que un producto sea apreciado por altruismo, fe o delirio. Valor es valor, y precio es precio. Cuando una obra se obtiene de forma gratuita, se ha pagado un precio cero. Las normas de la oferta y la demanda siguen en vigor.</p>
<p>Tomemos como ejemplo una revista de historias de ciencia ficción que publica ciberpunk y óperas espaciales de autores profesionales, es decir, autores que se han formado para escribir y tratan de vivir de ese oficio. Los lectores de ciberpunk la adquieren en su mayoría pagando un precio mayor que cero, mientras que casi todos los lectores de óperas espaciales la descargan gratis.</p>
<p>Los autores de óperas espaciales, ante la evidencia de que el mercado le atribuye un precio cero a su producto, afrontan la decisión de abandonar ese género o cambiar de profesión (puesto que no pueden vivir de lo que hacían). Es razonable imaginar que la mayoría de los autores en este ejemplo se pasará ciberpunk.</p>
<p>Pronto, los lectores a los que no les interesa el ciberpunk dejan de descargar la revista. Si estos lectores insisten en seguir pagando un precio cero en otras publicaciones, eventualmente ningún autor profesional escribirá óperas espaciales.</p>
<p>Conforme las óperas espaciales se vuelven más raras, pues, los lectores afrontan la decisión de conformarse con la producción amateur o cambiar su valoración.</p>
<p>En el punto extremo, quedaría un solo autor profesional de óperas espaciales. Si la escasez y la excepcionalidad pesan lo suficiente, los lectores empezarán a comprar en vez de descargar. Si no, la sociedad del momento histórico en curso habrá declarado ese género como una cultura amateur, sin valor económico, y habrá trasladado la actividad profesional a otras áreas del conocimiento.</p>
<p>Este modelo económico ya existe <em>de facto</em> en la actualidad. Y algunas áreas de la producción cultural se están resintiendo. Las ventas de ciertos tipos de obras están descendiendo, como síntoma de que se consideran una cultura cuyo precio de mercado es cero. </p>
<p>En algunos casos esto no sorprende, pues todo el mundo sabía que eran obras de baja calidad. En otros el creador/productor puede extrañarse de que un género cultural que requiere gran habilidad e implicación personal no tenga valor para el público. </p>
<p>Supongamos que la música rock deja de tener oyentes que paguen por ella y, en el caso más extremo, dejan de crearse nuevos temas. ¿Qué impacto tendría? </p>
<p>En ciertas circunstancias el rock puede ser esencial: por ejemplo, para acompañar un anuncio o un reportaje que no funcionaría con otro tipo de música. Si no se crearan nuevos temas, se seguirían usando los antiguos. Si los creadores de publicidad disponen de suficientes temas para variar y que no resulten repetitivos, no les hará falta que se creen otros nuevos. Sólo unos pocos músicos, capaces de crear temas para publicidad cuya «novedad» y «actualidad» sea un factor crucial, podrían seguir optando a encontrar un precio de mercado superior a cero.</p>
<p>Una nueva obra en un área de la cultura sin valía puede ser consumida por millones y seguir teniendo precio cero. La razón es que, en ese acto de consumo, esa obra podría haber sido sustituida por muchas otras que también tienen precio cero. No nos costaría imaginar un sujeto que, de no tener acceso a un cierto <em>best-seller</em>, se hubiera sentido igualmente satisfecho leyendo, por ejemplo, una novela de Julio Verne. En ausencia de otros factores, ese <em>best-seller</em> tiene, para nuestro sujeto, el mismo valor que una novela de dominio público.</p>
<p>Resumiendo, una cultura que sólo obtiene ingresos de aquellos consumidores que quieren pagar un precio superior a cero por ella es totalmente compatible y propia en una economía de mercado. Sin embargo, el mercado cultural al que pertenece puede ser sustancialmente diferente del actual. </p>
<p>Ese cambio en la cultura de valía significa que el peso económico de areas importantes de la cultura, a las que nos habíamos acostumbrado a atribuir un cierto valor debido a su escasez y el coste del soporte, se puede ver reducido al mínimo. Y se trata de un descenso lógico e inevitable.</p>
<p>Por otro lado, aquellas obras cuya creación “urge” al público, obras que respondan a conflictos y problemas que aún no han sido resueltos por la cultura anterior, seguirán generando valor, siendo sobreentendido que pagar un precio superior a cero por ellas es tanto una incitación al creador para producir otras similares, como un mensaje que los usuarios envían a otros potenciales creadores que estén observando y cuya participación dependa del respaldo que manifieste el público.</p>
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		<title>El premio de lotería</title>
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		<pubDate>Fri, 13 Aug 2010 12:06:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fran Ontanaya</dc:creator>
				<category><![CDATA[alegoría]]></category>
		<category><![CDATA[distopía]]></category>
		<category><![CDATA[economía]]></category>
		<category><![CDATA[finanzas]]></category>
		<category><![CDATA[surrealismo]]></category>

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		<description><![CDATA[Era un día gris y la ciudad estaba vacía y empapada. Tres operarios y una máquina trabajaban lentamente bajo la lluvia, derribando la antigua sede de un grupo financiero. Un perro ciego hurgaba junto a la valla con manía compulsiva. El rascacielos era la única estructura que seguía en pie en el barrio. El aire parecía haberse abierto paso a la fuerza a través del cemento, aplastando los edificios como burbujas en un plástico de relleno. Nadie echaba de menos lo que se había perdido. La ciudad había salido hacía tiempo de los pensamientos de la gente. Si acaso quedaba [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Era un día gris y la ciudad estaba vacía y empapada. Tres operarios y una máquina trabajaban lentamente bajo la lluvia, derribando la antigua sede de un grupo financiero. Un perro ciego hurgaba junto a la valla con manía compulsiva. El rascacielos era la única estructura que seguía en pie en el barrio. El aire parecía haberse abierto paso a la fuerza a través del cemento, aplastando los edificios como burbujas en un plástico de relleno.</p>
<p>Nadie echaba de menos lo que se había perdido. La ciudad había salido hacía tiempo de los pensamientos de la gente. Si acaso quedaba algo que valiera la pena mencionar, sin duda alguna era la inusitada transformación que había experimentado el señor S., el cual, despojado de toda aptitud para la interacción social, había quedado reducido a un esquemático conjunto de palancas y engranajes accionados por la fuerza mecánica de la rutina.<br />
<span id="more-4455"></span><br />
Para el señor S., la desaparición del barrio en torno al rascacielos en el que tenía su despacho había pasado desapercibida. Todavía no se había hecho a la idea de que el cambio radical que había sufrido la ciudad hubiera despojado por completo de sentido su antiguo estilo de vida. Sin embargo, no estaba solo en aquella tribulación. Todas las mañanas la policía acudía a las obras para echar a los saqueadores que por la noche saltaban las vallas y se colaban dentro. Conforme los morosos brazos de las máquinas derribaban los muros, los que se negaban a desprenderse de las ubres secas de la metrópoli aparecían detrás, pululando como termitas en un tronco de madera podrida.</p>
<p>El rascacielos era la obsesión central del señor S. Cada día, a primera hora de la mañana, llegaba caminando a través de la avenida, con su traje grande lleno de sietes y su figura huesuda de ojos hundidos, mejillas macilentas, boca fláccida y dedos largos y flacos como patas de araña. Los golpes de viento lo zarandeaban de un lado a otro y lo hacían tropezarse con sus propios pies.</p>
<p>Trastabillando de aquella manera, el señor S. cruzaba el asfalto, se detenía frente a la verja y se quedaba mirándola con expresión vacía. A continuación empezaba a acariciar el candado, se aferraba a él con ambas manos y le daba una violenta sacudida. Se quedaba inmóvil, dejando que el repicar de la valla se extinguiera en la distancia, y entonces volvía a empezar. Si no eran los operarios los que se cansaban de oírle e interrumpían las obras para abrirle la valla, él mismo se ponía a treparla, saltaba al otro lado y, sorteando los cascotes, corría escalera arriba hasta desaparecer en el interior del rascacielos.</p>
<p>Al cabo de un rato, el señor S. salía del edificio con paso taciturno. Sin dirigirle la palabra a nadie, abandonaba la obra, cruzaba la avenida y se perdía de nuevo en la ciudad.</p>
<p>Aquel era el ritual diario del misterioso señor S. Aunque muchos afirmaban conocerle de algo, incluso haber trabajado en el mismo departamento que él, nadie recordaba su nombre ni qué clase de vida llevaba fuera de la oficina.</p>
<p>Un día radiante de invierno, diez años antes de la crisis, en una ciudad mucho más limpia y próspera, se podía ver al señor S. estacionando su coche nuevo en su plaza reservada, bajándose de él con esfuerzo y desplazando su considerable masa para cruzar la avenida, esquivar con mal humor un cachorro abandonado en una caja de cartón y ascender la escalera del rascacielos. Una vez arriba, se secaba el sudor de la frente, guiñaba el ojo a la sonriente recepcionista, respiraba aliviado al sentir la caricia del aire acondicionado y se encaminaba hacia el elevador para ocupar su puesto en su elegante despacho.</p>
<p>El señor S. no era un hombre especialmente talentoso. De hecho, la certeza incuestionable de su falta de genio era lo que le había impulsado a dedicarse a las finanzas. Su éxito se podría atribuir a los caprichos de la fortuna y a la conocida tendencia del dinero a atraer más dinero. El mayor mérito del señor S. había sido mantener la boca cerrada mientras las bonanzas del azar se acumulaban sobre él.</p>
<p>Una de las supersticiones con las que compensaba su ignorancia de las causas de su buena suerte era comprar cada mañana un billete de lotería en la expendedora del vestíbulo de su planta. Había empezado a hacerlo cuatro años antes, el mismo día que lo contrataron. Desde entonces había jugado un total de setecientos veintiocho billetes, de los cuales, hasta aquel momento, setenta y cuatro le habían salido a devolver, ocho le habían pagado el almuerzo y dos el restaurante y la compañía ad hoc. Pese a sus discretos resultados, el señor S. se consideraba en general un jugador afortunado.</p>
<p>Aquel día radiante de invierno, sin embargo, al señor S. le tocó el gordo de Navidad.</p>
<p>Unos años más adelante, durante una primavera bochornosa, el señor S., cuya progresión en la empresa se había estancado, se vio obligado a dejar su coche en el aparcamiento subterráneo al otro lado de la avenida. Había tenido que vender su plaza reservada para financiar una operación, aunque esperaba recuperarla pronto en cuanto obtuviera beneficios.</p>
<p>La presión de su cargo había hecho mella en su físico. No le había quedado más remedio que renovar su vestuario, con algo menos de clase para no abusar de las tarjetas de crédito. Aun así, todavía solía vestir alguna prenda del traje con el que había ganado la lotería. Por ejemplo, aquella vez llevaba los mismos calcetines, cuya holgura era más fácil de disimular.</p>
<p>Aquella resultó ser una decisión infeliz. Cuando cruzaba la acera, un perro callejero salió de ninguna parte, se abalanzó hacia él y le mordió los tobillos. El señor S., escandalizado, trepó corriendo la escalera, agitando los pies para sacudirse al animal de encima. Llegó arriba tras conseguir librarse de su inesperado némesis, a costa, eso sí, de arruinar sus preciados calcetines.</p>
<p>Desanimado por la pérdida, el señor S. se aflojó la corbata, cruzó el vestíbulo, saludó de forma lacónica a la recepcionista, que no se fijó en él, y subió a su despacho. Antes de ocupar su asiento tras su escritorio de roble compró un billete de lotería. Sólo le tocó el reintegro. Suspiró resignado y se metió en su oficina, donde le esperaba una pila de asuntos pendientes.</p>
<p>Por aquel entonces el señor S. ya no llevaba en persona sus negocios. Se limitaba a supervisar los balances de sus subordinados y desconocía qué movía los entresijos de su babélica cartera. Todo lo que el señor S. sabía era que invirtiendo tanto dinero obtendría tantos beneficios al cabo de tanto tiempo, probablemente.</p>
<p>Mientras tanto, su vida privada también había empezado a resentirse. Como su trabajo había dejado de ser excitante, se recompensaba a sí mismo con aficiones de lo más excéntricas. Sin embargo, sus momentos de ocio consumían cada vez más rápido su dinero y sus mermadas energías y lo dejaban cada vez menos satisfecho.</p>
<p>Dos años antes de la crisis, el otoño era seco y monótono. El señor S. empezaba a tener dificultades para aparcar su viejo coche. Más de una vez lo dejaba en la calle, donde terminaba siendo víctima de la política jingoísta de algún chucho del barrio.</p>
<p>El hombre, demacrado y envejecido, había empezado a consumir cocaína para combatir las montañas de trabajo que se pudrían en su escritorio. Sin embargo, lo único que conseguía era sembrar el caos en todo lo que tocaba. Sus negocios empezaban a acusar sus altibajos, unos dilatándose de forma intolerable en el tiempo, otros hundiéndose de forma embarazosa en el fracaso. A lomos de aquel carrusel de excitación y pánico, el señor S. ni siquiera se molestaba en devolver el saludo a los que salían temprano de la oficina. Lo único que pasaba por su mente era reencontrarse cuanto antes con su adorada y odiada máquina expendedora de lotería.</p>
<p>La vieja usurera seguía en el mismo rincón, murmurando sin cesar su tonta letanía. El señor S. ya no se conformaba con hacer apuestas simples. En cuanto podía reclutaba a tres o cuatro juniors incautos para que jugaran con él. Después de reunir su botín, regresaba al vestíbulo de su planta y estampaba su móvil contra la máquina, con tanto ímpetu que parecía convencido de que obtendría mejores resultados si empleaba la fuerza.</p>
<p>Como era de esperar, aquel método no cambió su suerte. Así que el señor S. empezaba cada mañana encorvado ante los resguardos de sus boletos, arrugados y escampados por la superficie rayada del escritorio, y la continuaba con una nueva dosis de coca para enmascarar la perspectiva de otro día sombrío y estéril.</p>
<p>El capital del señor S. se fue por el sumidero en cuanto llegó la crisis. Hasta donde le fue posible mantuvo la ilusión de normalidad, conduciendo su coche entre el metro y la sede y vistiendo todavía sus mejores trajes a pesar de su alarmante delgadez. Evitaba al perro que ladraba ante el edificio, subía con calma la sucia escalera, cruzaba con pasos huecos el vestíbulo desierto y se metía en el elevador lleno de colillas para presentarse en su puesto de trabajo, al que sólo llegaban los avisos de impago y las insistentes llamadas de los fiscales.</p>
<p>Si todavía se acordaba de hacerlo, rascaba del fondo de un bolsillo una moneda y la dejaba caer en las insaciables entrañas de la máquina de lotería. La máquina aceptaba a regañadientes aquella obsoleta forma de pago y procedía a anunciar su veredicto, que era, de forma invariable, una nueva raya en los muros de aquella inmunda celda de cemento.</p>
<p>Con los brazos colgando, el señor S. entraba en su despacho y se sentaba ante su escritorio, al que habían ido a parar las venenosas carteras de los que se habían permitido dimitir. En la empresa solo quedaban los técnicos que mantenían los viejos servidores, los cuales, por mera inercia, seguían masticando y digiriendo con acidez los huesos que restaban del festín.</p>
<p>El señor S., apurado por las deudas y superado por la magnitud de sus problemas, había cambiado la cocaína por la marihuana. Sabiendo que nadie le iba a interrumpir, se liaba un pitillo con el resguardo de su boleto no premiado y, tras darle una larga chupada, se reclinaba en el sillón y se dejaba flotar por encima de la realidad. Así se iba diluyendo su conciencia, como el humo acre que danzaba y se enroscaba sobre su cabeza y llenaba poco a poco el techo de la habitación.</p>
<p>Un día frío y lluvioso de verano, el señor S. se acercó por última vez al rascacielos. El edificio se había ido debilitando como una torre de jenga. Cuando soplaba el viento se podía oír cómo crujía y rechinaba de forma lúgubre. Los operarios habrían preferido dinamitarlo y retirar luego los escombros antes de que se despertara el demonio que parecía llevar dentro.</p>
<p>Como si supiera que el tiempo apremiaba, el señor S. ignoró el candado, saltó la valla, pasó bajo la cascada de agua que se vertía por las grietas de la fachada y cruzó como una exhalación el vestíbulo inundado. Los operarios siguieron dirigiendo las mandíbulas de la máquina para que mordiera y desgarrara otro bocado de acero y hormigón.</p>
<p>La electricidad todavía fluía por el cableado del rascacielos, a pesar de que las aceras estaban levantadas y las plantas superiores habían desaparecido. Nadie había podido averiguar de dónde obtenía su energía. Sólo los servidores que controlaban el edificio habían dejado de funcionar. Como vampiros privados de sangre fresca, estaban todos muertos o en estado catatónico.</p>
<p>El señor S. tomó las escaleras y emprendió el largo camino ascendente, vuelta tras vuelta, hacia su despacho. La máquina de demolición había llegado a su planta el día anterior. Su despacho estaba hundido en parte y expuesto a la intemperie entre los muñones de los pilares maestros.</p>
<p>La expendedora de lotería nadaba en medio de un charco de cemento embarrado. El señor S. se quedó mirándola con impotencia, mientras la tormenta arreciaba y las aves que se habían refugiado bajo los improvisados aleros se estufaban y sacudían la humedad de sus plumas. La máquina ya no emitía ninguna de sus atractivas luces ni sus chirridos de reclamo. Solo yacía allí, inerte. El embrujo que había convertido el plástico y el metal en una dispensadora de felicidad se había desvanecido.</p>
<p>El señor S. hurgó en el bolsillo de su holgado pantalón. Sus dedos como patas de araña encontraron una roñosa moneda. Después de palparla un rato, la introdujo en la ranura. La moneda rodó por el interior, rebotó en algún recodo secreto y quedó finalmente depositada con un clinc apagado en el cajetín de la vuelta.</p>
<p>El señor S. miró la máquina con expresión estúpida. Se puso a acariciar los botones y el cristal resquebrajado de la pantalla. Hasta que, de pronto, la agarró con ambas manos y le dio una violenta sacudida. Los pájaros que estaban cerca salieron revoloteando.</p>
<p>Cuando pasó la desbandada, el señor S. tiró una vez más de la máquina, y otra vez más, y otra más. La máquina de lotería empezó a desprenderse de la pared. El señor S. siguió tirando hasta que la máquina cedió de golpe, arrancando los cables y arrastrándole consigo. Medio ahogado en el charco, sintió un calambre y dio un salto, retrocediendo a suelo seco.</p>
<p>Durante un tiempo no pasó nada. Pero, conforme la sobrecarga se propagaba por la red eléctrica, el edificio empezó a gruñir, a rugir, a humear por grietas y ventanas y a iluminarse con resplandores de fuego como si se hubiera convertido en el infame toro de Falaris. En la calle, los tres operarios abandonaron a su suerte la máquina de demolición y se alejaron corriendo de allí.</p>
<p>El incendio no tardó en debilitar la estructura. El rascacielos empezó a desmoronarse, lentamente, como si se estuviera plegando sobre sí mismo. El señor S., incapaz de superar la pérdida de su máquina de lotería, se dejó engullir sin más por la medusa de llamas y escombros, cuya furia no consiguió aplacar con su magro sacrificio.</p>
<p>Las pilas de cascotes siguieron ardiendo durante días. Aquí y allá columnas de humo blanco se retorcían de forma morosa contra el atardecer. Entre los escombros se veían restos de mobiliario y equipos electrónicos convertidos en irreconocibles amasijos.</p>
<p>Los operarios habían terminado su trabajo en aquel barrio. Ya no había ninguna pared que tapara el paisaje. Los campamentos y los viejos molinos de viento que rodeaban la ciudad como un corro de senderuelas se podían ver ahora más allá de los túmulos de cemento.</p>
<p>Un perro ciego hurgaba entre el polvo con manía compulsiva. Estuvo en ello toda la noche. Cuando rompió el alba, el perro, llamado E., consiguió desenterrar la manga chamuscada de un traje demasiado holgado. La mordió y estiró gruñendo de ella durante un buen rato, hasta que la tela no resistió más y se rompió.</p>
<p>Así terminó la transformación del desdichado señor S., quien, después de haber sido alcanzado por las fuerzas inexorables del caos, había quedado reducido a un despojo anónimo rebozado de cemento. Seguramente el destino con el que había contado no se parecía en nada al que tenía por delante: antes incluso de que los escombros se hubieran enfriado, los restos del señor S. servirían de relleno para los cimientos del próximo rascacielos, el cual también iba a disponer, no cabía duda de ello, de su propia máquina de lotería.</p>
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		<title>¿Cuánto gana un escritor?</title>
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		<pubDate>Tue, 08 Dec 2009 06:55:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fran Ontanaya</dc:creator>
				<category><![CDATA[Artículos]]></category>
		<category><![CDATA[Blog]]></category>
		<category><![CDATA[derechos de autor]]></category>
		<category><![CDATA[economía]]></category>
		<category><![CDATA[edición]]></category>
		<category><![CDATA[escritores]]></category>

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		<description><![CDATA[Un escritor de novelas gana menos que un repartidor de publicidad. Suponiendo que alguna editorial en España quisiera publicarle en pleno tiempo de crisis, un escritor ordinario recibirá un contrato de edición por unos 3.000 ejemplares, de los cuales si hay suerte se venderán 2.000. Seguramente recibirá un 10% sobre el precio de venta, aunque hay editores que pagan menos, y puede que descuenten del precio final algunos costes. Si el escritor tiene agente, tendrá que darle un 15%. Pero, siendo optimistas, nos quedaremos con que cobra un 10% del precio final de 2.000 ejemplares, que se venden a unos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Un escritor de novelas gana menos que un repartidor de publicidad. Suponiendo que alguna editorial en España quisiera publicarle en pleno tiempo de crisis, un escritor ordinario recibirá un contrato de edición por unos 3.000 ejemplares, de los cuales si hay suerte se venderán 2.000. </p>
<p>Seguramente recibirá un 10% sobre el precio de venta, aunque hay editores que pagan menos, y puede que descuenten del precio final algunos costes. Si el escritor tiene agente, tendrá que darle un 15%. </p>
<p>Pero, siendo optimistas, nos quedaremos con que cobra un 10% del precio final de 2.000 ejemplares, que se venden a unos 15€. Eso equivale a 3.000€. De esos 3.000€ tendrá que pagar impuestos. Si es profesional, tendrá que pagar el 18% de IRPF, además de las cuotas de la Seguridad Social.</p>
<p>Normalmente, la clase de novela que pasa el filtro editorial se escribe en 6 meses. Por lo tanto: ( 3.000 — ( 3.000 * 18% ) — 251 * 6 ) / 6 = <strong>159€ al mes.</strong></p>
<p>Por supuesto, existe un pequeño número de escritores que compiten en las mesas de novedades y ganan algo más. Muchos vienen del periodismo, del mundo académico, de la política o han tenido escarceos con el cine.</p>
<p>No puedo daros datos sobre cuánto ganan los autores que reciben el cariño de las editoriales (porque no los tengo) pero pueden servir de referencia algunos autores del mercado anglosajón menos famosos pero con cifras de ventas similares a lo que se vende en español.</p>
<p>Por ejemplo, <a href="http://www.genreality.net/more-on-the-reality-of-a-times-bestseller">S. L. Viehl</a> sobre su libro <em>Twilight Fall</em>:</p>
<blockquote><p>Las ventas totales de la novela se sitúan ahora en 89.142 copias, menos retornos de 27.479, para unas ventas netas de 61.663 copias. […] probablemente llevará de seis meses a un año más para que la novela gane el resto de mi avance de 50.000$.</p>
<p>Así que, ¿cuánto dinero he ganado por mi best-seller en la lista del Times? Dependiendo del tipo de venta, saco 6–8% del precio de cubierta, 7,99$. Tras pagar impuestos, la comisión a mi agente, y cubrir mis gastos, el beneficio neto del libro se sitúa en 24.517,36$</p></blockquote>
<p><a href="http://kimberlypauley.com/2009/11/21/a-challenge-for-my-fellow-authors/">Kimberly Pauley</a> sobre <em>Sucks to Be Me</em> (<strong>nota:</strong> son los números para el primer mes; ved también “<a href="http://kimberlypauley.com/2009/04/20/so-how-much-money-do-writers-make-anyway/">So, how much money do writers make anyway?</a>” y “<a href="http://kimberlypauley.com/2009/12/08/on-self-publishing-and-the-sometimes-uselessness-of-trying-to-be-helpful/">On Self Publishing and the sometimes uselessness of trying to be helpful…</a>”):</p>
<blockquote><p>Unidades totales: 12.604    Unidades retornadas: 28    Unidades netas: 12.576</p>
<p>Derechos obtenidos: 11.280,67$    Reserva retenida: 2.261,16$    Reserva liquidada: 25.12$</p>
<p>Derechos netos obtenidos: 9.044,63$ (menos 4.000,00$ del anticipo) = 5.044,63$</p></blockquote>
<p><a href="http://saundramitchell.com/blog/?p=2277">Saundra Mitchell</a> sobre <em>Shadowed Summer</em>:</p>
<blockquote><p>Mi adelanto fueron 15.000$ […] </p>
<p>Todavía no sé cuánto fue mi tirada inicial, parece que fue de 5.500–6.000; sé que mi segunda tirada fue de 1.500.[…]</p>
<p>He obtenido la mitad de mi adelanto hasta este punto, y el total de copias elegibles para el pago de derechos que se han vendido está listado en 3.456</p></blockquote>
<p><a href="http://www.ellenhopkins.com/">Ellen Hopkins</a> sobre <em>Crank</em>:</p>
<blockquote><p>Obtuve un avance de 8.000$ […] El libro salió en octubre de 2004, y este estado de cuentas es para marzo de 2009, así que es para cuatro años y medio: las unidades netas vendidas son 460.839. Los ingresos netos son 354.379,33$.</p></blockquote>
<p>J. A. Konrath <a href="http://jakonrath.blogspot.com/2009/10/kindle-numbers-traditional-publishing.html">comparó</a> el pasado octubre los ingresos con su editorial y los de las mismas obras autoeditadas para Kindle.</p>
<blockquote><p>Hyperion publica seis títulos de mi serie de Jack Daniels series. Me dieron mis cifras de ebooks. […]</p>
<p>Whiskey Sour a 3,96$: 550 ventas, 341$ ganados.</p>
<p>Bloody Mary a 7,99$: 180 ventas, 381$ ganados.</p>
<p>Rusty Nail a 7,99$: 153 ventas, 341$ ganados.</p>
<p>Dirty Martini a 6,39$: 202 ventas, 604$ ganados.</p>
<p>Fuzzy Navel a 7,59$: 152 ventas, 341$ ganados.</p>
<p>Eso son 1.237 ebooks vendidos en seis meses. Dinero total en el bolsillo de J. A.: 2.008$.  […]</p>
<p>Ahora vamos a comparar estos con mis ventas autoeditadas en Kindle. Usaré mis cuatro novelas para comparar. </p>
<p>The List a 1,99$: 5.142 ventas, 3.600$ ganados.</p>
<p>Origin a 1,99$: 2.619 ventas, 1.833$ ganados.</p>
<p>Disturb a 1,99$: 1.139 ventas, 797$ ganados.</p>
<p>Shot of Tequila a 1,99$: 900 ventas, $630 ganados.</p>
<p>Eso son 9.800 ebooks vendidos en seis meses. Dinero total en el bolsillo de JA: $6.860.</p></blockquote>
<p><a href="http://holtzbrinckinternet.typepad.com/bfreeman/2009/03/economics.html">Brian Freeman</a> sobre la economía de los derechos de autor:</p>
<blockquote><p>Empezando con un libro de tapas duras por 24,95$. […]<br />
12,48$ para el librero (50%)<br />
9,98$ para la editorial (50% menos la parte del autor y del agente)<br />
2,12$ para el autor (10% del precio de venta menos el 15%)<br />
0,38$ para el agente (15% del 10%)</p></blockquote>
<p>Esta es la realidad del mercado editorial. Un autor podría vivir medio año vendiendo 3.000 ejemplares por libro si los publicara sin intermediarios. Sin embargo, mientras las ventas las siga decidiendo la publicidad en los grandes medios, los lectores seguirán comprando libros en el supermercado, por lo que ese escenario aún no es posible.</p>
<p>Los nuevos autores tienen hoy en día dos opciones: o escriben con la idea de que sus ingresos son virtualmente cero y los que reciben un salario son todos los demás participantes de la industria, o empiezan a hacer campaña para convencer a los lectores de que cambien de hábitos.</p>
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