Tag: guerra

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El avión de hojalata


Aque­lla mañana el dueño de la tienda de jugue­tes de hoja­lata ha­bía cerrado las puer­tas a cal y canto. Un carro de madera engan­chado a un caba­llo de tiro triste y gris aguar­daba en la entrada. Los sol­da­dos, los avio­nes, los moto­ris­tas y los coches de bom­be­ros habían aban­do­nado el olor espe­cial de los expo­si­to­res y se habían embar­cado en las cajas, ape­lo­to­na­dos y lle­nos de colo­res, mez­cla­dos como aque­llos emi­gran­tes que par­tían hacia las Amé­ri­cas con las male­tas lle­nas de ham­bre y frá­gi­les esperanzas.

El nom­bre del jugue­tero era José, pero todos lo lla­ma­ban don Pepe, era calvo, tenía la cara larga, gafas redon­das y enor­mes arru­gas en la frente. La tisis se había lle­vado joven a su pri­mera esposa y sus dos hijos mayo­res habían muerto tam­bién, uno por bol­che­vi­que y el otro por ladrón. Luego, por no que­darse solo, se había casado con su criada, que tenía veinte años menos que él. Seguir leyendo… (3075 palabras)



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El año que perdí a Lucy


Mi nom­bre es Shinji Maeda. Conocí a Lucy en Mis­souri, cerca de Saint Louis, el pri­mer invierno des­pués de los aten­ta­dos. Las Fuer­zas de Paz de las Nacio­nes Uni­das esta­ban des­ple­ga­das en la región en misión huma­ni­ta­ria. Yo lle­vaba el regis­tro de super­vi­vien­tes y reco­pi­laba infor­ma­ción para iden­ti­fi­car­los y reunir­los con sus fami­lias. Escu­ché las his­to­rias de muchas víc­ti­mas, adul­tos, niños, ancia­nos, sol­te­ros, casa­dos, gente pobre, gente rica, ciu­da­da­nos hon­ra­dos e indi­vi­duos de prin­ci­pios cues­tio­na­bles. Sin embargo, por muy deta­lla­dos que fue­ran sus tes­ti­mo­nios, nunca lle­gué real­mente a saber nada acerca de ellos.

Lucy era dife­rente. Su dolor y sus recuer­dos eran invi­si­bles. Desde el pri­mer momento creí enten­der lo que nece­si­taba. Pero, quizá por eso, por­que yo no veía aque­llos fan­tas­mas, nunca supe qué debía hacer para apar­tar­los de ella. Nunca supe, ni siquiera aquel día de verano de 2032, en el par­que Shiba de Tokio, cómo podía sal­varla de aquel pasado que la ace­chaba. Seguir leyendo… (7121 palabras)



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Grigol


Cuando Gri­gol plantó los pies en la ribera y alzó la cabeza, el mundo entero dio un vuelco y con él, aun­que el joven pas­tor aún no podía saberlo, su vida monó­tona y anodina.

Unos momen­tos antes, su rebaño pas­taba en la cima de la colina, en uno de los ver­des valles del Cáu­caso, mien­tras él lo con­tem­plaba dis­traído, apo­yado en su bas­tón. El sol bañaba los pra­dos y las lade­ras entre una manada de nubes suel­tas e hin­cha­das. Las ove­jas se entre­la­za­ban de forma alea­to­ria pero armó­nica, como figu­ras de un ara­besco viviente, y no pare­cía que nada extra­or­di­na­rio fuera a suceder.

Arro­pado por el calor tibio y res­plan­de­ciente del medio­día, Gri­gol se dejaba caer en un lúcido ensueño. El tiempo trans­cu­rría des­pa­cio en la mon­taña. El joven pas­tor geor­giano, que aún no había cum­plido la trein­tena, había pasado buena parte de su vida en aquel valle. Y, aun­que desde que se encon­traba allí ape­nas había cru­zado unas pala­bras con nadie, puesto que había ele­gido él mismo aquel estilo de vida no le preo­cu­paba en abso­luto la mono­to­nía del silen­cio. Seguir leyendo… (6579 palabras)