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Teaser del próximo relato


Mi pró­ximo relato se titula “El jabón del Club Bil­der­berg” y está com­pro­me­tido para la anto­lo­gía “Per­ver­sio­nes: Mis­te­rios sin resol­ver”. Se trata de una anto­lo­gía de unos treinta auto­res, orga­ni­zada en los foros de Sedice.com y auto­edi­tada mien­tras nadie diga lo con­tra­rio. Las anto­lo­gías “Per­ver­sio­nes” toman his­to­rias de la cul­tura popu­lar y les dan un giro dife­rente. El jabón del Club Bil­der­berg 1. Lio Ekans era sin duda el empleado más obs­curo y enig­má­tico de Lever Brot­hers, fabri­can­tes de jabón entre 1885 y 1930. En docu­men­tos que nadie se acor­daba de mirar figu­raba como agente comer­cial; es decir, su trabajo […]



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La burbuja de la crítica


Si digo que «toda obra tiene sus lec­to­res», encon­traré mucha gente dis­puesta a sus­cri­bir este axioma. Es ten­ta­dor pen­sar que si dejá­se­mos tirada en la calle cual­quier obra, y digo cual­quier obra, pronto apa­re­ce­ría alguien que la adop­ta­ría y la abra­za­ría y la lla­ma­ría George.

Al fin y al cabo, leer siem­pre es una obli­ga­ción cívica. Igual que dar los bue­nos días al vecino en el por­tal o comen­tarle a la pana­dera el frío que hace. Si un edi­tor, agente, autor o jefe de ven­tas se cruza en nues­tro camino y nos arroja en el regazo un manus­crito, lo menos que pode­mos hacer es dete­ner­nos y dedi­carle por com­pleto nues­tra atención.

Esto es, por supuesto, un pri­vi­le­gio par­ti­cu­lar de la lite­ra­tura. Si un empren­de­dor fuera al des­pa­cho de un inver­sor y, sin iden­ti­fi­car sobre qué trata el pro­yecto, pero ase­gu­rando que es algo extra­or­di­na­rio, le pidiera que aguan­tara media hora de pre­sen­ta­ción al final de la cual podría juz­gar por sí mismo sus vir­tu­des, lo nor­mal es que lo echa­ran por la puerta de una patada en el trasero.

En cam­bio, la lite­ra­tura tiene excu­sas de sobra. Por ejem­plo, «reivin­di­car la ima­gi­na­ción». O «refle­xio­nar sobre la reali­dad». O «sacar a la luz nues­tro lado oculto», «entre­te­ner», «poner a prueba las creen­cias prees­ta­ble­ci­das», «expo­ner ver­da­des des­ga­rra­do­ras», «sor­pren­der al lec­tor», «reno­var la lite­ra­tura». Con estos prin­ci­pios sole­mos garan­ti­zar la tras­cen­den­cia de nues­tras obras. Y, si al lec­tor no le gus­tan, tam­bién tene­mos otros. Seguir leyendo… (532 palabras)



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Ignorancia racional, enhanced ebooks y jóvenes autores


Quizá el mayor dolor de cabeza para los auto­res jóve­nes y ―en cierta medida― para los lec­to­res que podrían estar intere­sa­dos en su pro­duc­ción es lo que se conoce como «igno­ran­cia racional»:

La igno­ran­cia sobre un asunto se dice que es «racio­nal» cuando el coste de edu­carse uno mismo sobre ese asunto lo sufi­ciente para tomar una deci­sión infor­mada puede pesar más que cual­quier bene­fi­cio poten­cial que uno razo­na­ble­mente podría espe­rar ganar de esa deci­sión, de modo que sería irra­cio­nal des­per­di­ciar tiempo hacién­dolo. — Wiki­pe­dia

Cuando un pro­blema es muy com­plejo, el público toma la deci­sión heu­rís­tica de guiarse solo por una o dos seña­les ele­men­ta­les. En el caso de la lite­ra­tura, por ejem­plo: Seguir leyendo… (906 palabras)