Tag: realismo mágico

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Tormenta eléctrica


Llueve. El cielo es gris y azul pro­fundo y se cierne sobre la ciu­dad de carre­tera. El grupo de rock inde­pen­diente cruza por el paso ele­vado para peatones.

Desde este punto de vista pri­vi­le­giado, ven la tor­menta enfi­lando la inter­mi­na­ble len­gua de asfalto, casas de tres pisos a un lado, casas de tres pisos al otro, loca­les de foto­gra­fía y de herra­mien­tas, acero rayado del museo de arte moderno que mis­te­rio­sa­mente ha ate­rri­zado aquí, en las entra­ñas de la Nor­te­amé­rica pro­funda, la de las ran­che­ras y los camio­nes enor­mes, la de los hip­pies en sus coches del setenta y ocho, la de las gorras de gaso­li­nera y los vaque­ros man­cha­dos de aceite, los mono­vo­lú­me­nes fami­lia­res con sus chi­cos de corte de pelo de cham­pi­ñón y sus jugue­tes de ham­bur­gue­se­ría, fur­go­nes blan­cos que lle­van rollos de cable para repa­rar líneas eléc­tri­cas, auto­ca­ra­va­nas que arras­tran car­bo­ni­lla de miles de kiló­me­tros de páramo de hier­bas ralas y cober­ti­zos des­tar­ta­la­dos. Seguir leyendo… (899 palabras)



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La lógica del queso


El tiempo es como el agua. No nece­sita fluir para existir.

Tomo nota:

Día de hoy número dos­cien­tos vein­ti­cinco del mes pre­sente. Este es mi ter­cer cua­derno. Fuera está nublado.

Cuando todo esto empezó… No, (tacho la última línea). Estos dos­cien­tos vein­ti­cua­tro días de hoy suce­die­ron un día de otoño de no importa qué año, no importa qué lugar de Gali­cia, desde el que no se veía el mar, aun­que se podía oler. Yo no tenía por qué estar aquí; tam­poco es que sepa por qué.

Calculo que fuera debe de ser verano, junio, julio tal vez. En reali­dad, parece que es febrero. Eso es un pro­blema. Des­pués de siete meses en esta casa he lle­gado a la con­clu­sión de que el tiempo puede embal­sarse, puede con­te­nerse, como el agua de un lago (no, más bien, como un charco de llu­via). Fue un des­cu­bri­miento difí­cil. Por una parte, supuso expe­ri­men­tar un periodo de inelu­di­ble neu­ro­sis, con su con­se­cuente inope­ran­cia men­tal. La per­cep­ción del tiempo es un meca­nismo natu­ral, como ori­nar o defe­car, o un orgasmo. No pue­des luchar con­tra ello por­que, en ver­dad, es como inten­tar tocar tu codo dere­cho con tu mano dere­cha. O cuando a un perro al que le cor­ta­ron el rabo intenta mor­derse el muñón. Está fuera de tu alcance por­que está dema­siado cerca. Seguir leyendo… (1433 palabras)



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Grigol


Cuando Gri­gol plantó los pies en la ribera y alzó la cabeza, el mundo entero dio un vuelco y con él, aun­que el joven pas­tor aún no podía saberlo, su vida monó­tona y anodina.

Unos momen­tos antes, su rebaño pas­taba en la cima de la colina, en uno de los ver­des valles del Cáu­caso, mien­tras él lo con­tem­plaba dis­traído, apo­yado en su bas­tón. El sol bañaba los pra­dos y las lade­ras entre una manada de nubes suel­tas e hin­cha­das. Las ove­jas se entre­la­za­ban de forma alea­to­ria pero armó­nica, como figu­ras de un ara­besco viviente, y no pare­cía que nada extra­or­di­na­rio fuera a suceder.

Arro­pado por el calor tibio y res­plan­de­ciente del medio­día, Gri­gol se dejaba caer en un lúcido ensueño. El tiempo trans­cu­rría des­pa­cio en la mon­taña. El joven pas­tor geor­giano, que aún no había cum­plido la trein­tena, había pasado buena parte de su vida en aquel valle. Y, aun­que desde que se encon­traba allí ape­nas había cru­zado unas pala­bras con nadie, puesto que había ele­gido él mismo aquel estilo de vida no le preo­cu­paba en abso­luto la mono­to­nía del silen­cio. Seguir leyendo… (6579 palabras)