Cómo *no* combatir la piratería
En 1828, los ciudadanos de Edimburgo (Escocia) fueron sacudidos por la revelación de una macabra serie de asesinatos: William Burke y William Hare, dos inmigrantes irlandeses, se habían dedicado durante casi un año a suministrar cadáveres al doctor Robert Knox, un ambicioso anatomista dispuesto a no hacer preguntas y pagar generosamente cada entrega.
En aquella época los cadáveres para el estudio escaseaban, tanto que no era raro que los estudiantes rastrearan los cementerios en busca de muertos recientes. La ley sólo permitía diseccionar los cuerpos de los ejecutados por asesinato. El aumento del interés por la medicina y la reducción en el número de ejecuciones alimentaron un siniestro mercado negro que permaneció en la sombra hasta que Burke y Hare fueron descubiertos.
Aquel espeluznante caso llevó al Parlamento británico a redactar y aprobar la Anatomy Act de 1832, aumentando el suministro legal de cadáveres para el estudio. Al respecto, la revista médica Lancet escribió:
“Burke y Hare … se diría, son los autores reales de la medida, y aquella que nunca habría sido sancionada por la deliberada sabiduría del parlamento, está a punto de ser arrancada a la fuerza por sus temores”
Igual que entonces, tenemos hoy una autoridad ―en este caso la industria― que es poco diligente para facilitar el acceso legal a un recurso necesario para un avance social. Cualquier posibilidad de potenciar la distribución digital es derrotada por el horror que causa la idea en sí, el mismo horror que causaba en el siglo XIX que un cadáver fuese a la mesa de una universidad.
El gran fallo, de entonces y de ahora, consiste en no reconocer que ignorar la importancia de la distribución digital ni hace desaparecer la necesidad, ni previene tampoco el daño al alimentar el tráfico ilegal. El colmo, como denunciaba Lancet, es que las decisiones que no se quieren tomar por propia iniciativa, se acaben tomando por miedo cuando el perjuicio de la piratería ya no se pueda reparar.
Lo peor que nos puede pasar a todos es que la industria del libro necesite otro «Burke and Hare» para comprender que las medidas que se tienen que tomar deben ser para quitar trabas al acceso (los costes por navegar desde un libro electrónico, los precios ilógicos y la dispersa oferta de ebooks en español), en vez de para llenar las bibliotecas de policías.










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