Tag: surrealismo

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Anonymous


1. The day of the mag­ni­fi­cent rally, a man that con­si­de­red him­self Anony­mous was quite ent­hu­sias­tic about having been cho­sen from the crowd to give an impro­vi­sed speech. It wasn’t pro­ba­bly the most ins­pi­red moment of the event but, nonet­he­less, it see­med to fit appro­pia­tely with the spon­ta­neus cha­rac­ter of a group that would resist defi­ning itself as such. In retros­pect, though, the man was going to regret enjo­ying that brief taste of sin­gu­la­rity. For, not being very aware of the dif­fe­rence bet­ween free­dom and anony­mity, by the end of that day he had already asso­cia­ted his face­less side with the […]



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Grigol


Cuando Gri­gol plantó los pies en la ribera y alzó la cabeza, el mundo entero dio un vuelco y con él, aun­que el joven pas­tor aún no podía saberlo, su vida monó­tona y anodina.

Unos momen­tos antes, su rebaño pas­taba en la cima de la colina, en uno de los ver­des valles del Cáu­caso, mien­tras él lo con­tem­plaba dis­traído, apo­yado en su bas­tón. El sol bañaba los pra­dos y las lade­ras entre una manada de nubes suel­tas e hin­cha­das. Las ove­jas se entre­la­za­ban de forma alea­to­ria pero armó­nica, como figu­ras de un ara­besco viviente, y no pare­cía que nada extra­or­di­na­rio fuera a suceder.

Arro­pado por el calor tibio y res­plan­de­ciente del medio­día, Gri­gol se dejaba caer en un lúcido ensueño. El tiempo trans­cu­rría des­pa­cio en la mon­taña. El joven pas­tor geor­giano, que aún no había cum­plido la trein­tena, había pasado buena parte de su vida en aquel valle. Y, aun­que desde que se encon­traba allí ape­nas había cru­zado unas pala­bras con nadie, puesto que había ele­gido él mismo aquel estilo de vida no le preo­cu­paba en abso­luto la mono­to­nía del silen­cio. Seguir leyendo… (6579 palabras)



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El premio de lotería


Era un día gris y la ciu­dad estaba vacía y empa­pada. Tres ope­ra­rios y una máquina tra­ba­ja­ban len­ta­mente bajo la llu­via, derri­bando la anti­gua sede de un grupo finan­ciero. Un perro ciego hur­gaba junto a la valla con manía com­pul­siva. El ras­ca­cie­los era la única estruc­tura que seguía en pie en el barrio. El aire pare­cía haberse abierto paso a la fuerza a tra­vés del cemento, aplas­tando los edi­fi­cios como bur­bu­jas en un plás­tico de relleno.

Nadie echaba de menos lo que se había per­dido. La ciu­dad había salido hacía tiempo de los pen­sa­mien­tos de la gente. Si acaso que­daba algo que valiera la pena men­cio­nar, sin duda alguna era la inusi­tada trans­for­ma­ción que había expe­ri­men­tado el señor S., el cual, des­po­jado de toda apti­tud para la inter­ac­ción social, había que­dado redu­cido a un esque­má­tico con­junto de palan­cas y engra­na­jes accio­na­dos por la fuerza mecá­nica de la rutina.
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