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El cielo de los ángeles


Luis aso­maba las oje­ras bajo el casco, enco­gido en sus ropas de cam­paña, y se fro­taba las manos. Se le habían helado mien­tras sos­te­nía el rifle. Está­ba­mos expues­tos a los cua­tro vien­tos, los mis­mos que arras­tra­ban sobre Zaca­te­cas legio­nes de nubes car­ga­das de ceniza. Más allá del hori­zonte ardía un incen­dio sin control.

El cam­pa­na­rio izquierdo de la cate­dral, el que seguía intacto, estaba ence­rrado en una jaula elec­tri­fi­cada. Podías oír el zum­bido si te acer­ca­bas a los barrotes.

—Pero, ¿qué son? —pregunté.

—Ánge­les, Chico.

Luis no apar­taba los ojos del cielo. Su mirada se achi­caba con el paso de las horas, finas y duras arru­gas se for­ma­ban bajo los ojos y las som­bras cre­cían en sus meji­llas sin afei­tar. Sin embargo, no había nada en el mundo que lo ten­tara a des­can­sar antes de que saliera el Sol. Seguir leyendo… (5221 palabras)