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El torero


El torero entró corriendo en la plaza. Tras él, relu­ciente a la luz de la noche, un toro de tamaño impo­si­ble hizo añi­cos la puerta grande y la atra­vesó hin­chán­dose y des­hin­chán­dose como una bota llena de vino.

Tres pica­do­res sin ros­tro con ins­tru­men­tos de orquesta acom­pa­ña­ban la escena para­dos cerca de las barre­ras. El aliento de los caba­llos res­plan­de­cía con la apa­rien­cia humeante de un cri­sol de hie­rro colado.

El torero se diri­gió hacia el cen­tro del albero. Las cen­te­llas del traje de luces pare­cían esti­rarse como hilos de araña que lo rete­nían con­tra su volun­tad. El toro se lanzó hacia él. A pesar del esfuerzo deno­dado del torero, cada zan­cada del toro reco­rría veinte de sus pasos.

La som­bra oscura como un tren de mer­can­cías cre­ció a su espalda y, cuando le alcanzó, le vol­teó por los aires con vio­len­cia. El torero reco­rrió la otra mitad de la plaza sin tocar el suelo.

En vez de que­dar aplas­tado con­tra la grada, la atra­vesó y ate­rrizó sobre hierba caliente. Seguir leyendo… (1170 palabras)



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Tormenta eléctrica


Llueve. El cielo es gris y azul pro­fundo y se cierne sobre la ciu­dad de carre­tera. El grupo de rock inde­pen­diente cruza por el paso ele­vado para peatones.

Desde este punto de vista pri­vi­le­giado, ven la tor­menta enfi­lando la inter­mi­na­ble len­gua de asfalto, casas de tres pisos a un lado, casas de tres pisos al otro, loca­les de foto­gra­fía y de herra­mien­tas, acero rayado del museo de arte moderno que mis­te­rio­sa­mente ha ate­rri­zado aquí, en las entra­ñas de la Nor­te­amé­rica pro­funda, la de las ran­che­ras y los camio­nes enor­mes, la de los hip­pies en sus coches del setenta y ocho, la de las gorras de gaso­li­nera y los vaque­ros man­cha­dos de aceite, los mono­vo­lú­me­nes fami­lia­res con sus chi­cos de corte de pelo de cham­pi­ñón y sus jugue­tes de ham­bur­gue­se­ría, fur­go­nes blan­cos que lle­van rollos de cable para repa­rar líneas eléc­tri­cas, auto­ca­ra­va­nas que arras­tran car­bo­ni­lla de miles de kiló­me­tros de páramo de hier­bas ralas y cober­ti­zos des­tar­ta­la­dos. Seguir leyendo… (899 palabras)



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Cablegate


1.

El día que los cables diplo­má­ti­cos salie­ron a la luz, los acon­te­ci­mien­tos toma­ron de forma inex­pli­ca­ble un curso dife­rente a lo esperado.

Gérard estaba sen­tado tran­qui­la­mente en su cubículo en la redac­ción de un dia­rio fran­cés, reco­giendo su abrigo tras pasar todo el día tra­du­ciendo notas de prensa, cuando, al final de la jor­nada, Mar­cel, el direc­tor, le sugi­rió hacer horas extra para man­te­ner la web actualizada.

―Pero tengo que com­prar un regalo de cum­plea­ños hoy ―se quejó Gérard.

―Pién­salo bien. Este momento es parte de la his­to­ria del perio­dismo. En mi tiempo, cuando cayó el Muro de Ber­lín, estu­vi­mos tres días sin dormir.

―No es lo mismo. Esto no es el fin de la Gue­rra Fría.

―Nunca se sabe, nunca se sabe.

Gérard sus­piró y vol­vió a dejar la chaqueta.

―Se que­dan con­tigo los redac­to­res de guar­dia ―dijo Mar­cel―. Tú te haces cargo del correo. Mira, podrás pre­su­mir de que eres el direc­tor por unas horas.

―La belle-de-nuit del director.

Mar­cel le amo­nestó agi­tando un dedo, pero sin decir nada. Luego añadió:

―Estate atento por si Le Monde y los otros publi­can más cables. A ver si pode­mos encon­trar algo que a ellos se les haya pasado por alto.

Gérard hizo un gesto de ren­di­ción y se vol­vió a sen­tar. Seguir leyendo… (1218 palabras)