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Petróleo


El sol caía como ácido de bate­rías hir­viente sobre las sali­nas y que­bra­das pla­ni­cies del fondo del Golfo de México. El señor Never­worth estaba sen­tado bajo una som­bri­lla en su silla de rue­das. El asmá­tico fue­lle de una bomba cir­cu­laba agua fría por el inte­rior de sus ropas de pros­pec­tor deci­mo­nó­nico. Cada vez que res­pi­raba aquel aire cáus­tico, inten­taba cal­cu­lar en cuánto se había acor­tado la vida útil de sus pul­mo­nes de plástico.

Aun­que sus ropas ocul­ta­ban las cos­tu­ras, el señor Never­worth estaba rehe­cho a base de par­ches y remien­dos. Pul­mo­nes, hígado, riño­nes, hue­sos, cora­zón, estó­mago, intes­tino, médula, múscu­los, prós­tata, piel, etcé­tera. Podría haber lle­vado una vida larga sin nece­si­dad de toda aque­lla para­fer­na­lia, pero tenía un motivo de peso: el señor Never­worth siem­pre se había con­si­de­rado mere­ce­dor de un pasaje a Marte. Y, con­forme las opor­tu­ni­da­des iban pasando, su cre­ciente inquie­tud le había lle­vado a tra­tar de mejo­rar a cual­quier pre­cio sus con­di­cio­nes físi­cas. Seguir leyendo… (2086 palabras)



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El astronauta


Aque­lla noche había un astro­nauta en el aseo de un área de ser­vi­cio en una auto­pista en mitad de la nada, y era un astro­nauta muerto.

El cuerpo estaba tirado en el cubículo, inmó­vil, con un brazo sobre el retrete. Pare­cía que aún inten­tara levan­tarse. Las lám­pa­ras fluo­res­cen­tes del aseo se refle­ja­ban en la esfera del casco y el blanco impo­luto del traje con­tras­taba con las lose­tas man­cha­das de las pare­des, man­chas de alcoho­li­za­cio­nes rápi­das y melan­có­li­cas en el tra­yecto entre una gran borra­chera y otra.

El astro­nauta no había muerto en cir­cuns­tan­cias nor­ma­les, a menos que se con­si­de­rara un hecho ordi­na­rio come­ter un ase­si­nato con­tra uno mismo. Seguir leyendo… (3109 palabras)



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El premio de lotería


Era un día gris y la ciu­dad estaba vacía y empa­pada. Tres ope­ra­rios y una máquina tra­ba­ja­ban len­ta­mente bajo la llu­via, derri­bando la anti­gua sede de un grupo finan­ciero. Un perro ciego hur­gaba junto a la valla con manía com­pul­siva. El ras­ca­cie­los era la única estruc­tura que seguía en pie en el barrio. El aire pare­cía haberse abierto paso a la fuerza a tra­vés del cemento, aplas­tando los edi­fi­cios como bur­bu­jas en un plás­tico de relleno.

Nadie echaba de menos lo que se había per­dido. La ciu­dad había salido hacía tiempo de los pen­sa­mien­tos de la gente. Si acaso que­daba algo que valiera la pena men­cio­nar, sin duda alguna era la inusi­tada trans­for­ma­ción que había expe­ri­men­tado el señor S., el cual, des­po­jado de toda apti­tud para la inter­ac­ción social, había que­dado redu­cido a un esque­má­tico con­junto de palan­cas y engra­na­jes accio­na­dos por la fuerza mecá­nica de la rutina.
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El meteoro verde


El 9 de diciem­bre de 1917, el car­guero de vapor Clau­dio, de la Com­pa­ñía Naviera, que trans­por­taba fos­fa­tos de Tampa para la Fábrica Indus­tria y Comer­cio de Basurto, entró en el puerto de Bil­bao con gra­ves daños y varias bajas, que­dando ama­rrado en el mue­lle de Luchana.

Según los tri­pu­lan­tes, el car­guero fue inter­cep­tado por un sub­ma­rino ale­mán U3 a qui­nien­tas millas del Cabo de Finis­te­rre. El sub­ma­rino dis­paró el caño­nazo pro­to­co­la­rio para orde­nar la deten­ción del buque pero, al no reac­cio­nar este, abrió fuego otras siete veces, cau­sán­dole gran­des des­tro­zos en la obra muerta. Dos maqui­nis­tas y varios mari­ne­ros, temiendo que el Clau­dio se fuera a pique, se arro­ja­ron al mar. Ocho de ellos des­a­pa­re­cie­ron en las frías aguas del Atlán­tico. Seguir leyendo… (2648 palabras)



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El cielo de los ángeles


Luis aso­maba las oje­ras bajo el casco, enco­gido en sus ropas de cam­paña, y se fro­taba las manos. Se le habían helado mien­tras sos­te­nía el rifle. Está­ba­mos expues­tos a los cua­tro vien­tos, los mis­mos que arras­tra­ban sobre Zaca­te­cas legio­nes de nubes car­ga­das de ceniza. Más allá del hori­zonte ardía un incen­dio sin control.

El cam­pa­na­rio izquierdo de la cate­dral, el que seguía intacto, estaba ence­rrado en una jaula elec­tri­fi­cada. Podías oír el zum­bido si te acer­ca­bas a los barrotes.

—Pero, ¿qué son? —pregunté.

—Ánge­les, Chico.

Luis no apar­taba los ojos del cielo. Su mirada se achi­caba con el paso de las horas, finas y duras arru­gas se for­ma­ban bajo los ojos y las som­bras cre­cían en sus meji­llas sin afei­tar. Sin embargo, no había nada en el mundo que lo ten­tara a des­can­sar antes de que saliera el Sol. Seguir leyendo… (5221 palabras)



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La gripe


Fidel Bueno creía a cie­gas en la impor­tan­cia de la natu­ra­li­dad. Para él las des­gra­cias ocu­rrían siem­pre cuando alguien se apar­taba de la rutina por un exceso de pre­cau­ción. Algo tan sim­ple como desa­yu­nar en pijama para no man­char el traje era señal de que se temía dema­siado a lo incierto, de que se con­taba con el fra­caso por ade­lan­tado incluso en el más sim­ple de los pro­pó­si­tos, de que uno se había ren­dido, en defi­ni­tiva, a la noción de que el futuro era algo con­tra lo que había que pre­ve­nirse por­que en él aguar­daba un des­tino fatal que alcan­zaba tarde o tem­prano a todos, sin impor­tar cuánto hicie­ran por evi­tarlo. Seguir leyendo… (4434 palabras)