0

Grigol


Cuando Gri­gol plantó los pies en la ribera y alzó la cabeza, el mundo entero dio un vuelco y con él, aun­que el joven pas­tor aún no podía saberlo, su vida monó­tona y anodina.

Unos momen­tos antes, su rebaño pas­taba en la cima de la colina, en uno de los ver­des valles del Cáu­caso, mien­tras él lo con­tem­plaba dis­traído, apo­yado en su bas­tón. El sol bañaba los pra­dos y las lade­ras entre una manada de nubes suel­tas e hin­cha­das. Las ove­jas se entre­la­za­ban de forma alea­to­ria pero armó­nica, como figu­ras de un ara­besco viviente, y no pare­cía que nada extra­or­di­na­rio fuera a suceder.

Arro­pado por el calor tibio y res­plan­de­ciente del medio­día, Gri­gol se dejaba caer en un lúcido ensueño. El tiempo trans­cu­rría des­pa­cio en la mon­taña. El joven pas­tor geor­giano, que aún no había cum­plido la trein­tena, había pasado buena parte de su vida en aquel valle. Y, aun­que desde que se encon­traba allí ape­nas había cru­zado unas pala­bras con nadie, puesto que había ele­gido él mismo aquel estilo de vida no le preo­cu­paba en abso­luto la mono­to­nía del silen­cio. Seguir leyendo… (6579 palabras)



0

#IranElection


Navid tenía una pequeña tienda de ali­men­tos en Tehe­rán. La tienda lle­vaba abierta más de treinta años y había visto una buena parte de la his­to­ria reciente del país.

En su tienda se podía encon­trar un poco de todo: con­ser­vas, pata­tas, pan, bate­rías alca­li­nas, dia­rios. Por otro lado, su tienda no tenía telé­fono, ni radio, ni tele­vi­sión. Nadir ni siquiera leía los perió­di­cos que ven­día. Sus veci­nos jóve­nes bro­mea­ban con él dicién­dole que pare­cía esca­pado de un museo.

En un día nor­mal, Navid pasaba las horas sen­tado tras el con­ta­dor, mirando la gente que pasaba por la calle. Su tienda no tenía muchos clien­tes, ape­nas sufi­cien­tes para man­te­nerla a flote, pero Navid era un hom­bre sen­ci­llo y, como toda la gente mayor, se las arre­glaba para vivir con poco. Seguir leyendo… (2441 palabras)



0

La lógica del queso


El tiempo es como el agua. No nece­sita fluir para existir.

Tomo nota:

Día de hoy número dos­cien­tos vein­ti­cinco del mes pre­sente. Este es mi ter­cer cua­derno. Fuera está nublado.

Cuando todo esto empezó… No, (tacho la última línea). Estos dos­cien­tos vein­ti­cua­tro días de hoy suce­die­ron un día de otoño de no importa qué año, no importa qué lugar de Gali­cia, desde el que no se veía el mar, aun­que se podía oler. Yo no tenía por qué estar aquí; tam­poco es que sepa por qué.

Calculo que fuera debe de ser verano, junio, julio tal vez. En reali­dad, parece que es febrero. Eso es un pro­blema. Des­pués de siete meses en esta casa he lle­gado a la con­clu­sión de que el tiempo puede embal­sarse, puede con­te­nerse, como el agua de un lago (no, más bien, como un charco de llu­via). Fue un des­cu­bri­miento difí­cil. Por una parte, supuso expe­ri­men­tar un periodo de inelu­di­ble neu­ro­sis, con su con­se­cuente inope­ran­cia men­tal. La per­cep­ción del tiempo es un meca­nismo natu­ral, como ori­nar o defe­car, o un orgasmo. No pue­des luchar con­tra ello por­que, en ver­dad, es como inten­tar tocar tu codo dere­cho con tu mano dere­cha. O cuando a un perro al que le cor­ta­ron el rabo intenta mor­derse el muñón. Está fuera de tu alcance por­que está dema­siado cerca. Seguir leyendo… (1433 palabras)



0

Jerry


Silen­cio.

De repente, una voz, artificial.

«Sitúa el cubo dorado, junto al tetraedro.»

Cinco dedos romos, rugo­sos, asie­ron el cubo dorado. Lo levan­ta­ron. Rápi­da­mente, la pequeña mano llevó la figura, hacia la izquierda, y la dejó junto al tetraedro.

Una leve pun­zada en la cabeza. Agradable.

De nuevo la voz.

«Cla­si­fica las esfe­ras, por colores.»

Las esfe­ras esta­ban en una caja, guar­da­das en sus mol­des de madera. Un corto brazo tiró de ella para acer­carla. Tomó una esfera roja, la mano dere­cha; la izquierda alzó una esfera verde. La roja pasó al pri­mer hueco. La mano dere­cha tomó la esfera ama­ri­lla… Seguir leyendo… (2557 palabras)



0

El avión de hojalata


Aque­lla mañana el dueño de la tienda de jugue­tes de hoja­lata ha­bía cerrado las puer­tas a cal y canto. Un carro de madera engan­chado a un caba­llo de tiro triste y gris aguar­daba en la entrada. Los sol­da­dos, los avio­nes, los moto­ris­tas y los coches de bom­be­ros habían aban­do­nado el olor espe­cial de los expo­si­to­res y se habían embar­cado en las cajas, ape­lo­to­na­dos y lle­nos de colo­res, mez­cla­dos como aque­llos emi­gran­tes que par­tían hacia las Amé­ri­cas con las male­tas lle­nas de ham­bre y frá­gi­les esperanzas.

El nom­bre del jugue­tero era José, pero todos lo lla­ma­ban don Pepe, era calvo, tenía la cara larga, gafas redon­das y enor­mes arru­gas en la frente. La tisis se había lle­vado joven a su pri­mera esposa y sus dos hijos mayo­res habían muerto tam­bién, uno por bol­che­vi­que y el otro por ladrón. Luego, por no que­darse solo, se había casado con su criada, que tenía veinte años menos que él. Seguir leyendo… (3075 palabras)



0

Anonymous


1. The day of the mag­ni­fi­cent rally, a man that con­si­de­red him­self Anony­mous was quite ent­hu­sias­tic about having been cho­sen from the crowd to give an impro­vi­sed speech. It wasn’t pro­ba­bly the most ins­pi­red moment of the event but, nonet­he­less, it see­med to fit appro­pia­tely with the spon­ta­neus cha­rac­ter of a group that would resist defi­ning itself as such. In retros­pect, though, the man was going to regret enjo­ying that brief taste of sin­gu­la­rity. For, not being very aware of the dif­fe­rence bet­ween free­dom and anony­mity, by the end of that day he had already asso­cia­ted his face­less side with the […]